domingo, 4 de diciembre de 2016

Sombras

Durante la vida no se tienen más de una decena de interlocutores; independientemente de con quién estés hablando, todo va dirigido a esas pocas personas, y en tu caso es muy evidente, me dice Gema. Desde hace unos dos años, todo lo que dices lo haces pensando en que tu amiga te está escuchando, o te está leyendo, como intentando demostrarle algo o intentando explicarle cosas, tu comportamiento y todo eso, lo horrible que eres. En los discursos políticos también se ve muy claro, incluso en los debates, nunca se dirigen al que está escuchando físicamente. O artículos en periódicos con sus claves internas. Luther King no dio su discurso para los negros, sino para que lo oyeran los blancos, diría así un poco sin pensar mucho. Aunque ellos lo hacen con sus intenciones políticas, pensando en la repercusión que tienen sus palabras en la opinión publica, en las posibles reacciones; tú lo haces por tu evidente estupidez: nada de lo que dices llega a tus interlocutores, sólo es la necesidad de decirlo. Pero bueno, decía que lo hace todo el mundo, me dice. Sólo que contigo me resulta muy fácil identificar tus interlocutores, tu hermana, tu amiga, yo, tus padres, tu perro, Silvio, quizá tu primo o alguno de tus seguidores favoritos de tuiter... Eres muy simplón, Ru. Sin olvidarme de ti, que ya me has hablado muchas veces de tu técnica de decirles cosas para obligarte a hacer algo que no te apetece. Eres tu interlocutor preferido.

Sí, estamos en el centro, rodeados de gente con bolsas y con luces iluminando el camino que debemos tomar. Dicen. Y fuimos peatones por donde el tráfico y buscamos algún sitio donde comer. 

sábado, 12 de noviembre de 2016

Ruinas

Nos metimos por la puerta de la parte más moderna de la casa, que estaba cerrada únicamente gracias a un alambre enrollado en un gancho de la pared; la otra parte, más vieja, con techos con vigas de madera y tejas, tenía la puerta perfectamente cerrada a pesar de que casi todo el techo estaba derruido. Fue Gema la que decidió entrar después de asomarse por las ventanas. Hay colgado un calendario de 1989 y sobre la mesa hay una caja, imagino que vacía, de ginebra Larios, y cacerolas y botes de colacao sin etiquetas, tenemos que entrar, Ru, me gritó Gema mientras yo le hacía fotos desde lejos a la casa y a Gema, a la que todos sus amigos llamaban la gata por más de una razón. La casa tenía además un garaje con una puerta metálica, amarilla y oxidada, una especie de corral y un trastero un poco más arriba, separado de la casa, con un horno de leña, y dos aperos pequeños delante de la parte vieja de la casa (uno de ellos un cuarto de baño).

El calendario es engañoso, está claro que la casa lleva bastante menos de treinta años abandonada, me dijo cuando me acerqué. Así que entramos mientras Gema sacaba su cámara de fotos de la mochila y tarareaba una canción de Tom Waits. Lo mejor de las ruinas es imaginar sus historias, me dice, la alegría inicial de una casa nueva, los polvos que echaron en ese sofá polvoriento de forma furtiva los hijos, los padres, los invitados ocasionales; y luego la decadencia, como ese poema tuyo, el de las rejas, como se va asomando poco a poco, hasta acabar echando a sus habitantes de aquí, por lo que fuera. Gema se fue a la izquierda y yo entré en lo que parecía ser una despensa, con la caja de Larios y cacerolas, y el calendario, en el que comprobé qué día de la semana cumplí mi primer año de vida. Oh, me encantan las puertas que llevan años sin abrirse, acumulando sustancias, ajustándose a los huecos, dice Gema golpeando la puerta de una habitación para entrar en ella. La gente cree que las puertas son para abrirse y cerrarse, pero no, las puertas existen, y ese es su estado preferido, sólo para estar cerradas, por eso me encanta dejarlas abiertas. A ver qué hay, dice. 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Recrea

Gema se levanta de la cama y abre la ventana para asomar la cabeza. Están muy bien tus nuevas vistas, dice, se le puede medir el pulso al barrio mucho mejor que en tus otros pisos, entre otras cosas por lo bien que se oyen las conversaciones de los que pasan por aquí debajo. Y el balcón es fantástico, dice entrando al salón, deberías empezar a fumar sólo por aprovecharlo. Gema sale al balcón y saca el móvil para grabar la tienda cerrada de enfrente, que tiene las puertas llenas de graffitis, y a la transeúnte que pasa justo en ese momento por allí. Los desconocidos son mis personas favoritas, dice. Acabamos de despertarnos y el sol comienza a dar sobre la fachada del edificio, por lo que se está bien en el balcón. Gema lleva una camiseta mía, unos pantalones cortos y calcetines, exactamente como yo. Nos situamos allí y yo intento algunos comentarios situacionistas en relación a mi nuevo barrio, al anterior, al tenderete (uno de estos que son plegables) que tiene una vecina colgado una calle más para allá y que vi en una foto de instagram de una cuenta de Madrid-is-different o algo así algún día antes que en la misma calle. Gema se apoya en la barandilla y recrea con sus manos otras manos. Como lo que escribió la que todavía no es mi alumna, digo intentando no ver esas otras manos en las de Gema, que en el neoliberalismo hacemos footing para olvidar la ciudad mientras que los situacionistas pretendían reaprender la ciudad reflexionando sobre ella en cada caminata. Mis paseos por la ciudad, por los pueblos, suelen ser más bien interiores, aunque algo de realidad siempre se acaba colando, digo. Gema se fija en que le estoy mirando las manos, pero no hace mucho caso. Es lo único en que se parecen, pienso. 

martes, 25 de octubre de 2016

Cielo

...esto sí que es un fin de capítulo...



Quise un sueño lleno de luz
y al retroceder no sé exactamente hacia dónde
contemplaba un rostro que sonreía
y demostraba ser algo así como el absoluto:
tú sigue jugando con los detalles con los gestos sin recibo
que yo te torturaré con mi generalidad sin espectáculo
decía mientras me movía por el escenario de un sitio a otro
cosiendo unos pantalones de calidad infinita
o eso pensaba, llorando para existir
y ocultando con pocas palabras todo lo que parecía ser yo

La sala estaba vacía butacas vacías la pendiente ascendente
y no veía las paredes ni escaleras nada a lo que dar testimonio
ni la quietud de antes ni la suciedad de después
aunque ella estaba ahí con su sonrisa
no somos más que espejos en los que te buscas sin vernos:
si no los dejas conocerte no los conocerás, no me conocerás
no habrá nadie, cuenta algo, es imposible caminar contigo con ese silencio, esa barrera,
un  gato de esos que no hace ruido por la chapa de algún tejado,
aún no es demasiado tarde, aún puedes ponerte la otra bota, caminar
dejar de mejorar esos pantalones para empezar a usarlos
o puedes olvidarte de ellos, caminar desnudo como desnudas todo lo que no tocas
las manos bonitas, la piel no es la intemperie,
las caricias que te faltan, no todo importa igual, no todo importa tanto

Y podremos irnos a vivir juntos
para no empezar a bailar cuando estemos muertos

La sala se va inundando ilimitada y el mismo cielo lo abarca todo
cada nube vestida de ramas cada gota que se deja caer
debo creer que espera mis palabras si sigue ahí
mojándose el pelo en mi sueño
los dos sentados en la misma fila callados
fue ella la primera en llorar pero no lloraba por mí, lloraba por ella
yo lloro por mi, por las palabras que elijo
por lo que no he sabido conocer y lo que conozco
por lo que no dejará de ser posible
desde una madera que sigue mojándose
y una tormenta que no será para mí.

domingo, 16 de octubre de 2016

Las manos

...you could understand something only if you did not desire it...

A mí lo que me interesan son las manos,
por eso no me fijé en el libro que sacaste para nada,
porque lo dejaste junto a ti sin tocarlo,
y no me fijé en tu voz que hablaba de cosas inasibles
ni me fijé que yo estaba aún allí.
Me fijé en tus manos, entonces,
en la tecnología que te alejaba de mí
o en el perro que se acercó a saludarte
consciente de que hay cosas que no se agotan
y que pueden compartir instantes.
Lo entiendo todo a partir de ellas,
quizá porque nunca supe ser directo
o porque nunca he entendido nada,
ni tú tampoco has entendido nada.
Estábamos sentados al lado
y estábamos como siempre en sitios distintos:
tú tan humana, tan joven, y yo apenas literatura,
hablando de amistad en mi teatro sin público
con el silencio que tan poco soportas.

Y ahora pienso en tus manos,
en todas esas cosas que nunca les veré hacer,
como construir el deseo o la música
(con tu encanto infantil y tu seguridad adulta),
y en cómo se tejen las complicidades,
como las manos de los amantes que ya han follado
o los besos de aquella película,
y pienso en nuestra despedida
y recuerdo mis manos y sus gestos inútiles,
como tocar la guitarra para mi, como encerrarlas en los bolsillos
y recorrer la ciudad como si fuese el siglo veinte
y en una de sus calles estuvieses tú
desvelando con tus manos todo lo que nunca he sido.

lunes, 10 de octubre de 2016

Elecciones

...diré lo mismo de otra forma porque la repetición es un señuelo casi inteligente...

Las cosas son como eliges contarlas, me dice Gema, y eso es lo que intenta... lo que se hace ahora, estas últimas décadas, que se deja todo muy abierto y es más interesante lo que se puede decir de algo que ese algo. Escuchar las explicaciones sin mirar más de una vez el cuadro, que no tiene matices, que no pide la contemplación, que sólo pide un instante y luego la palabrería posterior para admirar su genialidad. De todas las cosas de las que resulta más interesante lo que se dice de ellas que ellas mismas siempre hay que desconfiar. Pero a este cuadro regresaría, vendría otra vez por verlo, a sus líneas negras y su fondo blanco, que no tengo ni puta idea de lo que insinúan. Quizá sea eso, que haya cierta atracción, las cosas a las que regresas una y otra vez, con esa repetición que no llega a ser: porque nunca llega a ser lo mismo: ya son otras las formas de enfrentarse a lo que parece lo mismo. 

Estamos sentados en un banco blanco enfrente del cuadro. En la sala no hay nadie, apenas vemos a un vigilante sentado en una silla en una esquina de la sala siguiente hasta que entran una madre joven y su hijo pequeño, de ocho o nueve años, y empiezan a dar la vuelta a la sala por los cuadros alejados de nosotros. Gema se calla y continúa contemplando el cuadro, con un interés que soy incapaz de comprender. La madre, que debe tener más o menos mi edad, por lo que tuvo que ser una madre joven, alrededor de los veinte, se detiene frente a un desnudo con la mirada fija en la areola izquierda, igual que hice yo hace unos instantes, como si fuera la ventana de aquel cuadro del asesino. El niño va de un cuadro a otro leyendo en voz alta los títulos y autores con cierto orgullo. Cuando ya los ha leído todos (menos el que sigue observando con insistencia Gema) regresa junto a su madre, que sigue atenta a esa zona del cuadro. Quizás cansado, termina por sentarse a junto a nosotros. La gran muchedumbre, me dice.

Durante el rato en el que ellas continúan absortas en la contemplación de los cuadros, el niño y yo nos empezamos a conocer, sin que ninguna nos haga caso, y me habla de su madre, a la que comienzo a envidiar por su envidiable manera de mirar el cuadro y por lo que me cuenta el niño, que muestra madurez sin dejar de ser infantil y sabe resultar interesante. Me pregunta por Gema con insolencia infantil, si es mi hermana, mi novia, una amiga, o una pequeña ficción, un duendecillo, que me acompaña a todas partes. La verdad es que está graciosa Gema hoy, tan concentrada en el cuadro, le digo, y su pelo despeinado. Dale un golpecito en el hombro, a ver si continúa siendo humana. Gema le para con un gesto simpático y continúa con sus pensamientos. Quizá sea por reacción o porque hace falta irse al lado contrario para mantener el equibrio, pero entre tanto dinamismo me parece que siempre viene bien la quietud, la pérdida aparente de tiempo, pienso mientras el niño continúa haciendo preguntas, ahora sobre cosas del museo.

La madre, con voz de madre joven, deja de mirar el cuadro y llama al niño para seguir con el recorrido. Se despide de nosotros con un saludo y disculpándose por el niño. Lleva unos vaqueros y zapatillas blancas que hacen un poco de ruido al alejarse. Fictita, le digo a Gema, deberíamos seguir, que te van a acabar confundiendo con una obra como sigas así de quieta, y quiero ver si se vuelve a parar frente a otro cuadro y encuentro la ocasión de preguntarle si veía lo mismo que yo en el del desnudo, a la madre.

jueves, 6 de octubre de 2016

Al otro lado

Nos sentamos Gema y yo mirando al mar en la playa de Santander. El sol está al otro lado, a nuestra espalda, y no logro acostumbrarme a eso en menos de una semana después de tantos años encontrándolo sobre el mar todos los días. No, Ru, está donde tiene que estar, ya deberías haberte acostumbrado, me dice Gema con su pasado asturiano. Está descalza y juega con la arena, feliz de alejarse de Madrid unos días y de poder ver a su amigo Juan, que nos prestará su casa. Gema llegó después, cuando ya se fueron, cuando ya me despedí de mi amiga como no me hubiera gustado despedirme. Mi amiga también se queda por aquí, le digo a Gema, no sé qué de una escuela de surf por aquellas costas de allí tan accesibles por mar y tan alejadas por tierra, o algo así nos contó mientras yo no sé si intentaba no escuchar o estaba hablando con alguien más. La echaba de menos, aunque no tenía ganas de volver a verla. Aún me duele lo que creo que piensa de mí. Es mi mayor fracaso, haberme comportado como lo hice. Que no me quiera nunca me ha preocupado mucho, porque es algo fácil de aceptar. Lo otro me tortura, tanto que me da igual lo que piensen los demás de mí, incluso tu opinión Gema o el contrato que me acaban de hacer no consiguen que mi autoestima deje de estar por los suelos. Soy como ella piensa que soy, lo demás no importa. Gema me mira con un odio simpático mientras continúo con mis exageraciones. Ojalá ande aún por aquí y nos crucemos para despedirnos de nuevo, de otra manera. Aún me siento fatal por aquello. Le cuento a Gema lo de estos días, las presentaciones del congreso por el que vinimos aquí, las copas, los sonidos del hotel, el baño en el mar del día anterior, los pinchos del Manila, con lo extraño que estaba allí con la chaqueta del traje, los zapatos, la cena en Casa Silvio y la vuelta al hotel, lo de estar con ella. Mientras hablo saco fotos del mar y los barcos, de la península del fondo, de los que caminan cerca de la orilla o de los grupos de niños haciendo surf, también de una desconocida sentada cerca de nosotros. Gema, ¿por qué crees que nos gusta mirar el paisaje? Gema se tumba, cierra los ojos y no me hace caso. Sabe que las cosas cambian siempre.

miércoles, 6 de julio de 2016

VI. El hijo

Sólo sé que yo no estaba, nos contó el hijo. Mi madre siempre ha sido muy reacia a las fotos, a los vídeos, no sé cómo aceptó que la grabaran. Ella siempre dice que escribir y grabar canciones, o escribir los pequeños textos que también escribe, le resulta una manera mucho más eficaz, palabra que siempre utiliza en broma, para recordar lo que ha sido que cualquier imagen. Para ella, que probablemente tiene una memoria fotográfica, son prácticamente como fotos... todo eso que escribe, que suele tener más que ver con los instantes, con una imagen quieta, con esbozos de algún momento, que con historias desarrolladas. Aunque, la verdad, lo transforma todo un poco a su manera, que eso le divierte bastante, y probablemente sólo ella es capaz de asociar lo que escribe con lo que realmente es. Sin embargo, sí que le gusta grabarse la voz, odia hacerse fotos pero le encanta grabarse cantando, y le encanta ver cómo su voz ha ido cambiando con el tiempo, por eso tiene cientos de grabaciones. Siempre dice que empezó a grabar sus canciones por dejar registrada su voz, no porque le diera mucha importancia a lo que hacía. Y se escucha, suele escuchar sus canciones a menudo, como quien acude a un viejo álbum de fotos o a las fotos de su pareja, o de sus ex (o de quien no te llegó a querer nunca, pienso) en el móvil. Y también se relee, eso que parece que todos los escritores odian, le gusta verse en lo que escribió hace años. No lo hace por nostalgia ni por exceso de amor hacia sí misma, que yo creo que nunca ha tenido de eso, sino por conocerse, por no olvidar lo que ha sido o algo así, no sé, nos contaba el hijo en la terraza de un bar cercano a la plaza de la catedral donde fuimos a tomarnos algo la semana siguiente, cuando regresó al pueblo. Estábamos Gema y yo, y él y su novia. La cantante, su madre, andaba aún de vacaciones por Uruguay. Por la edad que aparenta, continuó, tiene que ser del año dos mil, cuando aún no había llegado a los cuarenta; y la casa creo que era de un amigo, quizá alguna vez estuve allí, aunque no estoy muy seguro. Debe ser de por aquí, eso seguro. La canción es suya, de una época en que le dio por imitar a los pioneros del blues. Esta no me extrañaría que fuera una recreación de algún clásico de Skip James o alguno así. Siempre ha cuidado mucho sus grabaciones y sus composiciones. Las trabaja bastante hasta que considera que no hace falta ningún cambio más. Pero no sé por qué grabó esto, ni quién colgó el vídeo ahora, después de tantos años. Alguna vez ha dado conciertos en bares, como el del pueblo del otro día, pero siempre por amigos que se lo han pedido o por pasar el rato alguna noche. Siempre ha preferido tocar para ella, en su habitación, sin pensar en que la escucharan. Toda mi vida, nos cuenta, ha sido así, con ella en su cuarto escuchando música o tocando. Casi nunca nos daba conciertos, aunque sí que nos permitía entrar a escuchar, a mi y a mi hermano, cuando queríamos. En este vídeo exagera un poco la voz, la pone más ronca de lo normal, ya que tiene una voz muy agradable, muy dulce. Ya la oiréis, espero, nos dijo.

lunes, 4 de julio de 2016

V. La novia

Ya en la feria del pueblo, después de observar algunas de las atracciones, de intentar ignorar la música, coincidimos con el hijo, que iba con una chica muy descriptible, y decidimos juntar nuestra felicidad veraniega por estar allí. La chica era su novia y sería la novia unos meses después en una boda a la que nos invitaron y sobre la que un día quizá podría contar algo. Aquel día sólo nos tomamos unas cervezas, cenamos y volvimos a darnos una vuelta por la feria hasta que el hijo, que tenía que regresar a Granada al día siguiente, decidió marcharse. La novia, sin embargo, que se lo estaba pasando bastante bien hablando con Gema mientras el hijo y yo hablábamos a trompicones (y yo intentaba hablar de Navarra, mi tema favorito aquellos días), decidió quedarse con nosotros. Cuando se fue, dejamos el recinto de la feria para callejear por el pueblo en busca del local por el que habíamos venido. Gema y la novia hablaban de la infancia francesa de ésta, cuyos abuelos emigraron a Francia durante la guerra civil y no regresaron, ellos y sus hijos y sus nietos, hasta los años noventa, cuando ella ya tenía casi diez años. Sus abuelos decidieron comprarse una casa aquí y ella solía quedarse los veranos, una parte al menos, con ellos, y, finalmente, decidió estudiar la carrera aquí en España, en Granada, donde, una tarde perdida de sus últimos años de universitaria conoció al hijo mientras paseaba por la Gran Vía. Al hijo, al que hasta entonces había estado llamando por su nombre, lo nombró en esta ocasión por el apellido, por el mismo apellido vasco que habíamos leído en el periódico ese mismo día. Gema lo pasó por alto, atenta a la particular forma de expresarse de la novia, pero yo busqué en el móvil el vídeo de la cantante y, mientras explicaba algo de uno de sus profesores universitarios, la paré y le enseñé el vídeo. Oye, le dije, no conocerás por casualidad a esta cantante. La novia se rió, y dijo que sí, claro, que era la madre de su novio, del hijo. Le explicamos la historia que teníamos con ese vídeo, los años que llevábamos detrás de encontrar algo sobre ella, que esa tarde estábamos allí por ella. Joder, qué casualidad, decíamos absurdamente los tres mientras contábamos Gema y yo la historia. Seguimos caminando hasta llegar al local, que, como era de esperar ese día, estaba cerrado. 

viernes, 17 de junio de 2016

IV. La amiga

La amiga era mi amiga, que antes leía estas cosas y ya no y, en realidad, no tiene nada que ver con esta historia. Aquel día, de camino al pueblo en el que nos confirmarían el nombre de la cantante, nos metimos en una rambla para ver un pinar al que de vez en cuando íbamos a por piñones. Aparcamos y nos bajamos a ver si quedaba algo, aunque los restos de una pequeña hoguera reciente mostraban que ya había estado alguien recogiéndolos. Lo que cuenta, lo que importa y no tiene nada que ver con esta historia detectivesca, es que justo allí, en ese momento sin trascendencia con el que se ocupa los huecos del tiempo, mientras hacía fotos a una despistada Gema recolectora, mi amiga, la que era mi amiga, me envió un mensaje, una foto de su perra cogiendo un calendario, sin más motivos ni intenciones que mostrarme la gracia de su perra. Gema lo vio, vio el cambio, cómo lo que ocurre es lo que hace la felicidad y no las ganas de no ser infeliz, y vio lo que luego quizá influyera algo en esta historia, al menos en mi forma de recordarla, en la que, estúpida e inevitablemente, ella está presente para mí. ¿Qué coño te pasa?, me dijo Gema mirando de forma sospechosa al móvil que aún sostenía en mi mano, te ha cambiado la cara en un segundo. Estas cosas no se cuentan, porque sólo son aledaños de la historia, porque no se puede contar todo, pero para el que cuenta están ahí; y hoy, por ser hoy y no decir lo que me gustaría decirle, al menos me diré esto.

martes, 14 de junio de 2016

III. El apellido

La siguiente pista llegó con un periódico viejo con el que íbamos a encender la leña del horno para no olvidarnos de que estábamos en un pueblo. Mientras lo preparaban todo, Gema se puso a mirar los periódicos que guardábamos para eso, para iniciar el fuego, y en uno de ellos leyó el anuncio de un concierto de una cantante con nombre vasco. Podríamos acercarnos al sitio este, si sigue abierto, quizá todavía haya conciertos, y así hacemos algo distinto esta noche, dijo. El local estaba en un pueblo cercano al que no solíamos ir y que, además, estaba de fiestas en esas fechas. Buscamos información en el móvil y seguía abierto; de la cantante de nombre vasco no encontramos nada, aunque esta vez sí fantaseamos con que fuera ella, o con que, al menos, el dueño pudiera saber algo. Después de la comida, familiar, multitudinaria, que ya quisieran ustedes haber probado, salimos para el pueblo por carreteras provinciales, deteniéndonos un par de veces antes de llegar, porque siempre es mejor hacer los recorridos sin preocuparse demasiado de la idea inicial, como aquella vez que nos perdimos por carriles en bastante mal estado que parecían no llevar a ninguna carretera transitable por negarnos a dar la vuelta al comprender que nos habíamos equivocado de camino. 

sábado, 11 de junio de 2016

II. El hijo

Y fue en un mercadillo de antigüedades, de cosas viejas, una mañana de verano que fuimos al pueblo, mientras ojeábamos por curiosidad objetos raros, instrumentos de labranza, baratijas, vídeos o revistas porno, libros que nadie volvería a leer, cuando Gema se puso a hablar con uno de los que estaba allí vendiendo discos, instrumentos de música, radios y tocadiscos, que supimos algo, que obtuvimos la primera pista. Claro, me diría Gema después, tenía un disco de Sun Ra entre lo que vendía, entre mucha basura diría, cómo no preguntar qué coño hacía allí. Pero el chaval ni idea, que el sólo estaba  allí vendiendo y esas cosas las obtenía de muchos sitios, tiendas, amigos, basura, sin preocuparse mucho de lo que eran. Otro chico que pasaba por allí escuchó a Gema y también le hizo gracia que alguien se interesara por ese disco. A mi madre le gusta mucho y suele ponerlo bastante, le dijo mientras yo seguía mirando cosas oxidadas por otro puesto. Y hablaron un poco de música y Gema le contó que mi familia era de aquí y que estábamos pasando las vacaciones con ellos; y él que que vivía aquí con su madre desde pequeño, aunque eran navarros y ese verano estaba trabajando en Granada. Gema no le dio mucha importancia a la conversación, una más de las que solía tener cada día con desconocidos, y el chico se fue sin que le hiciera Gema mucho caso, sin que supiéramos que era nuestra primera pista. Ahora los veo y el parecido es evidente, pero entonces no tenía sentido ni que pensara en ello, contaba Gema después.

martes, 7 de junio de 2016

I. La cantante

Lo único que sabíamos era que existía, que cantaba acompañándose con la guitarra una canción que no habíamos escuchado antes (yo quería ver algo de Skip James en su forma de tocar, Gema intentaba unir a Cesárea Évora con Chavela Vargas para explicar su voz) en un vídeo subido a la red sin más datos que su título ("Canción") y el nombre de la cuenta que lo había subido. El vídeo, de sólo tres minutos, la mostraba a ella sentada en una silla vieja, estropeada, con uno de los pies sobre un sucio tablón de madera que utilizaba para marcar el ritmo. El suelo parecía una mezcla entre cemento y tierra. Detrás de ella había una pared blanca que al final del vídeo, al abrirse el plano para mostrar el paisaje o a un perro pequeño que pasaba corriendo, podía verse que era la fachada de una casa sencilla de una planta con dos ventanas a cada lado de la puerta principal. Probablemente era verano, se notaba el calor en cada nota, en la pastosa lentitud con la que parecían moverse las cuerdas de la guitarra, una acústica también vieja y estropeada como la silla, y, claro, también en la ropa que llevaba. Las características de la casa y el paisaje, un poco desértico, de tonos claros, con algún árbol, parecían ser de una zona que Gema y yo conocemos bastante bien. Esto último no podíamos asegurarlo con certeza, sin embargo, hizo que no nos olvidáramos de ella, que quisiéramos conocer más. La cuenta que había subido el vídeo parecía abandonada (dejamos un comentario sin mucha fe de que lo fuesen a contestar) y resultó imposible encontrar cualquier otra información a partir de búsquedas más o menos posibles, que repetíamos con frecuencia sin obtener ningún resultado. Preguntar a amigos que vivían por allí, por si sabían algo o eran capaces de reconocer la casa en concreto, también resultó inútil. Durante años sólo pudimos escuchar de nuevo la misma canción, observar el terrible encanto de la cantante e imaginar nuevas canciones o un relato con el que contar su vida. Ya te gustaría estar con una pureta así, me decía Gema cuando me descubría viendo el vídeo otra vez, absorto en la voz y en la manera de tocar la guitarra, pero también en el físico, en su rostro definido, en los ojos que se intuían verdes, los brazos desnudos, el pelo protegido por un pañuelo de colores. 

sábado, 23 de abril de 2016

Lucha

- ¡Pequeñoburgués! ¡Costumbrista! ¡Ingeniero! ¡Intrascendente!, me insulta Gema después de leer mi último texto.  
- Tampoco te pases, Gema.
- No me paso, Ru, te describo con precisión científica.
- ¡Farmacéutica! ¡Química! ¡Diagrama de Ellingham! 

viernes, 22 de abril de 2016

Tarde


Duerme Gema en el sofá con la placidez de un gato, con sus ojos verdes sellados por arcos, casi líneas, las manos bajo la cabeza y las piernas desnudas (lleva un pantalón corto y una sudadera). La tele emite una película lamentable que acuna perfectamente el sueño de Gema y yo estoy en un sillón, con las piernas sobre la mesa, pensando, cuando no me distrae la absorbente película, en el comentario irónico que soltaré cuando se despierte Gema, la mayor enemiga de quedarse dormido a deshoras que conozco (a mí no me conozco). También pienso en despertarla de golpe, en decir que había empezado a murmurar, que estaba teniendo una pesadilla (¿por qué se despierta a los que están teniendo una pesadilla si no va a pasar nada, apenas el desasosiego?, lo que yo sólo hago con mi perro, al que le encanta usarme de cama y dormir a deshoras, cuando sueña con persecuciones y le empiezan a temblar las patillas o amaga con pegar un ladrido). Pero hace años que no convivo con un gato, desde aquel Ekon al que tuve que cuidar unos días porque su dueña se fue de viaje y con el que acabé manteniendo una interesante conversación sobre Dylan, probablemente la mejor conversación que tuve en aquel piso, quizá entre las conversaciones más brillantes que he mantenido nunca, yo que soy tan brillante cuando quiero ser brillante, apenas una o dos veces al año, y me divierte ver a mi brillante Gema así esta soleada tarde.

Gemías, Gemita, le diría si dijera algo. La película, mientras callo, realiza un giro argumental de carácter filosófico con un par de muertes trascendentales que requiere toda mi atención y me libera de mis propios cuestionamientos filosóficos sobre el sueño, el intervencionismo histórico y el éxito de reminiscencias atávicas. Lamentará Gema haberse quedado dormida, es genial esta película, digo. Gema se mueve, sin despertarse, perdiendo su gesto gatuno, humanizándose, dándome la espalda. Todo continúa.  

jueves, 7 de abril de 2016

Pregunto

...primera versión...
(La letra es una adaptación de un poema de Sara M. Bernard -perdona el destrozo)

Me pregunto las veces que hablaría solo
mirando al espejo sin nadie a quien escribir.
A quién, dime, a quién desearía por las noches
sin necesidad de encender los radiadores.

Me pregunto las páginas rotas, el vestido rojo,
la boca seca de tanto lamerte,
las heridas en las uñas, la espalda roja
y una canción susurrada a voz en grito para ti.

Me pregunto qué es eso que llega mientras haces otra cosa
que no tiene importancia y no es para ti.
Y es eso que sorprende cuando estabas en la calle esperando,
dejando pasar otro autobús.

El pequeño vestigio que endulza mi boca
ahora reseca de tanto escupir.

lunes, 28 de marzo de 2016

Cuento

...a mi noche no la mata ningún sol...




La única persona que he conocido que nació el mismo día que yo, exactamente el mismo día, quiero decir, mismo día y mismo año, se llamaba Miguel Hernández, lo que tiene gracia llamándome yo Rubén Darío, le digo a Gema. Y, por añadir coincidencias sin importancia, nacimos el mismo día (unos cuantos años después) que murió Miguel Hernández, el poeta. El día de Santa Esperanza, el día que cayó Madrid en manos de los hijoputas de los nacionales, el del accidente de Three Mile Island, el del nacimiento de Gorki, del capullo de Vargas Llosa, de Lady Gaga o de Amancio Ortega, de la muerte del viejo Chagall, de Virginia Wolf o de Ionesco. Un mal día, la verdad.

Estamos cenando Gema y yo en un restaurante de la calle Cádiz porque me convenció de que teníamos que celebrar mi cumpleaños, al menos porque ya no puedes morir como una leyenda del rock, me dijo, y eso hay que celebrarlo, que no te hayas quemado como una estrella fugaz y ese tipo de mierdas. Es que últimamente me preocupan más otros aniversarios, Fictita, le dije, y no son precisamente para celebrarlos. Pero allí estábamos sentados frente a frente en la mesa para celebrar aquel lunes, un día soleado, en el que madrugué, y casi puedo decir que en un Seat 127, en mitad de una carretera nacional en medio del altiplano, las tierras baldías a punto del mes más cruel; a lo que siguió una infancia feliz y libre, la adolescencia con la literatura y la música, los años de universidad, los paseos de principios del siglo pasado por la ciudad, hasta ser el hombre hecho, es decir, deshecho, que soy hoy. No hay nada que me provoque tanta curiosidad como el futuro, así que contento de seguir por aquí, y siempre pensé que los mejores años de un ser humano están entre los veinticinco y los cincuentaicinco. Al menos son los que más me interesan de los demás, que la libertad de la juventud, la rebeldía, es mucho menos real de lo que se cree, ya que estamos demasiado sometidos a nosotros mismos, es decir, a los demás, a querer diferenciarnos, a forzar la diferencia. Aunque yo, como Roque Dalton, pienso mantenerme entre los veintiséis y veintisiete, por mucho que prolongue mi vida.

El local es agradable, simpática la camarera que nos atiende, que me felicita al enterarse, y la comida está muy bien, por lo que dejo la pedantería de nombrar, de hablar de mí, y reconducimos la conversación hacia otros temas como el futuro de la cerca europea.



sábado, 19 de marzo de 2016

Declaración de un vencido

Y aquí,
ante vuestras miradas de compasión
o vuestras miradas de desprecio,
os digo:
os equivocáis: los vencidos sois vosotros;
vosotros, queridos vencidos,
los que habéis fracasado.


lunes, 14 de marzo de 2016

(lo de llamarlo "nuestra historia" es una licencia poética, lo sé)

Ahora me parece un sueño nuestra historia.

Tú eres sólo un nombre.

Yo soy una voz en off.

viernes, 4 de marzo de 2016

Rencores

...¿cuántos ojos hacen falta para ver el mundo?...

Yo creo, dice Gema, que lo de Luna Miguel con facebook por su libro sobre la masturbación femenina más que por mojigatería del denunciante (lo de facebook ya es otra cosa) es porque alguien ha visto una oportunidad con lo de la masturbación para satisfacer su necesidad de venganza (por envidia o lo que sea). Y esto no es más que una prueba de la estupidez y de la debilidad mental de la mayoría de rencorosos. En lugar de hacer una venganza inteligente como la de Bienvenido, Bob, el maravilloso cuento de Onetti, o la del gabinete de Perec... yo que sé, leer los poemas de Luna subrayando sus peores versos, algún error sintáctico o midiendo la mediocridad de su obra con un conocimiento profundo de la misma (según el rencoroso, yo apenas he leído algún poema suyo). Me imagino a esa persona ahora tan contenta viendo la repercusión de su sencillo acto, regodeándose con su estupidez. Probablemente se habrá masturbado ya unas cuantas veces pensando en ello, y no me extrañaría que se comprara el libro. Falta inteligencia en lo de odiar a los demás, le digo a Gema. El odio sin inteligencia es ridículo, me dice. Sonrie y dice que quizá nos pasamos un poco con nuestra veneración de la inteligencia. Somos un poco capullos a veces, dice. Algún silencio después, le digo a Gema que mi mayor capacidad de rencor o de venganza es alejarme de esas personas o librarlas de mi presencia cuando ha sido por una pelea entre ambos. Me acuerdo que a mi hermana los enfados le duraban muchísimo, mientras que yo poco después ya estaba pidiendo perdón por haberme enfadado, aunque la culpable fuera ella, aunque yo tuviera razón, era incapaz de mantener el cabreo por justo que fuera. Pienso en mi amiga, con la que, por salvarme, también estoy enfadado (sólo por salvarme, porque no tengo ninguna otra razón para enfadarme con ella); pienso en la indiferencia que mostraría yo si nos cruzáramos (porque temo cruzarme con ella un día, por cualquier calle, en esta pequeña ciudad de millones de habitantes) después de cinco meses sin saber nada de ella, o en contestaciones irónicas (está todo muy bien, Z.) o cosas así. Pero no, sería incapaz de hacer eso, sería correcto, banal y olvidable como acostumbro en estas situaciones. Gema ha puesto su cara de tedio como siempre que aprovecho cualquier oportunidad para hablar de mi amiga. Deberías empezar a preocuparte de otras cosas, me dice.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Letargo

...I'll tell you all my secrets but I lie about my past...

Me hablaba Gema de que ella nunca tomaría drogas y que, de hecho, ni siquiera ha llegado a probar ninguna, lo mismo que el tabaco, porque no le interesa el efecto de las cosas sino las cosas mismas. Me gusta el alcohol por la sensación que me produce beberlo y no porque después me cambie el estado de ánimo, me decía. Del sexo me gustan tanto las caricias y demás juegos como los orgasmos, y eso que los tengo maravillosos. No sé si me explico... Puedo ser adicta a los frutos secos, por ejemplo, que no paro hasta que no acabo la bolsa, o al chocolate... y nunca podría serlo a alguna droga, que es casi lo mismo que tomarse una medicina; no es placentero consumirlas, sólo lo que viene después, imagino. La materia, lo físico, los libros de siempre antes que los electrónicos... no tengo nada contra la gente que lee en libros electrónicos, ni contra el aparente avance que eso supone, pero estoy segura que hay muchas cosas que no son capaces de comprender los que prefieren el formato electrónico, que entienden la realidad de una forma que a mí no me interesa. Quizá sensualidad sea la palabra, creo que denostada por su mal uso, o que al menos yo odio por el uso que se le da. Las drogas no son sensuales, ni los libros electrónicos. En cierto modo es como tu preferencia por los instrumentos acústicos o lo de aquel texto con la publicista de la playa. Me hablaba Gema de eso en el autobús, y el joven que teníamos enfrente, poco menor que nosotros, disimulaba su atención mirando por la ventana, cuando le sonó el móvil a Gema, la canción de Tom Waits que tanto ella como mi hermana y yo tenemos de tono de llamada desde hace años (diez yo, aunque siempre lo llevo en silencio). Quelqu'un crier là-bas, le dicen a veces a mi hermana sus compañeros, asustados, cuando le suena el móvil en la taquilla del trabajo. Creo que incluso se aprovechó de ello en los primeros momentos de relación con su novio, francés, de algún modo que desconozco. Cuando acaba de hablar Gema con su hermana, Irene, que probablemente tiene una melodía insulsa en el móvil y, como yo, lo llevará siempre en silencio, con la que hemos quedado para tomar algo, con ella y su novio, el inglés, que están de visita este fin de semana, el joven del autobús dice que la introducción de piano de la canción de Tom Waits, que ha reconocido, es increíble. Tengo una amiga, dice, que toca el piano, con unas manos preciosas y pequeñas, normalmente pintadas de rojo las uñas, a la que llevo años intentando convencer de que se la aprenda, pero no me hace caso. La verdad es que nunca la he visto tocar el piano, dice como con pena. Seguro que le sonaría fatal, los que han ido al conservatorio se suelen perder en este tipo de temas, continúa rencoroso. Otro prejuicioso como tú, Rubén, dice Gema. El resto del viaje que compartimos, hasta Alonso Martínez, donde se baja, seguimos hablando de canciones, de discos, de Waits, de The Walking Dead. Yo siempre intento ligar con Tom Waits, que en teoría no falla, le digo bromeando a Gema cuando ya se ha ido. Siempre se burla de cuando nos conocimos y la confundí con otra persona, Gema, de mi timidez y torpeza, aunque fuera ella la que se acercó, la que propició la confusión, la que habló de Tom Waits.

Nosotros nos bajamos en la glorieta de Bilbao y esperamos junto a la boca de metro a que lleguen. Enamorarse de una persona que está enamorada de ti, aunque sea de forma sincera, es una prueba evidente de egolatría, me dice Gema cuando pasa una parejita feliz. A parte de ser, evidentemente, la solución fácil. Una prueba más a tu favor, aunque no me quieras creer, aunque te empeñes en seguir con ese inútil letargo. Mira, ahí viene otra parejita, dice señalando a su hermana y al inglés. Qué capullo que es, dice cuando se van acercando.

jueves, 18 de febrero de 2016

Regreso

...diré lo mismo de otra forma porque la repetición es un señuelo casi inteligente...



Las cosas son como eliges contarlas, me dice Gema, y eso es lo que intenta... lo que se hace ahora, estas últimas décadas, que se deja todo muy abierto y es más interesante lo que se puede decir de algo que ese algo. Escuchar las explicaciones sin mirar más de una vez el cuadro, que no tiene matices, que no pide la contemplación, que sólo pide un instante y luego la palabrería posterior para admirar su genialidad. De todas las cosas de las que resulta más interesante lo que se dice de ellas que ellas mismas siempre hay que desconfiar. Pero a este cuadro regresaría, vendría otra vez por verlo, a sus líneas negras y su fondo blanco, que no tengo ni puta idea de lo que insinúan. Quizá sea eso, que haya cierta atracción, las cosas a las que regresas una y otra vez, con esa repetición que no llega a ser: porque nunca llega a ser lo mismo: ya son otras las formas de enfrentarse a lo que parece lo mismo. 

Estamos sentados en un banco blanco enfrente del cuadro. En la sala no hay nadie, apenas vemos a un vigilante sentado en una silla en una esquina de la sala siguiente hasta que entran una madre joven y su hijo pequeño, de ocho o nueve años, y empiezan a dar la vuelta a la sala por los cuadros alejados de nosotros. Gema se calla y continúa contemplando el cuadro, con un interés que soy incapaz de comprender. La madre, que debe tener más o menos mi edad, por lo que tuvo que ser una madre joven, alrededor de los veinte, se detiene frente a un desnudo con la mirada fija en la areola izquierda, igual que hice yo hace unos instantes, como si fuera la ventana de aquel cuadro del asesino. El niño va de un cuadro a otro leyendo en voz alta los títulos y autores con cierto orgullo. Cuando ya los ha leído todos (menos el que sigue observando con insistencia Gema) regresa junto a su madre, que sigue atenta a esa zona del cuadro. Quizás cansado, termina por sentarse a junto a nosotros. La gran muchedumbre, me dice.

Durante el rato en el que ellas continúan absortas en la contemplación de los cuadros, el niño y yo nos empezamos a conocer, sin que ninguna nos haga caso, y me habla de su madre, a la que comienzo a envidiar por su envidiable manera de mirar el cuadro y por lo que me cuenta el niño, que muestra madurez sin dejar de ser infantil y sabe resultar interesante. Me pregunta por Gema con insolencia infantil, si es mi hermana, mi novia, una amiga, o una pequeña ficción, un duendecillo, que me acompaña a todas partes. La verdad es que está graciosa Gema hoy, tan concentrada en el cuadro, le digo, y su pelo despeinado. Dale un golpecito en el hombro, a ver si continúa siendo humana. Gema le para con un gesto simpático y continúa con sus pensamientos. Quizá sea por reacción o porque hace falta irse al lado contrario para mantener el equibrio, pero entre tanto dinamismo me parece que siempre viene bien la quietud, la pérdida aparente de tiempo, pienso mientras el niño continúa haciendo preguntas, ahora sobre cosas del museo.

La madre, con voz de madre joven, deja de mirar el cuadro y llama al niño para seguir con el recorrido. Se despide de nosotros con un saludo y disculpándose por el niño. Lleva unos vaqueros y zapatillas blancas que hacen un poco de ruido al alejarse. Fictita, le digo a Gema, deberíamos seguir, que te van a acabar confundiendo con una obra como sigas así de quieta, y quiero ver si se vuelve a parar frente a otro cuadro y encuentro la ocasión de preguntarle si veía lo mismo que yo en el del desnudo, a la madre.

jueves, 4 de febrero de 2016

Perfiles

...hasta quebrar la imagen de todo lo que fui...

Creo que no se menciona nunca, pero una de las grandes virtudes de esta canción es que no se nota nada que es una canción de amor heterosexual de un hombre por una mujer y eso es, quizá, su gran virtud, le digo a Gema bromeando después de que me dijera que dejara ya de joder con esa canción y pensando en una serie de tuits que me recordaron lo que contó un profesor de literatura al leer un poema de Cernuda, que curiosamente gustó bastante a la clase, acerca de que uno de sus puntos fuertes era justamente eso, que no se notaba que era de amor homosexual, que valía para todos, que se lo podías enviar a tu amada y acabar follando con ella sin que dudara en ningún momento de tu virilidad, le digo a Gema. Ahora que sé que soy una mala persona, y ya son siete meses que no dejo de repetírmelo, no malvada ni capaz de infligir daño como única intención, sino con la horrible maldad del que no comprende lo que siente el otro, que es lo que no le entra en la cabeza a tantos tíos, puedo ir mejorando. El primer paso es darse cuenta, lo bonito es que no es el último, que está aprender y mejorar. Ya, Gema, ya sé que exagero, pero es que no puedo dejar de darle vueltas. Echo tanto de menos a mi amiga, mucho más que lo que no pudo ser. Esos Hola Rubén que decía y que cuando los leo en el móvil me suenan siempre a ella, sean de quien sean, o sus ideas repentinas o que me contara su vida con tanta naturalidad. Y, bueno, releo su mensaje y no describe a la buena persona que siempre me he creído, y tiene que ver con eso. Y eso que sólo me dijo la mitad. Estoy seguro que lo de llamarla inocente le sentó fatal (aunque sea una palabra que yo suelto con mucha facilidad, sin sentido casi, en cualquier situación, por culpa de mi perro, que sabe fingir muy bien su inocencia, pero eso no lo sabe ella, ya que es una broma familiar que sólo entienden mi madre, mi hermana y tú, Gema, y el perro, claro). Yo que soy un tío tan comprensivo, que lo comprende todo, cuya inteligencia se basa en la facilidad de comprensión, no en la de la creatividad o agudeza o qué sé yo. Es, por ejemplo, como el tema este de la Guerra Civil, que haya gente que no comprenda la necesidad que tienen esas personas de saber dónde están sus muertos, esa falta de empatía, es realmente preocupante. Y no es necesario compartir esa necesidad. Yo no estoy seguro de que la compartiera, aunque habría que vivir con ello para saberlo realmente. Lo que sí soy es capaz es de comprender que tengan esa necesidad y que sea importante para ellos. Pero con ella, esos dos días sobre todo, y quizá alguna vez más, no sé, no supe comprender y quitarme de en medio a tiempo. Gema no dice nada y yo continúo con mis lamentaciones. Todo mal, es que lo he hecho todo mal, y llevo estos siete meses que no sé ni cómo estoy, si bien o jodido. Realmente no lo sé. Casi como si no hubieran pasado, como si siguiera allí sentado, con mi estupidez, terminando de joderlo todo de nuevo. O lo que es peor, quizá soy yo el problema y no que haya cometido esos errores por torpeza. Y a ti te tengo ya harta, por lo que veo, le digo a Gema que está tumbada leyendo a Chantal Maillard. Joder, es que no puedo ponerme a leer sin que te dé por empezar a hablarme justo en ese momento. Me lo haces siempre, Ru, me dice ocultando sus ojos detrás de alguna frase.

jueves, 28 de enero de 2016

Terremoto

Tanto años viviendo por allí, Gemita, y nunca he notado ni el más ligero temblor, con la ilusión que me hace, le digo a Gema mientras cocinamos una de esas recetas especiales que se me ocurren dos o tres veces al año. Con terremotos no sueño nunca, lo mío es más soñar con inundaciones, el mar viniéndose hasta la puerta de mi casa, inundando Taramay, esa especie de caldera abierta al mar, mientras corremos a lo alto de la loma para asegurar la supervivencia. La pena es que me despierto poco después y no puedo aprovechar lo de lanzarme al mar desde la terraza o la cochera. Es lo más parecido que tengo a pesadillas, pero la verdad es que son sueños muy entretenidos y siempre acaban bien. Y la belleza de lo catastrófico es impresionante. Es curioso el optimismo que tengo para todo, siempre creo que las cosas van a acabar bien; luego me equivoco en los procesos a los que no presto atención, que son los que no acaban bien. Pero bueno, siempre he querido notar algún terremoto y comprender lo absurdo de algunas preocupaciones humanas. Porque uno sabe muchas cosas, es consciente verbalmente de muchas cosas, pero sólo viviéndolas se pueden llegar a comprender bien. Y eso es la experiencia y la necesidad de los años, le digo a Gema mientras sigo pelando la cebolla que me mandó pelar. Toma, para que llores con una razón que merezca la pena, me dijo. Por ejemplo, aprender a beber, como le escuché en una entrevista a Krahe, es algo que requiere tiempo, años, no es sólo tragarse el líquido. Quiero decir, hay cosas que no se aprenden con palabras, por mucho apego que les tenga, aunque seas capaz de verbalizarlas de un modo parecido. Gema juguetea con las sartenes, la cacerola y una cuchara de palo, arremangada, con una coleta, joven y adulta, y un gracioso gesto de concentración. Tenemos puesta a la amiga Polly Jean y creo que Gema anda centrada en The last living rose. Dan ganas de besarle cuando dice dice nothing; en realidad le daría besos durante toda la canción, dice Gema. Y al batería me lo follaba, con ese ritmillo trotón que tiene. Llevamos varios días oscilando entre el White Chalk y el Let England Shake, cuando no la torturo con alguna de las versiones de la entrada anterior. Todo tiene su momento, me dice cuando acaba la canción. Mira que la conozco desde hace ya bastantes años, creo que desde que sacó el disco con piano y leí una entrevista de alguien que la mencionaba con motivo del cambio de sonido que suponía para ella centrarse en el piano; busqué algunas cosas suyas y ocasionalmente lo habré intentado alguna que otra vez más, pero hasta ahora que te ha dado por su disco no me había llegado a gustar. Quizá algún día me interese también Nick Cave, a parte de Into my arms en la versión de Tulsa, que escribió por Polly Jean, justamente. Hay cosas a las que se pueden dar millones de oportunidades. Fíjate que aún soy tu amiga, después de tantos años, me dice con mala intención mientras saca una sartén del fuego. Controla y rehoga un poco esto de aquí, Ru, y pon un poco de orden, me dice saliendo de la cocina.  

miércoles, 27 de enero de 2016

Cielo

...esto sí que es un fin de capítulo...



Quise un sueño lleno de luz
y al retroceder no sé exactamente hacia dónde
contemplaba un rostro que sonreía
y demostraba ser algo así como el absoluto:
tú sigue jugando con los detalles con los gestos sin recibo
que yo te torturaré con mi generalidad sin espectáculo
decía mientras me movía por el escenario de un sitio a otro
cosiendo unos pantalones de calidad infinita
o eso pensaba, llorando para existir
y ocultando con pocas palabras todo lo que parecía ser yo

La sala estaba vacía butacas vacías la pendiente ascendente
y no veía las paredes ni escaleras nada a lo que dar testimonio
ni la quietud de antes ni la suciedad de después
aunque ella estaba ahí con su sonrisa
no somos más que espejos en los que te buscas sin vernos:
si no los dejas conocerte no los conocerás, no me conocerás
no habrá nadie, cuenta algo, es imposible caminar contigo con ese silencio, esa barrera,
un  gato de esos que no hace ruido por la chapa de algún tejado,
aún no es demasiado tarde, aún puedes ponerte la otra bota, caminar
dejar de mejorar esos pantalones para empezar a usarlos
o puedes olvidarte de ellos, caminar desnudo como desnudas todo lo que no tocas
las manos bonitas, la piel no es la intemperie,
las caricias que te faltan, no todo importa igual, no todo importa tanto

Mañana nos iremos a vivir juntos
para no empezar a bailar cuando estemos muertos

La sala se va inundando ilimitada y el mismo cielo lo abarca todo
cada nube vestida de ramas cada gota que se deja caer
debo creer que espera mis palabras si sigue ahí
mojándose el pelo en mi sueño
los dos sentados en la misma fila callados
fue ella la primera en llorar pero no lloraba por mí, lloraba por ella
yo lloro por mi, por las palabras que elijo
por lo que no he sabido conocer y lo que conozco
por lo que no dejará de ser posible
desde una madera que sigue mojándose
y una tormenta que no será para mí.

miércoles, 20 de enero de 2016

No Code, Pearl Jam

Me pide el redactor jefe que rescate un disco de los noventa para una nueva sección del periódico y a mí, que me pilló demasiado pequeño y mi personalidad musical se forjó en la década siguiente, en este milenio tan poco característico, tan falto de personalidad (a ver qué nos deparan los locos años veinte que se aproximan), me parece genial que me lo pida. Reconozco que me hubiera gustado nacer en el setentaicinco para que esa década, la última analógica, me hubiera pillado entre los quince y los veinticinco. Los nacidos ese año aún tienen para mí veinticinco años, y todas las personas que me atraen tienen esa clase de veinticinco años que yo imagino. Es casi un asunto personal lo de los noventa.

Yo que vivo en mi mundo, sin perspectiva, sin idea de nada, considero que lo mejor de esa década son los cinco discos acústicos (odio este término, por cierto) que sacó Silvio. Ese El necio con una guitarra increíblemente compleja y su voz recorriendo en un sólo fraseo la identidad de esa época, de la modernidad del siglo veinte, o las décimas y la parte instrumental de Del sueño a la poesía (o el análisis de El problema, Casiopea, Canción de Navidad, Debo), los dos sonetos del blues de Me quieren, la maravillosa Rosana, la estremecedora Al final de la segunda luna. En realidad, nunca habrá nada más moderno que esos discos, los de la trilogía sobre todo, y poca gente lo sabe. Creo que yo, solamente. Me recuerdo, ya que están ustedes tan interesados en conocerme, con cuatro o cinco años diciéndole a mi padre, en el mítico Seat Ibiza gris de motor Porsche, que en esas canciones había más de una guitarra; o el día que le dije a mi madre con seis años que quería tocar la guitarra y en mi cabeza sonaba la guitarra de Monólogo. Veinte años llevo ya tocándola. Y no envejecen. Pero ya ven mi imparcialidad, no hay quien confíe.

Así que no, no voy a hablar de esos discos, ni de mí tampoco. Pensé en hablar de Bone Machine, de Tom Waits, ese disco destructivo, denso y atormentado, que después de atacarnos con una visión más bien apocalíptica del mundo nos regala como cierre la maravillosa That feel, acompañado de Keith Richards, en la que nos dice que ese sentimiento es lo único que no nos abandonará. Una cabronada o una genialidad, como quieran verlo. Pensé también en escribir sobre Tras el último no va nadie, de los Enemigos, título que duele y que recoge muy bien los derroteros del disco, que nos lleva a dar una vuelta por las zonas bajas de la existencia, con capullos que esperan, otros que descubren la venganza o aquellos que son incapaces de comprender lo que les ha tocado en suerte. Tiene canciones inmensas como Sin hueso o incluso preciosas como Sueña (por mí), en la que Josele está acompañado sólo de su acústica, y pasajes musicales muy conseguidos. También pensé en los Cardigans de mi admirada Nina Persson, pero sus dos mejores discos, a los que no les quitaba ni una canción, como esa maravilla llamada Losing a friend, son de la década siguiente. De los otros rescataría algunas canciones como My favourite game, si le quitaran el molesto riff, o Erase and Rewind y quizá unas cuantas del primero con esa vocecilla que tenía por entonces Nina, cuya forma de cantar, por cierto, me gusta por las mismas razones por las que me gusta la voz de Silvio. O en el Rid of me de PJ Harvey, que desestimé porque estoy totalmente enganchado al maravilloso White Chalk.

Finalmente, y hablándolo con el jefe, me decido por el No Code de Pearl Jam y su famosa portada que es puro años noventa, y que este año cumple los veinte mostrándonos que los noventa no están tan lejos como lo estaban los ochenta hace diez años. Reconozco que me acerqué a Pearl Jam después de escuchar el primer disco en solitario de Eddie Vedder y que no es una banda que conozca en profundidad, pero qué quieren, si yo en este periódico soy el encargado de la literatura, los crucigramas y la política norteamericana. 

El disco como piedra angular en la trayectoria de Pearl Jam, a partir del cual comienzan a descender sus ventas y que supuso encontradas opiniones entre sus seguidores, no es algo que me interese, así que vayamos canción a canción. Comienza con Sometimes, una canción que uno acaba por considerar hasta bonita con el tiempo. "Sometimes I live", dice en un verso hablando simplemente de ser. En Hail, Hail describe la sensación de no ser digno del amor de tu pareja, de ser insuficiente o inferior, en una relación tormentosa. Le sigue Who you are, de letra existencialista y ritmos tribales, y una melodía muy pegadiza y alegre. En In my tree vuelve a pasárselo bien el batería para una letra también inmaterial. Smile es un tema doloroso de sonido atormentado. "I miss you all days", dice, entiendo que a una amistad perdida, si no estoy pensando en otra cosa. Off he goes es una de las mejores canciones del disco sobre una relación de amistad o quizá sobre el mismo Eddie Vedder viéndose por fuera como un amigo de mierda, otra vez destrozando amistades. Podría durar veinte minutos y seguir resultando agradable escucharla. Habit me suena a los Enemigos de Gas, contundente y furiosa, no sé si sobre drogas o algo así, conformismo, decisiones equivocadas. Hard Rock para Red mosquito, con una gran guitarra para los que disfrutan de este tipo de sonidos. Lukin, sobre una stalker, es un tema frenético, una descarga de un minuto. Present tense es probablemente el mejor tema del disco y el que me atrajo al disco después de una primera escucha en la que no pillé el resto de canciones. La mejor cantada, quizá cercana a los discos en solitario de Eddie, trata sobre no revolcarse en los remordimientos por los errores y seguir adelante. Geniales los cambios de intensidad. Mankind es un punk con una melodía como de grupo de jovenzuelos californianos, en el que no canta Eddie. En la siguiente tampoco canta, sino que habla, y también es de temática introspectiva. Cierra el disco Around the bend, una preciosa balada en la que canta a un bebe.

En definitiva, No Code es un buen disco, variado, con unas cuantas grandes canciones que, en realidad, tampoco he escuchado mucho. Quizá lo haga más a partir de ahora.

martes, 12 de enero de 2016

Cicatriz, de Sara Mesa

Hace unos días entré a un vagón de metro en el que todos los viajeros, menos yo, tenían los ojos de colores llamativos: azules brillantes, grises mesméricos, verdes esmeralda; una de las viajeras, imagino que rusa, los tenía realmente mareantes, como galaxias diría; otra, como Bowie, tenía una púpila dilatada, y unas líneas parecían formar un pájaro azul. Siempre he pensado que lo ojos azules y verdes están sobrevalorados (son unos ojos marrones los que más recuerdo, aunque son como esferas, y qué listos que son; luego hay otros, también marrones, un poco más claros, a los que echo mucho de menos, por capullo; quiero decir, la belleza no está necesariamente en el color, en lo evidentemente extraordinario), pero no sabía muy bien dónde mirar, los grises mesméricos tenían una gravedad muy atractiva, los azules eran como lanzarse al mar, es decir, que me obligaban a mirarlos, todos los ojos pidiendo que los mirara y los dueños, que imagino como cualquier dueño de ojos, ofensivos, tímidos o incómodos, quizás despreciando la normalidad de los míos, inrentaban evitarlo. En esa lucha estaba yo, más bien atemorizado, cuando vi la novela de Sara Mesa, Cicatriz, en la mano con anillos (lo peor de mi inteligencia es mi amor por los detalles, que diría Borges) de un joven de ojos verdes que se puso a mi lado, agarrado a la barra con la otra. Yo, indiscreto, me puse a leer protegiéndome de las miradas.

martes, 5 de enero de 2016

Black Black Black Black de Marta Sanz


Un profesor de Física de la Universidad de G., con un expediente más bien mediocre, realiza una ponencia en un congreso de Física a la que no acude nadie salvo una joven, Raquel, doctoranda de física y divulgadora amateur. En esa ponencia, que da para Raquel como si hubiera estado repleta la sala, anuncia que ha descubierto que el fin del universo se producirá dentro de 63 años, y cuenta de forma didáctica y resumida sus estudios. Raquel, brillante estudiante de física, comprende que no se encuentra ante ningún loco y le pide que le deje revisar sus estudios detenidamente. El profesor, ya mayor, anticuado y alejado de las formas actuales de investigación, de la ciencia como técnica y no conocimiento, de esa forma vacía de progreso, y del prestigio de los papers citados, una vez que Raquel comprende que su estudio es jodidamente cierto, es ayudado por la joven y su novio, ambos amantes de las redes sociales, para dar a conocer su trabajo a científicos, periodistas, gobiernos. 

A partir de este hecho, Marta Sanz construye una fantástica novela con dos partes muy diferenciadas, en la que abundan ideas interesantes y un siempre certero uso del lenguaje y del desarrollo narrativo. En la primera, aprovechando el intento de dar a conocer el descubrimiento sin que se lo tomen a broma, se hace un análisis brillante y afilado de la sociedad actual tan horriblemente centrada en relaciones blandas,  en la que opinar significa posicionarse (poner la foto de un lacito en el perfil de las cuentas de las redes sociales o ponerle un filtro de bandera francesa a esa foto) y nunca dialogar, con una absoluta falta de empatía, y adentrándose, a través de la figura del profesor, en el significado actual del éxito y de la inteligencia, más vista actualmente como adaptación al medio cuando quizá podría considerarse justo como lo contrario, como resistencia a determinados cambios o como construcción de una personalidad propia. El profesor, a pesar de realizar el trabajo más revolucionario y brillante desde la obra de Einstein, y también el más terrible de la historia, es atacado y vilipendiado en esta primera parte cuando empieza a ser conocido, siendo objeto de burlas y memes en las redes sociales, y también es atacado por investigadores y pensadores y tertulianos.

Otro de los temas que vertebra esta primera parte es el del pensamiento positivo, que surge a  partir del curioso optimismo de Raquel a la hora de creer que se conseguirá convencer a la humanidad del cercano fin del universo (lo que también plantea algunas cuestiones filosóficas, éticas, sobre la necesidad de dar a conocer este hecho, que el profesor de física, sólo preocupado de sus estudios, no llegó a plantearse hasta encontrase con los jóvenes, Raquel y su novio, en diálogos que son lo mejor de esta primera parte del libro), como parte fundamental de la ideología de Silicon Valley: ese pensamiento positivo que hace sentir culpables a todas las personas que padecen de este sistema de pobreza, de desigualdad, falta de vivienda, incluso de enfermedad, porque se les recrimina indirectamente el no haber tenido la suficiente reacción buena y positiva para salir adelante y superar estas adversidades. Esa especie de buen rollismo colectivo que la autora imagina totalmente aterrador y en el que mete a la inocente Raquel.

En la segunda parte, más coral, aunque también centrada en los preciosos ojos de Raquel y en los preciosos ojos de su novio y en la elegante calva del profesor, y en la singular inteligencia de Raquel y del profesor, no así la del novio, menos brillante, una vez que ya es aceptado por todos los científicos, los gobiernos, las personas, que lo del fin del universo es real e inevitable, que no hay la más mínima opción o esperanza de su persistencia, se adentra la autora más en la descripción del alma humana, desde un punto de vista moral y filosófico, en los diferentes comportamientos a los que lleva la certeza de esperar 63 años a que se acabe todo, tomando quizá como referencia la obra de Camus y en especial de su novela La peste. ¿Será la humanidad capaz de esperar esos años sin destruirse? ¿Cómo se comportarán los que nazcan después de ese 16 de julio? ¿Y los gobiernos, servirán de algo? ¿Habrá algún científico que intente buscar alguna solución? ¿En qué se puede creer en una situación así?

En definitiva, en esta ambiciosa novela Marta Sanz consigue crear una obra literaria asombrosa, completa, brillante y excelentemente escrita. La mejor novela de los últimos 20 años. Léanla (si pueden). (*****)

(Hay cachos robados de una entrevista de Anna María Iglesia a Marta Sanz)

viernes, 1 de enero de 2016

Orilla

...me haré insignificante, todavía más niño a tus orillas...
...es que de dónde, por dónde, en qué orilla?...

Deberíamos recapitular o algo, dice Gema, y no se refiere a lo de esta noche, al ridículo que habremos hecho en algún momento, a las tonterías dichas o a los bailes en casa de unos amigos. O los propósitos de este año o recapitular, lo que prefieras, que no te he escuchado mucho en toda la noche, me dice mientras caminamos por Velilla pegados al mar, que se balancea menos de lo que parece, para llegar a mi casa. Lleva un vestido negro, los zapatos en la mano, camina descalza, y el pelo, otra vez corto después de tanto tiempo, despeinado. La imagino asturiana, despreciando el frío del sur con su piel blanca desprotegida. Los ojos verdes no son los de quien no ha dormido en más de veinticuatro horas. Si ya sabes lo que voy a decir, en quién pienso, y ha sido un año de mierda, Gema, para qué me preguntas. Gema se ríe; sabe que es la única persona con la que dramatizo, infantil, que aunque sea sincero no le doy tanta importancia, que me sienta bien contarle estas cosas (como si las escribiera). Ya no es que esté enfadada, es que seguro que me considera gilipollas o incluso despreciable y ya ni le importo, ¿cómo voy a confiar en mí si estoy de acuerdo con ella?, voy diciendo con el complicado andar junto a la orilla. La verdad es que no sé por qué a ti sí te gusta estar conmigo; hay por ahí muchas descompensaciones que debería revisitar y aclarármelas, pero es que significa tanto para mí, digo con cierto patetismo. Eres cobarde hasta para abandonar, Ru, me dice en la playa vacía, cerca ya del Tesorillo y con el sol despuntando por Salobreña. Y me empieza a hablar de su regreso a Madrid, de su trabajo, de lo cómoda que se siente con sus nuevos compañeros, de los problemas que ha tenido su familia este año. Para Gema no existe la derrota, sin necesidad de acercarse a esas filosofías baratas e inaguantables, y escucharla hablar de sí misma las pocas veces que lo hace (imagino que continúa borracha, aunque soy incapaz de encontrar otro detalle que lo muestre) resulta siempre interesante. La forma de encajar lo bueno y lo malo. A ver si se me acaba pegando un día algo de ella, pienso. Gema anda ahora con los pies metidos en el agua. Cuando lleguemos a tu casa cogemos unas toallas y venimos a darnos un baño, que está buenísima, dice Gema saliéndose del agua para subirse a las rocas donde está la atalaya, en las que nos sentamos para terminar de ver salir el sol.