jueves, 28 de julio de 2011

Alvar Aalto (ejercicio en construcción)

A los seis meses de la llegada de Ana al MIT, donde tenía la suerte de vivir en la residencia Baker, decidí viajar a Finlandia con la intención, que se podría calificar de absurda o desesperada, ya que era un intento de acercarme a Ana (a la que, desde que estaba en América viviendo en la sinuosa residencia creada por Alvar Aalto, imaginaba como un pez de aguas temiblemente profundas) de visitar algunas de las obras, edificios o ciudades, diseñadas por Aalto, y de adquirir, si era posible, alguno de los muebles que diseñaba para la empresa que creó con su mujer.

Aunque llegué al aeropuerto de Helsinki, decidí visitar primero la ciudad de Seinäjoki, cuyo centro urbano había diseñado Alvar, organizando el tránsito de coches y peatones, para ver luego, cuando regresase, los edificios de la capital.
Durante el viaje pensé en lo que vería. Me interesaba estudiar la forma en que había intentado resolver el problema del tránsito Alvar Aalto; era un forma de engañarme: creer que sería capaz de distinguir las soluciones propuestas, de aprender, de sacar provecho del viaje. Pensaba que intentar analizar ampliamente todo el problema, como se lo pudo plantear el arquitecto, de describir las opciones, de explicar los motivos que lo llevaron a la solución, de buscar otras alternativas, podría valerme, en algún momento concreto, o de una forma casi inapreciable (imposible de señalar) pero existente, para los problemas que podría encontrarme cuando empezase a trabajar como ingeniero, aunque fuese en un campo completamente distinto, como era probable por mis preferencias. La brillantez, la audacia, la lucidez, intenté explicarme, no se hallan en lo que uno hace, ya sea arquitectura, literatura, música, o una zanja, sino en la forma en que se enfrenta uno a ellas; por lo que saber algo de arquitectura o ser capaz de entender la lucha de un compositor con la armonía de una determinada obra, me decía, es una de las mejores formas posibles de estudiar un problema propio de un ingeniero.

Al llegar a la estación del pueblo le pregunté a una joven que estaba allí sentada en un banco, esperando, cómo llegar a la torre Alvar Aalto, desde la que tendría una buena vista de la ciudad. La joven me explicó la forma más sencilla de llegar y me preguntó si conocía a Alvar Aalto: me dijo que no ella nunca supo quién era ni por qué tenía tanta importancia en su ciudad. Alvar Aalto fue un arquitecto de Finlandia, quizás el más importante, del siglo veinte, le dije; yo he venido hasta aquí sólo para descifrar su forma de dar soluciones a problemas, de razonar. Alvar buscaba una relación digamos, dije, armónica entre el hombre, la naturaleza y la construcción: no pretendía hacer obras majestuosas que sólo sirviesen para ser vistas, sin que fuese viable ningún uso, sino que pretendía que sus obras fuesen lo más funcionales posibles, aprovechando además, de la mejor manera posible, los recursos que proporciona la naturaleza, en forma de luz y todo ese tipo de cosas. Esto lo dije con cierta inseguridad, sin creer en mis palabras, pero intentando que pareciese que sólo estaba buscando la mejor forma de hacerle ver a la joven el valor de Alvar. La chica tenía unos ojos enormes y me miraba insinuando una sonrisa.

martes, 26 de julio de 2011

de J.A. Valente

Tu imagen melancólica
en el cristal tan tenue
borrada por la lluvia
es la imagen de un niño
que aún se asoma a su adentro
buscando a tientas la quebrada imagen
de lo que quiso ser.
   
            (retorno)

domingo, 3 de julio de 2011

Método del alba, de Carlos Barral

Le puse música. Estoy bastante contento del resultado.

Sólo el licor profundo de la piedra
y el polvo y la humedad del mundo itinerante
que suena por partículas responden
en un rumor obscuro a las disueltas
nubecillas de aire con esdrújula.

Digo,
digo frases caudales con pausas escarpadas,
digo tu nombre en griego y de tus dedos
el color injurioso todavía invisible
y escucho mientras sigues pendiente del vacío
mirando silenciosa los bordes azulados de la esbelta agonía.

Tú estás pensando ahora en el brillo de azogue
de la playa humeante en que un perro sin dueño
o en la luz de un insecto o en la llama
nacarada sin rojo de un fósforo instantáneo
y están ya tus colores detrás de ti y envuelven
los lindes transparentes de tu cabeza inmóvil.

Compañía en la noche ya no puedes
callar porque nocturna.
                                      ¿No conoces que cambia
el ritmo a punto, experto de los dedos
pegajosos, veloces, de este reptil que somos,
y el lomo de las cosas ya se ha reblandecido?

Es como el interior redondo de una larva,
o una vejiga inmensa la bóveda del cielo
y aquello que era forma es casi un árbol
mísero y este otro es una torre
verdadera y sin miedo, ya indudable.

Será mejor parar y bajar al camino,
ahora, enseguida y antes que no seas,
y buscar esa flor que crece siempre
pálida entre la grava
- la tierna flor del día,
pobre y sencilla, que quiere ser meada.