Gema abre las ventanas mientras yo me siento en el sofá. Ya debe entrar algo de fresco, dice, un poco por engañarnos aunque agradezco la corriente de aire denso que de vez en cuando noto en la cara como un abrigo. Entra olor a tardes de verano caminando entre pinos por los pinos que rodean su piso. Me ofrece algo de beber antes de sentarse junto a mí como hacíamos hace años, cuando aún vivía en Madrid, y noto el calor de su brazo, que apenas me roza, como un horno. Gema sigue oliendo a ella, envuelta por el aire, y ni las líneas de los ojos y de la frente, que quizá desaparecen más lentas que antes, ni las pocas canas que se descubren al mirar con atención su pelo, hacen que parezca más vieja que cuando nos conocimos hace quince años. Se oye el zumbido suave de la nevera, el tictac de un reloj analógico, las cigarras algo histéricas en el exterior, algún coche que pasa por la calle, la voz de Gema imponiéndose en el aire a todos esos sonidos. Desde la ventana veo aparecer una nube amplia, condensada, e imagino que serán las tormentas que anunciaron para mañana, impacientes. Un avión desaparece detrás de la nube y veo unos pájaros ir hacia un árbol. Los últimos rayos de sol colorean el aire con tonos cálidos. Compartimos el aire, pienso, el mismo aire, sin darle importancia, sin preocuparnos. Sobre la mesa el segundo tomo de los diarios de Chirbes y me dice, interrumpiendo lo que decía, que en las primeras páginas le roba su opinión de los museos, descaradamente. No hay más libros en el salón, no hay tele, un portátil cerrado está colocado, oblicuo, en la mesa que entiendo que usa para comer. Tiene razón en lo que dice, pero yo no quiero escuchar hoy, ni pensar en ello. Hemos venido andando desde la estación y, en lugar de ir callados, la he puesto al día de las cosas que le gusta que le cuente y ahora ella está pensando sobre ello, opinando, aplicando su teoría de los interlocutores, que imagino que a ella le faltan aquí y que a mí me cuesta ver a menudo desde que se fue, convertido la mayoría de días en un bufón que intenta que nadie lo entienda. Aprovecho el resquicio de Chirbes y le hablo del Prado, al que volví la semana pasada, y de los paisajes de Claudio de Lorena. Pinta el aire, le digo. Pero Gema me recuerda mi frase favorita y me habla de mis interlocutoras fantasma y del infierno tan temido que me invento. Pero creo que te estoy quemando un poco, dice interrumpiéndose mientras intenta interpretar el aire. Le digo que no soy yo, que me encanta escucharla, que huele a humo, a ceniza, a cosas quemándose, como si alguien estuviera fumando en tu ventana, sugiero. Se levanta, dejando las sandalias junto al sofá, y cierra las ventanas. La nube que parecía de tormenta, digo, viene de un fuego, leo en el móvil.
Las esperas
La cosa está en saber (Baitalle)
viernes, 15 de agosto de 2025
viernes, 27 de diciembre de 2024
Entrevista desordenada con Lisboa Martínez
Al escuchar el disco, le digo en algún momento de la conversación, digamos que al principio, que no llevamos ya varias horas bebiendo en las que Rubén oscila entre mirarme a los ojos cuando hablo yo y mirar los vasos que mueve con las manos cuando habla él, esta es una entrevista profesional, yo pregunto y él responde, sin contarle mi vida, él sonríe, a veces con tristeza, y luego responde, o me dice estoy mirando tu pregunta preferida mientras piensa en responder, quiero decir, os vais a creer que esto ha sido así aunque no voy a poner nada de mi parte para que lo hagáis (iba a ordenar, pero qué feo ordenar cuando vamos a hablar del desorden), al escuchar el disco, digo que le decía, he jugado a descubrir qué es lo que considerabas desorden en cada una de las canciones, es decir, el epígrafe con el que se abre le disco ("Sobre los usos del desorden en la música"), invita un poco a ello, lo he entendido como una invitación. Sí, sí, justo, mira, hemos salido de fiesta y os quedáis a dormir en mi casa, no os esperaba, no he limpiado, este es el desorden en el que vivo, perdonad, me justifico, no esperaba vuestra visita, os dejo esta cama, ahí están las guitarras, las canciones, unos libros por aquí y otros por allá, el desorden muestra lo que soy, pensáis, la limpieza y el orden no, os expulsan de mí, de las cosas, o como cuando toco como si nadie me escuchara, desordenadamente, sin pensar en nadie, en los vecinos, en los convivientes cuando tengo de eso. El nombre, la idea, viene de mi forma de componer y de grabar. Tengo una música por aquí, una letra por allá, por lo que sea, es decir, por el desorden, acaban juntas. O al grabar, aparece un violín, un piano, una especie de acordeón, y se ponen a acompañar a la guitarra, de la que he grabado quince pistas y por casualidad, unas quedan bien con otras, sin planearlo. La idea viene un poco de ahí, aunque después sí que intenté pensar diferentes formas de desorden (la estructura de la canción, la temática, los versos) y hay una invitación a ese juego. Bueno, tengo que decir que creo que es un disco fallido, o sino fallido, al menos un disco que no termina de explotar al máximo las ideas que podría desarrollar, por incapacidad mía, por falta de conocimientos. Pero sí, la idea es la que dices, ensayar diferentes formas de desorden en cada canción. Me hubiera gustado haber jugado más con el ritmo (canciones polirrítmicas) o la tonalidad (canciones politonales, o fuera de totalmente de este sistema), pero carezco de capacidad para eso. Es un campo con posibilidades, diría, pero yo, ya sabes, no tengo ni idea y hago lo que puedo.
Pero qué entiendes por desorden, le digo en algún momento, esto es una entrevista, contesta, le digo, dime, tienes que hablar, danos una guía, enséñanos tu alma, cuánto le has robado a Richard Sennett. La referencia era sencilla, Lisboa. No sé lo que entiendo por desorden, pero me gustó el librito de Sennett, la idea de lo que propicia cierto desorden en lo urbano. El año que estuve en Boston, que dormí en las residencia de estudiantes del MIT, la pareja de la amiga en cuyo piso me quedé me contó, cuando me estuvieron enseñando el MIT por dentro, que el MIT está diseñado con esa idea, que los ingenieros puedan cruzarse con los filólogos, etcétera, supongo que Sennett tuvo algo que ver en eso. Y desde entonces le fui dando un poco vueltas a la idea del desorden, a sus posibilidades. La limpieza y el orden me expulsan de lo que ocurre, es una forma de matar posibilidades, de crear jerarquías, de opresión quizá. El orden invita a estarse quieto, a no jugar, a ser museo, a la muerte, a la putrefacción del agua estancada, es agua estancada, agua estancada. Y, si hablamos de música, me resultaba divertida la idea de usar el desorden ya que la música se puede entender como ordenar notas en el tiempo, con unas ciertas reglas, más o menos rígidas. El anhelo burgués de "comprender ordenando cualquier cosa que suene y disolver en razón humana la esencia mágica de la música", dijo como si pusiera comillas, como citando no sé a quién, sospecho que todo lo que dijo después sobre la música también lo ha robado del mismo sitio. Las células melódicas están bajo un hechizo, no condenadas, sino impedidas de desarrollarse libremente, sujetas por su tonalidad. Creo que eso no he sabido evitarlo, pero he probado otras cosas. Por ejemplo, huyendo de las cadencias, de buscar la quizá falsa coerción natural del efecto de nota sensible, de cadencia automatizada, las relaciones temporales, la transición, el crescendo, la diferencia entre campo de tensión y campo de resolución, exposición y desarrollo, de pregunta y respuesta, en lugar de resolver la tensión entre música y tiempo hacer una finta a éste; olvidar su tiempo de vivencia, las repeticiones a empellones, crudamente presentes, concebidas como medios para, a través de la estilización de la duración, extirpar de la música la dimensión de la memoria, del pasado protegido; la inversión del dinamismo musical en estatismo, sacar al oyente de los recursos a los que está acostumbrado, no como negación, como su opuesto, sino como si no hubieran existido, como si no los conociera. Lo dice como si lo trajera estudiado pero los vermuts hayan desordenado un poco lo aprendido.
Háblame del desorden fuera de la música, Rubén. En la canción que has titulado infantilmente "Bolero?" hay un desorden temporal causado por el amor. Hay una frase de Clarice Lispector ("El futuro está hacia el frente y hacia atrás y hacia los costados. No necesitamos tener un orden para vivir") que retuiteaste hace poco que me recuerda a esta canción. Lo que hay aguas abajo afecta aguas arriba, es una cosa de mecánica de fluidos que siempre me ha parecido muy metafórica, si pensamos el río como un flujo temporal. Conocer a alguien puede cambiar tu pasado, hacer que tenga sentido lo que hasta ese momento parecía totalmente inútil, y hacer que tu nuevo pasado, el que surgirá después de conocerla cambia con respecto a lo que tenías antes ("un nuevo pasado sin tu ausencia"). Creo que el amor enriquece por medio del desorden que genera en lo que es tu vida hasta entonces. No sé si enriquecer es la palabra adecuada. No me gusta lo de considerar el amor algo salvador, yo que vivo en un persistente fracaso, pero es evidente que cambia cosas. Quizá también como en la canción "Noche", le digo, en lo que parece una conversación entre una parejita joven en una habitación pequeña en verano. Los días desordenados, de hacer muchas cosas, de dar vueltas juntos y no saber si eres tú o soy yo.
Como personas humanas que han bebido mucho, hay un momento en que bajo al baño para mear y Rubén se queda con mis cosas. A la vuelta lo veo haciendo fotos a los vasos y a un recipiente con naranjas que teníamos delante. También él, en un momento que intuyo cuidadosamente elegido para no interrumpir la conversación, baja al baño, y sé que se hará un selfie (que más tarde subirá a instagram). A la vuelta, quizá porque me ve un poco parada después de tantas palabras, me hace una pregunta que creo que respondo según lo que esperaba oír (sospecho que se siente muy orgulloso de su capacidad predictiva y no tanto de que él también sea predecible cuando le digo que sé que se ha hecho un selfie).
Rubén, todas las canciones son de amor, diferentes momentos en una relación, le digo para retomar la entrevista, desde una primera cita al duelo de la separación, pasando por las etapas intermedias divertidas, como en "Noche" o "Bolero?", o simplemente momentos de apoyo como en la canción "Hilo" o de duda como en "Cielo". Bueno, no sé si las calificaría de canciones de amor, creo que son más bien canciones sobre la dificultad de relacionarse con otro, la complejidad más bien. La singularidad, como dices en la probablemente única canción de la historia en que se menciona a Lévinas, le digo. Diría más, dice, la única canción del mundo que resume la filosofía de Lévinas, no sé si con acierto. Quizá en "Las puertas" nos estás contando esto, ¿no?, lo de hablar de cosas sin simplificarlas. Sí, más o menos, es decir, no estoy en contra, pero las canciones directas que dicen "te quiero, no puedo estar sin ti", siempre me han parecido un poco trampa, que no necesitas ni creer en el amor para escribirlas. La obra de arte cerrada hace desaparecer el conocimiento. Creo que en el disco hay dos o tres canciones trampa, pero al menos no son demasiado obvias.
Me hubiera gustado, entre las cosas que no he desarrollado en el disco, haber escrito algo más evidente sobre el desorden político, escapar del sistema, de la jerarquía del sistema, se justifica después de hablar un rato sobre la actualidad política. Quizá, no creo que nadie esté de acuerdo, pero en este desorden amoroso quizá haya algo de político. Me refiero al de mis letras, el desorden amoroso está claro que sí. Me gusta la diferencia no como desviación de una norma, sino como comunidad de diferencias, sin jerarquía, sin clasificación, y es algo que he intentado mostrar, o insinuar, desde mi, probablemente, más o menos normativos intereses. La pasión es desorden, desordenan el amor y se niegan a significar lo que esperábamos de ellos. Es inútil esperar nada de este desorden pues él mismo significa el fin de toda espera, cita en algún momento de la entrevista como si trajera la cita pensada y no hubiera sabido meterla en su discurso.
Le pregunto por el proceso de composición y grabación y me dice que todas las canciones, como canciones, las compuso este año, pero que las letras, salvo tres o cuatro, son de hace bastantes años. Hay mucho de mí en este disco pero también hay fantasía, nadie debería fiarse mucho de las letras. Me cuenta que para "Bembibre" y "Catania" estuvo meses para escribir las letras, pero que los títulos los tuvo claros desde el principio. Quería titular las canciones así. En Bembibre tenía claro incluso que quería usar como referencia ese libro que me recomendó una amiga para cubrir la temática del duelo. Le fui dando un poco de vueltas, al principio era una conversación en una plaza con un anciano al que el protagonista le cuenta su duelo pero luego lo convertí en una conversación grupal en una chimenea. Junto con "El hilo", con cuya frase musical he estado jugando durante lustros e incluso décadas, son las que más me ha costado terminar.
Cuando salimos, me acompaña tontamente hasta la parada de metro, nos abrazamos, y se vuelve, según me dice, andando a su casa.
lunes, 28 de octubre de 2024
Canciones desordenadas de Rubén Matías, de Lisboa Martínez
Quedamos a las cinco y media de la tarde en el bar de Germania, para hablar
de su sexto disco, el segundo de una Trilogía que de momento llama Trilogía
Mejorable, compuesta del primer volumen Canciones Insulsas (2023), de
este segundo volumen Canciones Desordenadas (2024) y de un tercero que
con casi total seguridad se llamará Canciones Descuidadas. Tengo títulos
para hacer hasta una heptalogía con adjetivos que pondría a mis canciones, pero creo que no debería abusar de la idea, me
dirá durante la entrevista.
El pasado jueves 29 de diciembre me escribió para adelantarme las canciones
del nuevo disco y para, como es costumbre ya, quedar para hablar del disco, y
para vernos después de demasiadas semanas intolerables sin vernos.
Antes de quedar con él escribí este texto, como una especie de crítica recogiendo las ideas iniciales que me había sugerido el disco después de algunas escuchas y como punto de partida para la conversación, sin fijar, sin ordenar las ideas.
El disco está compuesto de doce canciones y cinco piezas instrumentales en
las que, de forma similar a como hiciera en Canciones Insulsas, ensaya diferentes
formas de escribir canciones desordenadas, a la vez que, de forma un tanto
imprecisa, apenas insinuada, casi como broma, habla un poco del desorden en
algunas canciones. Las piezas instrumentales las llama hilos, como
hiciera en el disco Los alambres (2020) con los alambres (con el que también tiene en común el uso de
collages para acompañar las canciones en el diseño gráfico, realizado esta vez
con acierto y delicadeza por el estudio hispano-alemán Diseño Caótico S.L.), para
separar diferentes tramos del disco a la vez que para unirlos, amarradas las canciones como hatillos de paja. Las canciones están identificadas como Canción Desordenada
y un número (ver listado al final), aunque todas tienen un subtítulo y hay que entender esto simplemente
como el juego que da unidad al disco.
En un primer vistazo todas las canciones parecen tener temática amorosa, en las que se tratan diferentes fases en una relación amorosa, sin que haya aparentemente un hilo narrativo ni parezcan protagonizadas por las mismas personas. La primera canción parece tratar sobre una primera cita un tanto filosófica, conversacional, llena de palabras que no nos enseña. Musicalmente es la canción más pop del disco: presenta una estructura melódica más convencional en comparación con otras canciones, con un elegante arreglo de guitarras eléctricas que se muestran desordenadas junto a la también desordenada batería, que aparece y desaparece y emplea diferentes ritmos, quizá incluso de forma equivocada. La segunda canción, inocentemente erótica, también de corte pop, esta vez acústico, y acompañada con un sutil piano, desordenado como el desarrollo de versos y estrofas, se muestra como un instante de elevada felicidad amorosa, que parece fundir pasado, presente y futuro en un solo instante. El segundo tramo del disco tiene las canciones con la mayor libertad, desorden quizá, en la composición de las letras. Muchos versos desmedidos, parecen más poemas de verso libre convertidos en canciones que canciones, en los que se trata la dificultad de las relaciones, la complejidad, el duelo. El siguiente tramo contiene una canción bastante medida (¿el desorden está solo en el uso del piano?), subtitulada El hilo y que quizá aparece en el centro con toda intención, otra canción de versos desordenados pero con estribillo pop sobre una conversación nocturna no sé muy bien si con buen final o mal final, una canción casi bailable en la que se listan palabras desordenadamente de forma infinita que parece insinuar una historia y una canción sin mucho sentido que suena a Nacho Vegas, un jueguecito titulado Catania que no sé si trata de algo o es simplemente una canción titulada Catania porque ha decidido que suceda en Catania (como la canción sobre el duelo, titulada Bembibre de forma bastante artificial). En el último tramo una canción que responde a la primera, subtitulada como un libro de Céline, con unas guitarras sutiles y fantasiosas, y otra sobre el fracaso más incontestable.
Tres de las piezas instrumentales son variaciones sobre el tema principal de la canción El hilo (probablemente, desde el punto de vista musical, lo más inspirado del disco). Las otras son piezas electrónicas, diría que incluso bailables. Algunas de las otras canciones también tienen toques electrónicos. Cierra el disco una preciosa versión con un auténtico violín.
Al salir del metro encuentro a Rubén esperándome con una sonrisa idiota. En el café pedimos dos cafés por no complicar mucho a la camarera y, mientras nos los bebemos, hablamos de varios asuntos personales. Al acabar los cafés cambiamos a un sitio en el que pasar cinco horas seguidas hablando de forma desordenada, sin concesiones, sin demasiadas máscaras, sin movimientos de ajedrez. Lo que publicaremos la semana que viene es un intento de ordenar esa conversación, incluyendo solo lo relativo al disco. Puede que algunas de las preguntas no hayan sido formuladas como tal, pero las respuestas son todas dichas y validadas por Rubén.
1.Abro hilo 01:22
2.Canción desordenada nº29 02:40
3.Canción desordenada nº9 02:50
4.Hilo musical 01:17
5.Canción desordenada nº47 04:11
6.Canción desordenada nº3 04:26
7.Canción desordenada nº91 01:14
8.Canción desordenada nº14 05:50
9.Hilo musical 01:13
10.Canción desordenada nº5 05:17
11.Canción desordenada nº8 03:09
12.Canción desordenada nº11 05:14
13.Canción desordenada nº36 05:27
14.Hilo musical 01:16
15.Canción desordenada nº7 02:32
16.Canción desordenada nº28 01:30
17.Cierro hilo 01:30
jueves, 28 de diciembre de 2023
Singularidades
Querida B,
Esto lo voy a apuntar rápidamente, porque no quiero que se me olvide. Perdona si queda un poco desorganizado. Esta mañana coincidí con el científico loco, como lo llamaste, en un congreso de la sociedad española de rehabilitación y medicina física, una de estas cosas horribles en las que todo el mundo se parece inquietantemente, y en la que todos, menos los torpes, intentan hablar con el máximo número de gente, buscando alianzas, conocimientos, diversión, no sé. Era, claro, la primera presencial después de la pandemia, y había muchas ganas (se notaba en el ambiente, digamos, no es que yo las tuviera). Fue en el Meliá de Puertollano, un sitio en el que nunca imaginé que hubiera ni hoteles ni estaciones de trenes ni gente. De hecho, nunca había tenido muy claro ni dónde está.
En el cóctel de bienvenida del congreso, al dar vueltas persiguiendo comida, me crucé con el director, que estaba hablando con una mujer de su edad, una antigua compañera suya, colocados, probablemente estratégicamente colocados, en una de las esquinas desde la que salían los camareros con las bandejas de comida y de vinos. Nos saludamos, nos presentó a ella y mí, y no tardé en darme cuenta que al director se le estaba empezando a soltar la lengua, a decir cosas interesantes a su amiga, quizá porque llevaba algún vino de más. Nunca lo había visto tan comunicativo. Así que me quedé allí, un poco fuera de lugar, pero aceptada y atenta.
A ver, que me estoy alargando por ponerte en situación. La cosa es que empezó a explicar su gestión de la clínica, de forma un poco velada al principio porque parecía que estaba hablando de otra cosa, no sé muy bien de qué, pero bueno. Luego, en algún momento, dijo que él en su clínica sólo aceptaba gente a la que conocía previamente, en mayor a menor medida, o que eran los que tenían prioridad y con los únicos con los que tenía relación. Conocer a alguien es una falta de respeto, dijo el director, pero yo nunca me he preocupado por ciertas faltas de respeto. Probablemente me equivoqué de profesión, pero una vez aquí vi el interés que podían tener esas situaciones particulares a las que se enfrenta la gente que viene a mi clínica, verse de repente con un problema físico incapacitante, donde antes había una persona sin obstáculos. A esto llegué, dijo, después de muchos años viendo el arte de la rehabilitación únicamente como arte de la rehabilitación, como relación de procesos físicos, como juego físico e intelectual, de tratar a las personas como personas físicas, para luego, con los años, con el conocimiento de la técnica, la absorción de la técnica, tratar a las personas como seres humanos, los seres humanos como personas corrientes, físicas y no físicas. Y no es tanto ver la reacción de la persona ante esto, así el director, sino la singularidad. A las personas como seres humanos, y a los seres humanos como personas, siempre se las conoce en situaciones, diversas situaciones que son normales, situaciones que no son normales, pero cuando se dice conocer a alguien, cuando en efecto conoces a alguien o sientes que conoces a alguien, siempre es para unas cuantas situaciones que consideras normales, propias de la costumbre en las que coincides con esa persona como ser humano. Pero luego existen singularidades, como en matemáticas o en física, zonas donde no son aplicables los teoremas básicos, así el director, si no recuerdo mal de cuando estudié matemáticas. Zonas donde cambian las propiedades de la función pero siguen siendo la función. Mi punto de partida, el punto de partida de mi estudio, de mi estudio de las personas como seres humanos, del estudio al que estoy dedicando mi vida mientras parece que le dedico mi vida a la rehabilitación, consiste en comprender el espacio matemático de las personas como seres humanos en su relación con estas singularidades, en comprender si son significativas en las personas como seres humanos en lo que son, en lo que resultan ser, en su comportamiento también lejos de esta singularidad. ¿Se puede explicar el comportamiento previo de una persona a través del comportamiento de esa persona en una situación traumática como puede ser la pérdida de movilidad en las piernas? Esta es la singularidad que me permite la clínica. hay otras singularidades más comunes, también interesante, dijo el director sin especificar. Contrato siempre a los mejores profesionales, así el director en otro momento, sin mirarme pero haciendo una especie de gesto que pareció un reconocimiento, pero a los mejores profesionales que encajen con mi estudio. Los mejores profesionales son imprescindibles para mi estudio. Los mejores profesionales en este campo entienden a las personas no como personas físicas, sino como seres humanos, seres humanos como personas corrientes, con sus extravagancias y sus normalidades. Pero siempre hay que elegirlos, a los profesionales en este campo, acordes con los pacientes, acordes con los pacientes subrayado con la voz. El mejor profesional para un tipo de paciente no tiene por qué ser el mejor profesional para otro tipo de paciente, así el director, siempre desde el punto de vista de mi estudio. En los últimos años, y esto lo puedo decir ahora que ella no trabaja conmigo, porque los mejores profesionales para mi estudio no tienen que tener nunca en mente mi estudio, dijo el director, refiriéndose a mí, he intentado encontrar sólo pacientes extravagantes, de comportamientos fuera de lo normal, y para ello necesitaba los mejores profesionales para este tipo de pacientes, pacientes ya raros antes de haber sufrido ningún tipo de desgaste físico, mejores profesionales aptos para este tipo de pacientes. Una nueva fase de mi estudio. La elección de un mal profesional, de un profesional no ideal, podría aniquilar todo mi estudio. Y siempre, dijo en algún momento, en todo momento, escribir, documentar lo pensado. Escribir e investigar, así el director. Investigar y escribir. Investigar escribiendo y escribir investigando. Y empezar de cero, una y otra vez, en ese proceso de escritura y de investigación. El arte de la construcción de lo investigado, arte de la construcción subrayado con la voz, poner los cimientos una y otra vez, y luego las paredes. Pero no dar por buenos los cimientos hasta que no se haya terminado. Eso es todo, pienso siempre, dijo el director.
Escribí lo anterior el martes durante un rato libre que tuve en el hotel, por escribirlo mientras estaba fresca, la conversación, y porque me acordé de ti y de la carta que tenía pendiente contestar. Hoy es viernes. El espacio en blanco que ves en la hoja son tres días de conferencias, conversaciones ya borrosas de las que conservo frases y caras mezcladas, malas comidas y suficiente vino, y una cena anoche que terminó como terminan estas cenas. Ahora es por la mañana, es el día de clausura del congreso y no me apetece ir a las primeras conferencias. El director se fue ayer, antes de la cena, y no pude hablar con él más. En una conferencia en la que coincidimos intenté que me explicara por qué me consideraba una profesional ideal para el trato de pacientes de comportamientos raros, pero no me llegó a contestar. No sé qué pensar. Estaba mucho más desabrido que el otro día y como interesado en hablar con uno de los ponentes de esa sesión. Me voy a arreglar para salir ya del hotel, te seguiré escribiendo en Madrid vete a saber cuándo.
Me hace gracia que estaba como despidiéndome de ti cuando tú lo vas a ver como algo continuo. Hola B, soy yo de nuevo. La misma de hace tres semanas en otro párrafo, en otra hoja. (Explicar el contexto, siempre). No me traje más hojas del cuaderno del hotel, así que he cogido una libreta de apuntes naranja que compré en Francia.
No voy a alargarme más, que creo que me he pasado un poco, sólo decirte que está todo ok con el nuevo el piso y el hospital y el resto de cosas y que si tienes demasiado lío como para ponerte a pensar en escribir cartas, a mí también me cuesta ponerme, podríamos intentar quedar.
Me gustaría mucho volver a verte y que recreáramos Lisboa si es posible.
Muchos Besos, G.
sábado, 2 de diciembre de 2023
Entrevista (de Lisboa Martínez para un periódico)
Entra Rubén en el café en el que hemos quedado con pinta de no saber a dónde va, de estar mirando otra cosa que no soy yo; sin embargo, con movimientos quizá torpes pero sin equívocos, llega a mi mesa y nos saludamos con un abrazo (ya sabéis, los que habéis leído mis críticas, que somos amigos y que no podéis fiaros de nada de lo que os cuente sobre él).
Lleva un jersey insulso que, según me cuenta después, es la raíz de la idea de su último disco (no ese jersey en sí, sino la idea de calificar como insulsas sus canciones viene de calificar como insulsos los jerséis que se compra, perfectos para ir a trabajar, dice). Nos sentamos y él no pide nada. Sonríe un poco bobalicón, siempre le cuesta empezar, hacerse humano ante una conversación, y yo empiezo a contarle un poco mi vida, ponerle al día con los últimos sucesos, mientras sigue sonriendo, dándome un poco la razón, un poco de apoyo. Sé que Rubén tiene todo el tiempo del mundo, siempre tiene todo el tiempo del mundo, pero tampoco quiero hacerle esperar demasiado a las preguntas a las que seguro que está esperando, temeroso como es no habrá parado de darle vueltas a las posibles preguntas mientras llegaba, mientras le cuento mis cosas.
-Tengo la impresión de que has intentado colarnos un disco instrumental, Rubén, a pesar de llamarlo Canciones.
-Claro, era un juego, todo lo que sé hacer es siempre un juego. Podría perfectamente haber sido un disco de 10 canciones y media hora de duración, lo que quizá hubiera sido una buena decisión comercial, pero yo quería jugar un poco con eso. Titular las piezas instrumentales como Canción insulsa I, II y III está hecho con muy mala intención. Le quitas las letras a algunas canciones y la gente no es capaz de apreciarlas. No hay reivindicación, no hay crítica, no hay nada, es sólo un juego. Yo tampoco suelo escuchar mucha música instrumental, aunque me gusta mucho que las partes instrumentales de las canciones se alarguen.
-Le quitas el elemento que da sabor a las canciones, la voz, para hacerlas insulsas.
-Sí, sí, eso es. Y luego, en las otras, en las que tienen voz, buscar otros elementos con que hacerlas, convertirlas en insulsas, o aparentemente insulsas, ocultar el brillo de las cosas, o no hacerlo evidente, buscar el esfuerzo del oyente para que se sienta atraído por las canciones. Empezando por la voz tan grisácea que tengo, claro, un recurso sencillo que tengo que me facilita mucho ser insulso, siguiendo por la armonía o la instrumentación. Que sea la canción la que te lleve de la mano y no hacer trampas (como la música en las películas que te dicen lo que tienes que sentir en cada momento, como me dijo hace un poco una amiga).
-A pesar de eso creo que hay varias canciones pop muy bonitas. Compañera fantasma, El gris del cielo, entran a la primera escucha.
-Hasta las mejores personas cometen errores.
-Y hay elementos electrónicos, guitarras eléctricas, ritmos casi bailables, y bastante variedad entre las canciones.
-Yo soy guitarrista, yo no tengo necesidad de componer canciones, sino de tocar la guitarra. Pero componer canciones me permite tocar otras cosas con la guitarra, tocar cosas que de otro modo no tocaría. Entonces esos elementos hacen que pueda probar cosas nuevas. Lo hablaba con la misma amiga el otro día, yo no soy una persona académica, me gusta estar fuera de la academia, no sé qué es la academia. Yo no quiero sonar a escuela de escritores, como tantos escritores ahora. A estar producido en masa. Emplear elementos personales dentro de mis capacidades de invención. No hago más que repetir la palabra elementos, pero es que componer es básicamente eso: unir elementos hasta formar algo con unidad.
-A veces da la impresión como de falta de verdad en tus canciones, tanto escuchando tus canciones, como por lo que me cuentas. Construyes canciones como un arquitecto que no sabe arquitectura.
-Gracias por ese piropo final. No sé, no diría que son cosas que me salen del corazón, en las que desnude mi alma. Eso es verdad. Casi todas son más bien fruto de la casualidad. Seguir el camino abierto por una pequeña obsesión (una secuencia de acordes, unas palabras) hasta acabar dando con una canción. Como un niño jugando, obsesionado, con la caja del juguete o cualquier otra tontería que haya encontrado cerca en lugar de con el juguete.
-Bueno ahí hay alma, personalidad, diría. Se nota que te diviertes, que has grabado las canciones con esa media sonrisa tuya tan bobalicona. Quizás sería más apropiado haber dicho falta de sentimientos.
-¿No te parece que tenga sentimientos la de dos aviones?
-Sí, pero no tuyos.
-Mmm, ya, si estoy de acuerdo. No sé para qué discuto.
-Sin embargo, es un disco de amor, un poco un exorcismo para librarse de un fantasma que aparece nombrado en alguna ocasión.
-Sí, la mayoría de las canciones son de desamor más bien.
-En El gris del cielo, una de las pocas con letra tuya, has intentado contar una historia.
-Echo un poco menos ese tipo de canciones, que ya casi nadie hace, en la que se desarrolla una historia, una anécdota. Ahora son todas una colección de imágenes, de ideas, de versos sueltos, de descripción de sentimientos. Tampoco creo haberlo conseguido, ha sido solo un intento.
-Qué canción te hubiera gustado componer, a qué canción te gustaría que se pareciese algunas de tus canciones.
-Bueno, creo que está claro que este disco hay muchas canciones que son variaciones de Quien fuera. Creo que hay tres o cuatro canciones que estoy muy contento con como son. Que no querría que fuesen de otra manera. Algo que sí que no he conseguido es escribir una como De repente nada, de Josele Santiago, o Serrín. Que por más que las escucho, incluso sin llegar a entenderlas, no dejan de asombrarme, tanto musicalmente como por letra. Quiénes son los que hablan, de quién están hablando. Qué es lo que le asusta, por qué huye, por qué hay una cama, el mar. ¿Trata sobre un suicidio? ¿Una pareja con un hijo? ¿Ha entrado un bicho en la habitación? No sé nada, y no puedo dejar de mirar, de pensar la escena.
-Una última pregunta, ¿habrá gira esta vez?
-No sé nada.
miércoles, 9 de agosto de 2023
Canciones Insulsas, de Rubén Matías (2023)
Después de tres años, regresa Rubén Matías con una nueva colección de canciones, en un disco de, así llamadas, canciones insulsas, que ya nos avisa de lo que nos vamos a encontrar: efectivamente, canciones insulsas que no se incrustan en la cabeza, melodías poco sentimentales, estructuras armónicas repetitivas, casi sin desarrollo, y letras que, salvo en un caso, se manejan en torno a lo grisáceo, a veces únicamente por temática, buscando no llamar la atención, de un modo juguetón aunque pretendidamente sin gracia. A pesar de ese componente insulso que lo inunda, en este disco llama la atención el aumento de recursos respecto a sus discos anteriores por la mayor presencia de percusión y unos llamativos, y normalmente sutiles y también insulsos, sonidos electrónicos. Es probablemente su disco más variado en lo sonoro, aunque la unidad del conjunto, como ya ocurriera en el anterior, Los alambres de 2020, es clara.
Comienza el disco con una improvisación llamada El gris del cielo, que oculta que viene de la Despechá de Rosalía y en la que una rítmica guitarra española sirve de acompañamiento a una blusera guitarra eléctrica. Una pequeña intro electrónica llamada Paraíso da entrada a la primera canción del disco, Patti Smith, con una letra rencorosa sobre una conseguida trenza de guitarras y piano y fondo electrónico. Continúa el disco con una canción tarareada que muestra una de las constantes del disco: el empleo de guitarras con afinaciones de notas más graves que la estándar, en este caso Drop D en busca de la calidez que dan esos sonidos graves, tan agradables. La canción más ambiciosa y mejor cantada del disco es Carta de amor, sobre un poema de Sylvia Plath traducido por Rubén, al que se le añade un estribillo comercial. Una larga y monótona aunque placentera coda de un solo acorde alarga la canción innecesariamente durante cuatro minutos en los que se intuye a Rubén riéndose alegremente. La canción tarareada del principio del disco es el boceto de esta canción, y resulta bastante divertido ver lo que cambia entre una y otra, cómo evolucionaron las melodías, los arreglos, los diferentes motivos que hace la guitarra entre una y otra, la estructura. Cierra este tramo del disco la canción más narrativa del disco: una historia insulsa bajo un cielo gris, con un acompañamiento de varias guitarras precioso, que calificaría de techno acústico.
La siguiente pieza es una obra instrumental llamada paródicamente Canción insulsa III. Otras dos canciones insulsas se distribuyen a lo largo del disco con una intención de barrera, de separar tramos del disco.
En el segundo tramo del disco se encuentran las dos canciones más eléctricas: Está bien, con letra de Camino Román y una excelente guitarra eléctrica con ecos de Graham Coxon, y Kombucha, divertimento eléctrico, no sé si cercano al punk o al rock sureño, al que no le hubiera venido mal una producción más cuidada.
El siguiente tramo del disco, un poco fantasmal, construido en torno a una afinación similar a la open D tomada de Santiago Feliú, agradable de escuchar, aunque quizá repetitivo, y que se cierra con una canción de pop electrónico taciturno, multitudinario.
El último tramo eleva el nivel tanto en las letras como en la música con Todo iba a ser, con un fantástico juego de voces y guitarras acústicas, y la rítmica y dinámica Lejos del deseo, con letra, al parecer, de P. H. D., que parece haberse construido como canción a la vez que se grababa (muy interesantes los cambios melódicos en las distintas repeticiones de la letra, como buscando cuál melodía se ajusta mejor a la letra). Como cierre, se utiliza el mismo acompañamiento de la pieza de apertura del disco pero esta vez con una improvisación de piano eléctrico (otro divertimento más del autor).
En definitiva, un disco que únicamente hará gracia al autor, que cumple lo que promete ya desde su título, agradable para ponértelo de fondo en la oficina, mientras limpias el baño o si quieres quedarte dormida pronto.
Lisboa Martínez
domingo, 3 de julio de 2022
Lo primero: aclarar que no me refiero a liberar las sandías encarceladas de la foto anterior sino a robar sandías que aún no se han cosechado. Así que el primer paso para robar sandías es localizar una plantación de sandías suficientemente grande (nunca hay que robar al que tiene únicamente unas pocas hermosas sandías en su huerto). Una vez localizado el terreno, estudiar las costumbres del lugar: horarios, encargados, paseantes habituales del camino, y, una tarde o una mañana, con la fresca, acercarse andando, disimuladamente, preferiblemente acompañado de un perro pequeño y desobediente, para comprobar la madurez de las sandías. Una vez comprobado que las sandías están para coger, hay que ir al caer la tarde, cuando no hay mucha luz pero suficiente para no necesitar encender las luces del coche (es recomendable llevar un coche, no muy grande, gris o de tonos pardos, un conductor y al menos un cómplice, pero no más de dos) y poder ver las sandías. Una vez dentro de la plantación, estacionar el coche cerca de las matas sin parar el motor, meter rápidamente las sandías que estén en el punto de maduración adecuado en el asiento trasero (no es recomendable abrir el maletero), y salir de la plantación con las sandías robadas.
domingo, 13 de septiembre de 2020
Los alambres, Rubén Matías (2020)
Probablemente recordéis la reseña que publiqué a finales del año pasado con la crítica a un disco titulado igual también del músico y guitarrista Rubén Matías. Ese disco, que por diversas contingencias dentro de la discográfica que no se han terminado de aclarar no llegó a publicarse a pesar de que se distribuyeran copias entre algunos periodistas para reseñas que terminaron publicándose, ve ahora por fin la luz con algunas variaciones respecto a la primera versión. Como ya comenté en la anterior reseña, Rubén Matías regresa después de tres años con un álbum que se pretende más comercial y, aunque se puede ver cierta mejora respecto a la primera versión, no tan inspirado como su álbum anterior (Mejor Callado, 2017). En este nuevo intento se nota una mayor atención en conseguir un álbum más compacto, en el que las canciones se sienten más cómoda entre ellas. Para vertebrar el disco siguen estando tres alambres que ahora se han convertido en tres piezas instrumentales, desapareciendo del disco los tres anteriores alambres cuyo mayor defecto era haberse olvidado de ser canciones y con acompañamientos más caóticos que novedosos, como escribí en aquella ocasión. El primer alambre es una pieza eléctrica a la que probablemente le sobre un minuto pero que resulta una buena, aunque engañosa (ya que el disco no va a seguir por esos caminos), entrada al disco. El segundo alambre es un enredo de guitarras y piano con un motivo musical entrecortado del que cuesta salirse. En el tercero un ritmo repetitivo al ukelele sirve para algunas improvisaciones con la española, en un tema alegre y corto. Entre los dos primero alambres, tres canciones que ya estaban en el anterior (copio lo que ya escribí, pues mantengo la misma opinión): El mar, el mar cancioncilla juguetona e infantil, cuya letra quizá refleje la propia variabilidad de las diferentes escuchas del disco y del propio sentido de las letras. Continúa con Follas Novas y Muita Audacia, en gallego y brasileño; la primera un poema de Rosalía de Castro, un romance quizá, que trae un tema que no deja de estar de actualidad. La canción brasileña, con un muy ligero toque de bossanova y quizá de milonga, bien podía tratar de todos los romances que no llegaron a ser pero que no supusieron una pérdida para la otra parte o tratar sobre la prostitución.
En el segundo tramo del disco, entre el segundo y el tercer alambre, se han mejorado dos de las canciones y se han añadido dos nuevas que no aparecían en la anterior versión. Rien Dit, que parece continuar con los problemas de amor, y Tema interesante (con cambio de título) mejoran claramente con las nuevas grabaciones, especialmente Tema interesante, cuya instrumentación ya no resulta recargada y que tiene un solo de eléctrica bastante adictivo. El trasfondo político del disco que se notaba especialmente en esta última canción, se ve reforzado con dos nuevas incorporaciones. Hacéis esto así asá y despacio, la canción más desnuda del disco (apenas voz acompañada de un rasgueo sencillo de guitarra y punteos puntuales, si me permiten, de una segunda guitarra) y con una letra bastante malintencionada. Dónde ceno es probablemente la canción más pop y redonda del disco, con un acompañamiento de guitarras bastante cuidado salvo en algunos punteos en los que se nota la improvisación. Cierra el disco de nuevo Buena vida (copio también lo que ya dije), otra cancioncilla al estilo de El mar, el mar y con Skip James como espejo en el que mirarse hasta llegar a la coda final casi de festival de verano, emparentada con sonidos como el de How hard I try de Filous. Antes de este cierre, otra nueva canción (en un idioma que podría considerarse gallego) que se pretende melódica al estilo del indie español y en la que únicamente suenan guitarras eléctricas por segunda vez en el disco.
Una de las cosas en la que la mejora sí que resulta indiscutible, es el nuevo diseño gráfico, con unas bellísimas imágenes que acompañan a las letras en el libreto del disco. En definitiva, un álbum mejorado, menos irregular que en su primera versión, con letras que cada vez me resultan más engañosas, pero que sigue siendo algo decepcionantes, incluso para lo que podríamos esperar de un autor del nivel (tan bajo) de Rubén Matías.
domingo, 19 de julio de 2020
domingo, 23 de febrero de 2020
Contra rdm
mantenerse en la seguridad de los mismos sitios,
jugando a arreglar el piso, las persianas,
las manchas de la pared,
como si no hubiese pasado nada,
si luego vienes tú, pelmazo,
idiota insistente,
con tus manos sucias,
a recordar mi reputación callada,
Te acompañan palabras no dichas,
miradas mal hechas,
calles muertas de tardes vacías,
y te paras a verte en algún reflejo,
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.
Podría recordarte que nunca tuviste gracia,
que cada vez te quedan peor los gestos que nunca te quedaron bien.
Que tu estilo infantil y que tus rarezas
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu insolente
mirada de niño que descubre
-segura de ser entendida- es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que ahora me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.
Si no fueses tan idiota.
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad.
A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados.
Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble
que es amarse a sí mismo.
