sábado, 19 de diciembre de 2015

Hum

Salgo a fumar, digo, fuera, con este aire es casi lo mismo. Gema se viene conmigo, que también necesita algo de aire, estirar las piernas, escapar un momento de la cena o qué sé yo. Nos acercamos a un banco, en el que me siento. Ella se queda de pie. ¿No fumas?, me pregunta. Siempre me gustó la serena soledad del que fuma solo, digo, o la complicidad entre fumadores, ese salirse del mundo un momento, pausar la violencia del mundo con un cigarrillo y observarlo como de lejos; de hecho, desconfío de todos los escritores y músicos que no fumen, sobre todo los del siglo pasado, que lo de fumar es muy del siglo pasado, ya que no se puede tener una óptica adecuada de nada sin fumar; pero no, no fumo, ya se acabó. Es la principal razón de que escriba tan mal, Gema, que nunca he fumado. Hay que elegir, aceptar que la libertad no es infinita: no se puede elegir no fumar y elegir ser un buen escritor. Gema juguetea con sus piernas, se balancea, las apoya en el banco. Últimamente pienso que la rebeldía se ha convertido en fumar y beber con catorce años y en follar mucho y variado, cosa que ya hacían nuestras abuelos, y en otro tipo de gestos que en realidad no tienen nada de rebeldes sino de gestos repetidos, de parecerse demasiado a algo anterior, me dice, de enfrentarse a las cosas que menos importancia tienen. Falta rebeldía bien entendida, como la mía, por ejemplo, dice humildemente. En realidad, lo mismo es que soy un poco cegata, pero no veo que el mundo haya cambiado nada en lo esencial en las últimas décadas; que estas mejoras tecnológicas que parece que definen nuestra época y que parece que hacen que la sociedad cambie a una velocidad asombrosa, lo único que han hecho es llevarla al límite, y ya sabes que yo de los límites tengo una idea un poco extraña y borrosa. La miro insistente y torpe como miro todo lo que me interesa. Si fumara miraría mejor, pienso, con la supersticiosa búsqueda de excusas de quien sabe que ha fracasado. Se acaba sentando a mi lado y hablamos de la cena, de los platos, de la gente, de los que pasan por delante y de los que cenan con nosotros

¿Entramos de nuevo? Nos van a empezar a echar de menos, después de tanto tiempo, dice Gema. Me gusta lo que tiene de ciudad esta zona, digo, y el invierno que asoma y los paseantes vestidos de invierno, y dentro no va a aparecer nunca. Pero sí, habrá que seguir discutiendo, que hay temas interesantes de los que aún no hemos hablado.

jueves, 22 de octubre de 2015

Los pasos perdidos


Ayer estuve un rato hablando con una chica de estas que te acosan por la calle con su carpetas y chalecos y sus buenas intenciones, me cuenta Gema. A mi últimamente me toman por andaluz, joven y simpático cuando me paro a hablar con ellos, digo. Italo-filipina, sigue Gema, criada en España, y estaba viviendo en Nueva Orleans cuando lo del Katrina. Ya sabes el interés que tengo por Nueva Orleans y las inundaciones, aunque tampoco pudo contarme mucho, que tenía sólo diez años cuando ocurrió y no estaba en Nueva Orleans cuando lo peor de la inundaciones, que huyeron antes de que empezara. A la vuelta, siguiendo las huellas de un perro en un descampado cerca de donde vivía, acabó perdiéndose por las calles de la ciudad. Luego supo regresar ella sola a su casa varias horas después, a punto de que a su madre y a su hermano mayor les diera un ataque. Creo que es uno de los mejores recuerdos de mi infancia, esa sensación de libertad que sentí al perderme, me dijo la chica. Porque no sentí miedo o desesperación, yo iba pensando en mis cosas, sin preocuparme, descubriendo un nuevo mundo, o el mismo visto de otra manera, yo que sé, hasta que decidí volver, y aunque hubiera perdido mis pasos, aunque acabé regresando casi por suerte, porque no tenía muy claro el camino, yo seguía con la misma sensación de libertad, sin ningún tipo de preocupación. La verdad es que me gusta definir el capitalismo como el sistema que hace que tengamos que preocuparnos de gilipolleces, y por eso estoy aquí, intentando que al menos algunos cambien algunas de sus preocupaciones por otras más dignas. Pero lo que decía, lo de perderme... desde entonces me encanta perderme por las ciudades, deambular por ellas sin rumbo fijo. Algún otro susto más ha tenido que soportar mi familia. Yo me puse, me dice Gema, a hablarle de Las palmeras salvajes, del Mississippi y de Fats Domino, y de la novela de Jean Rhys, desviándome a otros lugares. El caso es que me pareció simpática y por eso me paré a hablar con ella. Parece que tenía un mal día, que no había logrado que nadie se parara a escucharla. Hay tantos que pasan de mí, que huyen, me decía la chica. Quizá sea sólo el encanto, eso que no es ni belleza ni inteligencia, y que cada uno lo ve como quiere, pero que hace que dos personas haciendo lo mismo a una le quede bien y a otra no. Lo que distingue a dos personas contando el mismo chiste con las mismas palabras, el puto encanto. Lo que no se puede explicar. El encantamiento. Siempre he pensado que el problema de mi vida es mi falta de encanto; si tuviera más encanto se pararían todos a los que ataco por aquí. Quizá no tenga nada que ver en esta situación, en la que hay otros factores; que antes de acercarse, de verme, de fijarse en mí, ya me están evitando. Pero no quiero hablarte de mi vida, que tampoco me va tan mal, mejor será que te hable de otros que necesitan de verdad ayuda. Será sólo un minuto, y te contaré cosas interesantes, me dijo. Y con ese vida exótica no me resistí a hacerle preguntas, y en vez de hablar sólo de esas cosas, hablamos de ella. A mi me resultó encantadora todo el rato que estuvimos hablando. Probablemente estuviera pensando en alguien concreto al decirme eso, quién sabe, para descargar o lo que sea. No sentirse la persona adecuada es muy jodido, ya sabes. Está estudiando arte y descubriendo Madrid con sus ojos de artista, con mucho entusiasmo, la chica, que tiene instagram lleno de sonrisas y de fotos de sitios, museos, iglesias de Madrid, #recorremadridconlaura, pone. Aunque me joda, Madrid está lleno de iglesias muy coquetas que aparecen sin avisar en cualquier calle, la verdad. También me hizo gracia que, para convencerme, me preguntara si tenía algún vicio, la insolente, como intentando justificar que sería mucho menor gasto que el del vicio. No lo había pensado nunca, pero no tengo ningún vicio que me cueste dinero. Creo que ni tengo, que nada de lo que hago lo puedo considerar así, porque no llegan a ser costumbre. Soy perfecta, ya lo sabes, dice Gema bromeando.

Estamos tomando café en una terraza. Gema tiene una libreta abierta, donde de vez en cuando apunta algo que no quiere decirme qué es. Tiene aspecto de periodista preparando un artículo o una entrevista. Está con ganas de hablar, además, y cuando acaba con la italo-filipina, quizá pensando erróneamente que no la escucho, que estoy pensando de nuevo en ella sin hacerle caso, me dice que no puedo seguir de ese modo, que la espera es el fin y estar así es casi lo mismo que perderla como amiga, si dices que es lo que más te importa. Lo que decía Camus, que lo otro es una simple desventura; es decir, que no me quiera es lo de menos, que deje de ser mi amiga, o que sea sólo una amiga muy poco presente, es una prueba de mi fracaso, de que tengo que cambiar muchas cosas, de que no valgo nada. Mi mundo es mucho más feo sin ella, con lo maravilloso que ha sido conocerla. Gracias Rubén por lo poco que te importa nuestra amistad, me dice Gema en broma por mi exageración. Habla con ella, que no creo que te odie, aunque a veces seas un poco capullo, Ru, y habría que ver las historias que te montas en tu cabeza. Joder, es que no dejo de darle vueltas a esos dos días y a lo poco que nos hemos dicho después. No sé en qué coño estaba pensando yo. Sentirme necesario para ella de algún modo, el que fuera. Gema parece que se pone a hacer garabatos ahora, con un boli negro que ha sacado de su bolso. Me gustan las manos de Gema y cómo coge el boli. Callamos un momento y luego dice que deberíamos volver al piso dando una vuelta por las calles, paseando tranquilamente, que seguro que nos asalta una de esas iglesias repentinas. Me acerca la libreta para enseñarme el dibujo, con el nombre de ella escrito al lado. En ese, ¿no?, me dice. Después se arregla el pelo con las dos manos a la vez y guarda las cosas en el bolso.


domingo, 6 de septiembre de 2015

Espejos




Primero giró un poco la puerta, para colocarla en el ángulo adecuado, y luego se situó frente al lavabo, y allí se quedó ella, repetida, con todo el tiempo del mundo que dan las preocupaciones absorbentes y una soledad imposible de interrumpir, estaría sola hasta que su compañero de piso regresara de una cena que se alargaría toda la noche, y se quitó la camiseta y el sujetador, y allí de pie, ella, repetida, porque había visto algo y quería descubrir algo, y de ese modo lo descubriría y de ese modo lo observaría, y no de otro modo, las puntas de los pechos apuntando contra sí misma, contra sus imágenes, y eso era, de una forma que le resultaba algo absurda pero en la que no podía dejar de pensar, como si estuviese en el disparadero, como si junto a sus ojos, que también se repetían con acierto pero sin dejar de ser sus ojos, estuviesen los ojos de los demás, apuntando contra ella, la multitud, una multitud de rostros y ojos y palabras, y no sólo una multitud genérica sino, también, una multitud llena de individuos, de individuos que tenían en ese instante la mala intención de observarla a través de su propio cuerpo repetido, pero que, sin embargo, a través de esa igualdad, de esa infinidad de repeticiones empequeñecidas de su cuerpo tantas veces observado por ella, y por su deseo de entender algo o de aceptar una realidad que, no por normal o común, dejaba de resultar inquietante, a pesar de todo, tantos años observando el mismo cuerpo, cada vez que se desnudaba, ese mismo cuerpo familiar, esa desnudez familiar repetida no sólo por el juego de luces, sino también por el juego del tiempo o la memoria, que desde hacía algunos años no había provocado ninguna señal llamativa que pudiera importarle, si es que alguna vez supo de alguna de la que se hubiera dado cuenta, abordaban cada uno, cada individuo recordado, con sus diferencias, con sus comentarios, con las palabras que creían necesarias, las ideas de ella, y de forma que trababan su pensamiento, que se movía torpemente entre nuevas frases que lo cortaban, que abrían nuevos caminos, que le cerraban los otros, como una conversación en la que participa demasiada gente y todos quieren aportar alguno nuevo, y mostrar su ingenio, su capacidad de aportar nuevas visiones, la novedad, ser los primeros, y allí, de pie, pensaba ella, y no era eso lo que quería pensar pero comenzó a pensar en ello, con los pequeños errores de su desnudez, un hombro ligeramente más alto que otro, el juego asimétrico de los pechos, en lo que le contó una amiga fisioterapeuta, en la universidad, cada alumno saliendo a la pizarra para que los demás lo observaran y dijeran las particularidades, las irregularidades, y era inevitable, lo inmediato, lo visible, y mientras pensaba en ello pensaba que era lo evidente, lo sencillo, y que no era aquello en lo que quería pensar, aquello por lo que, irracionalmente, en los minutos de espera en los que supo que iba a quedarse sola, y en los que estuvo pensando que iba a quedarse sola, y comenzó a imaginarse sola y comenzó a sentir, además, las ganas de estar así, de perder el tiempo de aquella manera, creyó que estar así era la forma más adecuada de pensarlo, si es que en realidad llegó a definir con claridad esa unión de ideas, estar así y pensar en ello, situarse de ese modo y pensar en esa suciedad que le imaginaba al mundo últimamente, desde aquel día, y que no limpiaban ni el cielo azul ni la normalidad de días comunes, ni otras certezas que la contradecían, y ahora la vida es puro terror, y cerró los ojos y olvidó la multitud inventada, el exceso de equívocos, y al abrir los ojos fue a cerrar la puerta del espejo del armario, y se puso de nuevo frente al lavabo, frente al espejo del lavabo, donde ahora sólo estaba ella, y su mirada cambiante jugando con las expresiones, y un menor eco de voces, y apareció, por fin, la imagen de aquel chico consumido, y supone, porque no puede ser de otro modo, porque siempre ha sido así, que aún es demasiado pronto, que la vida dejará de ser puro terror cuando lo haya agotado, cuando lo desplace finalmente con otras realidades, contra la memoria nuevas memorias, estratificar la memoria, y, finalmente, la ansiedad de siempre, la necesidad de hacer cosas, de recibir, y ella, con tiempo aún, y sin sentir que hubiera valido de algo, fue a su habitación y se tumbó en la cama, aún medio desnuda, y regresó al mundo. 



martes, 1 de septiembre de 2015

Septiembre

Un vez, en mi instituto, que, como recuerdas, tiene los pasillos al aire libre, como balcones con barandillas, en los que esperábamos a que llegara el profesor para abrir la puerta y meternos en clase, le cuento a Gema después de haber estado hablando del tema de la inmigración, los refugiados, la vergüenza, el estupor, que aún haya estos problemas, al ver en la televisión otra noticia más, mientras esperábamos a Teresa Barrena... me acuerdo de esto incluso: verla a ella apoyada en la barandilla cuando ocurrió; una profesora que, por cierto, adoraba mis textos, mis comentarios filosóficos, en los que imitaba un poco a Bernhard, parecidos a estos enrevesados textos en los que te invento, pero demostrando capacidad para comprender y expresarme (el último examen que hice con ella, creo que fue de veinte páginas, era uno auténtica maravilla); mientras esperábamos a que abrieran la puerta de la primera clase de ese día, iba diciendo, vimos a dos guardias civiles persiguiendo en un descampado de enfrente a un inmigrante que parecía que acababa de llegar en patera a Almuñécar. Creo que iba sin ropa o, al menos, sin camiseta. Se perseguían casi como en dibujos animados, y no sé si me lo invento pero recuerdo a los guardias un poco gordos. Estuvieron así un buen rato, dando vueltas, mientras los observábamos todos los alumnos del instituto cuyas aulas daban a ese descampado, junto con los profesores que tenían clase en ese momento. El inmigrante se dio cuenta de que lo estábamos viendo todo y se creció y empezó a correr para el público, incluso recibió alguna ovación; cuando finalmente lo atraparon, todos empezamos a aplaudir al inmigrante, que nos saludó levantando ambos brazos. Entramos a clase como con quince minutos de retraso.

Gema me escucha, con las piernas sobre la maleta que aún no hemos tenido ganas de deshacer. Estamos sentados en el sofá, uno al lado del otro, y el telediario empieza a dar los deportes. Quizá soy bastante ingenuo y lo de la geopolítica y el entendimiento del mundo me quedan muy grandes, digo ignorando las interesantes explicaciones del presentador de deportes, pero nunca he creído en eso de que unas misteriosas minorías o élites dirijan el mundo o algo así, nos controlen, creo más bien que intentan hacerlo y fracasan continuamente. Aunque no sé si hay alguien que realmente crea que dirige algo, y lo único que hacen es aprovecharse. Lo de Bretton Wood y los treinta gloriosos, por decir algo, Keynes y el otro, parece algo así, no sé, digo, entrecortado, quizá desvariando ya, pensando en las soluciones que dice Gema, en lo que deberían hacer los países.

Gema se levanta y dice que deberíamos empezar a hacer algo, poner el piso medio en condiciones, cenar, pensar que estamos en septiembre, el mes en el que todavía empieza el año, dice con su voz más infantil. Tiene los mismos ojos verdes de esta mañana y el pelo un poco despeinado. 

miércoles, 26 de agosto de 2015

Todo está bien



Todo está bien, Rubén, no te preocupes, me dice Gema (y a mí me suena otra vez como un abismo, aunque se esté burlando de mí, repitiendo otras palabras; y vuelvo a dudar de mi capacidad para entenderla, a ella, y acaso es eso por lo que me gusta, porque no la entiendo del todo y nunca deja de sorprenderme). Y en su rostro el gesto de enfado, infantil, teatral, que no se le va. Cuando era pequeña y me enfadaba estando en casa de mis abuelos, me contó una vez, solía subirme a un árbol y no me movía de allí hasta que se me pasaba. La imagino intentando subirse a un árbol por aquí y se me escapa una sonrisa. Estás un poco insoportable últimamente, me dice riendo ahora, y demasiado susceptible. No compliques tanto las cosas. Tenía que haberme liado con Mía y haber venido con ella en lugar de contigo, dice jugando con esa ambigüedad sexual que le ha dado este verano por inventarse. Mentimos mucho por aquí, sin desvariar.

Esta noche podemos ir al concierto ese gratuito de Rachmaninoff; murió el día de mi cumpleaños, como Chagall, le digo. Hubiera preferido algo de Shostakovich, ya que estoy con lo de Vollmann y eso; alguna sinfonía comunista, a ver si nos cura el daño espiritual del capitalismo y nos daña de otra manera, pero está bien Rachmaninoff y el concierto nº2 y las casualidades. Y además la pianista no es asiática, que no me gustan: soy incapaz de no pensar en máquinas cuando los escucho, a los asiáticos, en que cualquier cosa la tocarían siempre igual en cualquier momento; y yo incluso cambio la digitación de algunas piezas según me encuentre mientras toco. Lo que pasa es que envidias a todos los chinos que tocan mejor que tú, dice Gema, y tampoco confías en la mayoría de músicos que han pasado por el conservatorio, ni en la profesionalidad de lo artístico. A parte de que tu oído es una mierda y si no supieras que es asiático ni te enterabas. Estás lleno de prejuicios, me lanza Gema con una sonrisa.

Seguimos caminando y Gema comienza a sacar fotos. Yo no, yo miro, que es lo único que hago bien, o eso pensaba antes. Es temprano, aún queda todo el día. Pero no habla, está todo bien, no hace falta que hablemos ahora, no hacen falta más palabras.





viernes, 7 de agosto de 2015

Caída

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Are you ok?, me dijo la corredora preocupada por mi caída contra el asfalto mojado por los operarios municipales. He caído bien, casi sobre la bici, y apenas tenía algún rasguño en la mano. No iba rápida, aunque ha sido al bajar la cuesta, por el Paseo; ni siquiera había frenado, sólo fue por haber mirado hacia atrás, a la corredora, que debía estar riéndose por dentro, o que se reiría más tarde cuando se acordara de mí. Se fue la rueda de atrás por el exceso de agua, por el gesto inconveniente de mirar hacia atrás, por seguir la costumbre de los últimos días. Me levanté de un salto, para que no se preocupara por mí el resto de voces que preguntaban si estaba bien. Luego llegó ella, la corredora, cuando ya estaba de pie, y me volvió a mirar con sus ojos azules y su pelo rubio, como en las otras ocasiones en las que nos habíamos cruzado, como probablemente miraba siempre a cualquier persona, siempre con sus ojos azules y su pelo rubio, y ahora, además, con una sonrisa, con un poco de preocupación. Don't worry, dije, keep running, y siguió corriendo. Yo arreglé un poco la bici, puse el sillín en su sitio, miré que lo demás estuviera bien y seguí adelante.

Luego paré, al final de V., para sentarme un rato en la orilla, limpiarme las manos y la herida esta de la pierna, me dice Gema señalando la herida, su pierna, lo morena que está, y descansar un poco. Me senté un rato sobre las piedras de la playa (y yo la imagino moviendo tercamente unas piedras contra otras, lanzando alguna al mar), en la que apenas había nadie, tan temprano, algún viejo bañándose y algunas sombrillas puestas. Cuando ya llevaba un cuarto de hora o así apareció la corredora y se sentó a mi lado. Me ha caído bien, como yo antes. Hemos quedado con ella esta tarde, dice Gema alegremente. Tú también, que te caerá bien también. Una persona que casi lo primero que me ha dicho es que corre para masturbarse menos, y que no le sonara raro, no me digas que no es como para querer conocerla. Espero no estar confundiendo amistad con amor, como te pasa a ti, y que no estuviera intentando ligar conmigo... con esos ojos azules no me costaría enamorarme de ella, dice Gema. Le he dicho que vendrías y ella se traerá a la amiga con la que ha venido de vacaciones. Luego hemos hablado un poco de generalidades, y si llegamos a tener dinero hubiéramos desayunado pero nos hemos ido cada una por su lado. Gema tiene la bici bajo los pies y yo pienso que la caída la notará mañana, aunque sólo sea una pequeña sensación.


martes, 4 de agosto de 2015

Río



Nos sentamos sobre unas piedras, bajo un árbol, y sacamos de las mochilas los bocadillos y las botellas de agua. Hacía tiempo que no venía por aquí, a ver el río Blanco y el río Verde juntándose amistosamente en Otívar City. Estamos otra vez al inicio, después de haber subido por el río, saltando o escalando por rocas, bañándonos en las pozas, viendo a algunos saltar desde más de diez metros de altura, y de haber bajado, saltando o resbalando por rocas, con más o menos elegancia, bañándonos en las pozas y saltando desde más de cinco metros a algunas de ellas. El agua estaba fría, perfecta contra el calor. Antes de irnos nos damos otro baño, le digo a Gema, se está muy bien dentro del agua. Gema me mira. En sus ojos verdes veo las pozas y acaso imagino que son lo mismo, aunque no le digo nada. Tiene el pelo, húmedo, recogido en una pequeña coleta. Está sin camiseta, con el bikini mojado puesto, aunque sí se ha puesto los vaqueros cortos, ajustados a sus piernas, y las zapatillas blancas, viejas, manchadas de tierra y barro.

Qué azul es el mar sin ti, digo mientras miro cómo unos niños se lanzan gritando dentro de las aguas cristalinas del río. Esa certeza de que las cosas, el mundo, lo bueno, lo bonito, lo malo también, van a seguir igual estemos o no peleados. Darse cuenta de eso, contra el dramatismo o el malestar innecesario. Hace frío sin ti, pero se vive, también vale eso. Mucho frío no tendrás ahora con tanta ola de calor, dice Gema riéndose de mí. La cosa es que notaría el mar más azul si no estuviera pensando en haberla cagado y en las posibles conversaciones que podríamos tener, en lo que voy a decirle cuando sea el momento adecuado o en qué quedará todo. Lo mucho que afecta a nuestra percepción lo que uno siente, a eso me refiero... Voy de una idea a otra según me encuentro, digo, aunque me divierto más con la primera. Hay demasiadas cosas...

Gema ya se ha acabado el bocadillo y se lleva la cámara para hacer fotos desde diferentes sitios mientras yo termino de comer. Con la bien que has estado todo el día, y ahora a darme el coñazo otra vez con tu amiga y la amistad y las canciones y no sé qué de la fenomenología, dice al levantarse con su sonrisa de niña mala. Un perro se me acerca y le toco la cabeza. Veo que Gema nos hace una foto, ya desde lejos. Luego se pone a hablar con lo que creo que son los dueños del perro, al que le he caído bien, como a la mayoría de perros, pues se mantiene junto a mí sin moverse, aunque no parece muy interesado en hablar. Finalmente me levanto también y el perro me acompaña a hablar con Gema y sus dueños. Hablaban del calor, probablemente habían estado hablando del río, de las aguas, de lo bonito del sitio, y comenzamos a hablar del perro cuando llego. Le he caído bien, digo. Al acabar la conversación, convenzo a Gema de darnos el último baño antes de irnos. Nos lanzamos juntos al agua. 

viernes, 17 de julio de 2015

Amigos

No estábamos ella y yo solos al principio, le cuento a Gema que está en Asturias con sus abuelos. Después de estos meses de vernos poco me gustó estar otra vez con ella y también me gusta verla con otra gente, hablando con ellos, contando cosas. Estar con ella, eso es lo que me gusta. Con su encanto por ahí presente. Pronunciar mal su nombre también me gusta. Es maravillosa, Gema, tengo que decírtelo. Y las copas, que creo que me afectaron más a mí que a ella, y verla bailar. Pero al final sí nos quedamos ella y yo solos, y la madrugada, y las cosas que pensaba que tenía que decirle y que sabía que no iba a decirle, porque no la veía con ganas de escucharlas, mientras buscábamos un autobús para que se fuera sin mí y yo continuara andando hasta mi piso, por las calles casi vacías y sin lentillas, que perdí torpemente. Estar con ella hasta el último minuto, sin hacer caso a todas las veces que me dijo que me fuera, que no hacía falta que la acompañara. Déjame estar contigo hasta el último minuto, pensaba, acabar la noche contigo. Y ella contándome cosas, como amigos. Gema escucha, contenta desde su poco calor asturiano. Qué bien se está aquí en esta casa, Rubén, dice, evitando el calor, pero no te libras de una cosa evitándola, sino tan sólo pasando por ella, me dice regodeándose. Esta tarde he estado en la playa, con mi hermana y el capullo del inglés, que sigue sin mejorar con el español, y luego al volver nos hemos ido a dar una vuelta con el perro, con una temperatura muy agradable a esa hora, insiste. Gema comienza a hablar del inglés, con el que le encanta meterse, por sus muchas manías. Está todo bien, dice riéndose, cada día nos llevamos mejor. Seguimos hablando un rato más, de otras cosas. Al acabar dejo el móvil sobre la mesa, a ver si dice algo.


domingo, 5 de julio de 2015

Mañana





Todavía no es mañana, Ru, espérate un poco, dice Gema, menos ansiosa, con menos ganas de ver lo que pueda ocurrir mañana (porque yo ando torpemente esperando un mensaje, un cambio, y ella, mañana, sólo espera dormir, o, si acaso, cambiar ella su vida sin depender de nada, como ha hecho siempre, o hacer unas cuantas cosas con su tranquilidad habitual, su engañosa serenidad, su constante encanto), pero yo, por una vez, le doy la victoria al calor, por dársela a alguien o por las copas de más, y decido empezar el día, ahora, con el sol, al que saludaré cuando finalmente asome, sin oír las palabras de Gema de regresar al piso, de dormir antes, que empiece el día así, me digo, y luego ya veré cuándo acaba. Dudo de lo que pienso y pienso muchas cosas, con esa palabra (algún día pronunciaré bien su nombre) que funciona como tónica o, más bien, como altura focal, por la falta de armonía de lo que pienso, a la que continuamente recurro como meta o partida de no sé muy bien qué, como el pensamiento de un instrumentista que improvisa sobre notas que sólo conoce después de tocarlas. Ahí está el abismo, asomando, pienso, en cada nota. Nos sentamos, Gema y yo, en un banco; miro el cielo que parece partido en dos mitades, con el sol anunciándose en un extremo. Ahora viene, digo, estoy seguro. A veces acierto y el sol, después de unos minutos, acaba por salir, lo que me obliga a confiar en el resto de mis ideas, por un vago principio de inducción. Gema ha decido no hacerme caso y cierra los ojos, cuando acabes me despiertas, dice, no tardes mucho. No hay nadie, ni más borrachos con su orgullo, ni madrugadores, ni perros en busca de lluvia (no recuerdo perros vagabundos en esta ciudad, todos acompañados, siempre). Así que estoy solo, me digo, en esta ciudad abandonada, en ruinas después de una fiesta que acabó con todos, no intento pensar de qué forma, último espécimen de esta civilización que añora a un muchacha en lugar de preocuparse por una ciudad que se derrumba, quiero decir, en ruinas, ya derrumbada. Las tierras arrasadas. Me come el tiempo: el pasado, pesado como una pirámide, y el futuro por todas partes. Y sigo pensando en los mismo, en lo que ha pasado, en lo que no ha pasado, en lo que no he hecho, aunque no importen mis veintisiete años si no hay nadie que los cuente. Y el sol sin preocuparse de nada. Tú y yo, no hay nada más en esta ciudad, le concedo mientras me ilumina, y lo saludo. Sonríe como un niño, el sol, con sus ansias del alba (lo veo con prisa). No fue la falta de recursos, el cambio climático, una llegada masiva de extranjeros salvajes o las luchas interiores en pos de una cierta moralidad o de un aumento de riqueza. Ni idea de lo que ha sido, le digo, pero seguro que no ha sido nada de eso. Saco el móvil, para desviarme de mí, y no hay ningún mensaje. Aún funciona, como si no hubiera desaparecido esta civilización, pienso, después de abrir algunas aplicaciones. El sol se ríe. Por la esquina aparece otro superviviente, y recuerdo que tengo a Gema al lado, medio dormida, o simulando dormir, lo que me resta exclusividad en estas ruinas; ya no soy el último, podremos luchar por la supervivencia.

Me voy despejando con el sol, si hubiera agua por aquí incluso dejaría de pensar tonterías, pienso. Otra superviviente, por ese lado, y se acerca, además, hacia nosotros. Tiene nombre, dice, preguntando por una calle. Se llama Iben y es completamente danesa físicamente, salvo las manos, que se parecen a las de mi amiga, por lo que deben ser del mismo sitio que las de mi amiga, cosa que me niega reiteradamente cuando se lo comento. Son también de Dinamarca, dice con su bonito español. Gema, al escucharla, se levanta, y dice que podemos acompañarla, que le será más fácil así llegar a la calle y no haciendo caso a mis explicaciones, y se inventa que nos coge de camino. Así que vamos hacia esa calle y nos cruzamos con más supervivientes, con lo que empiezo a dudar sobre el fin de la civilización, en todos los sentidos.

Iben y Gema hablan de Copenhage, donde estuvo Gema hace algunos años, hasta que yo decido preguntarle qué hace aquí, en esta ciudad que se levanta de sus ruinas, digo. Iben ignora las partes raras de mi pregunta y nos cuenta que vive en Pamplona (ya decía yo) desde hace tres años y que trabaja para un diseñador de moda, preparando diseños, que a Madrid sólo ha venido de visita unos días, con su novio, de Burgos, que debe andar durmiendo en el hotel, dice. Queríamos salir de Pamplona estos sanfermines, y pensamos que estaría bien venir a Madrid. Lo cierto es que estamos algo peleados, dice, quizá por la confianza que le ofrece Gema, que parece que hubiera dormido toda la noche y muestra su mejor simpatía. Ayer fuimos a cenar juntos y después nos separamos, cada uno por su lado. Nos conocimos hace dos años, un día que él vino a hacer un entrevista a mi jefe, para un artículo en una revista. Es fotógrafo. Yo estaba fumando en la entrada y él me hizo unas preguntas y hablamos un rato. Unos días después nos cruzamos en una calle y nos fuimos a tomar algo. Él se habrá pasado la noche haciendo fotos y luego viéndolas en el portátil, eligiendo y borrando. Sobre todo borrando. Hacer fotos y borrar, siempre está así. Le gusta borrar. Sobre todo mis fotos. Últimamente siempre borra mis fotos. No sé qué busca, me hace fotos todos los días y las borra, dice Iben contrariada, con cierto estupor, y no me explica nada. Tenía ganas de decirlo, parece. La imagino, a Iben, habiendo pasado toda la noche dando vueltas, mirando, sin hablar con nadie. O quizá todo lo contrario, inventando su vida ante desconocidos.

Estamos ya enfrente del hotel y nos despedimos. Gema le dice algunas cosas que no llego a entender muy bien, porque me pongo a mirar el móvil, las notificaciones, alguna foto de perfil variada, los gestos inútiles de acercamiento. Les hago una foto sin que se den cuenta antes de que nos separamos. Ya sí que es mañana, Gema, le digo, y continuamos andando.



...imagino que nadie leerá con tanta atención y suspicacia este texto como para fijarse que está ambientado en la fiesta del Orgullo Gay, pero para que no haya malentendidos diré que es sólo anecdótico (porque yo aquí consigno ciertas realidades que sólo yo puedo entender y me sirven para recordarme) y que lo delirios del personaje, las ruinas, son sólo ideas que conjugan el estado interior del personaje, la borrachera y el recuerdo de la amiga, con la imagen de la ciudad en ese momento y ciertas lecturas complementarias que no se mencionan pero guían las ideas del personaje...

sábado, 27 de junio de 2015

Noche

No te has enterado de nada, Ru, me dice Gema dándome su opinión sobre la película, totalmente contraria a las tres o cuatro frases con las que intenté explicarla. Siempre has sido más perspicaz que yo, le digo dándole, además, parte de razón a sus ideas. Estamos ya en la calle y decidimos ir al centro a tomar algo. Debo ser de las pocas personas que conozco a las que le gusta Madrid con calor, digo mientras andamos, sobre todo a estas horas. Aunque la verdad es que preferiría estar en algún pequeño pueblo por el norte o por el sur, ya sabes. Gema va veraniega, como una joven más, con pantalones cortos y sandalias (por primera vez desde que la conozco, yo que pensaba que odiaba tanto esa palabra como yo), y una camiseta blanca. Yo también llevo una camiseta clara. Unos pantalones grises. Me gusto, incluso, al verme en los reflejos de los cristales, con Gema, o en algunas miradas que pasan un poco de largo.

Ahí están las calles que vamos pasando, con sus nombres, con la gente que nunca conoceré, con coches, con luces encendidas. Pero seguimos, por callejuelas, hasta decidirnos por un local. Seguro que me cambiabas ahora mismo por tu amiga, dice Gema, burlona, mientra nos sentamos. Tanqueray (esta palabra sí me gusta), pide cuando llega el camarero, y yo, por cambiar mi monotema, le hablo de un hondureño con el que hablé el otro día. Ayer acompañé a un hondureño que andaba un poco perdido hasta una plaza, digo. Amabilidad no me falta, creo. O con esa sensación se fue, el hondureño. Mientras andábamos hablamos un poco, claro, las bases. Al explicarle lo que hago, como siempre que se lo explico a un desconocido, tuve la sensación de que tenía que aparecer el asombro del otro (lo hizo, en cierto modo; él era de políticas, además, sin idea de números), y que eso me sitúa por encima de alguna extraña manera. Y mira que no estoy nada de acuerdo en ello, que no creo en esas clases de superioridades, pero la sensación aparece, un poco orgullosa. Tendría que mentir más a menudo, inventarme nuevas profesiones para este tipo de encuentros, pero tengo un curioso apego a la verdad (menos cuando escribo). A pesar de parecerme bastante a lo que alguna vez quise ser, ese conjunto etéreo y variado de pensamientos infantiles que recuerdo con más o menos certeza, y en los que, quiero creer, me imaginaba haciendo cosas, escribiendo más que siendo escritor o ingeniando más que siendo ingeniero, es decir. no pensaba en la etiqueta del nombre sino en los actos, eso no me sirve para tener ahora mismo lo que me gustaría tener, lo que realmente importa, digo pensando en mi amiga. Ya empiezas otra vez, Rubén. Tiene mucho que ver en este tema, con mis dudas sobre lo que uno llega a ser o sobre lo que soy. El hondureño estaba de intercambio y quería regresar el año que viene para hacerse una maestría (no recuerdo si dijo máster, pero tendría que haber dicho maestría). No tenía mucha fe en lo que estaba estudiando, con lo interesante que está el asunto ahora mismo, al menos por aquí. Allí en latinoamérica siempre está interesante, imagino, no sé exactamente en Honduras cómo andan.

Continuamos hablando, con Gema guiando la conversación a temas más nocturnos. Repetimos unas cuantas veces (es asombroso lo que aguanta Gema cualquier cosa, el cansancio, el alcohol, nunca se le nota nada), hasta que decidimos cambiar de sitio, andar otro rato y parar de nuevo. De momento no pensamos en mañana.

lunes, 1 de junio de 2015

Retiro


Acabar aparte, derrotado, hundido en un césped verde, y pensar en el mar, y ver a una pareja, la muchacha con los pies descalzos, blancas las piernas, el vestido pequeño, con una guitarra cada uno, probando acordes, con esa intimidad al descubierto que muestran las guitarras al aire libre, y recordar a la pareja que descubrí follando unos jardines más allá el otro día, cuando llega Gema, con sus vaqueros, una camiseta de tirantes que no esconde del todo el sujetador y una bolsa de papel con un par de libros dentro, bonita pareja, seguro que no tienen ni idea de música, dice, y se sienta a mi lado empujándome un poco, como una pareja también, quizá, aparentemente, juntos como las muchas parejas jóvenes que nos hemos cruzado entre caseta y caseta. Esa es Vidas Cruzadas, lo que tampoco dice mucho de ellos... si al menos fuera Palomas en la Quinta. Pero no lo hacen mal, digo. 

Habíamos estado viendo la Dama de Baza en el museo arqueológico. Me apetece verla, le dije, a Gema, con lo que me gusta a mi decir que nací en Baza, que soy bastetano, algo que siempre utilicé como si me hiciera especial, y teniéndola ahí al lado no está bien no acercarse, y luego nos podemos acercar a la feria. Fuimos casi con la intención de ver sólo la Dama, pero al final miramos todo con interés. Creo que con este recorrido se puede ver cuándo se fue la humanidad a tomar por culo, cuándo perdió la gracia, dijo en algún momento Gema mientras observaba algún objeto. La Dama de Baza estaba cerca de la mucho menos interesante Dama de Elche, y quizá había más gente alrededor de la de Baza. Tiene un pichón azul en la mano, ponía en los carteles. Un padre le explicaba algo a su hijo, con palabras informales. Otros visitantes saltaban con su interés aleatorio de una vitrina a otra. Gema iba a su ritmo leyendo o deteniéndose a observar algún objeto, sin hacerme caso. Se quedó bastante rato mirando la Dama de Baza. Tendría que haber venido con mi amiga, le dije más tarde. Si hay suerte nos la cruzamos en la feria, que seguro que es en lo que estás pensando. A partir de los romanos fuimos más rápidos, deteniéndonos algo más en lo de los egipcios, las momias, la de un cocodrilo, los vasos canopos, un par de gatunillos. La verdad es que no tengo un recuerdo demasiado claro de lo que vi de los egipcios en el Louvre, pensé. La hora de cierre, al final, no nos dejó terminar tranquilamente la última parte de la exposición. 

En la feria no está ella, de momento, y sí gente y libros y muchas conversaciones, ese es guapo, habrá que leerlo, dijo alguien, y confirmo que mi enoclofobia sigue siendo un invento y que mi mirada sigue funcionando igual que siempre. Gema sí se acercó a los libros, e incluso compró alguno o habló con los dependientes de forma amistosa, más amistosa de lo que esperaría. Yo nunca me he comprado un libro en la feria, después de ocho o nueve años viniendo, y mucho menos uno firmado, dije, sólo vengo por mi enoclofobia o por perder un tiempo las ganas de leer y así ocuparme de cosas más importantes que la lectura.  

Gema se quedó en una caseta y le dije que la esperaría en el césped. Ahora está a mi lado, otra vez, sentada, hojeando los libros que ha comprado, sin firmas, para que no te enfades conmigo, me dice. En algún momento la humanidad se ha equivocado de camino, sí, le digo. Y este sitio es perfecto para empezar a soltar frases de Guy Debord; creo haber oído unas cuentas, por cierto, incluso en nuestra contra. La pareja sigue cantando, aunque ya no hago mucho caso. Gema sonríe. 

jueves, 28 de mayo de 2015

Calles

...salir y no ver el mundo,
las condiciones,
el jardín, otras puertas,
y dicen que eres alguien,
o que no eres nadie,
o se lo dicen a otros,
y hay renuncias
y aceptan vocabularios
y no son nada...

miércoles, 20 de mayo de 2015

Blanca

...andamos desafinados últimamente: Bubita, la que canta, también, un poco...
...la compuse en otro idioma...

viernes, 17 de abril de 2015

Paisaje para Lisboa


Al final retroceder, o acaso como comienzo, quedarme en el instante anterior, retroceder a este lugar ya transitado y sentarme a descubrir lo que no pude ver y agotar lo limitado de mi observación. Por último, o quizá como punto de partida, quedarme allí sentada y volverme paisaje que mira, que comprende y cuestiona, en lugar de la tierna Lisboa sin rumbo, de la tierna joven amiga de todos, de un lado a otro, peregrina sin sombras, sin cuestiones, sin huellas. Con maldad y sin daño, quieta y firme. Pegamento que no une. Proteica muchacha moderna. Esta plaza será mía, hasta que la comprenda, hasta formar parte de ella. Luego me iré y me echarán de menos los niños, los torpes padres con carritos, los viejos que repiten cada tarde los mismos bancos, los que pasan con prisas pero se acuerdan de levantar la cabeza de vez en cuando. Buscaré otra plaza y haré lo mismo. Y me echarán de menos los niños, los viejos que repiten anécdotas diferentes cada tarde, los que pasan con prisas pero la casualidad les levanta la cabeza, las madres agrupadas. No. Raíces con patas. Eso no vale. O quizá sí. Estúpida necesidad de confirmación. Tengo que olvidarme de los comentarios que nunca oiré. ¿Qué será de aquella chica que se sentaba allí todas las tardes y sólo miraba? Buena chica, ¿a dónde habrá ido?, dirán los viejos con su memoria de aire. Como me dijo aquel chico, la vida son sólo unos cuantos comentarios para cada cosa. Lo que resulta muy aburrido. Creo que pasa mucho tiempo en las redes sociales o que lee demasiado periódicos deportivos digitales. Ser paisaje hoy, solamente, y acabar con los actos simbólicos que no llevan a nada, como palabras que no entiende nadie, y cambiar de verdad. Hacerme más pesada, volátil Lisboa, con mis actos, con las palabras que sean actos, con mis relaciones y mis entretenimientos. Ir a donde está la gente. En realidad fue gracioso, tan torpe y atreverse a hacerme esa pregunta tan extraña. ¿Alguien te conoce? Quiero decir, si te conocen de verdad. No como quien habla contigo todos los días y sabe casi todo de ti. Ya sabes, hemos coincidido unas cuantas veces, te veo hablar con la gente, sonríes, bromeas, eres simpática, pero te veo como que lo haces desde lejos, desde otro sitio, como a distancia, y que no te ven. Y lo peor es que ni se preocupan, tus conocidos. Aunque eso es normal, un alto porcentaje de la humanidad es muy inútil. No, quizá no utilice tanto las redes sociales. Voy a hacerme pintora, paisaje que pinta, perder los días buscando una imagen que persiste en no aparecer. O bailarina. Paisaje en movimiento, paso entre existencias. Tango o algo así, que los zapatos que llevan son preciosos. Atleta no, que no se pierden las palabras. Todos los deportes están llenos de palabras, demasiado simples para alejarse de ellas. Para descansar. Una vez a la semana, por ejemplo. El resto del tiempo para las palabras. Balancearme, volverme binaria, balancín discontinuo, arriba o abajo solamente. El sol sobre el perro sentado junto al banco. Blanco o negro. Los matices luego, para las palabras. Tampoco. Pintar con lápiz: papel o lápiz. Pintar con la mano, con el tacto. Pintar a alguien es como tocarlo. Pintar un desnudo, follar con él. Bailar con los ojos cerrados. No es eso lo que importa. Supongo que protesté, No, joder, sí que me conocen, algunos, alguien, pero era como si sólo le importara decírmelo, sin querer conocerme él tampoco, sólo mirarme, ver mi reacción, mi sonrisa cambiante, algún tipo de retroceso. ¿Cuántas veces me habrá mirado? Por último, recordar, ver y recordar, que no falte nada. Quizá sonreía, sin daño, con maldad. Los infinitivos del pensamiento forzado, de los cambios trascendentales, de los propósitos. No serán ni cinco minutos y apenas conservo a ese perro, al chico de la mochila y a la muchacha del vestido feliz, y el sol que los alumbraba. Salvo las palabras, salvo el hueso de las palabras como rastro para volver a los pensamientos anteriores. Otro nuevo retroceso. Esa palabra fue por pensar en ello, esta otra por la canción aquella, la que está algo roída por el roce, supongo, por el daño, la del paisaje por mirarme desde lejos, eso por lo que dijo él. También la señora del carrito, uno más, la del pelo rizado y el abrigo azul, tan blanca.  Si cierro los ojos ni siquiera sabría decir el nombre de la tienda de enfrente. Dentro de un año, el recuerdo vago de un día, de un paseo interrumpido una tarde soleada sin ocupaciones, con algún ligero trastorno verbal, la existencia de una plaza que soportó mi silencio unos minutos. Luego nada, todos los días olvidados, hasta los mejores. Paisaje deformado, sedimentario, las cárcavas de aquel pueblo, la lluvia como artista plástica, ese será mi primer cuadro. Todo marrón, una casa blanca, los árboles de las hojas verdes, y luego ya irá saliendo lo demás, lo importante, las pesadillas, la vaguedad. Los cimientos blandos, el limo de los pensamientos, la arcilla como único cimiento para la pesada Lisboa. Poco a poco. Luego vendrán los tranvías subiendo los raíles de las cuestas, con casas alrededor, de colores, amarillas como el tranvía, rojas, azules, y la gente inclinada e infeliz, inclinada y feliz, inclinada y despreocupada. El asfalto, el hormigón, las miradas indecentes. Por último, una habitación con la cama desatendida, la ventana abierta, un rostro que despierta. O una sala de conferencias, un despacho con las manchas invisibles, una buena pantalla, una foto que no se puede ver. Y un bar, una estación de trenes, el aeropuerto, las trazas en el cielo. Paisaje de ida y vuelta. Por último, el mar, mejor, un barco con un ancla gigantesca, las montañas que dan la espalda y el acantilado. Un mar hirviendo para esta plaza. Ridículas mariposas de vuelos verticales y horizontales, nada aleatorios. Y noche y día, claro. Necesaria, ligeramente imprescindible. Sin descanso. La nueva Lisboa.  No sé de qué conoce a Ana. Y el resto del tiempo con bromas fáciles, alguna acertada. Alguna sonrisa me sacó. Y al regresar Ana otra vez igual, como si no hubiera dicho nada, como si me hubiera hablado del tiempo, del abrigo nuevo que se acababa de comprar, de que no le gusta el frío, el exceso de ropa, las mujeres vestidas. No, de eso no hubiera hablado. La mayoría de personas ganan vestidas. Quiero decir, no hubiera sido tan banal la conversación. Tan intrascendente, tan de poca importancia para la curiosidad de Ana, las bromas y las insinuaciones. Como si sólo hubiera hablado del tiempo, sólo del tiempo y del invierno. Casi diez minutos. Paisaje antes de la batalla, ruinas futuras, fortaleza de lo que caerá. Yo seré dos ojos atentos, la lucidez de las palabras que se vuelven acertadas, las grandes escalas y las escalas pequeñas. Las ruinas y tú en pie, sin ver la tragedia, sin creer en la tragedia, observando una flor o un gato. El borrador para el artículo en la mesa, con sus dibujitos, entre los vasos y los móviles enmudecidos y el boli para las notas y la taza para el café. Retroceder veinte años, a ver qué ocurre. Imaginarme ayer, por ejemplo, y descubrir una media hora de incertidumbre, la absorción casi absoluta de esta hoja de papel, no habría mirado, quizá, con la taza de café en su vaivén, demasiado al exterior, tan acostumbrada, tan aislada mi concentración, y cuando llegara Ana, la curiosidad, la atención a sus excusas, ahora sí, empezaría a descubrir el paso del tiempo y disfrutaría de mi capacidad para los artículos, tan buena que soy, y lo bien que me salen y la letra tan llamativa y los tachones y las reescrituras. Y no tendría la limpia pantalla del portátil, ese equívoco palimpsesto, con las ideas insinuadas en la hoja que ya tiré. Distinguir mis cambios de los del mundo. Tenía que haberle dicho que soy actriz, que mi intención es ser actriz, que voy a clases de interpretación. Algo habría ganado con ello, creo. No sé en qué sentido. Me gusta mentir y me gustan las sonrisas interiores, tendría que haber dicho. Podría apuntarme a clases de interpretación, en realidad. Hacer teatro. Texto en común, palabras para la voz, alejadas del pensamiento, paisaje falso, comentarios del público. No imagino qué se puede sentir, si se olvida o no, una, cuando está allí interpretando. Varias vidas al año, lo que empeoraría las cosas, si es que van mal.  O lo mismo afianza. La próxima vez contaré una anécdota. La vida demostrada en las anécdotas. La vida es un puñado de anécdotas, y dos o tres comentarios para cada una de ellas, que diría él. Imaginarme muerta, también, carencia de anécdotas, paisaje del mundo sin Lisboa, ángel para un final mostrando el recorrido, alguno de esos días afilados, cuando bajé la cuesta con la bici y aquel coche cercano me rozó o el accidente en el que salimos ilesos. Todo igual, salvo un entierro con las calles repletas, me dirá el ángel amablemente. La vida sencilla: llamar al pan el pan y que aparezca sobre el mantel el pan de cada día. Las escalas pequeñas, despertar con el sol en la cara, comerse una fruta con el sol en la cara, comprar desganada, hacer la cena una noche de verano mientras el sol desaparece, no hay mayor arte, ni bailar, ni pintar, ni actuar, hacer la cama antes de acostarme, limpiar el piso sin palabras, acariciarme las piernas en el sofá, arreglar una tontería del coche, de la bici, cambiar una bombilla, hablar con la panadera o el vecino. Negar también a los que dicen que la realidad sólo está en el drama, estás en otro mundo, la muerte de un hijo, el cáncer, depresiones y drogas, fin de mes, el desasosiego, la sordidez del apartamento, de un vecino en bata, de conversaciones oscuras, doce horas diarias de trabajo sin derecho a la pereza, la vida rota por un error, pornografía sin sexo, vasos variados, spoonful, doble vida, la sórdida estupidez, paso del tiempo, usuras, vivir indiferente. Hay más vidas que la propia. Ese tío siempre caminando, por cualquier sitio, en todos los lugares, con sus pasitos cortos y su libro en una bolsa de plástico guardado bajo el brazo. La vida compleja: nombrar torpemente lo innombrable y que ante los ojos aparezca una neblina tenue o un vértigo. Las grandes escalas, las grandes palabras, lo inabordable, de lo que no se puede hablar más vale escribirlo, un libro de filosofía para acostarme, ontología, de lo que no se puede escribir mejor hablar, política, ideas sociales, actualidad durante la comida. Los periódicos, civilizaciones, historia, costumbres, hechos, biología, bosones. Voy a estar en todas partes y lo voy a saber todo, con la justicia del fiel de la balanza, atenta de vez en cuando incluso a lo que no me interesa. Ana con la camisa roja, cuando se fue él, la erótica Ana con sus confidencias, las oportunidades de la seguridad, como siempre, su vida cambiante y segura y llena de sucesos y de palabras. Le encanta hablar, disfruta hablando, se construye mientras habla, la cabrona. Con eso le basta. Estaba esperando que se fuera, para irnos juntas, solas, las dos. No quería contrapuntos, Anita. La calle para nosotras dos, paisaje de invierno entre ventanas. Los espejos. Ella hablándome para verse reflejada en mí, conseguir con sus palabras los efectos esperados, y afianzar su realidad mediante esos efectos, tan científicos, espejo de realidad. Y yo, viéndola hablar, viendo en ella una parte que querría ser yo, espejo ilusorio, camino falso a la verdad, a alguna verdad que sólo podré saber después, escojo el silencio, otra vez las palabras interiores, hablo poco y escucho con paciencia. Nadie me conoce, es decir, nadie me necesita. Y ella es mayor que yo y yo soy, entonces, una niña de doce años, por ejemplo, o quince años, y me habla del sexo, la toponimia del sexo, pero construye su relato, ella siempre construye su relato, y yo soy la periodista que habla con apenas un par de frases. Esos son mis relatos, sucesos condensados, pero ella no, con su poco interés en lo escrito, escribe relatos decentes cuando habla, cuando desarrolla un suceso, la anécdota, las semanas. Paisaje cerrado. Hablar más, olvidar los anonimatos, el placer de la pronunciación, de ser oídos atentos, del cara a cara. Ser locutora de radio, utilizar mi voz. Al último escritor que entrevisté le gustó. Las palabras habladas. Aprender sólo para decir lo aprendido. La anécdota, las risas, después de mucho tiempo, de un viaje a Valencia, de los compañeros, de una discoteca, la habitación de un hotel, ella y Maite, primero, el retroceso a una conversación de la cena, y ahora ella ya sola con él, con Alberto, parece, y, mierda, las palabras acertadas, la fuerza de las palabras, los detalles, lo que a mí sólo me sale escribiendo, ella, con facilidad, lo dice, cuando volvieron a la cama, cinco o seis de la mañana, después de que se fuera Maite, se puso sobre la cama, y él detrás de ella, que no empieza, y mira hacia atrás, lo ve y lo mira como diciéndole que por ahí no, creyéndose que iba a hacerlo, pero sólo estaba esperando porque aún no podía, y la mirada de ella, coqueta, con dulzura, lo intimidó, lo asustó, y comenzó a reírse de él. Puso una carita, dijo, pero luego genial. Y se calló, paisaje abierto, lleno de caminos, de tiernas aporías. Un amago, porque siempre hay más cosas para contar, y elige otra anécdota, otra muestra de que está viva, de que ha vivido, de que puede demostrarlo. Por último, levantarme. Olvidar que hay países. Comenzar a andar en cualquier dirección, siguiendo una nube, como quien empieza un relato. Ir saltando los muros como una niña traviesa, como cuando nos colamos en aquella casa de la plaza, las manos en las paredes, los ladrillos. Las fronteras perdidas. Los raíles. Paisajes con escaleras, desiertos blancos, vegetaciones frondosas, calles repletas de otros, calles vacías. Piedras llenas de musgo, islas con estatuas, escaleras de tierras, pencas. Voy a ser todas las realidades. La eternidad sin días. Un puntito desde lejos. Lo más importante de la historia. Cuando llegamos a su portal, la despedida, nos vemos mañana, seguí caminando, ya sin ella, sin sus palabras, sólo las mías repitiendo las suyas,  y no veía las calles, no veía los portales, los cartones, las bolsas, los que podrían mirarme, los cuellos agachados, con mi costumbre de repetirme las conversaciones, y quizá sigue siendo hoy, si olvido las horas que han pasado. Ni siquiera conozco esta ciudad cuyas calles me sé de memoria, y ya he recorrido medio mundo. Paisaje de niebla, lagos tenebrosos, sonrisas nerviosas. Estar en todos sitios, fuera y dentro. Etérea y pesada. Las calles, la habitación. La fotografía invisible, los días de mierda. 

viernes, 13 de marzo de 2015

Porque las cosas cambian


Gema deja la última botella de cerveza en el suelo y apoya su espalda contra la pared. Desde siempre, dios, o lo que sea, se ha empeñado en que yo sea atea, pero me gusta pensar si encontrara una razón, un hecho o algo, irrefutables, que me hicieran cambiar de opinión, en esto o en otras certezas fantasmales que pueda tener, qué ocurriría conmigo, con lo que soy y lo que hago, dentro de esos límites en que sitúo mi comportamiento habitualmente, dice Gema. Qué cambiaría en mí. Si acaso eso realmente importaría en la vida que llevamos. Me divierte la idea. Suelo repetirla mucho cuando me emborracho. Recuerdo un día de pequeña, un verano, con mis primos, una noche abierta en el pueblo de mis abuelos, en el que hay muchas más estrellas que en otros sitios, que hablamos de apariciones de vírgenes, de que apareciera justo en ese momento un marcianito; quizá fue el primer día que me planteé la idea. Ya ves, otra idea de niña, infantil, que sigo repitiendo de vez en cuando. Creo, además, que ese día estuve especialmente brillante. Estaba mi primo Alberto, una de las personas con las que mejor me entiendo, y siempre me da ganas de hablar, de plantear cosas que con otros normalmente me callo. Dependo demasiado de los interlocutores, supongo. No tanto como tú, claro, dice sonriendo. Le damos demasiada importancia a las ideas, a las palabras, a lo que piensen de nosotros; aquella frase de nuestra primera mañana juntos... Me levanto de la silla y me siento a su lado. Lo que decía, dice, la aparición de un fantasma o que tu amiga te empiece a querer o algo así, cosas totalmente improbables. Yo tengo tres ocasiones en las que dudé de la realidad, digo. Una vez creí ver un ovni rotando brillante en el cielo. Me lo tomé con mucha calma hasta que pude comprobar lo que era. Otra vez, un día que tenía mucha fiebre, al mirar el calendario en el móvil, por alguna razón la fecha era tres días anterior a lo que yo pensaba, lo cual me asustó bastante, y con la fiebre que tenía empecé a desvariar. Luego comprobé que era sólo cosa del móvil. Y también una cosa de la que aún dudo que me haya ocurrido, aunque lo dejé escrito el mismo día que me ocurrió. El primer mes que pasé en Madrid solía comer solo los fines de semana, en Plaza Castilla. Uno de ellos se me acercó una señora a hablar y empezó a contarme su vida, no sé qué clase de problemas judiciales, que habían encontrado a su ex-marido muerto en el coche de ella o algo así, que la familia estaba en contra de ella... No sé, me extraña haber estado escuchando eso, y no puedo culpar a falta de memoria como en otras cosas. Aunque ojalá me hubieran ocurrido más cosas como esta, la verdad. Como a mi amiga, que hace poco, en el autobús, un tío le pidió que se hiciera pasar por su novia por teléfono. Gema sonríe imaginando lo que me gustaría.

La música suena muy baja y yo muevo el vaso sobre el suelo intentando seguir su ritmo. La voz de Gema está un poco ronca, aunque no parece cansada y su piel, sus ojos, no muestran ningún rastro de madrugada. Una ventana abierta trae algo de fresco, que me sienta bien. Me imagino con un rostro demacrado, con los ojos rojos y las ojeras marcadas. Me imagino como el reverso de Gema, por eso callo ahora, la escucho hablar o me oigo pensar, repetidamente, lo bien que me sienta el aire. Seguiría así un par de días, digo interrumpiéndola. Ya, dice, no tienes fuerzas ni para dormirte, y me da un beso amistoso en la mejilla. Creo que ya deben ser las cinco o las seis. No tengo ganas de dormir.

Llaman a la puerta, con una violencia que quizá sólo notan mis oídos. Recuerdo frases de un viejo texto sobre un despertar resacoso, una isla en un cuarto piso, una noche de calor, una cisterna insufrible y como, poco a poco, iba recobrando un pensamiento lógico, el lenguaje estructurado, con su terco golpeo, suave golpeo, quién será, qué hace falta. Tu amiga, oigo la voz de Gema en mi cabeza. Hola, te habías ido, digo. El móvil, me lo he dejado. Está algo despeinada y tiene la frente tapada por el lado derecho, la marca de su frente. Lleva los zapatos en la mano. Está preciosa, pienso. Entra y encuentra rápidamente el móvil entre unos cojines del sofá. Estuve aquí sentada, dice. Lo recuerdo, pienso. Se da la vuelta y ve a Gema, que sigue sentada en el suelo, apoyada contra la pared. Hola Gema, no te había visto. Gema saluda con una sonrisa y ella continúa hacia la puerta. Quédate, le digo, vamos a ir a desayunar por ahí dentro de un rato. No, tengo que irme. Quédate, dice Gema, ya no merece la pena que os acostéis. Es mejor seguir despiertos y disfrutar de la mañana.

sábado, 14 de febrero de 2015

Café



Me ha dado ahora por el café, dice Gema cogiendo la taza con sus manos de uñas pintadas, después de tanto tiempo, y una sonrisa que me hace pensar que lo que quiere decir es otra cosa, aunque no continúa. Yo la miro mientras muevo la cucharilla en mi taza. ¿Por qué me miras así?, escucho que no dice. Tiene los mismos ojos de siempre, bajo sus cejas perfectas, y el pelo aún largo, y la bella insolencia de quien sigue creyendo en lo mismo con la misma fuerza. Me encanta no entenderla del todo y mientras permanece callada, mientras mira algo en el móvil, en contra de su costumbre de no usarlo en lugares públicos ni cuando está con alguien, recorro las opciones probables, los cambios de estas semanas, lo que no me ha contado. Deja el móvil sobre el libro que hemos venido a buscar, junto a la taza, y apoya los brazos en la mesa. Había estado habladora mientras íbamos a por el libro, hablando de lo que había leído de él, de la autora, teorizando con mucha alegría. Luego disminuyó las palabras, y ahora es ella quien me mira, quien mantiene la mirada fija en mí sin decir nada, sin parecer acusadora. Comienzo a hablarle en general, como si me hubiera pedido explicaciones, los falsos insomnios de las últimas semanas (no es que no duerma, le digo, ni que esté hasta las tantas despierto, es sólo que me despierto a esas horas con una lucidez insoportable e intento aprovecharla soltando gilipolleces en tuiter), el nombre callado, la sensación de haber vuelto a hacerlo mal, de que las cosas vayan a acabar donde no me gustaría que acabaran. Creo que tu amistad, le digo, es lo único que he hecho bien en todos estos años. Normalmente no me preocupo mucho de mí, pero cuando algo te importa y crees que no ha ido bien en cierto modo por lo que eres... Hay una palabra en checo que lo define muy bien. Y luego el futuro incierto que llevo posponiendo desde hace tiempo.

En una plaza de Lisboa, el verano que pasé en Portugal, un par de años antes de conocerte, con una de mis amigas de la universidad, con Bea, no sé si te lo he contado antes, una de esas tardes que salíamos temprano a dar una vuelta y luego íbamos a cenar a algún lugar escondido y llegábamos a las tantas al piso, normalmente solas y medio borrachas (qué poco ligamos aquel verano), y cantando malamente en portugués, fue un verano fantástico, dice sonriendo Gema, había una chica de unos treinta años sentada en un banco, fumando, sola, con un libro puesto al lado sobre una pequeña mochila. Era delgada, algún pendiente de más, con un rostro agradable, incluso guapa, diría. No tenía los ojos verdes,  no. A Bea, que le hacía falta un mechero, le dio por acercarse a pedirle fuego. Yo, como siempre, intenté leer el título del libro mientras Bea empezó a hablar con ella después de pedirle fuego. Resulta que era española, que estaba leyendo a Onetti (es lo mejor que se puede leer en verano, aunque no lo parezca: tiene prosa de tarde de verano interminable y pegajosa) y que se llamaba Diana. A Bea le cayó bien y la invitó a que viniera a tomarse un café con nosotras. Pero no quiso, dijo que estaba esperando, y sacó de su mochila una cámara de fotos. Todos los jueves, dijo, a una hora variable, cuando ya no da el sol directamente en la plaza, aparece un perrito pequeño que se da una vuelta por la plaza, rodeando siempre el olivo del centro, y a veces se acerca alegremente a mí y lo acaricio durante un rato. Le gusta mucho acercarse a la gente y, no sé, siempre veo la oportunidad de hacerle una foto que considero que merece la pena. Al final la convencimos y aceptó quedar para ir a cenar luego, pero se quedó esperando al perro, al que nosotras no llegamos a ver porque seguimos caminando. La verdad es que quedamos con ella unas cuantas veces más aquel verano, y aún hablamos de vez en cuando. Sigue allí en Lisboa, según pone en su facebook, donde aún tiene una foto del perro como portada. Creo que lo buscaba era encontrar la foto perfecta del perro, que ella creía que allí estaba algo así como un aboluto de esos literarios que hay por ahí, como la ola perfecta que quería pintar algún personaje de Onettí, y acudía allí, quizá engañándose o quizá totalmente consciente de que no servía para nada, con la esperanza de alcanzar a fotografíar ese momento.

Gema calla de nuevo. Me has recordado a Diana, dice mientras guarda el móvil y el libro en el bolso. Nos levantamos. Podríamos seguir un rato más dando vueltas por el centro, dice.