sábado, 19 de diciembre de 2015

Hum

Salgo a fumar, digo, fuera, con este aire es casi lo mismo. Gema se viene conmigo, que también necesita algo de aire, estirar las piernas, escapar un momento de la cena o qué sé yo. Nos acercamos a un banco, en el que me siento. Ella se queda de pie. ¿No fumas?, me pregunta. Siempre me gustó la serena soledad del que fuma solo, digo, o la complicidad entre fumadores, ese salirse del mundo un momento, pausar la violencia del mundo con un cigarrillo y observarlo como de lejos; de hecho, desconfío de todos los escritores y músicos que no fumen, sobre todo los del siglo pasado, que lo de fumar es muy del siglo pasado, ya que no se puede tener una óptica adecuada de nada sin fumar; pero no, no fumo, ya se acabó. Es la principal razón de que escriba tan mal, Gema, que nunca he fumado. Hay que elegir, aceptar que la libertad no es infinita: no se puede elegir no fumar y elegir ser un buen escritor. Gema juguetea con sus piernas, se balancea, las apoya en el banco. Últimamente pienso que la rebeldía se ha convertido en fumar y beber con catorce años y en follar mucho y variado, cosa que ya hacían nuestras abuelos, y en otro tipo de gestos que en realidad no tienen nada de rebeldes sino de gestos repetidos, de parecerse demasiado a algo anterior, me dice, de enfrentarse a las cosas que menos importancia tienen. Falta rebeldía bien entendida, como la mía, por ejemplo, dice humildemente. En realidad, lo mismo es que soy un poco cegata, pero no veo que el mundo haya cambiado nada en lo esencial en las últimas décadas; que estas mejoras tecnológicas que parece que definen nuestra época y que parece que hacen que la sociedad cambie a una velocidad asombrosa, lo único que han hecho es llevarla al límite, y ya sabes que yo de los límites tengo una idea un poco extraña y borrosa. La miro insistente y torpe como miro todo lo que me interesa. Si fumara miraría mejor, pienso, con la supersticiosa búsqueda de excusas de quien sabe que ha fracasado. Se acaba sentando a mi lado y hablamos de la cena, de los platos, de la gente, de los que pasan por delante y de los que cenan con nosotros

¿Entramos de nuevo? Nos van a empezar a echar de menos, después de tanto tiempo, dice Gema. Me gusta lo que tiene de ciudad esta zona, digo, y el invierno que asoma y los paseantes vestidos de invierno, y dentro no va a aparecer nunca. Pero sí, habrá que seguir discutiendo, que hay temas interesantes de los que aún no hemos hablado.