...I'll tell you all my secrets but I lie about my past...
Me hablaba Gema de que ella nunca tomaría drogas y que, de hecho, ni siquiera ha llegado a probar ninguna, lo mismo que el tabaco, porque no le interesa el efecto de las cosas sino las cosas mismas. Me gusta el alcohol por la sensación que me produce beberlo y no porque después me cambie el estado de ánimo, me decía. Del sexo me gustan tanto las caricias y demás juegos como los orgasmos, y eso que los tengo maravillosos. No sé si me explico... Puedo ser adicta a los frutos secos, por ejemplo, que no paro hasta que no acabo la bolsa, o al chocolate... y nunca podría serlo a alguna droga, que es casi lo mismo que tomarse una medicina; no es placentero consumirlas, sólo lo que viene después, imagino. La materia, lo físico, los libros de siempre antes que los electrónicos... no tengo nada contra la gente que lee en libros electrónicos, ni contra el aparente avance que eso supone, pero estoy segura que hay muchas cosas que no son capaces de comprender los que prefieren el formato electrónico, que entienden la realidad de una forma que a mí no me interesa. Quizá sensualidad sea la palabra, creo que denostada por su mal uso, o que al menos yo odio por el uso que se le da. Las drogas no son sensuales, ni los libros electrónicos. En cierto modo es como tu preferencia por los instrumentos acústicos o lo de aquel texto con la publicista de la playa. Me hablaba Gema de eso en el autobús, y el joven que teníamos enfrente, poco menor que nosotros, disimulaba su atención mirando por la ventana, cuando le sonó el móvil a Gema, la canción de Tom Waits que tanto ella como mi hermana y yo tenemos de tono de llamada desde hace años (diez yo, aunque siempre lo llevo en silencio). Quelqu'un crier là-bas, le dicen a veces a mi hermana sus compañeros, asustados, cuando le suena el móvil en la taquilla del trabajo. Creo que incluso se aprovechó de ello en los primeros momentos de relación con su novio, francés, de algún modo que desconozco. Cuando acaba de hablar Gema con su hermana, Irene, que probablemente tiene una melodía insulsa en el móvil y, como yo, lo llevará siempre en silencio, con la que hemos quedado para tomar algo, con ella y su novio, el inglés, que están de visita este fin de semana, el joven del autobús dice que la introducción de piano de la canción de Tom Waits, que ha reconocido, es increíble. Tengo una amiga, dice, que toca el piano, con unas manos preciosas y pequeñas, normalmente pintadas de rojo las uñas, a la que llevo años intentando convencer de que se la aprenda, pero no me hace caso. La verdad es que nunca la he visto tocar el piano, dice como con pena. Seguro que le sonaría fatal, los que han ido al conservatorio se suelen perder en este tipo de temas, continúa rencoroso. Otro prejuicioso como tú, Rubén, dice Gema. El resto del viaje que compartimos, hasta Alonso Martínez, donde se baja, seguimos hablando de canciones, de discos, de Waits, de The Walking Dead. Yo siempre intento ligar con Tom Waits, que en teoría no falla, le digo bromeando a Gema cuando ya se ha ido. Siempre se burla de cuando nos conocimos y la confundí con otra persona, Gema, de mi timidez y torpeza, aunque fuera ella la que se acercó, la que propició la confusión, la que habló de Tom Waits.
Nosotros nos bajamos en la glorieta de Bilbao y esperamos junto a la boca de metro a que lleguen. Enamorarse de una persona que está enamorada de ti, aunque sea de forma sincera, es una prueba evidente de egolatría, me dice Gema cuando pasa una parejita feliz. A parte de ser, evidentemente, la solución fácil. Una prueba más a tu favor, aunque no me quieras creer, aunque te empeñes en seguir con ese inútil letargo. Mira, ahí viene otra parejita, dice señalando a su hermana y al inglés. Qué capullo que es, dice cuando se van acercando.
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