martes, 25 de octubre de 2016

Cielo

...esto sí que es un fin de capítulo...



Quise un sueño lleno de luz
y al retroceder no sé exactamente hacia dónde
contemplaba un rostro que sonreía
y demostraba ser algo así como el absoluto:
tú sigue jugando con los detalles con los gestos sin recibo
que yo te torturaré con mi generalidad sin espectáculo
decía mientras me movía por el escenario de un sitio a otro
cosiendo unos pantalones de calidad infinita
o eso pensaba, llorando para existir
y ocultando con pocas palabras todo lo que parecía ser yo

La sala estaba vacía butacas vacías la pendiente ascendente
y no veía las paredes ni escaleras nada a lo que dar testimonio
ni la quietud de antes ni la suciedad de después
aunque ella estaba ahí con su sonrisa
no somos más que espejos en los que te buscas sin vernos:
si no los dejas conocerte no los conocerás, no me conocerás
no habrá nadie, cuenta algo, es imposible caminar contigo con ese silencio, esa barrera,
un  gato de esos que no hace ruido por la chapa de algún tejado,
aún no es demasiado tarde, aún puedes ponerte la otra bota, caminar
dejar de mejorar esos pantalones para empezar a usarlos
o puedes olvidarte de ellos, caminar desnudo como desnudas todo lo que no tocas
las manos bonitas, la piel no es la intemperie,
las caricias que te faltan, no todo importa igual, no todo importa tanto

Y podremos irnos a vivir juntos
para no empezar a bailar cuando estemos muertos

La sala se va inundando ilimitada y el mismo cielo lo abarca todo
cada nube vestida de ramas cada gota que se deja caer
debo creer que espera mis palabras si sigue ahí
mojándose el pelo en mi sueño
los dos sentados en la misma fila callados
fue ella la primera en llorar pero no lloraba por mí, lloraba por ella
yo lloro por mi, por las palabras que elijo
por lo que no he sabido conocer y lo que conozco
por lo que no dejará de ser posible
desde una madera que sigue mojándose
y una tormenta que no será para mí.

domingo, 16 de octubre de 2016

Las manos

...you could understand something only if you did not desire it...

A mí lo que me interesan son las manos,
por eso no me fijé en el libro que sacaste para nada,
porque lo dejaste junto a ti sin tocarlo,
y no me fijé en tu voz que hablaba de cosas inasibles
ni me fijé que yo estaba aún allí.
Me fijé en tus manos, entonces,
en la tecnología que te alejaba de mí
o en el perro que se acercó a saludarte
consciente de que hay cosas que no se agotan
y que pueden compartir instantes.
Lo entiendo todo a partir de ellas,
quizá porque nunca supe ser directo
o porque nunca he entendido nada,
ni tú tampoco has entendido nada.
Estábamos sentados al lado
y estábamos como siempre en sitios distintos:
tú tan humana, tan joven, y yo apenas literatura,
hablando de amistad en mi teatro sin público
con el silencio que tan poco soportas.

Y ahora pienso en tus manos,
en todas esas cosas que nunca les veré hacer,
como construir el deseo o la música
(con tu encanto infantil y tu seguridad adulta),
y en cómo se tejen las complicidades,
como las manos de los amantes que ya han follado
o los besos de aquella película,
y pienso en nuestra despedida
y recuerdo mis manos y sus gestos inútiles,
como tocar la guitarra para mi, como encerrarlas en los bolsillos
y recorrer la ciudad como si fuese el siglo veinte
y en una de sus calles estuvieses tú
desvelando con tus manos todo lo que nunca he sido.

lunes, 10 de octubre de 2016

Elecciones

...diré lo mismo de otra forma porque la repetición es un señuelo casi inteligente...

Las cosas son como eliges contarlas, me dice Gema, y eso es lo que intenta... lo que se hace ahora, estas últimas décadas, que se deja todo muy abierto y es más interesante lo que se puede decir de algo que ese algo. Escuchar las explicaciones sin mirar más de una vez el cuadro, que no tiene matices, que no pide la contemplación, que sólo pide un instante y luego la palabrería posterior para admirar su genialidad. De todas las cosas de las que resulta más interesante lo que se dice de ellas que ellas mismas siempre hay que desconfiar. Pero a este cuadro regresaría, vendría otra vez por verlo, a sus líneas negras y su fondo blanco, que no tengo ni puta idea de lo que insinúan. Quizá sea eso, que haya cierta atracción, las cosas a las que regresas una y otra vez, con esa repetición que no llega a ser: porque nunca llega a ser lo mismo: ya son otras las formas de enfrentarse a lo que parece lo mismo. 

Estamos sentados en un banco blanco enfrente del cuadro. En la sala no hay nadie, apenas vemos a un vigilante sentado en una silla en una esquina de la sala siguiente hasta que entran una madre joven y su hijo pequeño, de ocho o nueve años, y empiezan a dar la vuelta a la sala por los cuadros alejados de nosotros. Gema se calla y continúa contemplando el cuadro, con un interés que soy incapaz de comprender. La madre, que debe tener más o menos mi edad, por lo que tuvo que ser una madre joven, alrededor de los veinte, se detiene frente a un desnudo con la mirada fija en la areola izquierda, igual que hice yo hace unos instantes, como si fuera la ventana de aquel cuadro del asesino. El niño va de un cuadro a otro leyendo en voz alta los títulos y autores con cierto orgullo. Cuando ya los ha leído todos (menos el que sigue observando con insistencia Gema) regresa junto a su madre, que sigue atenta a esa zona del cuadro. Quizás cansado, termina por sentarse a junto a nosotros. La gran muchedumbre, me dice.

Durante el rato en el que ellas continúan absortas en la contemplación de los cuadros, el niño y yo nos empezamos a conocer, sin que ninguna nos haga caso, y me habla de su madre, a la que comienzo a envidiar por su envidiable manera de mirar el cuadro y por lo que me cuenta el niño, que muestra madurez sin dejar de ser infantil y sabe resultar interesante. Me pregunta por Gema con insolencia infantil, si es mi hermana, mi novia, una amiga, o una pequeña ficción, un duendecillo, que me acompaña a todas partes. La verdad es que está graciosa Gema hoy, tan concentrada en el cuadro, le digo, y su pelo despeinado. Dale un golpecito en el hombro, a ver si continúa siendo humana. Gema le para con un gesto simpático y continúa con sus pensamientos. Quizá sea por reacción o porque hace falta irse al lado contrario para mantener el equibrio, pero entre tanto dinamismo me parece que siempre viene bien la quietud, la pérdida aparente de tiempo, pienso mientras el niño continúa haciendo preguntas, ahora sobre cosas del museo.

La madre, con voz de madre joven, deja de mirar el cuadro y llama al niño para seguir con el recorrido. Se despide de nosotros con un saludo y disculpándose por el niño. Lleva unos vaqueros y zapatillas blancas que hacen un poco de ruido al alejarse. Fictita, le digo a Gema, deberíamos seguir, que te van a acabar confundiendo con una obra como sigas así de quieta, y quiero ver si se vuelve a parar frente a otro cuadro y encuentro la ocasión de preguntarle si veía lo mismo que yo en el del desnudo, a la madre.

jueves, 6 de octubre de 2016

Al otro lado

Nos sentamos Gema y yo mirando al mar en la playa de Santander. El sol está al otro lado, a nuestra espalda, y no logro acostumbrarme a eso en menos de una semana después de tantos años encontrándolo sobre el mar todos los días. No, Ru, está donde tiene que estar, ya deberías haberte acostumbrado, me dice Gema con su pasado asturiano. Está descalza y juega con la arena, feliz de alejarse de Madrid unos días y de poder ver a su amigo Juan, que nos prestará su casa. Gema llegó después, cuando ya se fueron, cuando ya me despedí de mi amiga como no me hubiera gustado despedirme. Mi amiga también se queda por aquí, le digo a Gema, no sé qué de una escuela de surf por aquellas costas de allí tan accesibles por mar y tan alejadas por tierra, o algo así nos contó mientras yo no sé si intentaba no escuchar o estaba hablando con alguien más. La echaba de menos, aunque no tenía ganas de volver a verla. Aún me duele lo que creo que piensa de mí. Es mi mayor fracaso, haberme comportado como lo hice. Que no me quiera nunca me ha preocupado mucho, porque es algo fácil de aceptar. Lo otro me tortura, tanto que me da igual lo que piensen los demás de mí, incluso tu opinión Gema o el contrato que me acaban de hacer no consiguen que mi autoestima deje de estar por los suelos. Soy como ella piensa que soy, lo demás no importa. Gema me mira con un odio simpático mientras continúo con mis exageraciones. Ojalá ande aún por aquí y nos crucemos para despedirnos de nuevo, de otra manera. Aún me siento fatal por aquello. Le cuento a Gema lo de estos días, las presentaciones del congreso por el que vinimos aquí, las copas, los sonidos del hotel, el baño en el mar del día anterior, los pinchos del Manila, con lo extraño que estaba allí con la chaqueta del traje, los zapatos, la cena en Casa Silvio y la vuelta al hotel, lo de estar con ella. Mientras hablo saco fotos del mar y los barcos, de la península del fondo, de los que caminan cerca de la orilla o de los grupos de niños haciendo surf, también de una desconocida sentada cerca de nosotros. Gema, ¿por qué crees que nos gusta mirar el paisaje? Gema se tumba, cierra los ojos y no me hace caso. Sabe que las cosas cambian siempre.