lunes, 23 de enero de 2012

Encuentro

...mirando al mar...



Los dos nos quedamos mirándola. Gema, insolente. A los dos nos gustaría tener esas tetas, le dije. Pensé que entendías algo de mujeres, de erotismo... Caminaba junto a la orilla, descalza, infantil, Gema. Me miró decepcionada. No vale nada. Sólo de lejos... o en una foto... De cerca, cuando importa, pierde valor. Cargaba con sus zapatos y su perro, atado, que insistía en alejarse de la orilla, de Gema, y en seguir caminos curvados. Nunca me ha gustado el mar, oí. Prefiero la playa. El mar con su falsa perspectiva, por encima de aquellos acantilados. No me gusta tampoco su absolutismo... ese del que hablaba Ducasse. Prefiero la playa, las olas perfectas de hoy, por ejemplo. Antes del verano, mejor. Aunque me gusta en las cuatro estaciones. La mejor foto que he hecho nunca la hice en esta playa, un otoño: a una gaviota sobre aquellas rocas, con las alas abiertas apoyadas en las rocas, una de ellas rota, herida. Miraba, altiva, al mar, al horizonte, como si se diera cuenta de lo que ya nunca volvería a hacer, de su final. Una pena que no me llevase aquel día la cámara. Era una gaviota realmente imponente. En un momento trascendente, además.

Llegamos a las rocas y le pasé los zapatos. Decidimos subir a lo alto del acantilado. A ver si encontramos algo allí, dijo. Al perro le pareció bien. Una piedra, vértigo o aire. Y podremos apreciar el fracaso del mar claramente, mientras tanto.

viernes, 20 de enero de 2012

Fuera de lugar

Una amistad: no confundan.


A Ana 0.

Aburrido, entraré dos veces
hasta no verte
la herida
con la única idea
deseo
de intentar
estabas sentada
(oye una melodía)
las medias juntas
querré
te alegraste de verme
(nunca nadie, tanto)
(María después)
te quiero mañana
dijiste
fuera de aquí no tiene sentido
fuera de lugar
(a mí lo que me gusta)
no podría vivir sin cuatro estaciones
la miré a los ojos claros
me quería allí
sólo un juego
la ciudad tiene calles, intenté
le toqué un hombro
no quise despedirme, otra vez
todo estaba allí.

miércoles, 4 de enero de 2012

Recreo




Se levantó de la cama, caminó como si fuese vestida, subió las persianas, apareció el sol, y demasiadas ventanas, Gema, me gusta así, dijo, y regresó, elástica, a mi lado. Nunca me ha gustado hablar de lo que realmente me importa, dijo. No creo que haya nadie que no vaya a ensuciar, degradar, con su juicio, sus valoraciones, lo que le pueda contar. Aunque sean internas, las valoraciones. O sean positivas: eso también ensucia. Por eso siempre me callo lo que me importa. Yo pensé en todo lo que me había contado anoche. No hablo de mi perro, ni de mis diversiones, mis simpatías, mi infancia... Me miró. Últimamente pienso que cada vez tengo menos pasado. Sonrió, como si estuviera burlándose de algo. Cuando era pequeña... tengo la sensación de que tenía más pasado, que cada acto estaba relacionado... o era la repetición de actos realizados durante cientos de años. Otra ancestral visita a mis abuelos, por ejemplo. Otro ancestral baño en aquel rincón de la playa. Esa cinta de recuerdo borroso, fragmentado, herido por el polvo de milimétrico aumento. Aquel objeto de aparición aleatoria. Nuestro pasado empequeñece con las años. Acabaremos por no tener pasado. Morir es quedarse sin pasado. ¿Qué te parece? Gatita. Me abrazó. Al cuello. No está mal para una mañana de domingo, se enorgulleció. Ahora vence el recuerdo, intenté. El recuerdo preciso: sin incertidumbre. El recuerdo mata al pasado: cuanto más recordamos menos pasado tenemos. El recuerdo nos mata, consecuentemente. Eso es, dijo. Sus ojos mostraron un tierno entusiasmo. Me repetí lo dicho. Quizá nos habíamos precipitado en las conclusiones, pensé. Quizá nos hemos precipitado en las conclusiones, dijo, turbia, perdiendo el entusiasmo un momento. Sonrió de nuevo.

Me gustaba su habitación: paredes blancas, una cama, una silla rodeada por la ropa que nos quitamos, dos puertas para un armario, una mesita con una novela de Sally Mara. Nada más. La ventana y una luz excelente.

Creo que le gusta Onetti a Gema, apunto.