viernes, 13 de marzo de 2015

Porque las cosas cambian


Gema deja la última botella de cerveza en el suelo y apoya su espalda contra la pared. Desde siempre, dios, o lo que sea, se ha empeñado en que yo sea atea, pero me gusta pensar si encontrara una razón, un hecho o algo, irrefutables, que me hicieran cambiar de opinión, en esto o en otras certezas fantasmales que pueda tener, qué ocurriría conmigo, con lo que soy y lo que hago, dentro de esos límites en que sitúo mi comportamiento habitualmente, dice Gema. Qué cambiaría en mí. Si acaso eso realmente importaría en la vida que llevamos. Me divierte la idea. Suelo repetirla mucho cuando me emborracho. Recuerdo un día de pequeña, un verano, con mis primos, una noche abierta en el pueblo de mis abuelos, en el que hay muchas más estrellas que en otros sitios, que hablamos de apariciones de vírgenes, de que apareciera justo en ese momento un marcianito; quizá fue el primer día que me planteé la idea. Ya ves, otra idea de niña, infantil, que sigo repitiendo de vez en cuando. Creo, además, que ese día estuve especialmente brillante. Estaba mi primo Alberto, una de las personas con las que mejor me entiendo, y siempre me da ganas de hablar, de plantear cosas que con otros normalmente me callo. Dependo demasiado de los interlocutores, supongo. No tanto como tú, claro, dice sonriendo. Le damos demasiada importancia a las ideas, a las palabras, a lo que piensen de nosotros; aquella frase de nuestra primera mañana juntos... Me levanto de la silla y me siento a su lado. Lo que decía, dice, la aparición de un fantasma o que tu amiga te empiece a querer o algo así, cosas totalmente improbables. Yo tengo tres ocasiones en las que dudé de la realidad, digo. Una vez creí ver un ovni rotando brillante en el cielo. Me lo tomé con mucha calma hasta que pude comprobar lo que era. Otra vez, un día que tenía mucha fiebre, al mirar el calendario en el móvil, por alguna razón la fecha era tres días anterior a lo que yo pensaba, lo cual me asustó bastante, y con la fiebre que tenía empecé a desvariar. Luego comprobé que era sólo cosa del móvil. Y también una cosa de la que aún dudo que me haya ocurrido, aunque lo dejé escrito el mismo día que me ocurrió. El primer mes que pasé en Madrid solía comer solo los fines de semana, en Plaza Castilla. Uno de ellos se me acercó una señora a hablar y empezó a contarme su vida, no sé qué clase de problemas judiciales, que habían encontrado a su ex-marido muerto en el coche de ella o algo así, que la familia estaba en contra de ella... No sé, me extraña haber estado escuchando eso, y no puedo culpar a falta de memoria como en otras cosas. Aunque ojalá me hubieran ocurrido más cosas como esta, la verdad. Como a mi amiga, que hace poco, en el autobús, un tío le pidió que se hiciera pasar por su novia por teléfono. Gema sonríe imaginando lo que me gustaría.

La música suena muy baja y yo muevo el vaso sobre el suelo intentando seguir su ritmo. La voz de Gema está un poco ronca, aunque no parece cansada y su piel, sus ojos, no muestran ningún rastro de madrugada. Una ventana abierta trae algo de fresco, que me sienta bien. Me imagino con un rostro demacrado, con los ojos rojos y las ojeras marcadas. Me imagino como el reverso de Gema, por eso callo ahora, la escucho hablar o me oigo pensar, repetidamente, lo bien que me sienta el aire. Seguiría así un par de días, digo interrumpiéndola. Ya, dice, no tienes fuerzas ni para dormirte, y me da un beso amistoso en la mejilla. Creo que ya deben ser las cinco o las seis. No tengo ganas de dormir.

Llaman a la puerta, con una violencia que quizá sólo notan mis oídos. Recuerdo frases de un viejo texto sobre un despertar resacoso, una isla en un cuarto piso, una noche de calor, una cisterna insufrible y como, poco a poco, iba recobrando un pensamiento lógico, el lenguaje estructurado, con su terco golpeo, suave golpeo, quién será, qué hace falta. Tu amiga, oigo la voz de Gema en mi cabeza. Hola, te habías ido, digo. El móvil, me lo he dejado. Está algo despeinada y tiene la frente tapada por el lado derecho, la marca de su frente. Lleva los zapatos en la mano. Está preciosa, pienso. Entra y encuentra rápidamente el móvil entre unos cojines del sofá. Estuve aquí sentada, dice. Lo recuerdo, pienso. Se da la vuelta y ve a Gema, que sigue sentada en el suelo, apoyada contra la pared. Hola Gema, no te había visto. Gema saluda con una sonrisa y ella continúa hacia la puerta. Quédate, le digo, vamos a ir a desayunar por ahí dentro de un rato. No, tengo que irme. Quédate, dice Gema, ya no merece la pena que os acostéis. Es mejor seguir despiertos y disfrutar de la mañana.