A Inés, por si un día lee esto
(Casi terminado, creo)
Otra vez sus piernas cruzadas, su pantalón verde, sus ojos, las palabras que luego no dejaré de repetirme. Habla de Roma, del río Tíber, cruzaba un puente y decidió pararse a mirar el agua, que bajaba turbulenta, con un tono algo gris; moviendo demasiado los brazos, acompasando las palabras con la sonrisa, describe la situación, el ruido desordenado de coches, algunas plantas, el muro, un barco y un viejo en bici que pedaleaba torpemente. De pequeña, dice, me encantaba crear cauces para el agua. Escavaba en la tierra y luego con un cubo echaba agua en algún punto de mi circuito... de mis canales, casi siempre bastante enrevesados y con muchas bifurcaciones e intersecciones. A veces los adornaba con hojas secas, con hierbas arrancadas... O echaba en el agua un barquito o un tapón de botella, dice. Yo nunca supe hacer barquitos de papel o de esos que hacía mi padre con cañaveras, le digo. Mueve la lata de cerveza vacía sentada sobre el cemento que cubre lo que alguna vez fue una piscina (Bea le explicó la razón de que llamásemos así a esa explanada de cemento), junto a un edificio con pared blanca y sin ventanas en sus dos primeras plantas (entre Isa y Alberto le explicaron la razón). Este de aquí es el laboratorio de fluidos, le dije. Estamos solos. Se fueron después de más de media hora, de una cerveza cada uno. Gema estuvo simpática y habladora. No le importó ser el centro de la conversación en bastantes ocasiones. Lo de los grifos y la vaca nunca me lo habías contado, le dije cuando se fueron. No le dije que no me extraña, que confirma la impresión que tuve de ella la primera vez que la vi, que estuvimos juntos. Bueno, dijiste, se llamaba Mariela. No recuerdo muy bien por qué pedí una vaca aquel año. Sonrieron. Hicieron comentarios. Una vaca. Y luego contaste que con tres años pediste un grifo (y que te trajeron muchos grifos) y que al año siguiente de pedir la vaca, a Mariela, pediste un delfín, que no te trajeron, y que entonces dejaste ya de creer en eso, Gema, en pedir regalos. Hablaste de tu hermana, de Irene, que pedía cosas normales, dijiste, mientras las risas y los comentarios fáciles seguían centrados en ti. Y ahora habla, hablas, Gema, mientras te escucho, te miro sentado en el banco, de su viaje a Roma, del río turbulento que te ha recordado tus juegos infantiles, ya presentes en la conversación con ellos (presentes siempre en mis ganas de conocerte). Mientras descansabas allí, apoyados los brazos contra la piedra del muro, con tu cámara de fotos buscando las dovelas del siguiente puente del río (miraba el agua alejarse, dices), se te acercó una mujer de unos cuarenta años con aspecto de paseante accidental, dices, de quien escapa un momento de una situación sólo por descansar, y te dijo algo en italiano sobre la foto que estabas haciendo, Una bonita vista para hacer una foto, quisiste entender, aunque dijiste que no hablabas italiano y no entendías, por lo que ella comenzó a hablarte en inglés, un bonito inglés con su acento italiano y una extraña elegancia a la hora de pronunciar y de realizar los fraseos, como comprobaste después en la conversación que mantuvisteis. Me recordaba a tu idolatrada Naomi Watts con el pelo teñido, dices ahora. Se puso junto a mi, también apoyada en el puente, y estuvimos así mientras hablamos, las dos mirando al frente, al agua o al puente al que intentaba fotografiar, mirándonos sólo de vez en cuando. Me hubiera gustado estar en silencio, como dos amigas que ya no necesitan decirse nada, al menos por un momento, pero ella tenía ganas de hablar y, no sé por qué, pensó que yo le valdría para ello, o quizá no tuvo necesidad de pensarlo y simplemente comenzó a hacerlo. Tampoco sé muy bien por qué sentí esa confianza por ella desde el principio... Se me ocurre ahora que quería estar allí en el puente, mirando el Tíber, como si no existiese nadie, y que yo estaba justo cerca de donde ella quería estar y la única forma de librarse de mí, de mi presencia, era hablar conmigo. Me contó que su hijo se había suicidado en ese puente, lanzándose contra ese río, Mi hijo se lanzó aquí contra ese río hace algo más de un año, dijo, aunque hacía sólo unos meses que supo que había sido justo desde allí, desde ese puente. Entre las cosas que había dejado su hijo, que vivía solo en un pequeño apartamento en Roma, encontraron un cuaderno en el que anotaba frases que leía o escuchaba junto con el nombre (o lo que supiera: chica de pelo rizado y preciosos labios, dices riéndote) de quien las dijo o escribió y del sitio donde las leía o escuchaba. La primera era de un cuento de Tabucchi, del que tomó la idea de llevar el cuaderno. En las últimas páginas escritas, todas las frases las oía en este puente. Dijo que no eran muchas y que estaban espaciadas por semanas o meses, pero era como si durante los últimos meses sólo le interesase lo que ocurría allí. El niño tenía 23 años y trabajaba de camarero desde que terminó la universidad. Tuvo una infancia feliz, dijo, en Ancona, donde vivíamos entonces. Una de las frases que tenía apuntada, en las primeras páginas del cuaderno, era de Sciascia, del Todo Modo, en la que decía de un personaje algo así como que era triste como todas las personas que habían sido felices en su infancia... o con la tristeza propia de quien había sido feliz en la infancia. No sé exactamente. Ella, la italiana, sí la dijo de forma exacta, la frase, estoy segura. Pero ella no lo consideraba un chico triste. Ya no era como de pequeño, tan propenso a las risas, dijo, pero seguía teniendo una especie de optimismo apagado, desabrido, sin entusiasmo, en el que siempre consideraba lo bueno de todo, las posibilidades más favorables como las más probables. Por lo que la italiana, me dijo, no comprendía. Continuamente revisaba el cuaderno, pero no encontraba nada que le mostrara alguna razón. Las frases eran variadas, sobre todo tipo de cosas, algunas incluso intrascendentes, casi sin significado, me dijo. Quizá lo voy conociendo mejor, dijo, pero no me ayuda a comprender. Tampoco de sus amigos o conocidos pudo saber nada. Hacía unas semanas decidió acercarse allí por primera vez y desde entonces, de vez en cuando, cuando tenía algo de tiempo, parece que trabajaba por allí cerca, se acercaba al puente a escuchar. Quizá le molestó que yo estuviese allí en silencio, dices ahora. Te quedas callada un momento, Gema, dejando que te mire los ojos como si yo no estuviera allí. A mi me dio la impresión de que se echaba la culpa. Como si hubiera podido hacer algo y todo eso, aunque a la mujer se la veía bien, a pesar de su insistencia por comprender y ese sentimiento de culpa o de empezar a hablar con una desconocida con total naturalidad. Parecía haberlo asumido ya, lo del suicidio. No me la imagino necesitando psicólogos o lo que yo pudiera decirle ni tampoco haciendo alguna locura... con lo que hacía le bastaba. Parecía haber seguido con su vida con normalidad... El gris del cemento se extiende a la luz, mientras se van yendo las últimas personas. Te levantas y estiras las piernas. No se está mal aquí, aunque no sea especialmente bonita, tu escuela. Después hablamos de Roma, dices, me hizo algunas preguntas y volvimos a hablar de fotografía, también. La verdad es que era una mujer muy agradable. Llevas la lata de cerveza vacía a un contenedor y regresas para cogerme de las manos y levantarme. Me lo he pasado bien hoy. Me han caído bien tus compañeros, sobre todo Inés, dices, aunque ha sido una pena que no se quedase Myriam, me hubiera gustado verla.
Sólo el río, hoy. Apuntó.
"No nos libramos de una cosa evitándola, sino tan sólo pasando por ella"
"Señal segura de amor es desear conocer, revivir, la infancia del otro"
Pavese
"Cada mañana hay que volver a vérselas con la vergüenza de ser uno mismo"
Jerome