lunes, 28 de noviembre de 2011

Del invierno

Pá no adelantarme... tanto... que aún queda otoño... unos cuantos días de noviembre... otros de diciembre... eso creo... alguno de marzo, entre medias... nunca se sabe... habrá que disfrutarlos, diría... que se ven... Y luego dirán, aunque no importe... Carece de importancia: aún no voy a hablar de ti. 


Me quedo con el sol inclinado... y con el aire.





viernes, 18 de noviembre de 2011

El comienzo de la primavera, de Pron



Patricia: porque en algún momento podemos creer que estamos dentro de la Historia, aunque sólo sea un rato, habrá que agradecerle a Pron el intento de cuestionarse cuál es la relación que tenemos con todo eso que parece que tuvo valor y que nos condicionó para ser lo que somos. Primero en su novela sobre los padres, cuyo título me niego a transcribir, y ahora en esta novela, escrita y publicada hace más años pero que he leído después de la de los padres, en la que el protagonista trata de encontrarse con un filósofo de la historia, digamos, cercano a Heidegger, por pueblos de Alemania, en una búsqueda casi policial, finalmente. Habrá que perdonarle los errores sintácticos (que no tienen nada que ver con el juego ni el placer ni la burla, sino con el desconocimiento lingüístico), demasiado abundantes, y el tono apagado que persigue a todas sus páginas: parece como si no lo estuvieses leyendo, a veces, aunque resulte agradable la lectura (y a la primera novela, la de los padres, la insoportable y huera parte central y también la final) por ese intento (y ser joven) y por no evitar las reflexiones de su creado filósofo o incluso las de Heidegger (alguna hay en lo que llevo leído). Asume algunos riesgos: intenta superar dificultades. No lo hace mal.

Si eres capaz de hacer esa pregunta, también eres capaz de responderla.

Hoy no es día inteligente y no sé ir más allá.

Recuerdo el debate (no digo nada del debate) anterior, el primero (el segundo no lo recuerdo, podría decir; o, acaso, los confundo, los dos, ambos), hace menos de cuatro años, los cuatro juntos, el primer año, famosas las discusiones políticas en años anteriores, antes de vivir juntos, pensé (entonces, antes del debate, imagino): un momento trascendente: historia: habrá que hacer espacio en el recuerdo. Bajemos el nivel: eventos deportivos: los cuatro juntos, de nuevo, el primer año: victorias: habrá que contar esto a los futuros. Una botella de cerveza vacía debajo de la mesa. Y ahora a dos días. Y con una amenaza que quisiera ser más que una fisura.  

(Ya sé que insisto, pero será la última vez).

De vez en cuando podemos pensar que estamos dentro de la Historia.  


jueves, 10 de noviembre de 2011

Dublín



Nina Persson con veintitrés años, las calles de una barrio de Dublin o un muro junto al río Liffey (entonces aún no pensaba en Estocolmo, por alguna razón que no vamos a intentar conocer; tampoco pensaba en ninguna ciudad alemana, como aquella de la que hablaba W.G. Sebald en su ensayo sobre la destrucción, y no se menciona), el recorrido sin ninguna intención, que no se vaya a hablar de intenciones ahora, aunque llevaba una guitarra a la espalda, cruzado sobre el pecho el tirante, acompañando su límpida mirada de malicia, las nubes con escasa presencia, por una vez, el frío adecuado y todo lo que quedaba de tarde, mientras narraba, divertida, ella, ingeniosa, la noche anterior en el Temple Bar. A eso se dedicaba, mientras, a cada paso. Con el río Liffey al lado o entre las calles de Dublín. Me gustaría mentir con la elegancia de unas medias negras. Pero tampoco lo hago mal, creo. Yo prefiero el despiste o la confusión: como Filippo Bruneleschi, que al construir la cúpula de la catedral de Florencia hizo todo lo posible para ocultar su técnica: durante la construcción los obreros disponían los ladrillos visibles de una forma distinta a la bóveda interna, la que aguanta el peso, y parece que también realizaba señales para despistar. Aún hoy no se conoce la técnica que utilizó, el muy cabrón. En la confusión hay realidad: hay resultados: hay un camino que lleva a la verdad, que cualquiera puede seguir. Tras la mentira puede no haber nada. Tienes mucho aprecio a la verdad, hoy. Bueno, la teoría la he armado sólo para mencionar al italiano, al que conocí esta mañana, por casualidad, en una encilopedia. Me parecía que venía a cuento. Eres un oportunista, y bastante torpe, por cierto. Bueno, no hay que pasarse, sólo era un comentario.

A mí me encanta cómo mientes. Y escucharte. ¿Nos sentamos allí? Deberíamos probar hoy tu voz de lija.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Malgastar esfuerzos

Para un 15 de noviembre, partido en dos.

Todas las muertes son individuales, dijo, tumbado en el sofá, al ver la noticia; lo oí, sentado en el sofá, en el otro sofá, y asentí con un sonido, con una risa leve, cortante, que la dejaba ya, apenas segundos después de su pronunciación, en el territorio hostil de la memoria, a la frase, acertada, cercana a otras ideas que pude desarrollar alguna vez, en algún momento, ante mí mismo, sin saber si sería, de un lado, parte del olvido o parte del recuerdo, como refugio o como fracaso, o, del otro, parte del olvido o parte del recuerdo, como incapacidad o como admiración o, al menos, como (otra) prueba de aprecio, obligada a permanecer, para ambos, irremediablemente, en esa incertidumbre, anclada ya en un abismo que no quise evitar, por no demostrar ninguna capacidad de esfuerzo, por una vez, inútil, ningún intento, como siempre. Y ya estaban de nuevo las noticias sucediéndose, precipitándonos a otras posibilidades, nuevas muestras de ingenio que podríamos lanzar, con insistencia ruin, al mismo abismo frecuentado, pero que no evitaron el silencio, relativo, presente. Pensé, discurriendo ya por otros caminos que me imposibilitaron, cierto tiempo, prestar atención, en mi incapacidad de desarrollar conversaciones inútiles, sin fines concretos. Esta inutilidad, esta capacidad de malgastar esfuerzos, es la que realmente afianza las relaciones, pensé. Todas las grandes relaciones se construyen, se afianzan, en ese desperdicio de palabras, de tiempo, donde no se pretende nada, donde la trascendencia es sólo un lastre agotador que aniquila cualquier posibilidad de permanencia, de felicidad. En cualquier gran relación la trascendencia queda reducida a sólo algunos escasos momentos inevitables. Empezaron los deportes y atendí, al inicio, las primeras imágenes, las novedades, hasta que decidió darse la vuelta en el sofá, ponerse de un lado, dormirse, asumiendo esa huida cobarde y renovadora, dejándome como único oyente posible, apoyadas las piernas en la mesa. Pensé en todo lo que le debía, en lo mucho que lo tenía en cuenta ante cualquier decisión intrascendente que tomaba, en todos esos recuerdos agotadores, calzados de felonía, de feroz dentellada asimétrica, cuyo placer quedó recluido al propio espacio irrescatable del recuerdo, como diría, pero que confirman, una y otra vez, a cada incontenible visita, un aprecio irremediable, que evita cualquier necesidad de respeto. Las valoraciones precisas, adecuadas, de la vida, de sus posibilidades, de las opciones, para que no quede destruida por la estupidez, a pesar de desencantos ocasionales, tibios, que no dejan de mostrar, por otra parte, esa capacidad. Decidí salir: unos ladridos, que debía acallar, para evitar protestas, me llamaron, con la dulzura habitual, desde la puerta, en la puerta, entres las rejas protectoras, ante un jardín silvano, incendiarios y sabios, por un gato inquietante de torpe sigilo e indiferente desprecio por las reglas impuestas. Me senté en una silla y me pidieron la aprobación del trabajo bien realizado, satisfecho, sibilino, con la inocencia habitual, la humildad, y una sonrisa aviesa, feliz. El verde y el cielo, y el sol, ese día. La luz. Entramos juntos y nos sentamos cada uno en su sitio. 

sábado, 5 de noviembre de 2011

Dice Handke:





Una vez dije: un gran autor cierra el camino a sus sucesores, pero sólo para que encuentren su propio camino. O sea, lo contrario de alguien como Thomas Bernhard, quien es fácil de imitar, en realidad. Un escritor que es fácil de imitar, en el fondo, no merece ser llamado como tal.