Para un 15 de noviembre, partido en dos.
Todas las muertes son individuales, dijo, tumbado en el sofá, al ver la noticia; lo oí, sentado en el sofá, en el otro sofá, y asentí con un sonido, con una risa leve, cortante, que la dejaba ya, apenas segundos después de su pronunciación, en el territorio hostil de la memoria, a la frase, acertada, cercana a otras ideas que pude desarrollar alguna vez, en algún momento, ante mí mismo, sin saber si sería, de un lado, parte del olvido o parte del recuerdo, como refugio o como fracaso, o, del otro, parte del olvido o parte del recuerdo, como incapacidad o como admiración o, al menos, como (otra) prueba de aprecio, obligada a permanecer, para ambos, irremediablemente, en esa incertidumbre, anclada ya en un abismo que no quise evitar, por no demostrar ninguna capacidad de esfuerzo, por una vez, inútil, ningún intento, como siempre. Y ya estaban de nuevo las noticias sucediéndose, precipitándonos a otras posibilidades, nuevas muestras de ingenio que podríamos lanzar, con insistencia ruin, al mismo abismo frecuentado, pero que no evitaron el silencio, relativo, presente. Pensé, discurriendo ya por otros caminos que me imposibilitaron, cierto tiempo, prestar atención, en mi incapacidad de desarrollar conversaciones inútiles, sin fines concretos. Esta inutilidad, esta capacidad de malgastar esfuerzos, es la que realmente afianza las relaciones, pensé. Todas las grandes relaciones se construyen, se afianzan, en ese desperdicio de palabras, de tiempo, donde no se pretende nada, donde la trascendencia es sólo un lastre agotador que aniquila cualquier posibilidad de permanencia, de felicidad. En cualquier gran relación la trascendencia queda reducida a sólo algunos escasos momentos inevitables. Empezaron los deportes y atendí, al inicio, las primeras imágenes, las novedades, hasta que decidió darse la vuelta en el sofá, ponerse de un lado, dormirse, asumiendo esa huida cobarde y renovadora, dejándome como único oyente posible, apoyadas las piernas en la mesa. Pensé en todo lo que le debía, en lo mucho que lo tenía en cuenta ante cualquier decisión intrascendente que tomaba, en todos esos recuerdos agotadores, calzados de felonía, de feroz dentellada asimétrica, cuyo placer quedó recluido al propio espacio irrescatable del recuerdo, como diría, pero que confirman, una y otra vez, a cada incontenible visita, un aprecio irremediable, que evita cualquier necesidad de respeto. Las valoraciones precisas, adecuadas, de la vida, de sus posibilidades, de las opciones, para que no quede destruida por la estupidez, a pesar de desencantos ocasionales, tibios, que no dejan de mostrar, por otra parte, esa capacidad. Decidí salir: unos ladridos, que debía acallar, para evitar protestas, me llamaron, con la dulzura habitual, desde la puerta, en la puerta, entres las rejas protectoras, ante un jardín silvano, incendiarios y sabios, por un gato inquietante de torpe sigilo e indiferente desprecio por las reglas impuestas. Me senté en una silla y me pidieron la aprobación del trabajo bien realizado, satisfecho, sibilino, con la inocencia habitual, la humildad, y una sonrisa aviesa, feliz. El verde y el cielo, y el sol, ese día. La luz. Entramos juntos y nos sentamos cada uno en su sitio.