Te pareces a Giroud, me dice Gema con una sonrisa que esconde muy bien su malicia cuando la cámara se centra en el portero después de una falta al borde del área. Estamos viendo el partido del mundial sentados en el sofá del salón de la casa de sus abuelos en Asturias; estamos solos, sus abuelos han salido a comer con unos amigos. Gema lleva un pequeño moño en la cabeza (se ha vuelto a dejar el pelo un poco largo) que le queda muy bien, sobre todo con sus ojos verdes, una camiseta y unos pantalones cortos, descalza e infantil como siempre que viene a la casa de sus abuelos; yo estoy guapo y poco superficial, como siempre que estoy con Gema, con miradas llenas de talento y no esos torpes intentos de descubrir algo cuando estoy con otros. Me gusta el fútbol por lo simplón que es, porque se pueden sacar conclusiones y creer que valen para algo más, más o menos como una canción, un cuento o una novela, dice. Hace poco, cotilleando una de mis cuentas favoritas, me encontré un tuit que decía algo así como que las tácticas son para reducir los defectos de los jugadores, que son la plasmación de lo malos que son los jugadores en ciertos aspectos, que son los que quieres cubrir con la táctica. Me gustó la idea. La táctica, diría yo, dice Gema, es buscar lo que necesitas para no llegar a destiempo: situar a las piezas adecuadas en las condiciones oportunas, conforme a sus cualidades y esas cosas. Los comentaristas aprovechan la oportunidad que tienen de ser escuchados diciendo obviedades y sin prestar mucha atención a lo que dice Gema, a la que miro mientras habla más que a la tele en este tramo poco interesante del partido. Pero defectos son aquellas cosas que nos impiden ser lo que queremos, lo que buscamos ser, o algo así; de forma que poner un jugador peor en el campo no tiene por qué considerarse un defecto si esto nos permite hacerlo mejor. Por eso me gusta que Giroud haya entrado como titular en el once de Francia en lugar de Dembélé, que es mucho mejor jugador, mucho más interesante y con más posibilidades, y que, en principio, forma un tridente muy bueno con Griezmann y Mbappé, dejando a éste en el centro y los otros dos por las bandas. Pero con estos dos, y teniendo en cuenta el centro del campo tan poco creativo que tienen los franceses, lo que necesita Francia es alguien que no pida siquiera el balón, que no lo toque mucho, que deje a sus compañeros hacer las cosas, que deje a Mbappé correr o a Griezmann mantener el balón, que sea un hueco para ellos pero esté ahí lo justo para que la defensa contraria no pueda no ignorarlo, y poco más. Más o menos como tú en la vida, me dice riéndose. Gema se levanta, el partido está ya decidido, nos queda decidir qué hacer hasta el próximo, que veremos en casa de unos amigos de Gema.
sábado, 7 de julio de 2018
lunes, 14 de mayo de 2018
La España vacía de Sergio del Molino
Hacía años que tenía ganas de leer a Sergio del Molino, más o menos desde que lo empecé a seguir en redes sociales y me parecía que podía ser interesante leer sus libros, sobre todo por una prosa que, por comentarios de otros, imaginaba apetecible. Al poco de empezar a seguirlo, publicó Lo que a nadie importa y situé esta novela entre mis futuras lecturas, a pesar de que era incapaz de entender el interés que tenía la frase, leída en algunas reseñas o entrevistas, que el abuelo de Sergio dirige a su mujer, a la abuela de Sergio, y que sirve como inicio del libro. "Calla, que de ti no quiero que ni me cierres los ojos". Reconozco que es una frase que suena "ciertamente brutal" y con "espléndida retórica", como dice una reseña, pero no la entiendo; de vez en cuando, por una cierta fijación por las cosas que no entiendo, igual que con las personas que me interesan, me acuerdo de ella, intento descifrar su significado, si de verdad tiene la fuerza que aparenta o no; pero en lugar de abrirme, como una rendija en una casa abandonada, como las líneas que ocultan más de lo que muestran, las ganas de leer la novela, por alguna razón, me las quita completamente. A esta falta de entendimiento hay que añadirle que tampoco logro encontrarle el interés a las cosas que cuenta del Molino en sus redes sociales, las pequeñas anécdotas, nunca logro situarlas en un punto en el que me merezca la pena leerlas, aunque durante bastante tiempo lo hiciera; o la cierta y para mi poco comprensible vehemencia con la que ataca algunos comentarios a lo que escribe (recuerdo una entrada de hace años en su blog, sobre Guardiola, en que a comentarios que yo veía banales, poco dañinos, insignificantes, respondía con exageración; y recordando el blog, que creo que no sigue activo, en una entrada tras la muerte de Krahe convirtió el Como Ulises en una habanera, si no recuerdo mal). Todavía hoy no me he animado a leer esta novela.
Más tarde publicó La España vacía y otra vez pensé en leerlo. Pero la La España Vacía conoció el éxito, la llegada a bocas como la del Gran Wyoming, y yo, que pensaba sacarla de la biblioteca, nunca acerté a encontrar un ejemplar libre cuando me acordaba de que quería leerlo.
Hasta que por fin, un día, poco después de que publicara un artículo en ctxt, le dio por bloquearme en twitter; a mí, que soy una persona insignificante. Nunca había mencionado a del Molino, ni había respondido a sus tuits, ni siquiera había hecho alguna alusión a nada que tuviera que ver con él. Pero faveé un par de tuits que no le debieron parecer bien y decidió bloquearme. Ante esta situación, casi inédita para mí (segundo bloqueo que me hacen; en el otro sí que había razones no ridículas para hacerlo), fui a la biblioteca a comprobar si ese bloqueo afectaba además al mundo físico. Para mi sorpresa, no es así. Creo que hasta podría comprar sus libros.
Al final saqué de la biblioteca su ensayo (junto con otro que recomendó Layla Martínez -a la que, por cierto, también replicó a una reseña de La España Vacía que hizo en Oculta Lit, creo que dándole la razón a Layla, a su pesar- en su cuenta de twitter, de Chris Ealham, sobre la lucha de clases en la Barcelona de inicio del siglo pasado, por compensar).
Al final saqué de la biblioteca su ensayo (junto con otro que recomendó Layla Martínez -a la que, por cierto, también replicó a una reseña de La España Vacía que hizo en Oculta Lit, creo que dándole la razón a Layla, a su pesar- en su cuenta de twitter, de Chris Ealham, sobre la lucha de clases en la Barcelona de inicio del siglo pasado, por compensar).
Según el libro, yo nací en La España semivacía (el pueblo de mi madre), pero siempre he vivido en la costa (el pueblo de mi padre); y aunque siempre he tenido un contacto habitual con el pueblo de mi madre, que es más que el pueblo al que vamos de vacaciones o el pueblo donde viven mis abuelos, de lo que llama La España vacía creo que sé poco. Nunca conoceré los pueblos de Teruel como me gustaría, nunca sé si es Huesca o Huescar el pueblo que no está cerca de Baza, la Mancha es más o menos lo que separa Madrid (donde vivo) de mi pueblo, de Ávila casi que prefiero no hablar, en Salamanca tengo algún vínculo profesional y me gustaría bastante conocer León y Astorga, pero aún no he ido. España como España me interesa más bien poco, pero sí que me gustaría conocer mejor todo esto.
El libro me ha parecido bueno, interesante. Como queja superficial, tengo que decir que desconfío de libros que usan más de dos veces las palabras sublimación y leitmotiv (a Benet le perdono el uso de la primera). Y, en fin, que esto es lo de menos, creo que no habla de la España vacía -no sé para qué le han servido tantos viajes por esa España, que apenas aprovecha en el libro-, creo que habla de la España llena, o quizá de España, pero sobre todo habla de crear una narrativa a partir de lo que ha sido la España vacía (ese tan brillante, poético y elaborado término). Lo que recorre, en lugar de la España vacía, es la narrativa de esa España vacía. Y quizá, en el fondo, a pesar de su interés real por España, lo que le interesa a del Molino, o lo que realmente muestra el libro, un poco como quien programa orientado a objetos, es simplemente el mecanismo de creación de esa narrativa. Me recuerda esto a La línea del frente, excelente novela -a pesar del nombre de la protagonista- de Aixa de la Cruz.
miércoles, 9 de mayo de 2018
Rien dit
...canción...
Como hice correr en un rumor,
uno de esos sin importancia,
no tengo problemas de amor:
es un asunto de perspicacia.
No sé si me están llamando avaro
o es que estáis todos equivocados:
sigo con mi voz mirando a otro lado
sin palabras, y huyen asustados.
Se llega casi por cualquier camino,
¿no es eso muy arriesgado?
Apasionante, un arte que no domino,
acertar los días nublados de verano.
Me dicen que no sé comer manzanas,
mata la espera, duele el deseo,
a esta broma no le faltan las ganas
pero llega tarde a cualquier momento.
Nunca supe no ser espectador,
duele el deseo, mata la espera,
mientras canto esta estúpida canción
sin encontrar a nadie que la quiera.
lunes, 23 de abril de 2018
Muita audacia
...canción...
Tamanha confiança na felicidade
de mulheres perdidas.
Pronta para apreciar a pós-verdade
dos mundos que cada um habita.
Passado condutores e cobradores,
cinquenta anos em cinco de terror.
Acampar longe em meio as árvores:
horror, o horror.
Jovenzinhos sao patetas,
luminosa segunda feira.
Minha narrativa meu poder,
sonho a noite inteira.
Isso é pra viver.
martes, 27 de marzo de 2018
Hemos visto las mismas nubes mientras pensabas no seas así,
mientras decías no seas así, y dime,
no seas así y abre la boca,
deja las manos quietas, los papeles, las alusiones, las pantallas,
los mismos tonos,
y no soy yo la que habla,
eres tú el que te dices no seas así,
mientras crees que miras la mismas nubes,
no seas así, no repitas los fallos,
no desaparezcas antes de tiempo, te dices
con mi voz, con mis párpados burlones,
que te crees tú eso.
mientras decías no seas así, y dime,
no seas así y abre la boca,
deja las manos quietas, los papeles, las alusiones, las pantallas,
los mismos tonos,
y no soy yo la que habla,
eres tú el que te dices no seas así,
mientras crees que miras la mismas nubes,
no seas así, no repitas los fallos,
no desaparezcas antes de tiempo, te dices
con mi voz, con mis párpados burlones,
que te crees tú eso.
lunes, 12 de marzo de 2018
Argumento
...terminado...
La primera fue la gata, en una pausa ondulada, presumible, parada donde nadie hubiera imaginado, y lamiendo con la lengua afectuosa, áspera, la zarpa civil de Gema, que acariciaba su cabeza, las orejas marrones, las costillas ocultas por el denso pelo, el duro lomo, por si acaso fueran un homenaje los ojos amarillos que miran en la hierba peinada, un reconocimiento únicamente recibido de animales: son los que más saben apreciarme, dijo Gema, como los niños, las niñas, los que no tienen aún un estúpido sistema de valores con el que defenderse (y recuerdo la niña con parálisis cerebral acompañada de su padre que me dio la mano cuando caminábamos por la calle). Esperamos que pasaran hombres cavilosos, encogidos, que llegaban demasiado despacio, pisando la acera, interponiéndose, y sacamos la foto; ella, la gata, en el centro; Gema, la Gata, a su lado, imponiendo su afecto sin esfuerzo, sin mirarme, mirándola; yo desde el otro lado, y dije que escuchaba el ruido gatuno, y dijimos que era para dejar constancia, que estuvimos allí, mirad, en esta acera, con una gata probando su lengua en la deseada piel de Gema, y sin esfuerzo, y el mar detrás jugando con el aire frío del final del otoño. La llamaré S., dijo Gema cuando me acerqué, aunque no la volvamos a ver. Me miró con inteligencia la gata, sabiéndolo, aunque no dijo nada. Está en todas partes. Y prefería a Gema, claro, que empezó a darle golpecitos en la cabeza, y cerraba los ojos amarillos. Seguro que te ha mirado igual que ella, sin importarle, dijo Gema.
Luego se despidió y con una pasmada contracción felina siguió tranquila por la calle de Calafell en sentido contrario al que íbamos nosotros en busca de la botigue de Carlos Barral. Y ahora te toca a ti, dijiste, y esa fue la segunda que hicimos, esta vez Gema con la cámara y yo bajo las vigas de madera, en la puerta azul, imaginando el techo con vigas azules de una de las habitaciones.
Ya en el tren de vuelta de Cataluña, me enseña Gema la foto, riéndose de mi gesto, afectado por el sol. Nunca has sido muy inteligente con las adversidades, siempre con tu único argumento en mente, sin aprovecharlas, sin la agilidad necesaria, y luego a buscarle palabras a tu fracaso. Creo que te hace falta algo que te haga reaccionar, me dice, que te quite tu anquilosamiento, que te haga buscar más argumentos, los de verdad y no los que únicamente ves tu.
La tercera, unas horas más tarde, fue también la gata, sus tres colores acercándose al banco donde esperábamos que el día se despidiera con un juego de luces, algunas nubes, el cambio de ambiente, y confiada, segura de sí misma, saltó encima de Gema que, por una vez, y aprovechando lo cerca que estábamos los tres, decidió hacernos un selfie, en el que yo miro a la gata, mucho más cómodo sin la presencia abusiva del sol, la gata mira a Gema y Gema a la cámara. Gema se queda mirando la foto ahora, en el tren. Me gustan los ojos amarillos, dice.
lunes, 5 de febrero de 2018
VIII. La cantante (sin terminar)
...prometo terminar algo un día de estos, queridísimos y desconocidos, y no tengo muy claro si humanos, lectores...
La belleza está en los gestos, dice la cantante. Su casa estaba en una de las calles que llegaban hasta la destrozada Alcazaba de Baza, ya casi en lo alto. Tenía las paredes blancas, tres pisos, las típicas rejas de ventanas de la zona. Decidimos subir andando, callejeando un poco desde donde aparcamos el coche, a la entrada del pueblo, hasta su casa. Gema llevaba la cámara, más por hacer fotos de las calles de Baza, que siempre le gustaba fotografiar, que por creer que podría grabar en algún momento a la cantante. Nos recibió con ropa veraniega, muy colorida, con unas sandalias horribles y, a pesar de los más de diez años que habían pasado desde que se grabó el vídeo, estaba prácticamente igual que entonces, incluso se cubría la cabeza con un pañuelo similar al que llevaba aquel día. Estaba alegre, contenta de que después de tantos meses sin poder conocernos, de tantas conversaciones con su hijo para poder fijar una fecha, al fin estuviéramos allí. Nos sentamos en el patio, en sillas de patio andaluz, diría. Después de ofrecernos algo para beber y dejar las bebidas sobre la mesa circular que había a un lado del patio, volvió a entrar en la casa y salió de ella con la guitarra. Para qué hablar, mejor toco primero, dijo, y comenzó a tocar canciones y piezas instrumentales o acompañadas por su voz como si ésta fuera un instrumento, sin palabras. Música clásica, versiones de jazz, canciones uruguayas, cubanas, flamenco, blues del antiguo, algunas compuestas por ella. La variedad y la perfección (perfección a la que no le interesaba el acierto milimétrico: los pentagramas no fijan ni un cincuenta por ciento de lo que puede ser una interpretación: por eso me gusta tanto el uso del verbo interpretar para hablar de música) de lo que tocó resultaban asombrosas. De vez en cuando, nos contaba algo sobre lo que iba a tocar, cuándo la aprendió, lo que le gustaba o interesaba.
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