Al final,
retroceder, o acaso como comienzo, quedarme en el instante anterior, retroceder
a este lugar ya transitado y sentarme a descubrir lo que no pude ver y agotar
lo limitado de mi observación. Por último, o quizá como punto de partida,
quedarme allí sentada y volverme paisaje que mira, que comprende y cuestiona,
en lugar de la tierna Lisboa sin rumbo, de la tierna joven amiga de todos, de
un lado a otro, peregrina sin sombras, sin cuestiones, sin huellas. Con maldad
y sin daño, quieta y firme. Pegamento que no une. Proteica muchacha moderna. Esta
plaza será mía, hasta que la comprenda, hasta formar parte de ella. Luego me
iré y me echarán de menos los niños, los torpes padres con carritos, los viejos
que repiten cada tarde los mismos bancos, los que pasan con prisas pero se
acuerdan de levantar la cabeza de vez en cuando. Buscaré otra plaza y haré lo
mismo. Y me echarán de menos los niños, los viejos que repiten anécdotas diferentes
cada tarde, los que pasan con prisas pero la casualidad les levanta la cabeza,
las madres agrupadas. No. Raíces con patas. Eso no vale. O quizá sí. Estúpida
necesidad de confirmación. Tengo que olvidarme de los comentarios que nunca oiré.
¿Qué será de aquella chica que se sentaba allí todas las tardes y sólo miraba?
Buena chica, ¿a dónde habrá ido?, dirán los viejos con su memoria de aire. Como
me dijo aquel chico, la vida son sólo unos cuantos comentarios para cada cosa.
Lo que resulta muy aburrido. Creo que pasa mucho tiempo en las redes sociales o
que lee demasiado periódicos deportivos digitales. Ser paisaje hoy, solamente,
y acabar con los actos simbólicos que no llevan a nada, como palabras que no
entiende nadie, y cambiar de verdad. Hacerme más pesada, volátil Lisboa, con
mis actos, con las palabras que sean actos, con mis relaciones y mis
entretenimientos. Ir a donde está la gente. En realidad fue gracioso, tan torpe
y atreverse a hacerme esa pregunta tan extraña. ¿Alguien te conoce? Quiero
decir, si te conocen de verdad. No como quien habla contigo todos los días y
sabe casi todo de ti. Ya sabes, hemos coincidido unas cuantas veces, te veo
hablar con la gente, sonríes, bromeas, eres simpática, pero te veo como que lo
haces desde lejos, desde otro sitio, como a distancia, y que no te ven. Y lo
peor es que ni se preocupan, tus conocidos. Aunque eso es normal, un alto
porcentaje de la humanidad es muy inútil. No, quizá no utilice tanto las redes
sociales. Voy a hacerme pintora, paisaje que pinta, perder los días buscando
una imagen que persiste en no aparecer. O bailarina. Paisaje en movimiento,
paso entre existencias. Tango o algo así, que los zapatos que llevan son
preciosos. Atleta no, que no se pierden las palabras. Todos los deportes están
llenos de palabras, demasiado simples para alejarse de ellas. Para descansar. Una
vez a la semana, por ejemplo. El resto del tiempo para las palabras.
Balancearme, volverme binaria, balancín discontinuo, arriba o abajo solamente.
El sol sobre el perro sentado junto al banco. Blanco o negro. Los matices
luego, para las palabras. Tampoco. Pintar con lápiz: papel o lápiz. Bailar con
los ojos cerrados. No es eso lo que importa. Supongo que protesté, No, joder,
sí que me conocen, algunos, alguien, pero era como si sólo le importara decírmelo,
sin querer conocerme él tampoco, sólo mirarme, ver mi reacción, mi sonrisa
cambiante, algún tipo de retroceso. ¿Cuántas veces me habrá mirado? Por último,
recordar, ver y recordar, que no falte nada. Quizá sonreía, sin daño, con
maldad. Los infinitivos del pensamiento forzado, de los cambios trascendentales,
de los propósitos. No serán ni cinco minutos y apenas conservo a ese perro, al
chico de la mochila y a la muchacha del vestido feliz, y el sol que los
alumbraba, salvo las palabras, salvo el hueso de las palabras como rastro para
volver a los pensamientos anteriores. Otro nuevo retroceso. Esa palabra fue por
pensar en ello, esta otra por la canción aquella, la que está algo roída por el
roce, supongo, por el daño, la del paisaje por mirarme desde lejos, eso por lo
que dijo él. También la señora del carrito, uno más, la del pelo rizado y el
abrigo azul, tan blanca. Si cierro los
ojos ni siquiera sabría decir el nombre de la tienda de enfrente. Dentro de un
año, el recuerdo vago de un día, de un paseo interrumpido una tarde soleada sin
ocupaciones, con algún ligero trastorno verbal, la existencia de una plaza que
soportó mi silencio unos minutos. Luego nada, todos los días olvidados, hasta
los mejores. Paisaje deformado, sedimentario, las cárcavas de aquel pueblo, la
lluvia como artista plástica, ese será mi primer cuadro. Todo marrón, una casa
blanca, los árboles de las hojas verdes, y luego ya irá saliendo lo demás, lo
importante, las pesadillas, la vaguedad. Los cimientos blandos, el limo de los
pensamientos, la arcilla como único cimiento para la pesada Lisboa. Poco a
poco. Luego vendrán los tranvías subiendo los raíles de las cuestas, con casas
alrededor, de colores, amarillas como el tranvía, rojas, azules, y la gente inclinada
e infeliz, inclinada y feliz, inclinada y despreocupada. El asfalto, el
hormigón, las miradas indecentes. Por último, una habitación con la cama
desatendida, la ventana abierta, un rostro que despierta. O una sala de
conferencias, un despacho con las manchas invisibles, una buena pantalla, una
foto que no se puede ver. Y un bar, una estación de trenes, el aeropuerto, las
trazas en el cielo. Paisaje de ida y vuelta. Por último, el mar, mejor, un
barco con un ancla gigantesca, las montañas que dan la espalda y el acantilado.
Un mar hirviendo para esta plaza. Ridículas mariposas de vuelos verticales y
horizontales, nada aleatorios. Y noche y día, claro. Necesaria, ligeramente
imprescindible. Sin descanso. La nueva Lisboa. No sé de qué conoce a Ana. Y el resto del
tiempo con bromas fáciles, alguna acertada. Alguna sonrisa me sacó. Y al
regresar Ana otra vez igual, como si no hubiera dicho nada, como si me hubiera
hablado del tiempo, del abrigo nuevo que se acababa de comprar, de que no le gusta
el frío, el exceso de ropa, las mujeres vestidas. No, de eso no hubiera
hablado. La mayoría de personas ganan vestidas. Quiero decir, no hubiera sido
tan banal la conversación. Tan intrascendente, tan de poca importancia para la
curiosidad de Ana, las bromas y las insinuaciones. Como si sólo hubiera hablado
del tiempo, sólo del tiempo y del invierno. Casi diez minutos. Paisaje antes de
la batalla, ruinas futuras, fortaleza de lo que caerá. Yo seré dos ojos
atentos, la lucidez de las palabras que se vuelven acertadas, las grandes
escalas y las escalas pequeñas. Las ruinas y tú en pie, sin ver la tragedia,
sin creer en la tragedia, observando una flor o un gato. El borrador para el
artículo en la mesa, con sus dibujitos, entre los vasos y los móviles enmudecidos
y el boli para las notas y la taza para el café. Retroceder veinte años, a ver
qué ocurre. Imaginarme ayer, por ejemplo, y descubrir una media hora de
incertidumbre, la absorción casi absoluta de esta hoja de papel, no habría
mirado, quizá, con la taza de café en su vaivén, demasiado al exterior, tan
acostumbrada, tan aislada mi concentración, y cuando llegara Ana, la
curiosidad, la atención a sus excusas, ahora sí, empezaría a descubrir el paso
del tiempo y disfrutaría de mi capacidad para los artículos, tan buena que soy,
y lo bien que me salen y la letra tan llamativa y los tachones y las
reescrituras. Y no tendría la limpia pantalla del portátil, ese equívoco
palimpsesto, con las ideas insinuadas en la hoja que ya tiré. Distinguir mis
cambios de los del mundo. Tenía que haberle dicho que soy actriz, que mi
intención es ser actriz, que voy a clases de interpretación. Algo habría ganado
con ello, creo. No sé en qué sentido. Me gusta mentir y me gustan las sonrisas
interiores, tendría que haber dicho. Podría apuntarme a clases de
interpretación, en realidad. Hacer teatro. Texto en común, palabras para la
voz, alejadas del pensamiento, paisaje falso, comentarios del público. No
imagino qué se puede sentir, si se olvida o no, una, cuando está allí
interpretando. Varias vidas al año, lo que empeoraría las cosas, si es que van
mal. O lo mismo afianza. La próxima vez
contaré una anécdota. La vida demostrada en las anécdotas. La vida es un puñado
de anécdotas, y dos o tres comentarios para cada una de ellas, que diría él. Imaginarme
muerta, también, carencia de anécdotas, paisaje del mundo sin Lisboa, ángel
para un final mostrando el recorrido, alguno de esos días afilados, cuando bajé
la cuesta con la bici y aquel coche cercano me rozó o el accidente en el que
salimos ilesos. Todo igual, salvo un entierro con las calles repletas, me dirá
el ángel amablemente. La vida sencilla: llamar al pan el pan y que aparezca
sobre el mantel el pan de cada día. Las escalas pequeñas, despertar con el sol
en la cara, comerse una fruta con el sol en la cara, comprar desganada, hacer
la cena una noche de verano mientras el sol desaparece, no hay mayor arte, ni
bailar, ni pintar, ni actuar, hacer la cama antes de acostarme, limpiar el piso
sin palabras, acariciarme las piernas en el sofá, arreglar una tontería del
coche, de la bici, cambiar una bombilla, hablar con la panadera o el vecino.
Negar también a los que dicen que la realidad sólo está en el drama, estás en
otro mundo, la muerte de un hijo, el cáncer, depresiones y drogas, fin de mes,
el desasosiego, la sordidez del apartamento, de un vecino en bata, de
conversaciones oscuras, doce horas diarias de trabajo sin derecho a la pereza,
la vida rota por un error, pornografía sin sexo, vasos variados, spoonful, doble
vida, la sórdida estupidez, paso del tiempo, usuras, vivir indiferente. Hay más
vidas que la propia. Ese tío siempre caminando, por cualquier sitio, en todos
los lugares, con sus pasitos cortos y su libro en una bolsa de plástico
guardado bajo el brazo. La vida compleja: nombrar torpemente lo innombrable y
que ante los ojos aparezca una neblina tenue o un vértigo. Las grandes escalas,
las grandes palabras, lo inabordable, de lo que no se puede hablar más vale escribirlo,
un libro de filosofía para acostarme, ontología, de lo que no se puede escribir
mejor hablar, política, ideas sociales, actualidad durante la comida. Los
periódicos, civilizaciones, historia, costumbres, hechos, biología, bosones.
Voy a estar en todas partes y lo voy a saber todo, con la justicia del fiel de
la balanza, atenta de vez en cuando incluso a lo que no me interesa. Ana con la
camisa roja, cuando se fue él, la erótica Ana con sus confidencias, las
oportunidades de la seguridad, como siempre, su vida cambiante y segura y llena
de sucesos y de palabras. Le encanta hablar, disfruta hablando, se construye
mientras habla, la cabrona. Con eso le basta. Estaba esperando que se fuera,
para irnos juntas, solas, las dos. No quería contrapuntos, Anita. La calle para
nosotras dos, paisaje de invierno entre ventanas. Los espejos. Ella hablándome
para verse reflejada en mí, conseguir con sus palabras los efectos esperados,
y afianzar su realidad mediante esos efectos, tan científicos, espejo de
realidad. Y yo, viéndola hablar, viendo en ella una parte que querría ser yo,
espejo ilusorio, camino falso a la verdad, a alguna verdad que sólo podré saber
después, escojo el silencio, otra vez las palabras interiores, hablo poco y
escucho con paciencia. Nadie me conoce, es decir, nadie me necesita. Y ella es
mayor que yo y yo soy, entonces, una niña de doce años, por ejemplo, o quince
años, y me habla del sexo, la toponimia del sexo, pero construye su relato,
ella siempre construye su relato, y yo soy la periodista que habla con apenas
un par de frases. Esos son mis relatos, sucesos condensados, pero ella no, con
su poco interés en lo escrito, escribe relatos decentes cuando habla, cuando
desarrolla un suceso, la anécdota, las semanas. Paisaje cerrado. Hablar más,
olvidar los anonimatos, el placer de la pronunciación, de ser oídos atentos,
del cara a cara. Ser locutora de radio, utilizar mi voz. Al último escritor que entrevisté le gustó. Las palabras habladas. Aprender sólo para decir lo aprendido. La anécdota, las risas, después de mucho tiempo, de un viaje a
Valencia, de los compañeros, de una discoteca, la habitación de un hotel, ella
y Maite, primero, el retroceso a una conversación de la cena, y ahora ella ya
sola con él, con Alberto, parece, y, mierda, las palabras acertadas, la fuerza
de las palabras, los detalles, lo que a mí sólo me sale escribiendo, ella, con
facilidad, lo dice, cuando volvieron a la cama, cinco o seis de la mañana,
después de que se fuera Maite, se puso sobre la cama, y él detrás de ella, que
no empieza, y mira hacia atrás, lo ve y lo mira como diciéndole que por ahí no,
creyéndose que iba a hacerlo, pero sólo estaba esperando porque aún no podía, y
la mirada de ella, coqueta, con dulzura, lo intimidó, lo asustó, y comenzó a
reírse de él. Puso una carita, dijo, pero luego genial. Y se calló, paisaje abierto,
lleno de caminos, de tiernas aporías. Un amago, porque siempre hay más cosas para contar, y elige otra anécdota, otra muestra de que está viva, de que ha vivido, de que puede demostrarlo. Por último, levantarme. Elegir el camino contrario. Errar.