martes, 25 de noviembre de 2014

Don't give up

No se puede perder si no sigues el hilo,
si no te pones las cadenas en los ojos
y desandas los pasos que te llevaban al mar y nunca recorriste.
Para huir en estático y golpearse contra las mismas cuatro paredes,
contra las mismas voces que no dicen nada en conversaciones infinitas que son sólo piedras,
hay más tiempo del que parece,
y luego puedes destruir lo que no fue
con insomnios diminutos en los que cabe cualquier mundo
y saltar sin oír las advertencias de un mar a otro del acantilado,
con lágrimas que eran más que un pecho
o el abrazo a una niña pequeña cuyo pájaro sólo marca el ritmo.
Todo va a ir bien, verás;
y lo supo.



La idea es que si se arriesga, si no se sigue el camino trillado, no se fracasa. Las lágrimas eran reales; que mis palabras (que no se parecieron demasiado a lo escrito) valieran de algo, que sirvieran de consuelo, es algo que puse más por ilusión que por certeza (ese "y lo supo"). En cierto modo, la idea es de la misma persona de las lágrimas.  

miércoles, 29 de octubre de 2014

La sombra ladra



- La sombra es la que ladra, fíjate.
- No, es el perro ese.
- Escucha... Viene de la sombra.
- Es el perro. Míralo cómo mueve la boca.
- La sombra también. Fíjate bien, joder. Tanta guitarra pa poyas, nunca has tenido oído ni nada.
Escucha. Está bastante claro. Es la sombra.
- No sé, yo escucho al perro.
- Siempre te pasa igual. No ves nada.

martes, 14 de octubre de 2014

26 años

...los de Janis...




Aquí están las palabras,
la palabra escalera que no lleva a ninguna parte,
la palabra espera apartada,
la palabra porvenir que mira hacia atrás,
la palabra ojos que no mira,
la palabra coño sin paciencia,
la palabra rabia estallando de risa,
la palabra nombre que se repite,
la palabra lejos tan cercana, 
la palabra mar mojada,
la palabra despertar a demasiadas horas,
la palabra fracaso que triunfa,
la palabra intento infantil, aniñada, 
la palabra risa cuando llegan,
la palabra nadie alumbrada,
la palabra frío contenta,
la palabra realidad desechada,
la palabra ilusión desechada,
la palabra historia insignificante,
la palabra herida con demasiada salud,
la palabra espejo sin simetría,
la palabra intimidad sin desarrollo,
la palabra desarrollo parada,
la palabra animal desvestida,
la palabra sí de otros labios, 
la palabra amistad aunque no exista,
la palabra proyecto avergonzada, 
la palabra cielo buscando un color, 
la palabra identidad y no dice nada, 
la palabra amantes en demasiadas bromas,
la palabra destiempo en una portada,
la palabra acaso confusa,
la palabra lluvia en portugués,
la palabra desierto sin desolación,
la palabra ciudad que no cumplió sus promesas,
la palabra pueblo siempre satisfecha,
la palabra orilla y su frontera,
la palabra piel delimitada,
la palabra equívoco en un altar,
la palabra ella cuando hablo,
la palabra blanca traducida,
la palabra delirio donde duele,
la palabra horizonte sin medida,
...





(La resaca)

jueves, 25 de septiembre de 2014

martes, 9 de septiembre de 2014

Detalles



Lo otro es el crimen
y dignifica
las noches de insomnio,
dicen,
y no perder el tiempo
en la herida maldita,
para llegar lejos,
más alto,
hasta el frío.

Salir y no ver el mundo,
las condiciones,
el jardín, otras puertas,
y dicen que eres alguien,
o que no eres nadie,
o se lo dicen a otros,
y hay renuncias
y aceptan vocabularios
y no son nada.

Me pierdo en lo pequeño,
en las respiraciones,
una sonrisa,
la mano dada por sorpresa,
los ladridos,
y el resto no importa,
ni las perspectivas
ni saber
lo que queda.

lunes, 1 de septiembre de 2014

La alberca



Dejamos los cubos con los chumbos en el suelo y nos sentamos sobre la tubería que llena la alberca. Gema, que lleva un pantalón corto, unas zapatillas viejas y la parte de arriba del bikini, sin camiseta, se quita con las manos los pinchos enganchados a los calcetines. Al menos no tienes las manos llenas de pinchos de chumbo. Aún, le digo. Luego iremos por la altabaca para limpiarlos. La loma, y abajo los árboles, la casa, su techo, la carretera con los coches; los acantilados y el mar, un poco más lejos. Muchas horas he pasado yo aquí, mirando, digo. Estas hierbas secas, la tierra, me sabe a verano, a desierto, a la sequía de los años noventa que se cargó los árboles que teníamos en la zona alta, esos esqueletos que se ven por ahí, que supongo que tiene algo que ver con mi aprecio por paisajes desérticos, los recuerdos borrosos de niño, meter la mano en el agua de la alberca; y los bichos, las libélulas, aún recuerdo un enorme ciempiés que pasó por ahí, por esa tubería, el primer camaleón que vimos sobre una rama seca, los agrupados bichos rojos que hace mucho que no veo y que metíamos en botes mi hermana y yo. Gema, que ya ha terminado con los pinchos, se levanta para ir a la alberca y mete las manos en el agua, tontea un poco con las gotas, como una niña, con las ondas que forma y destruye. Siempre me gustó jugar con el agua, dice cuando regresa a la tubería. Permanecemos callados, un exceso de horas juntos, la playa, recorrer el pueblo por la noche, las mañanas juntos, los discos. El de esta mañana, digo, hacía diez años que no lo escuchaba entero. Fue una noche que me quedé solo, a las dos o las tres, después de ver Vidas Cruzadas, en verano, con un calor insufrible. Que saliera en la película, con ese final, que precisamente estuviera leyendo al autor en cuyos cuentos se basaba la película y que en uno de los cuentos que leí le palpitara una vena de la cabeza a una mujer y, precisamente, tuviera yo esa sensación en la cabeza mientras escuchaba el disco y, luego, mientras daba vueltas, con el dolor de cabeza, y frío, además, en la cabeza, incapaz de dormir, todo eso me quitó las ganas de volver a escucharlo. Creo que es lo más cerca que he estado nunca del realismo sucio, esa noche. Si me hubiera dado por escribirla, al menos. Con unos añadidos ambientales, como botellas vacías o ceniceros llenos, que siempre quedan bien. Y el nombre de aquella época. Fue una mala noche, y culpé al disco, que entonces era el único que escuchaba, aunque luego aprendí a apreciar más otros, que considero mejores y, sobre todo, más cercanos a lo que suelo escuchar. Ese puñado de casualidades han estado ahí condicionándome durante diez años: no escuches ese disco, decían las casualidades alargando la adolescencia. Y la película tampoco la he vuelto a ver, a pesar de los rizos de la Andie. Bueno, digo, vamos por la altabaca para los pinchos. Se levanta Gema y pienso en la próxima semana, en el uno de septiembre, el regreso a Madrid, ese día será el que más cerca estemos, me digo, aunque no coincidamos. Gema camina delante con el cubo de chumbos. 

jueves, 21 de agosto de 2014

Las puertas

...Santiago Feliú, por ahí...

Porque cualquiera puede hablar de amor y parecer bueno
o hablar de angustia y parecer herido,
con las palabras prendidas entre los dientes
inventarse suicidios y amores limpios y universales,
siguiendo una cuerda oxidada entre el día y el sueño (amigo dibujo)
me dediqué a entender mi problema con las puertas,
todas las puertas.

La que me estaba llamando,
la de la prisa y las luces,
la del mundo y el día,
la de un sueño perdido,
la que enfrentaba la vida,
la puerta que estaba encendida,
la puerta nunca entendida,
la de encontrarte y perderme,
la de perderte y hallarme,
la puerta llena de gente,
la que no estaba esperando,
la del verdadero suceso,
la que esperó mi regreso,
la puerta dura de hierro,
la que abrió el universo,
la del verdadero suceso,

la que estaba abierta,
la de abrir y perderse,
la que tapaban sus piernas,
la de nunca más.

No, nunca fue un problema casual  (un azar repetido),
o la amplificación temerosa de una mala experiencia.
Es algo normal en mí, como el tartamudeo,
la imperceptible cojera o el pensamiento ronco.
O más bien como la aparición estacional de una sordera transitoria,
una anomalía vagamente perjudicial, intervalos de tiempo.

Soy tímido y me divierte lo transitorio de miradas desconocidas,
portarme mal con las palabras y seguir las luces silenciosas.
Por la calle, con el día desvanecido, el camino abierto,
la inteligencia y la audacia se muestran oportunas,
las que me permiten no equivocarme, lo de la cuerda oxidada,
así que no lo entiendo muy bien.

Quiero decir, no entiendo cómo me dejé llevar.

Y sin embargo, estuvo bien, fue conveniente
como todo aquello que lleve a reflexionar
para dejar de creer en ciertas vanidades y egos descontrolados
o en cobardías amuralladas.

Allí estaba, y la sonrisa a un paso de desprenderse,
bordeando un cambio de frontera
con la imaginación puesta en las puertas que describía,
en todos esos caminos cerrados.

viernes, 25 de julio de 2014

La nueva inquilina

- Lázska Orsolya, Orsi, la nueva. 
- ¿La de al lado?
- Sí. Húngara, además.
- Ah, como yo, entonces.
- Ella no tiene los ojos verdes.

Escuchábamos a Orsi mover muebles o maletas al otro lado de la pared. Gema estaba sentada sobre el sofá, más morena que de costumbre, más feliz y veraniega. No acaba nunca, dice Gema, mirando a la pared. Contando el de Orsi, digo, llevo muchos nombres nuevos este último mes. Me encantan los nombres: Orsi, Zuri, Sara, Marzena. También de hombre, como Béla o Biel. A veces paso el rato pensando nombres, así, uno detrás de otro, Zuri, Silvio, Marisa, Orsi, Lisboíta, con sus apellidos y todo, y los rostros asomando. No es lo mismo un nombre solo, vacío, que uno con un rostro asociado y unas palabras. No es lo mismo Gema, digo, que Gema. A veces son totalmente diferentes. Seguíamos oyendo a Orsi, que debía de llevar ya unos tres viajes trayendo cosas. Nos cruzamos en el portal y subimos juntos, Orsi y yo, en el ascensor. Mostró una sonrisa agradable y un español casi sin acento. Todas mis cosas allí asustadas en Barcelona, me dijo mientras subíamos rodeados de maletas. Después de cinco años tan tranquilas, quietas, en el mismo piso, tener que venirse ahora aquí. No querían, las muy reacias, dijo sonriente. No sé, creo que este aparente aislamiento, este venirme a vivir sola a una nueva ciudad, en la que no conozco a nadie, esto que parece un nuevo comienzo, un comenzar desde cero, otra vez aquí, en este sitio, el inicio, quiero decir, con las manos vacías de lo importante, de aquello que tuve y pensé que no podría perder, no logro explicármelo de forma que me afecte, o que entienda realmente qué es lo que siento: si una especie de apagada ilusión por lo que pueda venir o una forma poco dolorosa de desánimo al saber que las cosas no me han ido como esperaba, que los últimos cinco años, sin que los haya desperdiciado, sin que hayan sido inútiles, me han dejado en el inicio otra vez. Cinco años en Barcelona, cinco años importantes en los que fui formando mi vida y venir ahora a vivir sola, sin Béla, con un nuevo trabajo. No sé, dijo. No parecía cansada Orsi, aunque acababa de llegar del viaje con la maletas. Quizá tendría que haber regresado a Budapest. La gente habla mucho de mañana, y yo, sin embargo, durante los últimos años, los dos últimos, casi no hablaba de mañana, dijo un instante antes de que se parara el ascensor y yo abriera la puerta. Entre los dos nos repartimos la maletas y fuimos hasta la puerta de su piso. Yo soy el de aquí al lado, dije. Si necesitas algo puedes venir a verme. Cuando abrió la puerta, pude ver bastantes maletas amontonadas, además de las que traíamos; lo mismo es vendedora de maletas, le digo a Gema. No me dijo nada sobre su trabajo. No te puedes fiar de una húngara, dice Gema sonriendo, somos demasiado buenas.

Gema coge una de nuestras maletas, la mía, listas para la ida, y la coloca debajo de sus piernas. Lleva una falda blanca, los pies desnudos, el pelo con una cinta negra y una camiseta de tirantes. Está hablando húngaro, dice. Es un idioma felizmente atormentado. Suena felizmente atormentado, diría. Aún queda un rato para que tengamos que salir, sólo nos queda esperar. En la mesa, junto a la que estoy sentado, hay dos botellas de agua cerradas y dos vasos vacíos. No tenemos ganas de hablar, ni de seguir allí. Todo está limpio y ordenado, perfecto para una huida. Se va a quedar sin espacio, dice mientras siguen los ruidos de movimientos de maletas o trastos, con lo bien que se está teniendo pocas cosas. Yo cuantas más cosas imprescindibles necesito más estúpida me siento. Imprescindibles para mí, quiero decir. Eso de tener que cargar con el portátil o el móvil, no es algo que me haya gustado nunca. Cuando los necesito los llevo conmigo, pero me siento estúpida necesitándolos. Las cosas que realmente me gusta hacer son aquellas que me permiten no cargar con nada, es cuando soy realmente feliz, me dice mirando con horror nuestras maletas. Debe estar jugando a encajar sus cosas en el piso, Orsi. Aquí lo ilusionante, digo, es que parece mucho mejor vecina que la de este año, con los vocinazos que pegaba, la música insufrible y el desdén con el que respondía a mis saludos. Además, creo que puede ser buena amiga. Me gustaría. Aunque habrá que esperar a la vuelta, supongo.

La espera, la indefinición, ahora mismo ni siquiera estamos aquí, pienso. Oye, dice Gema, ¿por qué no tocas las dos canciones de los poemas esos de tu nueva ídola? Le había hablado de las nuevas canciones que había logrado hacer antes de que regresara a Madrid. Te pongo las grabaciones, que me las he pasado al móvil, con las dos guitarras, los punteos. No quedaron mal, digo. Con este calor la guitarra preferirá estar sola. La verdad es que estoy pensando enviárselos a la poeta, a ver si nutre las grabaciones con alguna ocurrencia o hace una segunda voz femenina, o manda a la mierda la mía y canta sólo ella. O me manda directamente a la mierda. No tengo ninguna canción con voz de mujer y le podría ir bien a mi colección de grabaciones. Aunque creo que me da miedo, debe pegar muy buenos guantazos. Desde otra ciudad va a ser difícil, dice Gema. No te creas, yo la veo capaz. Cuando le dije que no se lo había dicho porque pensaba que sería más impactante, la palabra no era impactante, sino inesperado, le digo mientras busco los archivos en el móvil. Y quería que fuese inesperado por cobardía, porque de ese modo se fijaría menos en los fallos; también porque la risa y la extrañeza serían mayores, si se daba el caso. La extrañeza, pero principalmente era el temor, la inseguridad. Así que dije impactante, y alguna que otra gilipollez más, como siempre. He intentado que se parezcan, las canciones, que se note su unión, le digo cuando comienza a sonar la primera, que suena sobre el ruido que aún sigue haciendo Orsi y la silenciosa atención de Gema.

Después de escuchar las dos canciones, Gema se levanta y coge uno de los vasos, que lleva a la cocina para llenarlo de agua. De Zuri no me has hablado, dice Gema cuando regresa. No estaría mal ser capaz de robarle algo de simpatía o acercarme a su arranque de palabras, digo. Tú sueles desconfiar de la gente simpática, o eso dices, pero con ella he estado muy bien estos días, el banco de piedra, la cafetería, el departamento, solos ella y yo, alguna conversación interesante, otras para conocernos, una pena que se haya ido una semana antes que yo. Todos los simpáticos ocultan algo, siempre, dice Gema. Ponen palabras de por medio o a la vista, para que no sospechemos, para que nos quedemos en la superficie, en la fachada, no hay mejor máscara que las palabras, y las sonrisas, tapando el interior, y la cercanía comiéndose las perspectivas. La verdad no es lo evidente, ni siquiera su mitad. Pues la he echado de menos esta semana, digo. Y me alegraré de volver a verla, claro. Muchas amigas necesitas tú últimamente, dice Gema burlona.

Me levanto de la silla y guardo las botellas en mi mochila. Yo creo que podemos salir ya. Gema se levanta y echamos un vistazo para confirmar que no nos dejamos nada necesario. Está todo, parece. Cuando salimos, vemos a  Orsi metiendo otro grupo de maletas en el piso. Deberías ofrecerle tu piso, va a acabar necesitándolo, dice Gema. Orsi cierra la puerta sin darse cuenta de que estábamos en el pasillo y vamos hacia el ascensor. Habrá que esperar, pienso.

domingo, 20 de julio de 2014

Algo sobre heridas

A Z. o a S.

Me gustaban las heridas. Sangrar era estar vivo. Los balates con sus ripios precisos, los bancales, los caminos de tierra y piedras, las matas traicioneras y los pinchos; las piernas acababan llenas de roces, de marcas, de heridas que eran curadas en una silla, el botecito de mercromina, la pierna estirada. Las heridas buscadas, las de asumir riesgos y realizar pruebas. No recuerdo las lágrimas (me invento un pasado heroico: yo era el más ágil, el más rápido, el que más caía).  

Sangrar es estar vivo. La extrañeza ante las primeras gotas, después de tanto tiempo, de la pérdida de costumbre y la torpeza de la seguridad. Falta la tierra, pienso. Y el golpe. O confundo la belleza y la herida, y es cuando ella va más rápido que yo o tiene más palabras y un camino. Yo soy el último. Me convierto en perseguidor. La sangre gotea por las piernas o entre tus dedos, la dejas correr y la observas. Eso es estar vivo y no esta limpieza de mierda.

Coagula  (de P.C.)

También tu 
herida, rosa.

Y la astada luz 
de tus búfalos rumanos 
en lugar de una estrella 
sobre el lecho de arena, 
en el émbolo que habla, 
el superrojoceniciento.
                                                                    

viernes, 11 de julio de 2014

Generalidades



La pupila,
repetir todos los nombres,
apuntar el gesto, equivocada.

Ya nada sabe.
Puesto en todo, en cada segundo.
Todo queda solo, siempre.

Una luz roja,
el insomnio. Nadie dice
esta palabra.

Todos los nombres
que no he sido. Todos
los días recordados.

Busca fracasos, y la prueba,
ahí va el porvenir,
eso es todo.

Un nombre más,
la piel, la herida, y tiembla,
la sonrisa de blanco.

Sólo está aquí,
nada más. La pupila
repite el único delito.

Todo iba a ser.

viernes, 4 de julio de 2014

La pupila insomne

...el piano de Emiliano Salvador...




Las risas recibidas
el estupor.
Nada la pupila insomne buscando un punto.
Ella no sabe, no sabrá
a dónde llega
danza o baila.
Yo voy a estar aquí
he estado aquí
me sigo
cogido de la mano
en una piscina
a destiempo.
Las noches de verano
los días encendidos
voy a reír hasta la madrugada
tumbado en el suelo
entonces entenderá, me digo.
Saber es mi única forma de estar cerca
nunca me gustó ser necesario
estas alas tan cortas
esas risas tan altas.
Las palabras llegan siempre tarde
para una vida inferior.
Hablo con ella mucho más de lo que piensa.
Elijo el sueño o la noche
ya viviré mañana.

sábado, 31 de mayo de 2014

Alabanza de Sara M. Bernard

...pensaba que mi vida era superior a estas alas deshechas...



Después de muchos años y numerosas quejas públicas encabronadas y algunas autoediciones (Los versos del hambre), Sara M. Bernard publica su tercer libro en una editorial, su segunda novela (además publicó un precioso libro de poesía, Oleaje, lo mejor de su producción), con la que parece que va a continuar entre lo más interesante de la literatura actual, a pesar de lo que yo pueda decir o diga.

Claudia (trasunto de Sara M. Bernard) y su abnegado compañero, Sebastian, se van a un pueblo en un altiplano rodeado de sierras, antiguo lago prehistórico, con dos destacadas montañas, para tratar de aliviar las críticas cosechadas por Claudia, escritora, después de la publicación de su tercera novela, best-seller lamentable, y escribir un libro de cuentos sobre relaciones sexuales que terminen por abrirse, cada cuento, por caminos y enfoques diferentes sobre la puñetera condición humana o la sociedad, más o menos igual de puñetera, según ambas, la trasunta y la Sara, sin que la importunen las punzantes y mencionadas críticas, habitualmente muy poco interesadas en acercarse al medio rural. 

La novela se pretende ambiciosa, de arquitectura sólida y buenas ornamentaciones. Se divide en cinco partes: la de llegar al pueblo, la de estar en el pueblo, la de irse del pueblo; la de estar en el pueblo, la principal, tiene tres partes, de igual importancia; las otras las nombraremos como preámbulo y cierre, y en ellas se acelera la sintaxis y se muestra músculo, para dejarles a las otras partes la narrativa y las ideas.

Poco a poco, entre labranzas, desvaríos de su compañero, una pequeña trama oscurecida por la ceniza de dos olmos y una iglesia y algún paseo por una rambla orillada de álamos o encinas, que no distingue Claudia ni su móvil desconectado, terminará, Claudia, por claudicar y no escribir un sólo relato decente, a pesar de habernos jodido (a veces con interés) durante la primera de las tres partes de la segunda parte con la relación y explicación de lo que iban a ser esos cuentos, de las experiencias sexuales inspiradoras, de su flexibilidad, con reflexiones, a veces agudas, sobre literatura. En esta primera parte, varios días, no saldrá de la casa, y se intercambian capítulos en los que ella está encerrada en la habitación con aquellos en los que el panoli de Sebastian disfruta del campo, de labores físicas mal llevadas pero estimulantes, del pueblo con sus calles y casas y esquivos lugareños. La atmósfera, el ambiente, eso que no sé bien qué es pero que da entidad a lo leído, lo diferencia -no decir que hace calor, sino provocar en el lector la sensación de que hace calor allí donde tenga que hacer calor-, de pueblo, de lo que pretende mostrar que es un pueblo, es, quizá, de lo mejor de la novela, aunque no coincida con mis percepciones de lo que es un pueblo o de pueblos que conozco que podría creer similares.

En la segunda parte, ante la euforia de un primer cuento aparentemente aceptable, Claudia decide darse un paseo por las calles del pueblo, que se nos muestra, ahora, como su pueblo, al que hace más de veinte años que no regresa, y, después de despreciar la nostalgia en los instantes iniciales en los que empieza a recorrerlo, con motivo de ese paseo, de recorrer los lugares, la van asaltando, desde la otra persona que fue ella, allí, con otro nombre incluso, MariadelMar, ya que decidió cambiárselo, recuerdos ligeramente fantasmales, caóticos o azarosos, de su vida allí. Así como en la primera parte, la que viene después del preámbulo, Claudia recurría a la memoria cercana, forzando, para lograr escribir literatura, en esta segunda parte la memoria más alejada le procura una literatura no escrita, mental, fragmentaria, con la que acompañar su paseo.

La novela está ambientada en un futuro cercano, para no complicarse demasiado, para no tener que inventar mucho, para meter algún augurio sencillo con el que jugar, y divertirse un poco, y mirar con algo más de perspectiva (ficticia) el mundo actual, lo que aprovecha en la tercera parte para mostrar su rabia, su malababa, hacia el mundo literario antes de una pronosticada muerte de la literatura, el de sus comienzos como escritora antes de ese best-seller lamentable. Lo más interesante de esta aún joven autora es cuando cuenta experiencias de los personajes, se pone a la altura de los personajes, se pone individual, se acerca a sus poemas, y no cuando intenta rastrear ciertas generalidades sociales en un tono ensayístico que (me) suena falso, aburrido, e incluso poco literario, por mucho que muestre rabia, encabronamiento, y, no lo sé, puede que realidad.

La tontería vertebradora de una frase, como ya hiciera Sara en su anterior novela, sirve para presentar en el preámbulo un leve desencuentro entre la pareja que alcanza cierto encanto en alguno de sus pasajes, en la parte de estar en el pueblo, y permite la aparición de nuevas reflexiones en torno al sexo en la tercera parte de la segunda parte, uno de los diferentes estratos sobre los que se construye el libro. Los estratos, las reflexiones, encajan con acierto e inteligencia dentro del libro como estructura. Acaso, se me ocurre, le penaliza que algunas ideas ya las haya expuesto en entrevistas o en las diferentes cuentas de internet que suelo frecuentar con la mala intención de conocerla, lo que le da algo de levedad al libro, de conversación en una bar, de amiga conocida y pizzas vegetarianas a medias, compartidas  (algo a lo que también se prestan con facilidad las mismas ideas, tan humanas).
  
El lenguaje está trabajado, tiene gran riqueza, pero alterna grandes aciertos con recursos infantiles, de principiante, como torpes mecanismos que le permiten avanzar, a otra parte, hacia delante, normalmente, supongo, tanteando ocurrencias, bifurcaciones de relleno, a veces, detalles que quitaría, que un buen editor, imagino, debería señalar y disminuir y convencer, eso de ahí, y tu sonrisa de niña, lo cambias, que no haya fisuras en la novela, en la imagen maldita. La sonrisa déjala, recapacitaría.

La novela me deja muy buenas sensaciones, a pesar de mirarla con recelo al principio, con la sensación inicial de que no justificaba literariamente lo que cuenta -único fallo que le encontré a El mapa y el territorio de Houellebecq (al que, por cierto, le da pocos años más de vida en la novela, parece), en su día, en el asesinato que describe del propio autor-, sensación que fui olvidando conforme leía hasta el punto que no recuerdo las razones que la provocaron. Sin lugar a dudas es una obra interesante, poco por debajo de los dos maravillosos libros anteriores de la maravillosa autora (****).


lunes, 19 de mayo de 2014

Elogio del insomnio

...vigésimo intento...
...el pensamiento filosófico sólo alcanza hondura entre los insomnes, habida cuenta de que la noche es la madre de la ontología...
P.S.



Comenzar por las fronteras huidizas
y definir el lugar de recreación donde situarse
sin dignidad ni elegancia.

Estar a la espera, no venirlas a buscar.
Acompañarlas sólo de sombreros,
perros, bastones y corazones salidos.

Volverán las mismas, las que nunca estuvieron,
con la amistad que nunca mostraron
y el hielo de las certezas vertidas,
y alumbrarán los detalles
y expondrán los matices
que siempre faltaron
con lengua insumisa,
y, de poco en poco,
irán construyendo la realidad
con la insistencia
y la obcecada repetición
de ese lugar inhóspito e inquieto.

Pero sólo la realidad falsa e inabarcable,
la mañana siguiente,
temiblemente desecha,
aguardará las palabras perdidas.

viernes, 21 de marzo de 2014

Espejos

...no se nota, creo, pero el estilo es paródico...

Primero giró un poco la puerta, para colocarla en el ángulo adecuado, y luego se situó frente al lavabo, y allí se quedó ella, repetida, con todo el tiempo del mundo que dan las preocupaciones absorbentes y una soledad imposible de interrumpir, el piso estaría vacío hasta que sus padres regresaran de una cena que siempre se alargaba, y se quitó la camiseta y el sujetador, y allí de pie, ella, repetida, porque había visto algo y quería descubrir algo, y de ese modo lo descubriría y de ese modo lo observaría, y no de otro modo, las puntas de los pechos apuntando contra sí misma, contra sus imágenes, y eso era, de una forma que le resultaba algo absurda pero en la que no podía dejar de pensar, como si estuviese en el disparadero, como si junto a sus ojos, que también se repetían con acierto pero sin dejar de ser sus ojos, estuviesen los ojos de los demás, apuntando contra ella, la multitud, una multitud de rostros y ojos y palabras, y no sólo una multitud genérica, sino, también, una multitud llena de individuos, de individuos que tenían en ese instante la mala intención de observarla a través de su propio cuerpo repetido, pero que, sin embargo, a través de esa igualdad, de esa infinidad de repeticiones empequeñecidas de su cuerpo tantas veces observado por ella, y por su deseo de entender algo o de aceptar una realidad que, no por normal o común, dejaba de resultar inquietante, a pesar de todo, tantos años observando el mismo cuerpo, cada vez que se desnudaba, ese mismo cuerpo familiar, esa desnudez familiar repetida no sólo por el juego de luces, sino también por el juego del tiempo, que desde hacía algunos años no había provocado ninguna señal llamativa que pudiera importarle, si es que alguna vez supo de alguna de la que se hubiera dado cuenta, abordaban cada uno, cada individuo recordado, con sus diferencias, con sus comentarios, con las palabras que creían necesarias, las ideas de ella, y de forma que trababan su pensamiento, que se movía torpemente entre nuevas frases que lo cortaban, que abrían nuevos caminos, que le cerraban los otros, como una conversación en la que participa demasiada gente, y todos quieren aportar alguno nuevo, y mostrar su ingenio, su capacidad de aportar nuevas visiones, la novedad, ser los primeros, y allí, de pie, pensaba ella, y no era eso lo que quería pensar pero comenzó a pensar en ello, con los pequeños errores de su desnudez, un hombro ligeramente más alto que otro, en lo que le contó una amiga fisioterapeuta, en la universidad, cada alumno saliendo a la pizarra para que los demás lo observaran y dijeran las particularidades, las irregularidades, y era inevitable, lo inmediato, lo visible, y mientras pensaba en ello pensaba que era lo evidente, lo sencillo, y que no era aquello en lo que quería pensar, aquello por lo que, irracionalmente, en los minutos de espera en los que supo que iba a quedarse sola, y en los que estuvo pensando que iba a quedarse sola, y comenzó a imaginarse sola, y comenzó a sentir, además, las ganas de estar así, de perder el tiempo de aquella manera, creyó que estar así era la forma más adecuada de pensarlo, si es que en realidad llegó a definir con claridad esa unión de ideas, estar así y pensar en ello, situarse de ese modo y pensar en esa suciedad que le imaginaba al mundo últimamente, desde aquel día, y que no limpiaba ni el cielo azul ni la normalidad de días comunes, ni otras certezas que la contradecían, y ahora la vida es puro terror, y cerró los ojos y olvidó la multitud inventada, el exceso de equívocos, y al abrir los ojos fue a cerrar la puerta del espejo del armario, y se puso de nuevo frente al lavabo, frente al espejo del lavabo, donde ahora sólo estaba ella, y su mirada cambiante jugando con las expresiones, y un menor eco de voces, y apareció, por fin, la imagen de aquel chico consumido, y supone, porque no puede ser de otro modo, porque siempre ha sido así, que aún es demasiado pronto, que la vida dejará de ser puro terror cuando lo haya agotado, cuando lo desplace finalmente con otras realidades, contra la memoria nuevas memorias, estratificar la memoria, y, finalmente, la ansiedad de siempre, la necesidad de hacer cosas, de recibir, y ella, con tiempo aún, y sin sentir que hubiera valido de algo, fue a su habitación y se tumbó en la cama, aún medio desnuda, y regresó al mundo. 

sábado, 15 de marzo de 2014

La trabajadora, Elvira Navarro

...porque, finalmente, después del breve inicio en el que Elisa, la narradora, en una de sus incursiones al centro de Madrid en busca de libros, coincide en dos librerías distintas con un hombre que parece reconocerla y que la mira mostrando ese reconocimiento sin querer acercarse, y de la posterior persecución inocente que realiza la indiscreta protagonista, vestida demasiado de rojo, a ese hombre distante, el libro transcurre únicamente en horas nocturnas, con una obscuridad que va más allá de la ausencia de luz natural, de luces tenues de bombillas amarillentas que alumbran sólo regiones descartadas, con las narraciones mezcladas, la conversación, entre Elisa y su extraña y poco conocida compañera de piso, muy centrada en sus respectivos problemas laborales y en su forma de afrontarlos, escritas de una forma coherente y, por momentos, brillante, que no convierten esta lectura en caótica, sino, incluso, tradicional, acertadamente tradicional, por otra parte, con un hilo conductor, narrativo, claro. Excelente y divertida, destacable por encima del resto, la historia de la niña del autobús, el viaje de vuelta. Después de las anteriores ciudades, esta novela supone...

martes, 11 de marzo de 2014

El cantábrico

En Almuñécar se pone el sol por el otro lado, dijo mientras señalaba los trozos de sol que escapaban de las nubes. Estaba sentada en una roca, Gema, cerca del borde, con las piernas, acabadas en unas botas pequeñas y negras, estiradas, y el pelo, corto, movido por el viento. El abrigo, la bufanda y el invierno la hacían parecer cercana, casi conocida. El cantábrico se divertía con los acantilados. Cada ola gigante recibía la aclamación de varios niños mientras los padres, dos parejas jóvenes, caminaban siguiendo prudentemente el borde del acantilado después de haber estado detenidos un rato con la contemplación. Me senté junto a Gema empujándola un poco. No se te puede decir nada, dijo sonriendo cuando contesté que era el mismo lado. Siempre me ha gustado venir aquí con los temporales, después de las tormentas, de cualquier tipo, los días fríos, con viento. De pequeña solíamos venir con mis padres y mi hermana y yo tonteábamos como esos enanos. De los quince a los dieciocho vine mucho, hubo muchas tormentas aquellos años, a veces con mi hermana y otras con Alba, pero normalmente sola. Me sentaba aquí, mirando al mar, con el viento atacando a mi pelo, con ganas de fumar... Siempre acababa pensando en fumar cuando venía aquí, toda la ferocidad del mundo detenida con un cigarrillo, pensaba. Aunque nunca he fumado. Probablemente sería jodido encender un cigarrillo con este viento. No sé. Pensé en las manos de Gema con un cigarrillo en lugar de la piedra que acababa de coger y a la que comenzó a mover entre sus dedos. Hacía tiempo que no venía por aquí con un temporal tan maravilloso, dijo. Tendría que haberse venido Irenita, y el capullo ese, el inglés, que son muy de primavera los dos. 

Los padres y los niños han desaparecido extraviados por mi atención,  y sólo quedamos Gema y yo allí. Gema habla de la falta de erotismo del sexo grabado, de lo contenta que tiene que estar Lisboa con el texto que escribí para ella, en el que intenté inventarla a partir de aquella pregunta, de la parte final con lo de su amiga Ana, la camisa roja. Supongo que hay muchos que no piensan igual, pero a mí siempre me lo ha parecido. No es sólo que me aburra verlo, que no me interese, es que creo que afecta directamente a los que están siendo grabados, aunque no lo sepan. Pones una cámara y desparece el erotismo, dice. Las manos de Gema, inquietas y cuidadas, juegan ahora con un poco de hierba que acaba de arrancar. Un hombre distante parece dirigirse hacia nosotros, en su paseo tranquilo. Gema lo mira un instante y vuelve a fijarse en la imposibilidad del horizonte. La idea, digo, era escribir sobre la entrevista, que el entrevistado escribiera la entrevista, y poner las preguntas, las respuestas, mezcladas con juicios sobre mi impresión de Lisboa, de sus preguntas, de su voz, que me encanta, de los mecanismos para elegir las respuestas y las mentiras. El comienzo en realidad era para una imitación de Beckett, pero luego apareció Lisboa y la promesa de recrearla, un par de cosas que me contó la siguiente vez que nos vimos, y acabó saliendo eso en lugar de la entrevista o de la imitación de Beckett. Lo del sexo era una ocurrencia que me venía rondando hace tiempo, digo. A Ana le iba bien, pensé. Gema hace como que no me escucha y mira las olas. El sol busca otros paisajes, otras nubes. Nos quedamos callados.

El hombre distante acabará por llegar hasta aquí, aunque no querrá acercarse. No dirá nada y nosotros seguiremos callados. O quizá sí, le gustarán las palabras, comenzará con algunas frases banales que acabará dirigiendo hacia algún tema importante, lo que lo trajo hasta aquí, acaso algún pensamiento casual. Mirará el gesto descreído de Gema, comprenderá que las explicaciones no sirven para nada, que siempre son parciales, que los límites no son importantes, porque siempre fue un hombre descontento y pensaba que sí, que un paso más allá, tras ese límite, estaba lo buscado, pero después de tantos años, aquella última vez que estuvo vivo, ya no puede pensar igual. No pedirá perdón, no se despedirá, no terminará de contarnos. Cuando regrese a su papel distante, Gema se levantará y me obligará a levantarme, cogiéndome con sus dos manos. Dirá algo del sol, de la humedad, del viento, de los rugidos del mar, y nos iremos de allí después de asomarnos una vez más para ver las rocas. 

jueves, 6 de marzo de 2014

El descontento

¿Cómo? ¿Rubén Darío? ¿Como el poeta? Lo humano. ¿De dónde era? Varias latas de Nestea, un cenicero con cigarros, un leve balanceo, vida discontinua, un hombre, un guardián, un firma ininteligible en una de las primeras páginas, el mundo con otra representación.

jueves, 13 de febrero de 2014

miércoles, 15 de enero de 2014

Paisaje para Lisboa (dramatización)

...sin terminar...

(foto robada)

Al final, retroceder, o acaso como comienzo, quedarme en el instante anterior, retroceder a este lugar ya transitado y sentarme a descubrir lo que no pude ver y agotar lo limitado de mi observación. Por último, o quizá como punto de partida, quedarme allí sentada y volverme paisaje que mira, que comprende y cuestiona, en lugar de la tierna Lisboa sin rumbo, de la tierna joven amiga de todos, de un lado a otro, peregrina sin sombras, sin cuestiones, sin huellas. Con maldad y sin daño, quieta y firme. Pegamento que no une. Proteica muchacha moderna. Esta plaza será mía, hasta que la comprenda, hasta formar parte de ella. Luego me iré y me echarán de menos los niños, los torpes padres con carritos, los viejos que repiten cada tarde los mismos bancos, los que pasan con prisas pero se acuerdan de levantar la cabeza de vez en cuando. Buscaré otra plaza y haré lo mismo. Y me echarán de menos los niños, los viejos que repiten anécdotas diferentes cada tarde, los que pasan con prisas pero la casualidad les levanta la cabeza, las madres agrupadas. No. Raíces con patas. Eso no vale. O quizá sí. Estúpida necesidad de confirmación. Tengo que olvidarme de los comentarios que nunca oiré. ¿Qué será de aquella chica que se sentaba allí todas las tardes y sólo miraba? Buena chica, ¿a dónde habrá ido?, dirán los viejos con su memoria de aire. Como me dijo aquel chico, la vida son sólo unos cuantos comentarios para cada cosa. Lo que resulta muy aburrido. Creo que pasa mucho tiempo en las redes sociales o que lee demasiado periódicos deportivos digitales. Ser paisaje hoy, solamente, y acabar con los actos simbólicos que no llevan a nada, como palabras que no entiende nadie, y cambiar de verdad. Hacerme más pesada, volátil Lisboa, con mis actos, con las palabras que sean actos, con mis relaciones y mis entretenimientos. Ir a donde está la gente. En realidad fue gracioso, tan torpe y atreverse a hacerme esa pregunta tan extraña. ¿Alguien te conoce? Quiero decir, si te conocen de verdad. No como quien habla contigo todos los días y sabe casi todo de ti. Ya sabes, hemos coincidido unas cuantas veces, te veo hablar con la gente, sonríes, bromeas, eres simpática, pero te veo como que lo haces desde lejos, desde otro sitio, como a distancia, y que no te ven. Y lo peor es que ni se preocupan, tus conocidos. Aunque eso es normal, un alto porcentaje de la humanidad es muy inútil. No, quizá no utilice tanto las redes sociales. Voy a hacerme pintora, paisaje que pinta, perder los días buscando una imagen que persiste en no aparecer. O bailarina. Paisaje en movimiento, paso entre existencias. Tango o algo así, que los zapatos que llevan son preciosos. Atleta no, que no se pierden las palabras. Todos los deportes están llenos de palabras, demasiado simples para alejarse de ellas. Para descansar. Una vez a la semana, por ejemplo. El resto del tiempo para las palabras. Balancearme, volverme binaria, balancín discontinuo, arriba o abajo solamente. El sol sobre el perro sentado junto al banco. Blanco o negro. Los matices luego, para las palabras. Tampoco. Pintar con lápiz: papel o lápiz. Bailar con los ojos cerrados. No es eso lo que importa. Supongo que protesté, No, joder, sí que me conocen, algunos, alguien, pero era como si sólo le importara decírmelo, sin querer conocerme él tampoco, sólo mirarme, ver mi reacción, mi sonrisa cambiante, algún tipo de retroceso. ¿Cuántas veces me habrá mirado? Por último, recordar, ver y recordar, que no falte nada. Quizá sonreía, sin daño, con maldad. Los infinitivos del pensamiento forzado, de los cambios trascendentales, de los propósitos. No serán ni cinco minutos y apenas conservo a ese perro, al chico de la mochila y a la muchacha del vestido feliz, y el sol que los alumbraba, salvo las palabras, salvo el hueso de las palabras como rastro para volver a los pensamientos anteriores. Otro nuevo retroceso. Esa palabra fue por pensar en ello, esta otra por la canción aquella, la que está algo roída por el roce, supongo, por el daño, la del paisaje por mirarme desde lejos, eso por lo que dijo él. También la señora del carrito, uno más, la del pelo rizado y el abrigo azul, tan blanca.  Si cierro los ojos ni siquiera sabría decir el nombre de la tienda de enfrente. Dentro de un año, el recuerdo vago de un día, de un paseo interrumpido una tarde soleada sin ocupaciones, con algún ligero trastorno verbal, la existencia de una plaza que soportó mi silencio unos minutos. Luego nada, todos los días olvidados, hasta los mejores. Paisaje deformado, sedimentario, las cárcavas de aquel pueblo, la lluvia como artista plástica, ese será mi primer cuadro. Todo marrón, una casa blanca, los árboles de las hojas verdes, y luego ya irá saliendo lo demás, lo importante, las pesadillas, la vaguedad. Los cimientos blandos, el limo de los pensamientos, la arcilla como único cimiento para la pesada Lisboa. Poco a poco. Luego vendrán los tranvías subiendo los raíles de las cuestas, con casas alrededor, de colores, amarillas como el tranvía, rojas, azules, y la gente inclinada e infeliz, inclinada y feliz, inclinada y despreocupada. El asfalto, el hormigón, las miradas indecentes. Por último, una habitación con la cama desatendida, la ventana abierta, un rostro que despierta. O una sala de conferencias, un despacho con las manchas invisibles, una buena pantalla, una foto que no se puede ver. Y un bar, una estación de trenes, el aeropuerto, las trazas en el cielo. Paisaje de ida y vuelta. Por último, el mar, mejor, un barco con un ancla gigantesca, las montañas que dan la espalda y el acantilado. Un mar hirviendo para esta plaza. Ridículas mariposas de vuelos verticales y horizontales, nada aleatorios. Y noche y día, claro. Necesaria, ligeramente imprescindible. Sin descanso. La nueva Lisboa.  No sé de qué conoce a Ana. Y el resto del tiempo con bromas fáciles, alguna acertada. Alguna sonrisa me sacó. Y al regresar Ana otra vez igual, como si no hubiera dicho nada, como si me hubiera hablado del tiempo, del abrigo nuevo que se acababa de comprar, de que no le gusta el frío, el exceso de ropa, las mujeres vestidas. No, de eso no hubiera hablado. La mayoría de personas ganan vestidas. Quiero decir, no hubiera sido tan banal la conversación. Tan intrascendente, tan de poca importancia para la curiosidad de Ana, las bromas y las insinuaciones. Como si sólo hubiera hablado del tiempo, sólo del tiempo y del invierno. Casi diez minutos. Paisaje antes de la batalla, ruinas futuras, fortaleza de lo que caerá. Yo seré dos ojos atentos, la lucidez de las palabras que se vuelven acertadas, las grandes escalas y las escalas pequeñas. Las ruinas y tú en pie, sin ver la tragedia, sin creer en la tragedia, observando una flor o un gato. El borrador para el artículo en la mesa, con sus dibujitos, entre los vasos y los móviles enmudecidos y el boli para las notas y la taza para el café. Retroceder veinte años, a ver qué ocurre. Imaginarme ayer, por ejemplo, y descubrir una media hora de incertidumbre, la absorción casi absoluta de esta hoja de papel, no habría mirado, quizá, con la taza de café en su vaivén, demasiado al exterior, tan acostumbrada, tan aislada mi concentración, y cuando llegara Ana, la curiosidad, la atención a sus excusas, ahora sí, empezaría a descubrir el paso del tiempo y disfrutaría de mi capacidad para los artículos, tan buena que soy, y lo bien que me salen y la letra tan llamativa y los tachones y las reescrituras. Y no tendría la limpia pantalla del portátil, ese equívoco palimpsesto, con las ideas insinuadas en la hoja que ya tiré. Distinguir mis cambios de los del mundo. Tenía que haberle dicho que soy actriz, que mi intención es ser actriz, que voy a clases de interpretación. Algo habría ganado con ello, creo. No sé en qué sentido. Me gusta mentir y me gustan las sonrisas interiores, tendría que haber dicho. Podría apuntarme a clases de interpretación, en realidad. Hacer teatro. Texto en común, palabras para la voz, alejadas del pensamiento, paisaje falso, comentarios del público. No imagino qué se puede sentir, si se olvida o no, una, cuando está allí interpretando. Varias vidas al año, lo que empeoraría las cosas, si es que van mal.  O lo mismo afianza. La próxima vez contaré una anécdota. La vida demostrada en las anécdotas. La vida es un puñado de anécdotas, y dos o tres comentarios para cada una de ellas, que diría él. Imaginarme muerta, también, carencia de anécdotas, paisaje del mundo sin Lisboa, ángel para un final mostrando el recorrido, alguno de esos días afilados, cuando bajé la cuesta con la bici y aquel coche cercano me rozó o el accidente en el que salimos ilesos. Todo igual, salvo un entierro con las calles repletas, me dirá el ángel amablemente. La vida sencilla: llamar al pan el pan y que aparezca sobre el mantel el pan de cada día. Las escalas pequeñas, despertar con el sol en la cara, comerse una fruta con el sol en la cara, comprar desganada, hacer la cena una noche de verano mientras el sol desaparece, no hay mayor arte, ni bailar, ni pintar, ni actuar, hacer la cama antes de acostarme, limpiar el piso sin palabras, acariciarme las piernas en el sofá, arreglar una tontería del coche, de la bici, cambiar una bombilla, hablar con la panadera o el vecino. Negar también a los que dicen que la realidad sólo está en el drama, estás en otro mundo, la muerte de un hijo, el cáncer, depresiones y drogas, fin de mes, el desasosiego, la sordidez del apartamento, de un vecino en bata, de conversaciones oscuras, doce horas diarias de trabajo sin derecho a la pereza, la vida rota por un error, pornografía sin sexo, vasos variados, spoonful, doble vida, la sórdida estupidez, paso del tiempo, usuras, vivir indiferente. Hay más vidas que la propia. Ese tío siempre caminando, por cualquier sitio, en todos los lugares, con sus pasitos cortos y su libro en una bolsa de plástico guardado bajo el brazo. La vida compleja: nombrar torpemente lo innombrable y que ante los ojos aparezca una neblina tenue o un vértigo. Las grandes escalas, las grandes palabras, lo inabordable, de lo que no se puede hablar más vale escribirlo, un libro de filosofía para acostarme, ontología, de lo que no se puede escribir mejor hablar, política, ideas sociales, actualidad durante la comida. Los periódicos, civilizaciones, historia, costumbres, hechos, biología, bosones. Voy a estar en todas partes y lo voy a saber todo, con la justicia del fiel de la balanza, atenta de vez en cuando incluso a lo que no me interesa. Ana con la camisa roja, cuando se fue él, la erótica Ana con sus confidencias, las oportunidades de la seguridad, como siempre, su vida cambiante y segura y llena de sucesos y de palabras. Le encanta hablar, disfruta hablando, se construye mientras habla, la cabrona. Con eso le bastaEstaba esperando que se fuera, para irnos juntas, solas, las dos. No quería contrapuntos, Anita. La calle para nosotras dos, paisaje de invierno entre ventanas. Los espejos. Ella hablándome para verse reflejada en mí, conseguir con sus palabras los efectos esperados, y afianzar su realidad mediante esos efectos, tan científicos, espejo de realidad. Y yo, viéndola hablar, viendo en ella una parte que querría ser yo, espejo ilusorio, camino falso a la verdad, a alguna verdad que sólo podré saber después, escojo el silencio, otra vez las palabras interiores, hablo poco y escucho con paciencia. Nadie me conoce, es decir, nadie me necesita. Y ella es mayor que yo y yo soy, entonces, una niña de doce años, por ejemplo, o quince años, y me habla del sexo, la toponimia del sexo, pero construye su relato, ella siempre construye su relato, y yo soy la periodista que habla con apenas un par de frases. Esos son mis relatos, sucesos condensados, pero ella no, con su poco interés en lo escrito, escribe relatos decentes cuando habla, cuando desarrolla un suceso, la anécdota, las semanas. Paisaje cerrado. Hablar más, olvidar los anonimatos, el placer de la pronunciación, de ser oídos atentos, del cara a cara. Ser locutora de radio, utilizar mi voz. Al último escritor que entrevisté le gustó. Las palabras habladas. Aprender sólo para decir lo aprendido. La anécdota, las risas, después de mucho tiempo, de un viaje a Valencia, de los compañeros, de una discoteca, la habitación de un hotel, ella y Maite, primero, el retroceso a una conversación de la cena, y ahora ella ya sola con él, con Alberto, parece, y, mierda, las palabras acertadas, la fuerza de las palabras, los detalles, lo que a mí sólo me sale escribiendo, ella, con facilidad, lo dice, cuando volvieron a la cama, cinco o seis de la mañana, después de que se fuera Maite, se puso sobre la cama, y él detrás de ella, que no empieza, y mira hacia atrás, lo ve y lo mira como diciéndole que por ahí no, creyéndose que iba a hacerlo, pero sólo estaba esperando porque aún no podía, y la mirada de ella, coqueta, con dulzura, lo intimidó, lo asustó, y comenzó a reírse de él. Puso una carita, dijo, pero luego genial. Y se calló, paisaje abierto, lleno de caminos, de tiernas aporías. Un amago, porque siempre hay más cosas para contar, y elige otra anécdota, otra muestra de que está viva, de que ha vivido, de que puede demostrarlo. Por último, levantarme. Elegir el camino contrario. Errar.