La invité a subir a mi casa, me cuenta Gema, para aprovechar la terraza y que me confirmara la buena compra que hice con un té nuevo. No sé por qué no te he contado esto antes, dice mientras se recoloca la mascarilla en su sitio. Hacía más de un año que no quedábamos, Gema y yo, a pesar de su regreso a Madrid en noviembre y de que hablábamos todas las semanas. Pero hoy tenía ganas de andar y decidió unirse a las caminatas con las que simulo ante mí mismo que voy a correr. Tendré que ir a tu piso en metro, pero bueno, me dijo. Primera vez en estos meses, para que luego digas que no te quiero. Nos encontramos en mi portal y, para saludar, le doy con el puño un golpe suave en el hombro, como el tonto que nunca dejo de ser, y ella comienza a andar, arisca, separada prudencialmente de mí, hacia el parque. Yo voy vestido como si fuera a correr, la superficie es el primer paso para el engaño, con el móvil en uno de esos brazaletes para ir a correr y una muñequera en la que guardo las llaves. Gema lleva unos pantalones cortos vaqueros, las piernas tan blancas como siempre, zapatillas negras con calcetines que no se ven, una camiseta blanca e insulsa, los ojos verdes jugando con el azul de la mascarilla. Cuando pasamos por el portal que desde hace unos días es para mí el portal misterioso, cosa que aún no le he contado a Gema, empieza a hablarme de su nueva amiga. Entramos las dos a la vez al café en el que solíamos tomar algo cada tarde, dice Gema, pero esa tarde estaba lleno, ni una mesa libre. Nos reconocíamos y quizá hasta alguna vez nos habíamos saludado, pero sin llegar a hablar nunca. Elisa hizo un comentario y yo propuse un sitio cercano, que fuéramos juntas, mientras me fijaba más de cerca en el cuaderno que siempre llevaba consigo y en el que solía ponerse a dibujar, cuando no miraba el móvil, mientras estaba en el café. Salimos juntas y le pregunté a qué se dedicaba. Ya en el café estuvimos hablando un buen rato, de cosas que no te voy a contar porque eres un idiota, me dice Gema, y no entiendes de nada, tan inteligente que eres. (Me pongo a pensar si lo dice con alguna intención o sólo es una broma; últimamente soy incapaz de distinguir las intenciones de la gente, incluso a Gema, a la que siempre entiendo como si fuera yo mismo). Al día siguiente, continúa, llegamos a la vez y tampoco hay sitios disponibles, así que la invité a subir a mi casa, para presumir de terraza a la vez que la invitaba a ese té que compré en una tienda de confianza. Subimos, continuamos con la conversación de ayer y, mientras preparaba el té, le hablé de ti. Saqué las tazas esas que tengo de fontaneda y las pongo sobre la mesa. Nos sentamos y sirvo el té. El diseño de esas tazas es mío, me dice Elisa, dice Gema.