Primero giró un poco la puerta, para colocarla en el ángulo adecuado, y luego se situó frente al lavabo, y allí se quedó ella, repetida, con todo el tiempo del mundo que dan las preocupaciones absorbentes y una soledad imposible de interrumpir, estaría sola hasta que su compañero de piso regresara de una cena que se alargaría toda la noche, y se quitó la camiseta y el sujetador, y allí de pie, ella, repetida, porque había visto algo y quería descubrir algo, y de ese modo lo descubriría y de ese modo lo observaría, y no de otro modo, las puntas de los pechos apuntando contra sí misma, contra sus imágenes, y eso era, de una forma que le resultaba algo absurda pero en la que no podía dejar de pensar, como si estuviese en el disparadero, como si junto a sus ojos, que también se repetían con acierto pero sin dejar de ser sus ojos, estuviesen los ojos de los demás, apuntando contra ella, la multitud, una multitud de rostros y ojos y palabras, y no sólo una multitud genérica sino, también, una multitud llena de individuos, de individuos que tenían en ese instante la mala intención de observarla a través de su propio cuerpo repetido, pero que, sin embargo, a través de esa igualdad, de esa infinidad de repeticiones empequeñecidas de su cuerpo tantas veces observado por ella, y por su deseo de entender algo o de aceptar una realidad que, no por normal o común, dejaba de resultar inquietante, a pesar de todo, tantos años observando el mismo cuerpo, cada vez que se desnudaba, ese mismo cuerpo familiar, esa desnudez familiar repetida no sólo por el juego de luces, sino también por el juego del tiempo o la memoria, que desde hacía algunos años no había provocado ninguna señal llamativa que pudiera importarle, si es que alguna vez supo de alguna de la que se hubiera dado cuenta, abordaban cada uno, cada individuo recordado, con sus diferencias, con sus comentarios, con las palabras que creían necesarias, las ideas de ella, y de forma que trababan su pensamiento, que se movía torpemente entre nuevas frases que lo cortaban, que abrían nuevos caminos, que le cerraban los otros, como una conversación en la que participa demasiada gente y todos quieren aportar alguno nuevo, y mostrar su ingenio, su capacidad de aportar nuevas visiones, la novedad, ser los primeros, y allí, de pie, pensaba ella, y no era eso lo que quería pensar pero comenzó a pensar en ello, con los pequeños errores de su desnudez, un hombro ligeramente más alto que otro, el juego asimétrico de los pechos, en lo que le contó una amiga fisioterapeuta, en la universidad, cada alumno saliendo a la pizarra para que los demás lo observaran y dijeran las particularidades, las irregularidades, y era inevitable, lo inmediato, lo visible, y mientras pensaba en ello pensaba que era lo evidente, lo sencillo, y que no era aquello en lo que quería pensar, aquello por lo que, irracionalmente, en los minutos de espera en los que supo que iba a quedarse sola, y en los que estuvo pensando que iba a quedarse sola, y comenzó a imaginarse sola y comenzó a sentir, además, las ganas de estar así, de perder el tiempo de aquella manera, creyó que estar así era la forma más adecuada de pensarlo, si es que en realidad llegó a definir con claridad esa unión de ideas, estar así y pensar en ello, situarse de ese modo y pensar en esa suciedad que le imaginaba al mundo últimamente, desde aquel día, y que no limpiaban ni el cielo azul ni la normalidad de días comunes, ni otras certezas que la contradecían, y ahora la vida es puro terror, y cerró los ojos y olvidó la multitud inventada, el exceso de equívocos, y al abrir los ojos fue a cerrar la puerta del espejo del armario, y se puso de nuevo frente al lavabo, frente al espejo del lavabo, donde ahora sólo estaba ella, y su mirada cambiante jugando con las expresiones, y un menor eco de voces, y apareció, por fin, la imagen de aquel chico consumido, y supone, porque no puede ser de otro modo, porque siempre ha sido así, que aún es demasiado pronto, que la vida dejará de ser puro terror cuando lo haya agotado, cuando lo desplace finalmente con otras realidades, contra la memoria nuevas memorias, estratificar la memoria, y, finalmente, la ansiedad de siempre, la necesidad de hacer cosas, de recibir, y ella, con tiempo aún, y sin sentir que hubiera valido de algo, fue a su habitación y se tumbó en la cama, aún medio desnuda, y regresó al mundo.
domingo, 6 de septiembre de 2015
martes, 1 de septiembre de 2015
Septiembre
Un vez, en mi instituto, que, como recuerdas, tiene los pasillos al aire libre, como balcones con barandillas, en los que esperábamos a que llegara el profesor para abrir la puerta y meternos en clase, le cuento a Gema después de haber estado hablando del tema de la inmigración, los refugiados, la vergüenza, el estupor, que aún haya estos problemas, al ver en la televisión otra noticia más, mientras esperábamos a Teresa Barrena... me acuerdo de esto incluso: verla a ella apoyada en la barandilla cuando ocurrió; una profesora que, por cierto, adoraba mis textos, mis comentarios filosóficos, en los que imitaba un poco a Bernhard, parecidos a estos enrevesados textos en los que te invento, pero demostrando capacidad para comprender y expresarme (el último examen que hice con ella, creo que fue de veinte páginas, era uno auténtica maravilla); mientras esperábamos a que abrieran la puerta de la primera clase de ese día, iba diciendo, vimos a dos guardias civiles persiguiendo en un descampado de enfrente a un inmigrante que parecía que acababa de llegar en patera a Almuñécar. Creo que iba sin ropa o, al menos, sin camiseta. Se perseguían casi como en dibujos animados, y no sé si me lo invento pero recuerdo a los guardias un poco gordos. Estuvieron así un buen rato, dando vueltas, mientras los observábamos todos los alumnos del instituto cuyas aulas daban a ese descampado, junto con los profesores que tenían clase en ese momento. El inmigrante se dio cuenta de que lo estábamos viendo todo y se creció y empezó a correr para el público, incluso recibió alguna ovación; cuando finalmente lo atraparon, todos empezamos a aplaudir al inmigrante, que nos saludó levantando ambos brazos. Entramos a clase como con quince minutos de retraso.
Gema me escucha, con las piernas sobre la maleta que aún no hemos tenido ganas de deshacer. Estamos sentados en el sofá, uno al lado del otro, y el telediario empieza a dar los deportes. Quizá soy bastante ingenuo y lo de la geopolítica y el entendimiento del mundo me quedan muy grandes, digo ignorando las interesantes explicaciones del presentador de deportes, pero nunca he creído en eso de que unas misteriosas minorías o élites dirijan el mundo o algo así, nos controlen, creo más bien que intentan hacerlo y fracasan continuamente. Aunque no sé si hay alguien que realmente crea que dirige algo, y lo único que hacen es aprovecharse. Lo de Bretton Wood y los treinta gloriosos, por decir algo, Keynes y el otro, parece algo así, no sé, digo, entrecortado, quizá desvariando ya, pensando en las soluciones que dice Gema, en lo que deberían hacer los países.
Gema se levanta y dice que deberíamos empezar a hacer algo, poner el piso medio en condiciones, cenar, pensar que estamos en septiembre, el mes en el que todavía empieza el año, dice con su voz más infantil. Tiene los mismos ojos verdes de esta mañana y el pelo un poco despeinado.
Gema me escucha, con las piernas sobre la maleta que aún no hemos tenido ganas de deshacer. Estamos sentados en el sofá, uno al lado del otro, y el telediario empieza a dar los deportes. Quizá soy bastante ingenuo y lo de la geopolítica y el entendimiento del mundo me quedan muy grandes, digo ignorando las interesantes explicaciones del presentador de deportes, pero nunca he creído en eso de que unas misteriosas minorías o élites dirijan el mundo o algo así, nos controlen, creo más bien que intentan hacerlo y fracasan continuamente. Aunque no sé si hay alguien que realmente crea que dirige algo, y lo único que hacen es aprovecharse. Lo de Bretton Wood y los treinta gloriosos, por decir algo, Keynes y el otro, parece algo así, no sé, digo, entrecortado, quizá desvariando ya, pensando en las soluciones que dice Gema, en lo que deberían hacer los países.
Gema se levanta y dice que deberíamos empezar a hacer algo, poner el piso medio en condiciones, cenar, pensar que estamos en septiembre, el mes en el que todavía empieza el año, dice con su voz más infantil. Tiene los mismos ojos verdes de esta mañana y el pelo un poco despeinado.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
