martes, 12 de enero de 2016

Cicatriz, de Sara Mesa

Hace unos días entré a un vagón de metro en el que todos los viajeros, menos yo, tenían los ojos de colores llamativos: azules brillantes, grises mesméricos, verdes esmeralda; una de las viajeras, imagino que rusa, los tenía realmente mareantes, como galaxias diría; otra, como Bowie, tenía una púpila dilatada, y unas líneas parecían formar un pájaro azul. Siempre he pensado que lo ojos azules y verdes están sobrevalorados (son unos ojos marrones los que más recuerdo, aunque son como esferas, y qué listos que son; luego hay otros, también marrones, un poco más claros, a los que echo mucho de menos, por capullo; quiero decir, la belleza no está necesariamente en el color, en lo evidentemente extraordinario), pero no sabía muy bien dónde mirar, los grises mesméricos tenían una gravedad muy atractiva, los azules eran como lanzarse al mar, es decir, que me obligaban a mirarlos, todos los ojos pidiendo que los mirara y los dueños, que imagino como cualquier dueño de ojos, ofensivos, tímidos o incómodos, quizás despreciando la normalidad de los míos, inrentaban evitarlo. En esa lucha estaba yo, más bien atemorizado, cuando vi la novela de Sara Mesa, Cicatriz, en la mano con anillos (lo peor de mi inteligencia es mi amor por los detalles, que diría Borges) de un joven de ojos verdes que se puso a mi lado, agarrado a la barra con la otra. Yo, indiscreto, me puse a leer protegiéndome de las miradas.

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