martes, 22 de octubre de 2013
Porque esto de aquí, para él, es sólo ridículo,
como quien no está invitado a una fiesta
por una razón estúpida o un viaje inoportuno
y se pierde algún hecho importante.
Acaso, también, es lo común, lo repetido.
Ese de ahí, al que comprendes quieto como nunca,
no está menos quieto que otros,
esos que serán siempre mayoría.
Mira, algunos imaginan el llanto,
la alegría aparcada, las horas bajas,
y algo hay de eso,
pero hay más,
cada uno enfrentado a sí mismo,
a las situaciones que le tocó,
por no ser él,
procurando olvidar o buscar la blasfemia adecuada,
según preferencias, para este vacío.
Este negro compartido, estas señales
y palabras comunes,
tienen cada una un significado distinto.
Porque nosotros nos quedamos aquí
y no sabemos ir más allá
de nuestras envidias o nuestro orgullos;
lo que hemos vivido
es lo que único que nos queda
junto a ese futuro en el que tendremos que aprender a vivir
sin él.
Un momento de reflexión
o una oportunidad.
Pero, ante todo, no es trágico,
porque la tragedia es algo humano
y aquí debemos ir más allá,
por una vez.
Es quizá también su último poema,
porque poesía no es sólo lo que está escrito,
sino lo que puede provocar el poema
(aunque sea a veces imposible escribirlo).
Imagínalo en un rincón, apartado,
como tú y yo ahora,
probablemente también contigo,
con su boli en el bolsillo de la camisa
junto a un cuaderno pequeño,
mientras te habla, te cuenta,
como intento yo ahora,
de otras cosas,
sonriente y divertido.
Lamentaría no estar aquí,
perderse estas escenas.
La muerte del poeta.
Yo quería imitar a Carlos Barral, a alguno de sus poemas de Lecciones de cosas, los del nieto, pero me ha ido saliendo más cercano a Gil de Biedma para acabar pareciendo uno de Benedetti (imagino, no conozco demasiado los poemas del uruguayo).
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
