Duerme Gema en el sofá con la placidez de un gato, con sus ojos verdes sellados por arcos, casi líneas, las manos bajo la cabeza y las piernas desnudas (lleva un pantalón corto y una sudadera). La tele emite una película lamentable que acuna perfectamente el sueño de Gema y yo estoy en un sillón, con las piernas sobre la mesa, pensando, cuando no me distrae la absorbente película, en el comentario irónico que soltaré cuando se despierte Gema, la mayor enemiga de quedarse dormido a deshoras que conozco (a mí no me conozco). También pienso en despertarla de golpe, en decir que había empezado a murmurar, que estaba teniendo una pesadilla (¿por qué se despierta a los que están teniendo una pesadilla si no va a pasar nada, apenas el desasosiego?, lo que yo sólo hago con mi perro, al que le encanta usarme de cama y dormir a deshoras, cuando sueña con persecuciones y le empiezan a temblar las patillas o amaga con pegar un ladrido). Pero hace años que no convivo con un gato, desde aquel Ekon al que tuve que cuidar unos días porque su dueña se fue de viaje y con el que acabé manteniendo una interesante conversación sobre Dylan, probablemente la mejor conversación que tuve en aquel piso, quizá entre las conversaciones más brillantes que he mantenido nunca, yo que soy tan brillante cuando quiero ser brillante, apenas una o dos veces al año, y me divierte ver a mi brillante Gema así esta soleada tarde.
Gemías, Gemita, le diría si dijera algo. La película, mientras callo, realiza un giro argumental de carácter filosófico con un par de muertes trascendentales que requiere toda mi atención y me libera de mis propios cuestionamientos filosóficos sobre el sueño, el intervencionismo histórico y el éxito de reminiscencias atávicas. Lamentará Gema haberse quedado dormida, es genial esta película, digo. Gema se mueve, sin despertarse, perdiendo su gesto gatuno, humanizándose, dándome la espalda. Todo continúa.
(La letra es una adaptación de un poema de Sara M. Bernard -perdona el destrozo)
Me pregunto las veces que hablaría solo
mirando al espejo sin nadie a quien escribir.
A quién, dime, a quién desearía por las noches
sin necesidad de encender los radiadores.
Me pregunto las páginas rotas, el vestido rojo,
la boca seca de tanto lamerte,
las heridas en las uñas, la espalda roja
y una canción susurrada a voz en grito para ti.
Me pregunto qué es eso que llega mientras haces otra cosa
que no tiene importancia y no es para ti.
Y es eso que sorprende cuando estabas en la calle esperando,
dejando pasar otro autobús.
El pequeño vestigio que endulza mi boca
ahora reseca de tanto escupir.