jueves, 6 de octubre de 2016

Al otro lado

Nos sentamos Gema y yo mirando al mar en la playa de Santander. El sol está al otro lado, a nuestra espalda, y no logro acostumbrarme a eso en menos de una semana después de tantos años encontrándolo sobre el mar todos los días. No, Ru, está donde tiene que estar, ya deberías haberte acostumbrado, me dice Gema con su pasado asturiano. Está descalza y juega con la arena, feliz de alejarse de Madrid unos días y de poder ver a su amigo Juan, que nos prestará su casa. Gema llegó después, cuando ya se fueron, cuando ya me despedí de mi amiga como no me hubiera gustado despedirme. Mi amiga también se queda por aquí, le digo a Gema, no sé qué de una escuela de surf por aquellas costas de allí tan accesibles por mar y tan alejadas por tierra, o algo así nos contó mientras yo no sé si intentaba no escuchar o estaba hablando con alguien más. La echaba de menos, aunque no tenía ganas de volver a verla. Aún me duele lo que creo que piensa de mí. Es mi mayor fracaso, haberme comportado como lo hice. Que no me quiera nunca me ha preocupado mucho, porque es algo fácil de aceptar. Lo otro me tortura, tanto que me da igual lo que piensen los demás de mí, incluso tu opinión Gema o el contrato que me acaban de hacer no consiguen que mi autoestima deje de estar por los suelos. Soy como ella piensa que soy, lo demás no importa. Gema me mira con un odio simpático mientras continúo con mis exageraciones. Ojalá ande aún por aquí y nos crucemos para despedirnos de nuevo, de otra manera. Aún me siento fatal por aquello. Le cuento a Gema lo de estos días, las presentaciones del congreso por el que vinimos aquí, las copas, los sonidos del hotel, el baño en el mar del día anterior, los pinchos del Manila, con lo extraño que estaba allí con la chaqueta del traje, los zapatos, la cena en Casa Silvio y la vuelta al hotel, lo de estar con ella. Mientras hablo saco fotos del mar y los barcos, de la península del fondo, de los que caminan cerca de la orilla o de los grupos de niños haciendo surf, también de una desconocida sentada cerca de nosotros. Gema, ¿por qué crees que nos gusta mirar el paisaje? Gema se tumba, cierra los ojos y no me hace caso. Sabe que las cosas cambian siempre.

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