martes, 30 de octubre de 2012

Desencanto

Dejó la maleta junto a la pared, Gema, y nos sentamos en el banco. Quince minutos, dijo. Hay tiempo para descansar. Cruzó las piernas y miró a un lado y otro del andén, que aún permanecía vacío. Se había dejado el pelo algo más largo de lo habitual, pero sus ojos, que recorrían ahora, junto a la primera persona que apareció, una parte del andén, aún verdes, despuntaban con la misma intensidad. Me gustas así, con ese pelo, le dije, después de un rato, cuando la otra persona del andén eligió sentarse en otro de los bancos, pero te queda mejor corto. Una semana, pensé. Por delante. Deberías haber ido a la cena, dijo, no era necesario que me acompañaras. Por una vez, ahora que estás tan cómodo con ellos. Quizá Myriam decidió ir al final y podrías haber pasado al menos un rato con ella. Desencantándote, dijo, trabándose un poco, Gema, con cierta ilusión. Hubiera sido una oportunidad, claro. La única vez que nos hemos visto fuera de la universidad, en el viaje aquel a Juzbado, tuvimos una conversación más allá de tres o cuatro frases, bastantes minutos, con su habitual dulzura... Todo sobre mí... Pero no, no creo que hubiera dado para un desencanto hoy... No me hacía mucho caso, Gema, que miraba a los que, poco a poco, iban llenando el andén. Diez minutos, dijo. Entraron cinco jóvenes al otro andén, entusiastas, llamativas por las voces, las risas excesivas, enclaustradas en sus intentos de hermosura, más o menos conseguidos. Ninguna con el pelo rizado, ninguna con los labios adecuados o violencia recatada en la hermosura, pensé. Cómo destroza el entusiasmo innecesario a todo lo que toca, dijo Gema, mirándolas. La rubia no está mal, seguro que te gusta... Es perfecta con sus engaños, la verdad... Sonrió un poco, Gema. Me he dado cuenta, dijo, que cada vez que intento plantear alguna certidumbre, voy desarrollando, a la vez, inevitablemente, para mí, la certidumbre contraria. Me hace gracia... cuesta llegar a alguna conclusión útil, de esa manera. No es que me gusten las certezas, no soporto a la gente con certezas, pero cuesta alcanzar una conclusión de esta manera, dijo. Quedaban aún cinco minutos. Gema, cansada, se acercó la maleta, sobre la que apoyó los brazos y la cabeza, volviendo los ojos, cerrados, hacia mi. Cuando llegue el tren, esperará hasta que entren todos para  levantarse y entrar tranquilamente, y se colocará en cualquier sitio cercano con espacio suficiente, y yo iré detrás de ella, a su lado, un poco detrás, sin que me haga caso, pensé, cansado también, incapaz de otra cosa, mirando por fin, después de demasiadas semanas, cómo anda, sus vaqueros, sus zapatillas, aunque tiene razón y no debería haber venido, quedarme allí, ir allí, al menos, creando otras posibilidades. Parecía dormida. No le importó el ruido del tren al entrar en el andén.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Intimidad

...habrá que mencionar a Valente, de nuevo, por si acaso...

Qué tierna dejadez en el gesto
o qué salvaje belleza
de los labios tras el grito;
acaso los movimientos del aire,
alguna repetición indecisa
o la intemperie ante unos ojos
imprevistos;
o provocar las palabras necesarias
y abandonarse a la sencillez del delirio,
gata despreocupada en un rincón.

O regresar al temblor,
a la terca inquietud del espejo,
y calcular las caricias
y el futuro hablado
compartiendo cercanías,
y descubrir que no soy yo,
que no estoy allí,
aceptado y necesario,
sino en este rincón,
ovillo sin colores.

jueves, 18 de octubre de 2012

Conversación improbable



He estado allí
y la luz que describiste apenas se mostró,
llevándome a un estado de alerta irremediable,
para encontrarte, atento a su aparición,
la de la luz, que me descubriría
lo que me ocultas:
aquello que dices que eres tú,
lo que aparecería las horas que pasásemos juntos:
las mañanas libres, las noches oscuras,
las conversaciones cayendo en la tarde,
los momentos de mala hostia en que preferirías que no estuviese
o las llamadas necesarias para avanzar.

Fue un juego, dijiste,
búscame allí, ahí estoy yo,
no necesitas nada más,
lo demás no te valdrá para comprender
lo que puede ocurrir
a mi lado.
Dijiste.
Sólo te valdrá eso para quererme.
Mis labios te engañan,
aún no encierran el mundo,
confundes mi piel con la felicidad,
mis pechos contenidos, inocentes, sin malicia ni mentiras,
no son la solución definitiva que te falta,
el sedante de algún abismo que comienza en mis brazos,
mi ternura y simpatía funcionan como ríos
o como un gato hambriento.
Piensas que mi conversación,
que mis gestos,
que mi personalidad...

Y dije que el tiempo...
que podría encontrar algo allí,
disfrutando de una engañada espera
que no me gustaría terminar.

No estemos todavía,
me mirabas otra vez
revocando las dudas que buscabas crearme,
provocando inútilmente el mundo,
es la única forma que acepto,
lo único que puede valerme,
donde encuentre yo
lo que necesito.

Fue un juego, dices ahora,
cuando tus manos me muestran el mundo
y tocan lo mismo que mis manos
y tus labios me encierran
y las horas y las palabras
y los sueños
están
todavía
por venir.

miércoles, 17 de octubre de 2012