martes, 24 de septiembre de 2013

Entrevista para un periódico común

De Lisboa Martín, versión no publicada, por cortesía de la entrevistadora


Considerado como una de las más interesantes promesas de la literatura en español tras la publicación de su primera novela, El gris del cielo, Rubén Matías, evidentemente tímido (hasta que empieza la entrevista, en la que olvida la timidez de las palabras, pero no de los gestos), con un lenguaje corporal que recuerda al de un torpe actor el día de estreno en su primera aparición en un escenario (no en vano, ésta es también la primera entrevista que concede en su vida literaria), nos recibe en la casa de sus padres donde pasa las vacaciones, en la tranquila y verde terraza por la que se entra a la casa, con unas preciosas vistas del mar y de las lomas que terminan en acantilados, con alguna atalaya antigua. Luego os enseño el camaleón, dice mientras nos habla de algunas de las plantas y árboles que rodean la casa, a Rigoberto, que vive en la hierba luisa de allí.
Después de las presentaciones, nos sentamos y nos pide que las fotos las hagamos luego, después de la entrevista (lo que hace, finalmente, con poco ánimo). Dice que no le gusta hacerse fotos y le sugiere a Agustín, el fotógrafo, que haga algunas del entorno, de la zona en la que vive, que podrían quedar bien en la entrevista, y le da indicaciones de por donde podría ir. Parece orgullo lo que siente por el lugar, pero, después de haber leído su primera novela y la mayoría de los textos publicados en  internet, creo que lo hace para mostrar a un personaje. Intuyo también, en ese momento, que quiere quedarse a solas conmigo, sin la incomodidad de un participante silenciado, ocupado únicamente en observarle, y poder así engañarme más fácilmente.
Agustín está conforme y cuando sale decido comenzar la entrevista con la pregunta que tenía preparada, después de desechar otras que se me acababan de ocurrir tras esos diez primeros minutos. Durante la entrevista, Rubén hará como que juega con mi mirada, que disfruta mirándome a los ojos, aun cuando se pasará la mayor parte del tiempo siendo incapaz de hacerlo, mirando hacia el suelo mientras se aprieta el brazo izquierdo con la mano (gesto que repite constantemente). Sus palabras a veces son fluidas y otras llegan casi como golpes. A veces parece que intenta escribir mientras habla y otras que es apenas un niño tímido que prefiere escuchar, mantenerse apartado y utilizar sólo monosílabos.  

Rubén, hace ya más de seis meses que tu novela irrumpió en el panorama literario, tras un tiempo en el que pasó desapercibida después de la publicación, y sólo ahora has decidido realizar tu primera entrevista. ¿A qué se debe esa tardanza?

Supongo que recuerdas la pequeña conversación que tuvimos por teléfono. Te pregunté si eras tú la que mi ibas a hacer la entrevista… Me gustó tu voz y quería ver de dónde salía esa voz. Es algo que siempre me ha divertido. Las locutoras de radio, conocer su rostro después que su voz. De los demás intentos, ninguno ha logrado interesarme. Ese es uno de los motivos. El otro tiene que ver una entrevista que leí no hace mucho. O con una frase de Thomas Bernhard: “Todo lo que estudiamos exactamente nos decepciona”. A mí siempre me ha gustado agotar las cosas, conocerlo todo de algo (de un escritor, leer sus entrevistas, de una persona, conocer todas sus aficiones, lo que hace), aún a pesar de que, evidentemente, todos nuestros conocimientos serán siempre parciales (incluso el de uno mismo), y el hecho de no mostrarme me resultó, después de leer esa entrevista, como si evitara que me conocieran, dejando sólo caer las mentiras de mis relatos, para que pudiera construirse una imagen mítica de mí.  La belleza del misterio. Y no, yo no quiero que esas cosas importen. En realidad, lo que piensen de mí no es problema mío, sino de ellos, de los que piensen en mí. Yo ahí no tengo nada que ver. No mucho, al menos. Y las cosas que no quiero que ensucien con sus pensamientos, las que no me apetece pensar en las suciedades que puedan meterle, me las guardaré sin problema.

Eso decía Gema en uno de tus textos, el de Recreo.

Sí, es cierto… Hay ciertas ideas que me gusta repetir de vez en cuando.

¿Tus textos se pueden considerar autobiográficos?

 Hay una buena parte real, si es a eso a lo que te refieres. Es un juego poco novedoso, lo han hecho otros muchos escritores.

¿Y por qué lo utilizas?

Por limitación, probablemente. Mi lenguaje, mis ideas, mis conocimientos sólo soy capaz de llevarlos a una situación en la que haya alguien como yo de por medio. Es decir, lo que me interesa escribir sólo cabe en un marco como el mío. Podría utilizar a alguien llamado Gonzalo, que tiene mi edad, pero es de otro sitio y no vive en Madrid y no estudió ingeniería, pero por lo demás sería igual que yo, y le pondría una tía al lado como Gema. No sé. Sólo cambiaría detalles sin importancia y eso no me interesa. Ahora mismo es lo único que puedo escribir.

¿Es el lenguaje lo que más te interesa a la hora de escribir?

Los textos están hechos de lenguaje, de palabras. No es algo que pueda descuidar.

Pero te gusta jugar con él, con sintaxis alambicadas, como dices en uno de tus textos, con continuas repeticiones de esquemas sintácticos. 

A veces me gusta parodiarme. Y exagero ciertos detalles. Pero procuro que no enturbie al texto. En la novela creo que he evitado esas exageraciones.

¿Surge del lenguaje, entonces, tu primer impulso?

¿Mi primer impulso?

Lo que te lleva a escribir un texto.

En general, no. Normalmente son situaciones aisladas las que me salen de forma más exitosa. Es decir, todos los textos sobre Gema se pueden describir de un modo similar: ella y yo en una habitación hablando, o paseando por la calle, o cenando, o esperando en el metro. Esa situación es la que me lleva a empezar los textos. Me gustan las situaciones. Creo que la vida no es más que un puñado de situaciones... Y unos cuantos comentarios para cada situación. Luego incrusto una conversación, un par de ideas que tenga por ahí esperando, un sentido general para que esas ideas quepan bien, desde mi punto de vista, claro.

¿Te interesan las historias?

Me gustan las historias: leerlas y que me las cuenten.  A la hora de escribir, no me divierte tanto imaginar una historia. Las historias tienen un componente cerrado, de excluir cosas, de centrar la realidad en unos cuántos aspectos, que además dan la impresión de que avanzan, aunque sea dando vueltas. Quedándome en mis situaciones tengo la impresión de que excluyo menos cosas, porque en ese momento no son necesarias.

Sin embargo, aunque el argumento de la novela se pueda resumir en una frase (Rubén y Gema caminan para encontrarse con Myriam en un bar), en realidad hay una trama, una historia, insinuada poco a poco por Gema, que es la que da título a la novela.

La novela es sólo la conversación con Gema, con ese esperado fin. El título de la novela no tiene por qué venir de esa pequeña trama de la que hablas. Tiene más que ver con Bataille. (Lo dice jugando, con una pequeña sonrisa). Gema es algo más narrativa que yo.

Utilizas mucho el diálogo, aunque no lo diferencias de la prosa, ¿a qué se debe ese uso?

Creo que es la mejor forma de no ser muy riguroso, de permitirme errores, imprecisiones. Son las palabras que un personaje dice de forma casual. Nunca he visto a nadie que tenga una conversación perfecta. Me permite expresar mis ideas de forma menos categórica, o ciertas imprecisiones en la trama que cuenta Gema, pequeños olvidos, algo que en la prosa no me permitiría, ya que para ésta tienes todo el tiempo del mundo para hacerlo correctamente. Esa corrección no me interesa y en la prosa no me permitiría no alcanzarla.

¿No buscas la corrección en tus ideas?

No quiero que se vea como algo que escribo como si fuera la verdad. Sólo son ocurrencias que tengo, algunas en las que sostengo mi comportamiento, quizá, pero que no pretenden ser nada importante, ni una guía para la gente. Yo no soy un escritor social, no escribo para la gente, ni para entender el mundo (a veces escribo contra mis ideas, incluso; de hecho, los textos de Gema del blog van casi todos contra mí, contra algunas de mis debilidades). Yo escribo porque me apetece juntar palabras. Y juntarlas de ese modo me resulta más placentero.

¿Por qué publicabas tus textos en internet, entonces?

No los leía nadie.

¿Y la novela?

Esto no logré incrustarlo en ningún texto, pero lo incrusto aquí. Un libro, unas palabras, no tienen que escribirse para ser leídas, pueden serlo solamente para ser escritas. Yo escribí esa novela para escribirla, no para que la leyeran, pero me divirtió la idea de publicarla. No lo busqué. Una amiga me presentó a la que es mi editora y dejé que la publicara a ver si pasaba algo; como el blog, ponía los textos por si ocurría algo a causa de ellos (básicamente conocer a alguien). Recuerdo una discusión literaria (algún lector tuve), bastante larga, más de treinta intervenciones entre los dos, de un tema típico, en la que escribí algunos comentarios interesantes y falsos.

Sí, la he leído. Se nota que te divertía.

Sí. Sólo buscaba alguna cosa de esas de vez en cuando, al publicar en el blog.

La novela es casi una continuación del blog, sólo que con más consistencia y mucha más profundidad. Hay algunas páginas de una belleza impresionante. Los personajes principales son tres, Rubén, Gema y Myriam, tanto del blog como de la novela. 

 La verdad es que el blog me sirvió como entrenamiento. Llevaba un tiempo en el que casi no terminaba nada, y el hecho de ponerlo en el blog me daba un impulso, me hacía escribir más. Cuando empecé la novela, me ocurrió de forma parecida: el hecho de tener esa ilusión de ver terminada una novela, me llevó a escribir más y  a cambiar un poco mis métodos para adaptar mis desarrollos habituales a una obra de casi doscientas páginas. Elegí los mismos personajes, por lo que ya he dicho. No tenía la necesidad de cambiarlos.

Gema y tú vais a encontraros con Myriam en un bar. La novela cuenta básicamente el camino que realizáis tú y Gema, hasta llegar al bar en el que no encontráis a Myriam. De un modo similar a Maestros Antiguos, de Thomas Bernhard, al que supongo que tienes como referente, la novela consiste en las ideas de Gema que tú como oyente vas describiendo, pasando desde esa conversación durante el paseo a otras conversaciones mantenidas con ella, y esa trama de la que ya hemos hablado.

Ya lo intenté en algún cuento, el de La mediocridad, concretamente, pero creo que en la novela sí he conseguido que se pueda ver como modelo, a pesar de que son sustancialmente distintas. El desarrollo de las ideas de Gema, la implicación con el pequeño argumento de la obra.

¿Qué suponen para ti Gema y Myriam? ¿Por qué te interesan las dos, tan distintas?

Bueno, Gema tiene una forma de sentirse dentro del mundo, de recibir los acontecimientos, que es la que me gustaría tener a mí, que es casi contraria a mí, pero que, sin embargo, tiene algunas ideas que, considero, podría perfectamente pensar yo o, al menos, apropiármelas una vez conocidas. Myriam pertenece a las ilusiones traicioneras. Una chica fantástica, tiernamente femenina, adaptada a la sociedad, valiosa, mejor ingeniera que yo, con un fondo personal y una identidad social con los que discrepo. El personaje, el casi-yo, quiero decir. Supone el desconocimiento y la invención y necesidad de evitar ese desconocimiento, y la imposibilidad de evitarlo. 

Ese horizonte al que alude la cita de Silvio Rodríguez con la que se abre el libro y que aparece en el libro casi como uno de las principales preocupaciones del personaje Rubén. Horizonte que no se refiere sólo a Myriam, sino a cualquier conocimiento.

Sí, Lisboa. También supone, Myri, una pequeña crítica social de detalles que creí acabados, de lo que Gema y Rubén suponen de ella en la novela. Sobre todo en las burlas de Gema. Y también la estupidez del comportamiento humano, en este caso debida al tal Rubén, claro.

En cierto modo, insistes en lo que expresas en dos de tus mejores poemas, los de Intimidad y Despojada.

Sí.

Sin llegar nunca a mostrar lo que criticas de Myriam, esos asuntos sociales…

Es cierto. Es lo de menos.

¿Y Rubén? ¿Qué supone como personaje?

Un observador poco inteligente, que acumula memorias sin procesarlas demasiado, aunque merezcan la pena.

En contra de una tendencia habitual en la literatura de estos días, a ti te gusta mucho nombrar, situar en lugares concretos, aunque su importancia no sea relevante dentro del texto.

También es como una broma. Y me sirve para despreocuparme, a veces, de ciertos aspectos. Con una palabra, Madrid, tengo un ambiente que no me interesa describir pero que ayuda a la atmósfera del texto (y a que cada lector se haga una idea algo diferente). Me gusta utilizar dobles sentidos, siempre que me da la capacidad, claro. Incluso en las desamparadas novelas de Beckett  sus personajes tienen nombre. Incluso en El innombrable aparecen Molloy y Malone. Y un sombrero, creo recordar. Recuerdo que lo empecé a hacer, lo de nombrar, para dotar de más realidad a mis textos, como un juego. Yo creo que depende de lo que te interese hacer. No descarto que en la próxima novela no escriba ni un nombre.

¿Piensas en los lectores?

Sí, para putearlos… La verdad es que yo pienso mucho, tengo muchas ideas, ocurrencias, pero sólo algunas llevan a resultados terminados literariamente. No sabría decir si esto es arbitrario. Por lo que se puede decir que escribo lo que puedo. A veces pensando en los lectores y a veces no, depende del texto. Pero nunca con la intención de agradarlos.

¿Qué autores nombrarías entre tus influencias?

Onetti, Bernhard, Carlos Barral, Silvio, mi padre, Valente...

¿Para cuándo tú próximo libro?


No lo sé.