Considerado
como una de las más interesantes promesas de la literatura en español tras la
publicación de su primera novela, El gris
del cielo, Rubén Matías, evidentemente tímido (hasta que empieza la
entrevista, en la que olvida la timidez de las palabras, pero no de los gestos),
con un lenguaje corporal que recuerda al de un torpe actor el día de estreno en
su primera aparición en un escenario (no en vano, ésta es también la primera
entrevista que concede en su vida literaria), nos recibe en la casa de sus
padres donde pasa las vacaciones, en la tranquila y verde terraza por la que se
entra a la casa, con unas preciosas vistas del mar y de las lomas que terminan
en acantilados, con alguna atalaya antigua.
Luego os enseño el camaleón, dice mientras nos habla de algunas de las plantas
y árboles que rodean la casa, a Rigoberto, que vive en la hierba luisa de allí.
Después de
las presentaciones, nos sentamos y nos pide que las fotos las hagamos luego, después
de la entrevista (lo que hace, finalmente, con poco ánimo). Dice que no le
gusta hacerse fotos y le sugiere a Agustín, el fotógrafo, que haga algunas del
entorno, de la zona en la que vive, que podrían quedar bien en la entrevista, y
le da indicaciones de por donde podría ir. Parece orgullo lo que siente por el
lugar, pero, después de haber leído su primera novela y la mayoría de los
textos publicados en internet, creo que
lo hace para mostrar a un personaje. Intuyo también, en ese momento, que quiere
quedarse a solas conmigo, sin la incomodidad de un participante silenciado,
ocupado únicamente en observarle, y poder así engañarme más fácilmente.
Agustín está
conforme y cuando sale decido comenzar la entrevista con la pregunta que tenía
preparada, después de desechar otras que se me acababan de ocurrir tras esos
diez primeros minutos. Durante la entrevista, Rubén hará como que juega con mi
mirada, que disfruta mirándome a los ojos, aun cuando se pasará la mayor parte
del tiempo siendo incapaz de hacerlo, mirando hacia el suelo mientras se
aprieta el brazo izquierdo con la mano (gesto que repite constantemente). Sus
palabras a veces son fluidas y otras llegan casi como golpes. A veces parece
que intenta escribir mientras habla y otras que es apenas un niño tímido que
prefiere escuchar, mantenerse apartado y utilizar sólo monosílabos.
Rubén, hace ya
más de seis meses que tu novela irrumpió en el panorama literario, tras un
tiempo en el que pasó desapercibida después de la publicación, y sólo ahora has
decidido realizar tu primera entrevista. ¿A qué se debe esa tardanza?
Supongo que recuerdas la pequeña conversación que
tuvimos por teléfono. Te pregunté si eras tú la que mi ibas a hacer la entrevista…
Me gustó tu voz y quería ver de dónde salía esa voz. Es algo que siempre me ha
divertido. Las locutoras de radio, conocer su rostro después que su voz. De los
demás intentos, ninguno ha logrado interesarme. Ese es uno de los motivos. El
otro tiene que ver una entrevista que leí no hace mucho. O con una frase de
Thomas Bernhard: “Todo lo que estudiamos exactamente nos decepciona”. A mí
siempre me ha gustado agotar las cosas, conocerlo todo de algo (de un escritor,
leer sus entrevistas, de una persona, conocer todas sus aficiones, lo que
hace), aún a pesar de que, evidentemente, todos nuestros conocimientos serán
siempre parciales (incluso el de uno mismo), y el hecho de no mostrarme me
resultó, después de leer esa entrevista, como si evitara que me conocieran,
dejando sólo caer las mentiras de mis relatos, para que pudiera construirse una
imagen mítica de mí. La belleza del
misterio. Y no, yo no quiero que esas cosas importen. En realidad, lo que
piensen de mí no es problema mío, sino de ellos, de los que piensen en mí. Yo
ahí no tengo nada que ver. No mucho, al menos. Y las cosas que no quiero que
ensucien con sus pensamientos, las que no me apetece pensar en las suciedades
que puedan meterle, me las guardaré sin problema.
Eso decía Gema
en uno de tus textos, el de Recreo.
Sí, es cierto… Hay ciertas ideas que me gusta repetir
de vez en cuando.
¿Tus textos se
pueden considerar autobiográficos?
Hay una buena
parte real, si es a eso a lo que te refieres. Es un juego poco novedoso, lo han
hecho otros muchos escritores.
¿Y por qué lo
utilizas?
Por limitación, probablemente. Mi lenguaje, mis ideas,
mis conocimientos sólo soy capaz de llevarlos a una situación en la que haya
alguien como yo de por medio. Es decir, lo que me interesa escribir sólo cabe
en un marco como el mío. Podría utilizar a alguien llamado Gonzalo, que tiene
mi edad, pero es de otro sitio y no vive en Madrid y no estudió ingeniería,
pero por lo demás sería igual que yo, y le pondría una tía al lado como Gema.
No sé. Sólo cambiaría detalles sin importancia y eso no me interesa. Ahora
mismo es lo único que puedo escribir.
¿Es el lenguaje
lo que más te interesa a la hora de escribir?
Los textos están hechos de lenguaje, de palabras. No
es algo que pueda descuidar.
Pero te gusta
jugar con él, con sintaxis alambicadas, como dices en uno de tus textos, con
continuas repeticiones de esquemas sintácticos.
A veces me gusta parodiarme. Y exagero ciertos
detalles. Pero procuro que no enturbie al texto. En la novela creo que he
evitado esas exageraciones.
¿Surge del
lenguaje, entonces, tu primer impulso?
¿Mi primer impulso?
Lo que te lleva
a escribir un texto.
En general, no. Normalmente son situaciones aisladas
las que me salen de forma más exitosa. Es decir, todos los textos sobre Gema se
pueden describir de un modo similar: ella y yo en una habitación hablando, o
paseando por la calle, o cenando, o esperando en el metro. Esa situación es la
que me lleva a empezar los textos. Me gustan las situaciones. Creo que la vida
no es más que un puñado de situaciones... Y unos cuantos comentarios para cada
situación. Luego incrusto una conversación, un par de ideas que tenga por ahí
esperando, un sentido general para que esas ideas quepan bien, desde mi punto
de vista, claro.
¿Te interesan
las historias?
Me gustan las historias: leerlas y que me las
cuenten. A la hora de escribir, no me
divierte tanto imaginar una historia. Las historias tienen un componente
cerrado, de excluir cosas, de centrar la realidad en unos cuántos aspectos, que
además dan la impresión de que avanzan, aunque sea dando vueltas. Quedándome en
mis situaciones tengo la impresión de que excluyo menos cosas, porque en ese
momento no son necesarias.
Sin embargo,
aunque el argumento de la novela se pueda resumir en una frase (Rubén y Gema
caminan para encontrarse con Myriam en un bar), en realidad hay una trama, una
historia, insinuada poco a poco por Gema, que es la que da título a la novela.
La novela es sólo la conversación con Gema, con ese
esperado fin. El título de la novela no tiene por qué venir de esa pequeña
trama de la que hablas. Tiene más que ver con Bataille. (Lo dice jugando, con una pequeña sonrisa). Gema es algo más
narrativa que yo.
Utilizas mucho
el diálogo, aunque no lo diferencias de la prosa, ¿a qué se debe ese uso?
Creo que es la mejor forma de no ser muy riguroso, de
permitirme errores, imprecisiones. Son las palabras que un personaje dice de
forma casual. Nunca he visto a nadie que tenga una conversación perfecta. Me
permite expresar mis ideas de forma menos categórica, o ciertas imprecisiones
en la trama que cuenta Gema, pequeños olvidos, algo que en la prosa no me
permitiría, ya que para ésta tienes todo el tiempo del mundo para hacerlo
correctamente. Esa corrección no me interesa y en la prosa no me permitiría no
alcanzarla.
¿No buscas la
corrección en tus ideas?
No quiero que se vea como algo que escribo como si
fuera la verdad. Sólo son ocurrencias que tengo, algunas en las que sostengo mi
comportamiento, quizá, pero que no pretenden ser nada importante, ni una guía
para la gente. Yo no soy un escritor social, no escribo para la gente, ni para
entender el mundo (a veces escribo contra mis ideas, incluso; de hecho, los textos
de Gema del blog van casi todos contra mí, contra algunas de mis debilidades).
Yo escribo porque me apetece juntar palabras. Y juntarlas de ese modo me
resulta más placentero.
¿Por qué
publicabas tus textos en internet, entonces?
No los leía nadie.
¿Y la novela?
Esto no logré incrustarlo en ningún texto, pero lo
incrusto aquí. Un libro, unas palabras, no tienen que escribirse para ser
leídas, pueden serlo solamente para ser escritas. Yo escribí esa novela para
escribirla, no para que la leyeran, pero me divirtió la idea de publicarla. No
lo busqué. Una amiga me presentó a la que es mi editora y dejé que la publicara
a ver si pasaba algo; como el blog, ponía los textos por si ocurría algo a
causa de ellos (básicamente conocer a alguien). Recuerdo una discusión literaria
(algún lector tuve), bastante larga, más de treinta intervenciones entre los
dos, de un tema típico, en la que escribí algunos comentarios interesantes y
falsos.
Sí, la he
leído. Se nota que te divertía.
Sí. Sólo buscaba alguna cosa de esas de vez en cuando,
al publicar en el blog.
La novela es
casi una continuación del blog, sólo que con más consistencia y mucha más
profundidad. Hay algunas páginas de una belleza impresionante. Los personajes
principales son tres, Rubén, Gema y Myriam, tanto del blog como de la novela.
La verdad es
que el blog me sirvió como entrenamiento. Llevaba un tiempo en el que casi no
terminaba nada, y el hecho de ponerlo en el blog me daba un impulso, me hacía
escribir más. Cuando empecé la novela, me ocurrió de forma parecida: el hecho
de tener esa ilusión de ver terminada una novela, me llevó a escribir más y a cambiar un poco mis métodos para adaptar mis
desarrollos habituales a una obra de casi doscientas páginas. Elegí los mismos
personajes, por lo que ya he dicho. No tenía la necesidad de cambiarlos.
Gema y tú vais
a encontraros con Myriam en un bar. La novela cuenta básicamente el camino que
realizáis tú y Gema, hasta llegar al bar en el que no encontráis a Myriam. De
un modo similar a Maestros Antiguos, de Thomas Bernhard, al que supongo que
tienes como referente, la novela consiste en las ideas de Gema que tú como
oyente vas describiendo, pasando desde esa conversación durante el paseo a
otras conversaciones mantenidas con ella, y esa trama de la que ya hemos hablado.
Ya lo intenté en algún cuento, el de La mediocridad,
concretamente, pero creo que en la novela sí he conseguido que se pueda ver
como modelo, a pesar de que son sustancialmente distintas. El desarrollo de las
ideas de Gema, la implicación con el pequeño argumento de la obra.
¿Qué suponen
para ti Gema y Myriam? ¿Por qué te interesan las dos, tan distintas?
Bueno, Gema tiene una forma de sentirse dentro del
mundo, de recibir los acontecimientos, que es la que me gustaría tener a mí,
que es casi contraria a mí, pero que, sin embargo, tiene algunas ideas que,
considero, podría perfectamente pensar yo o, al menos, apropiármelas una vez
conocidas. Myriam pertenece a las ilusiones traicioneras. Una chica fantástica,
tiernamente femenina, adaptada a la sociedad, valiosa, mejor ingeniera que yo,
con un fondo personal y una identidad social con los que discrepo. El
personaje, el casi-yo, quiero decir. Supone el desconocimiento y la invención y
necesidad de evitar ese desconocimiento, y la imposibilidad de evitarlo.
Ese horizonte
al que alude la cita de Silvio Rodríguez con la que se abre el libro y que
aparece en el libro casi como uno de las principales preocupaciones del
personaje Rubén. Horizonte que no se refiere sólo a Myriam, sino a cualquier
conocimiento.
Sí, Lisboa. También supone, Myri, una pequeña crítica
social de detalles que creí acabados, de lo que Gema y Rubén suponen de ella en
la novela. Sobre todo en las burlas de Gema. Y también la estupidez del
comportamiento humano, en este caso debida al tal Rubén, claro.
En cierto modo,
insistes en lo que expresas en dos de tus mejores poemas, los de Intimidad y Despojada.
Sí.
Sin llegar
nunca a mostrar lo que criticas de Myriam, esos asuntos sociales…
Es cierto. Es lo de menos.
¿Y Rubén? ¿Qué
supone como personaje?
Un observador poco inteligente, que acumula memorias
sin procesarlas demasiado, aunque merezcan la pena.
En contra de
una tendencia habitual en la literatura de estos días, a ti te gusta mucho
nombrar, situar en lugares concretos, aunque su importancia no sea relevante
dentro del texto.
También es como una broma. Y me sirve para
despreocuparme, a veces, de ciertos aspectos. Con una palabra, Madrid, tengo un
ambiente que no me interesa describir pero que ayuda a la atmósfera del texto
(y a que cada lector se haga una idea algo diferente). Me gusta utilizar dobles
sentidos, siempre que me da la capacidad, claro. Incluso en las desamparadas
novelas de Beckett sus personajes tienen
nombre. Incluso en El innombrable aparecen Molloy y Malone. Y un sombrero, creo
recordar. Recuerdo que lo empecé a hacer, lo de nombrar, para dotar de más
realidad a mis textos, como un juego. Yo creo que depende de lo que te interese
hacer. No descarto que en la próxima novela no escriba ni un nombre.
¿Piensas en los
lectores?
Sí, para putearlos… La verdad es que yo pienso mucho,
tengo muchas ideas, ocurrencias, pero sólo algunas llevan a resultados
terminados literariamente. No sabría decir si esto es arbitrario. Por lo que se
puede decir que escribo lo que puedo. A veces pensando en los lectores y a
veces no, depende del texto. Pero nunca con la intención de agradarlos.
¿Qué autores
nombrarías entre tus influencias?
Onetti, Bernhard, Carlos Barral, Silvio, mi padre,
Valente...
¿Para cuándo tú
próximo libro?
No lo sé.