viernes, 21 de marzo de 2014

Espejos

...no se nota, creo, pero el estilo es paródico...

Primero giró un poco la puerta, para colocarla en el ángulo adecuado, y luego se situó frente al lavabo, y allí se quedó ella, repetida, con todo el tiempo del mundo que dan las preocupaciones absorbentes y una soledad imposible de interrumpir, el piso estaría vacío hasta que sus padres regresaran de una cena que siempre se alargaba, y se quitó la camiseta y el sujetador, y allí de pie, ella, repetida, porque había visto algo y quería descubrir algo, y de ese modo lo descubriría y de ese modo lo observaría, y no de otro modo, las puntas de los pechos apuntando contra sí misma, contra sus imágenes, y eso era, de una forma que le resultaba algo absurda pero en la que no podía dejar de pensar, como si estuviese en el disparadero, como si junto a sus ojos, que también se repetían con acierto pero sin dejar de ser sus ojos, estuviesen los ojos de los demás, apuntando contra ella, la multitud, una multitud de rostros y ojos y palabras, y no sólo una multitud genérica, sino, también, una multitud llena de individuos, de individuos que tenían en ese instante la mala intención de observarla a través de su propio cuerpo repetido, pero que, sin embargo, a través de esa igualdad, de esa infinidad de repeticiones empequeñecidas de su cuerpo tantas veces observado por ella, y por su deseo de entender algo o de aceptar una realidad que, no por normal o común, dejaba de resultar inquietante, a pesar de todo, tantos años observando el mismo cuerpo, cada vez que se desnudaba, ese mismo cuerpo familiar, esa desnudez familiar repetida no sólo por el juego de luces, sino también por el juego del tiempo, que desde hacía algunos años no había provocado ninguna señal llamativa que pudiera importarle, si es que alguna vez supo de alguna de la que se hubiera dado cuenta, abordaban cada uno, cada individuo recordado, con sus diferencias, con sus comentarios, con las palabras que creían necesarias, las ideas de ella, y de forma que trababan su pensamiento, que se movía torpemente entre nuevas frases que lo cortaban, que abrían nuevos caminos, que le cerraban los otros, como una conversación en la que participa demasiada gente, y todos quieren aportar alguno nuevo, y mostrar su ingenio, su capacidad de aportar nuevas visiones, la novedad, ser los primeros, y allí, de pie, pensaba ella, y no era eso lo que quería pensar pero comenzó a pensar en ello, con los pequeños errores de su desnudez, un hombro ligeramente más alto que otro, en lo que le contó una amiga fisioterapeuta, en la universidad, cada alumno saliendo a la pizarra para que los demás lo observaran y dijeran las particularidades, las irregularidades, y era inevitable, lo inmediato, lo visible, y mientras pensaba en ello pensaba que era lo evidente, lo sencillo, y que no era aquello en lo que quería pensar, aquello por lo que, irracionalmente, en los minutos de espera en los que supo que iba a quedarse sola, y en los que estuvo pensando que iba a quedarse sola, y comenzó a imaginarse sola, y comenzó a sentir, además, las ganas de estar así, de perder el tiempo de aquella manera, creyó que estar así era la forma más adecuada de pensarlo, si es que en realidad llegó a definir con claridad esa unión de ideas, estar así y pensar en ello, situarse de ese modo y pensar en esa suciedad que le imaginaba al mundo últimamente, desde aquel día, y que no limpiaba ni el cielo azul ni la normalidad de días comunes, ni otras certezas que la contradecían, y ahora la vida es puro terror, y cerró los ojos y olvidó la multitud inventada, el exceso de equívocos, y al abrir los ojos fue a cerrar la puerta del espejo del armario, y se puso de nuevo frente al lavabo, frente al espejo del lavabo, donde ahora sólo estaba ella, y su mirada cambiante jugando con las expresiones, y un menor eco de voces, y apareció, por fin, la imagen de aquel chico consumido, y supone, porque no puede ser de otro modo, porque siempre ha sido así, que aún es demasiado pronto, que la vida dejará de ser puro terror cuando lo haya agotado, cuando lo desplace finalmente con otras realidades, contra la memoria nuevas memorias, estratificar la memoria, y, finalmente, la ansiedad de siempre, la necesidad de hacer cosas, de recibir, y ella, con tiempo aún, y sin sentir que hubiera valido de algo, fue a su habitación y se tumbó en la cama, aún medio desnuda, y regresó al mundo. 

sábado, 15 de marzo de 2014

La trabajadora, Elvira Navarro

...porque, finalmente, después del breve inicio en el que Elisa, la narradora, en una de sus incursiones al centro de Madrid en busca de libros, coincide en dos librerías distintas con un hombre que parece reconocerla y que la mira mostrando ese reconocimiento sin querer acercarse, y de la posterior persecución inocente que realiza la indiscreta protagonista, vestida demasiado de rojo, a ese hombre distante, el libro transcurre únicamente en horas nocturnas, con una obscuridad que va más allá de la ausencia de luz natural, de luces tenues de bombillas amarillentas que alumbran sólo regiones descartadas, con las narraciones mezcladas, la conversación, entre Elisa y su extraña y poco conocida compañera de piso, muy centrada en sus respectivos problemas laborales y en su forma de afrontarlos, escritas de una forma coherente y, por momentos, brillante, que no convierten esta lectura en caótica, sino, incluso, tradicional, acertadamente tradicional, por otra parte, con un hilo conductor, narrativo, claro. Excelente y divertida, destacable por encima del resto, la historia de la niña del autobús, el viaje de vuelta. Después de las anteriores ciudades, esta novela supone...

martes, 11 de marzo de 2014

El cantábrico

En Almuñécar se pone el sol por el otro lado, dijo mientras señalaba los trozos de sol que escapaban de las nubes. Estaba sentada en una roca, Gema, cerca del borde, con las piernas, acabadas en unas botas pequeñas y negras, estiradas, y el pelo, corto, movido por el viento. El abrigo, la bufanda y el invierno la hacían parecer cercana, casi conocida. El cantábrico se divertía con los acantilados. Cada ola gigante recibía la aclamación de varios niños mientras los padres, dos parejas jóvenes, caminaban siguiendo prudentemente el borde del acantilado después de haber estado detenidos un rato con la contemplación. Me senté junto a Gema empujándola un poco. No se te puede decir nada, dijo sonriendo cuando contesté que era el mismo lado. Siempre me ha gustado venir aquí con los temporales, después de las tormentas, de cualquier tipo, los días fríos, con viento. De pequeña solíamos venir con mis padres y mi hermana y yo tonteábamos como esos enanos. De los quince a los dieciocho vine mucho, hubo muchas tormentas aquellos años, a veces con mi hermana y otras con Alba, pero normalmente sola. Me sentaba aquí, mirando al mar, con el viento atacando a mi pelo, con ganas de fumar... Siempre acababa pensando en fumar cuando venía aquí, toda la ferocidad del mundo detenida con un cigarrillo, pensaba. Aunque nunca he fumado. Probablemente sería jodido encender un cigarrillo con este viento. No sé. Pensé en las manos de Gema con un cigarrillo en lugar de la piedra que acababa de coger y a la que comenzó a mover entre sus dedos. Hacía tiempo que no venía por aquí con un temporal tan maravilloso, dijo. Tendría que haberse venido Irenita, y el capullo ese, el inglés, que son muy de primavera los dos. 

Los padres y los niños han desaparecido extraviados por mi atención,  y sólo quedamos Gema y yo allí. Gema habla de la falta de erotismo del sexo grabado, de lo contenta que tiene que estar Lisboa con el texto que escribí para ella, en el que intenté inventarla a partir de aquella pregunta, de la parte final con lo de su amiga Ana, la camisa roja. Supongo que hay muchos que no piensan igual, pero a mí siempre me lo ha parecido. No es sólo que me aburra verlo, que no me interese, es que creo que afecta directamente a los que están siendo grabados, aunque no lo sepan. Pones una cámara y desparece el erotismo, dice. Las manos de Gema, inquietas y cuidadas, juegan ahora con un poco de hierba que acaba de arrancar. Un hombre distante parece dirigirse hacia nosotros, en su paseo tranquilo. Gema lo mira un instante y vuelve a fijarse en la imposibilidad del horizonte. La idea, digo, era escribir sobre la entrevista, que el entrevistado escribiera la entrevista, y poner las preguntas, las respuestas, mezcladas con juicios sobre mi impresión de Lisboa, de sus preguntas, de su voz, que me encanta, de los mecanismos para elegir las respuestas y las mentiras. El comienzo en realidad era para una imitación de Beckett, pero luego apareció Lisboa y la promesa de recrearla, un par de cosas que me contó la siguiente vez que nos vimos, y acabó saliendo eso en lugar de la entrevista o de la imitación de Beckett. Lo del sexo era una ocurrencia que me venía rondando hace tiempo, digo. A Ana le iba bien, pensé. Gema hace como que no me escucha y mira las olas. El sol busca otros paisajes, otras nubes. Nos quedamos callados.

El hombre distante acabará por llegar hasta aquí, aunque no querrá acercarse. No dirá nada y nosotros seguiremos callados. O quizá sí, le gustarán las palabras, comenzará con algunas frases banales que acabará dirigiendo hacia algún tema importante, lo que lo trajo hasta aquí, acaso algún pensamiento casual. Mirará el gesto descreído de Gema, comprenderá que las explicaciones no sirven para nada, que siempre son parciales, que los límites no son importantes, porque siempre fue un hombre descontento y pensaba que sí, que un paso más allá, tras ese límite, estaba lo buscado, pero después de tantos años, aquella última vez que estuvo vivo, ya no puede pensar igual. No pedirá perdón, no se despedirá, no terminará de contarnos. Cuando regrese a su papel distante, Gema se levantará y me obligará a levantarme, cogiéndome con sus dos manos. Dirá algo del sol, de la humedad, del viento, de los rugidos del mar, y nos iremos de allí después de asomarnos una vez más para ver las rocas. 

jueves, 6 de marzo de 2014

El descontento

¿Cómo? ¿Rubén Darío? ¿Como el poeta? Lo humano. ¿De dónde era? Varias latas de Nestea, un cenicero con cigarros, un leve balanceo, vida discontinua, un hombre, un guardián, un firma ininteligible en una de las primeras páginas, el mundo con otra representación.