Permítanme este intento costumbrista.
(Una de Nicanor, otra de Onetti, otra de Jean-Paul)

...un embutido de ángel y bestia... La Húngara decidió poner un disco... realizó el acto físico de poner un disco... con movimientos lentos y sin dejarme ver sus ojos... Llevaba dos horas contándome su vida, aquellos días en que se llamaba Gema y era de Asturias. Lo demás no le interesaba, decía. Nunca me gustó sentirme bien, dijo. Aunque eso no ha influido en lo que he llegado a ser. Creo que siempre he tenido la valentía de buscar objetivos ajenos a la felicidad. Tampoco busqué lo contrario: son estados que no me interesan, que no considero. Recuerdo una vez, en la casa de mis abuelos... Intenté encender una lumbre, algo que consideraba, por lo que oía a los mayores, que siempre hacían comentarios al que colocaba los troncos, los palos finos, realmente complejo. La ingeniería de la hoguera, pienso ahora. Estaba sólo con mi abuela, que miraba mis movimientos sin decir nada. Cuando llegó el momento de encenderla, le pedí permiso para usar una cerilla. Mi abuela me dejó: prendí un papel con la cerilla y lo introduje entre los troncos. Logré encenderla. Mi abuela me felicitó: imagino que comprendía lo que significaba mi intento y que entonces no supe ver el gesto de divertimiento que debió ofrecerme, mi abuela, al mostrar que me tomaba en serio. Sólo movió un poco un tronco: para que se hiciesen mejor las ascuas para el brasero, dijo. Se volvió a sentar frente a mí: me miró con esos ojos verdes que, no sé muy bien por qué, hicieron que pensase en ella como la Húngara; comenzó a sonar una insoportable obra de Bártok. Recuerdo que aquel día me sentí bien, satisfecha, orgullosa, pero completamente banal y despreciable: no por ser capaz de encender la hoguera, claro, sino por sentirme... creerme... apreciada por mi abuela, por disfrutar con ese perverso placer, que me resultó entonces más fuerte que el hecho de ser capaz de hacer correctamente algo que creía difícil. Esa tarde, o al día siguiente, durante uno de los paseos habituales... a mi familia siempre le ha gustado pasear... aún lo hacemos... por un hayedo cercano a la casa de mis abuelos, que vivían en un pueblo pequeño, al que siempre íbamos cuando los visitábamos, no dejé de repetirme una frase... con terquedad infantil... Qué mierda es sentirse bien... O algo así. Me miró un momento. No sé si entiendes lo que quiero decir... (Yo lo entendía todo: se sentía bien conmigo: por eso había puesto los Mikrokosmos de Béla: para que no fuese tan perfecto el momento. No dije nada. Veía ya mi triunfo final -las señales eran claras-: no quería estropearlo. Tampoco esperó que yo dijese nada). Nombrar es denunciar, decía alguien. Aunque tampoco se trata de eso. No me interesa pensar en estar bien ni preocuparme por ello: prefiero tener otras preocupaciones... Se quitó el jersey con soltura, Gema. Creo que nadie se preocupa de ser feliz: la felicidad abotarga: todos tienen ese objetivo, pero desconocen que no es lo que prefieren ni lo que de verdad buscan. En eso sí que aventajas (pensaba, en realidad, en otras trescientas ventajas que había sido capaz de encontrarle, contradiciéndose unas a otras a medida que las descubría, desde que nos cruzamos en aquella calle y me dijo Vamos) al resto: en que tú sabes que no es tu objetivo.

http://youtu.be/d-diB65scQU