sábado, 12 de noviembre de 2016

Ruinas

Nos metimos por la puerta de la parte más moderna de la casa, que estaba cerrada únicamente gracias a un alambre enrollado en un gancho de la pared; la otra parte, más vieja, con techos con vigas de madera y tejas, tenía la puerta perfectamente cerrada a pesar de que casi todo el techo estaba derruido. Fue Gema la que decidió entrar después de asomarse por las ventanas. Hay colgado un calendario de 1989 y sobre la mesa hay una caja, imagino que vacía, de ginebra Larios, y cacerolas y botes de colacao sin etiquetas, tenemos que entrar, Ru, me gritó Gema mientras yo le hacía fotos desde lejos a la casa y a Gema, a la que todos sus amigos llamaban la gata por más de una razón. La casa tenía además un garaje con una puerta metálica, amarilla y oxidada, una especie de corral y un trastero un poco más arriba, separado de la casa, con un horno de leña, y dos aperos pequeños delante de la parte vieja de la casa (uno de ellos un cuarto de baño).

El calendario es engañoso, está claro que la casa lleva bastante menos de treinta años abandonada, me dijo cuando me acerqué. Así que entramos mientras Gema sacaba su cámara de fotos de la mochila y tarareaba una canción de Tom Waits. Lo mejor de las ruinas es imaginar sus historias, me dice, la alegría inicial de una casa nueva, los polvos que echaron en ese sofá polvoriento de forma furtiva los hijos, los padres, los invitados ocasionales; y luego la decadencia, como ese poema tuyo, el de las rejas, como se va asomando poco a poco, hasta acabar echando a sus habitantes de aquí, por lo que fuera. Gema se fue a la izquierda y yo entré en lo que parecía ser una despensa, con la caja de Larios y cacerolas, y el calendario, en el que comprobé qué día de la semana cumplí mi primer año de vida. Oh, me encantan las puertas que llevan años sin abrirse, acumulando sustancias, ajustándose a los huecos, dice Gema golpeando la puerta de una habitación para entrar en ella. La gente cree que las puertas son para abrirse y cerrarse, pero no, las puertas existen, y ese es su estado preferido, sólo para estar cerradas, por eso me encanta dejarlas abiertas. A ver qué hay, dice. 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Recrea

Gema se levanta de la cama y abre la ventana para asomar la cabeza. Están muy bien tus nuevas vistas, dice, se le puede medir el pulso al barrio mucho mejor que en tus otros pisos, entre otras cosas por lo bien que se oyen las conversaciones de los que pasan por aquí debajo. Y el balcón es fantástico, dice entrando al salón, deberías empezar a fumar sólo por aprovecharlo. Gema sale al balcón y saca el móvil para grabar la tienda cerrada de enfrente, que tiene las puertas llenas de graffitis, y a la transeúnte que pasa justo en ese momento por allí. Los desconocidos son mis personas favoritas, dice. Acabamos de despertarnos y el sol comienza a dar sobre la fachada del edificio, por lo que se está bien en el balcón. Gema lleva una camiseta mía, unos pantalones cortos y calcetines, exactamente como yo. Nos situamos allí y yo intento algunos comentarios situacionistas en relación a mi nuevo barrio, al anterior, al tenderete (uno de estos que son plegables) que tiene una vecina colgado una calle más para allá y que vi en una foto de instagram de una cuenta de Madrid-is-different o algo así algún día antes que en la misma calle. Gema se apoya en la barandilla y recrea con sus manos otras manos. Como lo que escribió la que todavía no es mi alumna, digo intentando no ver esas otras manos en las de Gema, que en el neoliberalismo hacemos footing para olvidar la ciudad mientras que los situacionistas pretendían reaprender la ciudad reflexionando sobre ella en cada caminata. Mis paseos por la ciudad, por los pueblos, suelen ser más bien interiores, aunque algo de realidad siempre se acaba colando, digo. Gema se fija en que le estoy mirando las manos, pero no hace mucho caso. Es lo único en que se parecen, pienso.