lunes, 29 de mayo de 2017

Camino para Lisboa

...estoy en ello: es sólo el comienzo...
...segunda parte de: Paisaje para Lisboa

Porque nunca ha sido la edad, como creía, tan tonta, tan niña pequeña siempre, tan de llegar siempre tarde a todo: la última de mis amigas, de mis amigos, en empezar a beber, la última en perder la virginidad, en empezar a follar, que lo otro no sé qué significa, y siempre retrocediendo un poco a cada paso, por mirar las cosas con algo de perspectiva o qué sé yo, por cobardía o por preferir disfrutar de la duda. Tarde a las redes sociales, a los móviles de última generación, a todas las series, que siempre me negué a acercarme a ellas, la última en encontrar trabajo, en viajar. No detrás de nadie, por otros caminos, por otras vías, y deteniéndome, a cada paso, a cada mierda que me encontrara, y los pasos firmes, atenta, con miedo, torpe, indecisa y llena de dudas, pero firme. La hoguera, todos mis amigos probando las drogas en aquel San Juan y yo recorriendo la orilla, pisando las piedras de esa playa, sin quemarme, sin saltar por encima, hasta las doce, ya un poco borracha, que nos metimos todos dentro del agua y al salir besé a aquel chico que no conocía de nada y que no se atrevió a meterse en la oscuridad que era el mar a esa hora, para pasar el resto de la noche hablando de libros hasta quedar dormidos juntos sin hacer nada, la camiseta húmeda sobre la toalla, el libro que estúpidamente me traje en la arena, los cigarrillos en su mano, los vasos vacíos. Las burlas de mis amigos al día siguiente, la barbacoa, las chuletas mal cocinadas por la insolencia juvenil de mis amigos, que no sabían ni encender el fuego, y yo era sólo palabras, palabras que me repetía a mí misma y que luego no sabía malgastar con los demás. Caminos cuánticos, paralelos, cantando canciones y arbolitos al lado. Y no soy pasado, no soy una historia, no se puede narrar nada. Me lo tendré que inventar, un pasado, no se puede tener un niño sin pasado, sin algo con lo que sostenerlo, al menos el tipo de pinceladas coherentes, sutiles, que, para mí, conforman el pasado de mis padres, de los que no sé ni cómo se conocieron. Seré un dibujo, en blanco y negro, una muchacha que baila por un camino. Da igual. No, no es necesario un pasado, quizá un futuro o como mínimo un presente. Que siga dando patadas como si quisiera ir a algún sitio, ya verá el resto. Como yo el otro día, hasta encontrar a Ana. Iba a algún sitio hasta que la vi y luego me olvidé. Me entretenía anticipando las reacciones de los tíos con los que me cruzaba, los insolentes descarados, los indiferentes, los que querían mirar pero lo evitaban. Tan sencillo todo, siempre el mismo inventario en mis paseos largos. Tampoco soporto a esos capullos que te cruzas y se te quedan mirando a los ojos, como buscando reconocimiento, mira, no te estoy mirando las tetas, soy un tío fantástico, dame tu aprobación, muéstrame que te gusto, pídeme que me acueste contigo, que no me voy a girar para mirarte el culo. Luego me entretengo imaginando sus vidas sexuales, seguro que no fallo. Y así hasta la mirada del hermano de Ana, el del suicidio, y las palabras de Ana siempre tan naturales, tan sociales, precisas y adecuadas para cada situación. 

jueves, 4 de mayo de 2017

Apocalipsis más tarde

Más tarde, en veinte años, cuando llegue a los cincuenta, cuando todavía sea una mujer fuerte pero ya esté menos interesada en tener algo parecido a un proyecto de vida y probablemente no me preocupe en absoluto mantener mi pasado, si es que alguna vez he estado interesada en eso, entonces, en ese momento, me parecería estupendo que llegase un apocalipsis, me dice Gema, que mientras habla se arregla el pelo con los dos brazos levantados y sin hacerme mucho caso; habla para molestar y sabe que me encanta escucharla. Un apocalipsis energético creo que sería la mejor opción, porque algo que tuviera que ver con enfermedades o catástrofes medioambientales convertiría la supervivencia en algo demasiado aleatorio, y lo que más me interesaría de un apocalipsis sería el desarrollo intelectual, el placer de enfrentarse a problemas que pudiera resolver con mis recursos cercanos y mi inteligencia. Y mi fortaleza, y el placer físico de las soluciones, que, por supuesto, ninguna sería intelectual, todas serían físicas, quiero decir finalmente físicas: acopio de materiales, cortar leña, plantar cebollinos, vencer a los maleantes, pasar las tardes jugando con barro y paredes pintables. Lo importante sería huir a un sitio adecuado desde el comienzo. Recuerda que no hay electricidad, no hay coches, sólo queda lo cercano. No me imagino nada especial, un apocalipsis de esos de cualquier película o serie mala. La decadencia, la aparición de ruinas, la supervivencia, los instintos que se confunden, la falta de recursos, la economía en su más fantástica expresión... Qué feliz sería. En fin, si me cuido es únicamente para eso, para llegar en buen estado a ese bello momento y poder sacarle todo el partido posible a una existencia en esas condiciones, me dice mientras saca una cabeza de ajos negros de una bolsa que guardaba en la mochila. Acababa de llegar al piso, un poco sedienta, un poco alocada, con ganas de hablar y no dejarme leer. Una tienda de ajos negros, ahí al lado, por Raimundo Fernández Villaverde, más o menos a la altura de la librería de segunda mano, pero por detrás, me dice sonriendo. Se sienta en el sofá y me acerca el ajo negro. Para que lo pruebes, que seguro que te gusta.