...estoy en ello: es sólo el comienzo...
...segunda parte de: Paisaje para Lisboa.
Porque nunca ha sido la edad, como creía, tan tonta, tan niña pequeña siempre, tan de llegar siempre tarde a todo: la última de mis amigas, de mis amigos, en empezar a beber, la última en perder la virginidad, en empezar a follar, que lo otro no sé qué significa, y siempre retrocediendo un poco a cada paso, por mirar las cosas con algo de perspectiva o qué sé yo, por cobardía o por preferir disfrutar de la duda. Tarde a las redes sociales, a los móviles de última generación, a todas las series, que siempre me negué a acercarme a ellas, la última en encontrar trabajo, en viajar. No detrás de nadie, por otros caminos, por otras vías, y deteniéndome, a cada paso, a cada mierda que me encontrara, y los pasos firmes, atenta, con miedo, torpe, indecisa y llena de dudas, pero firme. La hoguera, todos mis amigos probando las drogas en aquel San Juan y yo recorriendo la orilla, pisando las piedras de esa playa, sin quemarme, sin saltar por encima, hasta las doce, ya un poco borracha, que nos metimos todos dentro del agua y al salir besé a aquel chico que no conocía de nada y que no se atrevió a meterse en la oscuridad que era el mar a esa hora, para pasar el resto de la noche hablando de libros hasta quedar dormidos juntos sin hacer nada, la camiseta húmeda sobre la toalla, el libro que estúpidamente me traje en la arena, los cigarrillos en su mano, los vasos vacíos. Las burlas de mis amigos al día siguiente, la barbacoa, las chuletas mal cocinadas por la insolencia juvenil de mis amigos, que no sabían ni encender el fuego, y yo era sólo palabras, palabras que me repetía a mí misma y que luego no sabía malgastar con los demás. Caminos cuánticos, paralelos, cantando canciones y arbolitos al lado. Y no soy pasado, no soy una historia, no se puede narrar nada. Me lo tendré que inventar, un pasado, no se puede tener un niño sin pasado, sin algo con lo que sostenerlo, al menos el tipo de pinceladas coherentes, sutiles, que, para mí, conforman el pasado de mis padres, de los que no sé ni cómo se conocieron. Seré un dibujo, en blanco y negro, una muchacha que baila por un camino. Da igual. No, no es necesario un pasado, quizá un futuro o como mínimo un presente. Que siga dando patadas como si quisiera ir a algún sitio, ya verá el resto. Como yo el otro día, hasta encontrar a Ana. Iba a algún sitio hasta que la vi y luego me olvidé. Me entretenía anticipando las reacciones de los tíos con los que me cruzaba, los insolentes descarados, los indiferentes, los que querían mirar pero lo evitaban. Tan sencillo todo, siempre el mismo inventario en mis paseos largos. Tampoco soporto a esos capullos que te cruzas y se te quedan mirando a los ojos, como buscando reconocimiento, mira, no te estoy mirando las tetas, soy un tío fantástico, dame tu aprobación, muéstrame que te gusto, pídeme que me acueste contigo, que no me voy a girar para mirarte el culo. Luego me entretengo imaginando sus vidas sexuales, seguro que no fallo. Y así hasta la mirada del hermano de Ana, el del suicidio, y las palabras de Ana siempre tan naturales, tan sociales, precisas y adecuadas para cada situación.