sábado, 13 de abril de 2013

El gris del cielo

La última vez fue un saludo inesperado
bordeado en unos labios.

A veces creo que se escapa de mí,
que no me considera a la altura,
desaparece poco antes de que llegue.
Le gusta jugar,
no acudir a los sitios donde antes la encontraba.

Esos mismos labios, los de entonces, no volvieron a mostrarla.

Últimamente se esconde detrás de Myriam, intuyo,
utiliza sus manos para tocarlo todo, creo,
con sus ojos, los de Myriam, sigue cada uno de mis torpes pasos,
me lanza mensajes crípticos en las palabra que no me dirige.

El otro día, por ejemplo, en una conversación
(Myriam hablaba con simpatía
y yo pensaba en sus razones para hacerlo),
estuvo a punto de acercarse:
la vi dándose la vuelta,
quizá decepcionada,
quizá aún jugando,
aumentando la exigencia,
la belleza.

Pero no sólo allí, en Myriam,
también en horas de sol, en paseos rodeados de aire,
en uno o dos aciertos inesperados,
en aquellas doce palabras o en acordes
repetidos tantas veces,
se asoma
enigmática agazapada
con su sonrisa de burla
sin llegar a mí.

Era el tercer perro que me sonreía
mientras los edificios seguían recortando el cielo.
Otra mirada amarilla.
Eso fue todo.

Hace demasiado tiempo desde aquella vez.

miércoles, 3 de abril de 2013

Ocaso



Se sentó junto a mi, en el suelo, con las piernas cruzadas, los pantalones negros, dejando su carpeta, su bolso y un vaso de café junto a ella, mientras se lamentaba por el café derramado sobre su mano, con su perfecta sonrisa, y se limpiaba, la mano, con los labios. Aún asustado por la falta de indecisión con la que decidió sentarse a mi lado al verme allí esperando a que abrieran la puerta, le ofrecí un pañuelo. Y hablamos. Ella con una simpatía natural. De la nota de un examen, de lo que haríamos en las vacaciones, le hablé de Almuñécar (no recordó que ya le conté una vez de dónde soy), me contó que ella había aprovechado el puente anterior para un viaje, del examen de turbinas. No recuerdo haberla mirado directamente en ningún momento. Estaba, Gema, sentada en mi cama, la espalda apoyada contra la pared, con el libro de Mark Oliver Everett en las manos, que cogió nada más entrar en mi habitación. Le estaba poniendo canciones de Eels, a Gema. No sé cómo me ha costado tanto acercarme a sus canciones, apenas le hice caso a algunas de Hombre Lobo, hace años, dije. Y eso que me gustaban bastante y las escucho de vez en cuando. Si no me hubiera comprado su libro, que siempre me negué a leer a pesar de las muchas recomendaciones positivas con las que me he ido encontrando, al ver la edición en inglés en una librería, no le habría dado otra oportunidad. Iba saltando por la discografía de Eels, buscando las canciones que podrían gustarle a Gema, que escuchaba y abría a veces el libro. Aunque siempre he considerado un error, una estupidez, la necesidad de reconocerse en la obra de los artistas que nos gustan (una obra no es buena sólo porque refleje nuestro estado de ánimo, dije, porque nos sintamos identificados con ella), me apropiaría de la mitad de las canciones de Hombre Lobo, ahora mismo. Ya sabes, le dije mientras ponía All the beautiful things. Le conté lo del otro día, los cinco minutos, la extrañeza, la prueba de su indiferencia, de no atreverme a mirarla a los ojos. Ni a sus envidiables labios, supongo, dijo Gema. Nos quedamos callados escuchando una de las canciones, Things the grandchildren should know. En el libro hay varias ideas, dije mientras elegía otra, que son de esas ideas que suelo escribir, que considero entre mis ideas interesantes, las tres o cuatro al año que consigo pensar; quiero decir, iguales a las que yo tengo, como aquella que puse en el texto de la playa en la conversación que me inventé con la publicista. Una más y me voy, dijo Gema. He quedado con Alba, me explicó. Se acercó al borde de la cama, se puso las botas mientras escuchábamos la canción y, al acabar, se levantó. Ya nos vemos mañana, dijo. Se llevó el libro, Gema.