viernes, 17 de junio de 2016

IV. La amiga

La amiga era mi amiga, que antes leía estas cosas y ya no y, en realidad, no tiene nada que ver con esta historia. Aquel día, de camino al pueblo en el que nos confirmarían el nombre de la cantante, nos metimos en una rambla para ver un pinar al que de vez en cuando íbamos a por piñones. Aparcamos y nos bajamos a ver si quedaba algo, aunque los restos de una pequeña hoguera reciente mostraban que ya había estado alguien recogiéndolos. Lo que cuenta, lo que importa y no tiene nada que ver con esta historia detectivesca, es que justo allí, en ese momento sin trascendencia con el que se ocupa los huecos del tiempo, mientras hacía fotos a una despistada Gema recolectora, mi amiga, la que era mi amiga, me envió un mensaje, una foto de su perra cogiendo un calendario, sin más motivos ni intenciones que mostrarme la gracia de su perra. Gema lo vio, vio el cambio, cómo lo que ocurre es lo que hace la felicidad y no las ganas de no ser infeliz, y vio lo que luego quizá influyera algo en esta historia, al menos en mi forma de recordarla, en la que, estúpida e inevitablemente, ella está presente para mí. ¿Qué coño te pasa?, me dijo Gema mirando de forma sospechosa al móvil que aún sostenía en mi mano, te ha cambiado la cara en un segundo. Estas cosas no se cuentan, porque sólo son aledaños de la historia, porque no se puede contar todo, pero para el que cuenta están ahí; y hoy, por ser hoy y no decir lo que me gustaría decirle, al menos me diré esto.

martes, 14 de junio de 2016

III. El apellido

La siguiente pista llegó con un periódico viejo con el que íbamos a encender la leña del horno para no olvidarnos de que estábamos en un pueblo. Mientras lo preparaban todo, Gema se puso a mirar los periódicos que guardábamos para eso, para iniciar el fuego, y en uno de ellos leyó el anuncio de un concierto de una cantante con nombre vasco. Podríamos acercarnos al sitio este, si sigue abierto, quizá todavía haya conciertos, y así hacemos algo distinto esta noche, dijo. El local estaba en un pueblo cercano al que no solíamos ir y que, además, estaba de fiestas en esas fechas. Buscamos información en el móvil y seguía abierto; de la cantante de nombre vasco no encontramos nada, aunque esta vez sí fantaseamos con que fuera ella, o con que, al menos, el dueño pudiera saber algo. Después de la comida, familiar, multitudinaria, que ya quisieran ustedes haber probado, salimos para el pueblo por carreteras provinciales, deteniéndonos un par de veces antes de llegar, porque siempre es mejor hacer los recorridos sin preocuparse demasiado de la idea inicial, como aquella vez que nos perdimos por carriles en bastante mal estado que parecían no llevar a ninguna carretera transitable por negarnos a dar la vuelta al comprender que nos habíamos equivocado de camino. 

sábado, 11 de junio de 2016

II. El hijo

Y fue en un mercadillo de antigüedades, de cosas viejas, una mañana de verano que fuimos al pueblo, mientras ojeábamos por curiosidad objetos raros, instrumentos de labranza, baratijas, vídeos o revistas porno, libros que nadie volvería a leer, cuando Gema se puso a hablar con uno de los que estaba allí vendiendo discos, instrumentos de música, radios y tocadiscos, que supimos algo, que obtuvimos la primera pista. Claro, me diría Gema después, tenía un disco de Sun Ra entre lo que vendía, entre mucha basura diría, cómo no preguntar qué coño hacía allí. Pero el chaval ni idea, que el sólo estaba  allí vendiendo y esas cosas las obtenía de muchos sitios, tiendas, amigos, basura, sin preocuparse mucho de lo que eran. Otro chico que pasaba por allí escuchó a Gema y también le hizo gracia que alguien se interesara por ese disco. A mi madre le gusta mucho y suele ponerlo bastante, le dijo mientras yo seguía mirando cosas oxidadas por otro puesto. Y hablaron un poco de música y Gema le contó que mi familia era de aquí y que estábamos pasando las vacaciones con ellos; y él que que vivía aquí con su madre desde pequeño, aunque eran navarros y ese verano estaba trabajando en Granada. Gema no le dio mucha importancia a la conversación, una más de las que solía tener cada día con desconocidos, y el chico se fue sin que le hiciera Gema mucho caso, sin que supiéramos que era nuestra primera pista. Ahora los veo y el parecido es evidente, pero entonces no tenía sentido ni que pensara en ello, contaba Gema después.

martes, 7 de junio de 2016

I. La cantante

Lo único que sabíamos era que existía, que cantaba acompañándose con la guitarra una canción que no habíamos escuchado antes (yo quería ver algo de Skip James en su forma de tocar, Gema intentaba unir a Cesárea Évora con Chavela Vargas para explicar su voz) en un vídeo subido a la red sin más datos que su título ("Canción") y el nombre de la cuenta que lo había subido. El vídeo, de sólo tres minutos, la mostraba a ella sentada en una silla vieja, estropeada, con uno de los pies sobre un sucio tablón de madera que utilizaba para marcar el ritmo. El suelo parecía una mezcla entre cemento y tierra. Detrás de ella había una pared blanca que al final del vídeo, al abrirse el plano para mostrar el paisaje o a un perro pequeño que pasaba corriendo, podía verse que era la fachada de una casa sencilla de una planta con dos ventanas a cada lado de la puerta principal. Probablemente era verano, se notaba el calor en cada nota, en la pastosa lentitud con la que parecían moverse las cuerdas de la guitarra, una acústica también vieja y estropeada como la silla, y, claro, también en la ropa que llevaba. Las características de la casa y el paisaje, un poco desértico, de tonos claros, con algún árbol, parecían ser de una zona que Gema y yo conocemos bastante bien. Esto último no podíamos asegurarlo con certeza, sin embargo, hizo que no nos olvidáramos de ella, que quisiéramos conocer más. La cuenta que había subido el vídeo parecía abandonada (dejamos un comentario sin mucha fe de que lo fuesen a contestar) y resultó imposible encontrar cualquier otra información a partir de búsquedas más o menos posibles, que repetíamos con frecuencia sin obtener ningún resultado. Preguntar a amigos que vivían por allí, por si sabían algo o eran capaces de reconocer la casa en concreto, también resultó inútil. Durante años sólo pudimos escuchar de nuevo la misma canción, observar el terrible encanto de la cantante e imaginar nuevas canciones o un relato con el que contar su vida. Ya te gustaría estar con una pureta así, me decía Gema cuando me descubría viendo el vídeo otra vez, absorto en la voz y en la manera de tocar la guitarra, pero también en el físico, en su rostro definido, en los ojos que se intuían verdes, los brazos desnudos, el pelo protegido por un pañuelo de colores.