jueves, 28 de enero de 2016

Terremoto

Tanto años viviendo por allí, Gemita, y nunca he notado ni el más ligero temblor, con la ilusión que me hace, le digo a Gema mientras cocinamos una de esas recetas especiales que se me ocurren dos o tres veces al año. Con terremotos no sueño nunca, lo mío es más soñar con inundaciones, el mar viniéndose hasta la puerta de mi casa, inundando Taramay, esa especie de caldera abierta al mar, mientras corremos a lo alto de la loma para asegurar la supervivencia. La pena es que me despierto poco después y no puedo aprovechar lo de lanzarme al mar desde la terraza o la cochera. Es lo más parecido que tengo a pesadillas, pero la verdad es que son sueños muy entretenidos y siempre acaban bien. Y la belleza de lo catastrófico es impresionante. Es curioso el optimismo que tengo para todo, siempre creo que las cosas van a acabar bien; luego me equivoco en los procesos a los que no presto atención, que son los que no acaban bien. Pero bueno, siempre he querido notar algún terremoto y comprender lo absurdo de algunas preocupaciones humanas. Porque uno sabe muchas cosas, es consciente verbalmente de muchas cosas, pero sólo viviéndolas se pueden llegar a comprender bien. Y eso es la experiencia y la necesidad de los años, le digo a Gema mientras sigo pelando la cebolla que me mandó pelar. Toma, para que llores con una razón que merezca la pena, me dijo. Por ejemplo, aprender a beber, como le escuché en una entrevista a Krahe, es algo que requiere tiempo, años, no es sólo tragarse el líquido. Quiero decir, hay cosas que no se aprenden con palabras, por mucho apego que les tenga, aunque seas capaz de verbalizarlas de un modo parecido. Gema juguetea con las sartenes, la cacerola y una cuchara de palo, arremangada, con una coleta, joven y adulta, y un gracioso gesto de concentración. Tenemos puesta a la amiga Polly Jean y creo que Gema anda centrada en The last living rose. Dan ganas de besarle cuando dice dice nothing; en realidad le daría besos durante toda la canción, dice Gema. Y al batería me lo follaba, con ese ritmillo trotón que tiene. Llevamos varios días oscilando entre el White Chalk y el Let England Shake, cuando no la torturo con alguna de las versiones de la entrada anterior. Todo tiene su momento, me dice cuando acaba la canción. Mira que la conozco desde hace ya bastantes años, creo que desde que sacó el disco con piano y leí una entrevista de alguien que la mencionaba con motivo del cambio de sonido que suponía para ella centrarse en el piano; busqué algunas cosas suyas y ocasionalmente lo habré intentado alguna que otra vez más, pero hasta ahora que te ha dado por su disco no me había llegado a gustar. Quizá algún día me interese también Nick Cave, a parte de Into my arms en la versión de Tulsa, que escribió por Polly Jean, justamente. Hay cosas a las que se pueden dar millones de oportunidades. Fíjate que aún soy tu amiga, después de tantos años, me dice con mala intención mientras saca una sartén del fuego. Controla y rehoga un poco esto de aquí, Ru, y pon un poco de orden, me dice saliendo de la cocina.  

miércoles, 27 de enero de 2016

Cielo

...esto sí que es un fin de capítulo...



Quise un sueño lleno de luz
y al retroceder no sé exactamente hacia dónde
contemplaba un rostro que sonreía
y demostraba ser algo así como el absoluto:
tú sigue jugando con los detalles con los gestos sin recibo
que yo te torturaré con mi generalidad sin espectáculo
decía mientras me movía por el escenario de un sitio a otro
cosiendo unos pantalones de calidad infinita
o eso pensaba, llorando para existir
y ocultando con pocas palabras todo lo que parecía ser yo

La sala estaba vacía butacas vacías la pendiente ascendente
y no veía las paredes ni escaleras nada a lo que dar testimonio
ni la quietud de antes ni la suciedad de después
aunque ella estaba ahí con su sonrisa
no somos más que espejos en los que te buscas sin vernos:
si no los dejas conocerte no los conocerás, no me conocerás
no habrá nadie, cuenta algo, es imposible caminar contigo con ese silencio, esa barrera,
un  gato de esos que no hace ruido por la chapa de algún tejado,
aún no es demasiado tarde, aún puedes ponerte la otra bota, caminar
dejar de mejorar esos pantalones para empezar a usarlos
o puedes olvidarte de ellos, caminar desnudo como desnudas todo lo que no tocas
las manos bonitas, la piel no es la intemperie,
las caricias que te faltan, no todo importa igual, no todo importa tanto

Mañana nos iremos a vivir juntos
para no empezar a bailar cuando estemos muertos

La sala se va inundando ilimitada y el mismo cielo lo abarca todo
cada nube vestida de ramas cada gota que se deja caer
debo creer que espera mis palabras si sigue ahí
mojándose el pelo en mi sueño
los dos sentados en la misma fila callados
fue ella la primera en llorar pero no lloraba por mí, lloraba por ella
yo lloro por mi, por las palabras que elijo
por lo que no he sabido conocer y lo que conozco
por lo que no dejará de ser posible
desde una madera que sigue mojándose
y una tormenta que no será para mí.

miércoles, 20 de enero de 2016

No Code, Pearl Jam

Me pide el redactor jefe que rescate un disco de los noventa para una nueva sección del periódico y a mí, que me pilló demasiado pequeño y mi personalidad musical se forjó en la década siguiente, en este milenio tan poco característico, tan falto de personalidad (a ver qué nos deparan los locos años veinte que se aproximan), me parece genial que me lo pida. Reconozco que me hubiera gustado nacer en el setentaicinco para que esa década, la última analógica, me hubiera pillado entre los quince y los veinticinco. Los nacidos ese año aún tienen para mí veinticinco años, y todas las personas que me atraen tienen esa clase de veinticinco años que yo imagino. Es casi un asunto personal lo de los noventa.

Yo que vivo en mi mundo, sin perspectiva, sin idea de nada, considero que lo mejor de esa década son los cinco discos acústicos (odio este término, por cierto) que sacó Silvio. Ese El necio con una guitarra increíblemente compleja y su voz recorriendo en un sólo fraseo la identidad de esa época, de la modernidad del siglo veinte, o las décimas y la parte instrumental de Del sueño a la poesía (o el análisis de El problema, Casiopea, Canción de Navidad, Debo), los dos sonetos del blues de Me quieren, la maravillosa Rosana, la estremecedora Al final de la segunda luna. En realidad, nunca habrá nada más moderno que esos discos, los de la trilogía sobre todo, y poca gente lo sabe. Creo que yo, solamente. Me recuerdo, ya que están ustedes tan interesados en conocerme, con cuatro o cinco años diciéndole a mi padre, en el mítico Seat Ibiza gris de motor Porsche, que en esas canciones había más de una guitarra; o el día que le dije a mi madre con seis años que quería tocar la guitarra y en mi cabeza sonaba la guitarra de Monólogo. Veinte años llevo ya tocándola. Y no envejecen. Pero ya ven mi imparcialidad, no hay quien confíe.

Así que no, no voy a hablar de esos discos, ni de mí tampoco. Pensé en hablar de Bone Machine, de Tom Waits, ese disco destructivo, denso y atormentado, que después de atacarnos con una visión más bien apocalíptica del mundo nos regala como cierre la maravillosa That feel, acompañado de Keith Richards, en la que nos dice que ese sentimiento es lo único que no nos abandonará. Una cabronada o una genialidad, como quieran verlo. Pensé también en escribir sobre Tras el último no va nadie, de los Enemigos, título que duele y que recoge muy bien los derroteros del disco, que nos lleva a dar una vuelta por las zonas bajas de la existencia, con capullos que esperan, otros que descubren la venganza o aquellos que son incapaces de comprender lo que les ha tocado en suerte. Tiene canciones inmensas como Sin hueso o incluso preciosas como Sueña (por mí), en la que Josele está acompañado sólo de su acústica, y pasajes musicales muy conseguidos. También pensé en los Cardigans de mi admirada Nina Persson, pero sus dos mejores discos, a los que no les quitaba ni una canción, como esa maravilla llamada Losing a friend, son de la década siguiente. De los otros rescataría algunas canciones como My favourite game, si le quitaran el molesto riff, o Erase and Rewind y quizá unas cuantas del primero con esa vocecilla que tenía por entonces Nina, cuya forma de cantar, por cierto, me gusta por las mismas razones por las que me gusta la voz de Silvio. O en el Rid of me de PJ Harvey, que desestimé porque estoy totalmente enganchado al maravilloso White Chalk.

Finalmente, y hablándolo con el jefe, me decido por el No Code de Pearl Jam y su famosa portada que es puro años noventa, y que este año cumple los veinte mostrándonos que los noventa no están tan lejos como lo estaban los ochenta hace diez años. Reconozco que me acerqué a Pearl Jam después de escuchar el primer disco en solitario de Eddie Vedder y que no es una banda que conozca en profundidad, pero qué quieren, si yo en este periódico soy el encargado de la literatura, los crucigramas y la política norteamericana. 

El disco como piedra angular en la trayectoria de Pearl Jam, a partir del cual comienzan a descender sus ventas y que supuso encontradas opiniones entre sus seguidores, no es algo que me interese, así que vayamos canción a canción. Comienza con Sometimes, una canción que uno acaba por considerar hasta bonita con el tiempo. "Sometimes I live", dice en un verso hablando simplemente de ser. En Hail, Hail describe la sensación de no ser digno del amor de tu pareja, de ser insuficiente o inferior, en una relación tormentosa. Le sigue Who you are, de letra existencialista y ritmos tribales, y una melodía muy pegadiza y alegre. En In my tree vuelve a pasárselo bien el batería para una letra también inmaterial. Smile es un tema doloroso de sonido atormentado. "I miss you all days", dice, entiendo que a una amistad perdida, si no estoy pensando en otra cosa. Off he goes es una de las mejores canciones del disco sobre una relación de amistad o quizá sobre el mismo Eddie Vedder viéndose por fuera como un amigo de mierda, otra vez destrozando amistades. Podría durar veinte minutos y seguir resultando agradable escucharla. Habit me suena a los Enemigos de Gas, contundente y furiosa, no sé si sobre drogas o algo así, conformismo, decisiones equivocadas. Hard Rock para Red mosquito, con una gran guitarra para los que disfrutan de este tipo de sonidos. Lukin, sobre una stalker, es un tema frenético, una descarga de un minuto. Present tense es probablemente el mejor tema del disco y el que me atrajo al disco después de una primera escucha en la que no pillé el resto de canciones. La mejor cantada, quizá cercana a los discos en solitario de Eddie, trata sobre no revolcarse en los remordimientos por los errores y seguir adelante. Geniales los cambios de intensidad. Mankind es un punk con una melodía como de grupo de jovenzuelos californianos, en el que no canta Eddie. En la siguiente tampoco canta, sino que habla, y también es de temática introspectiva. Cierra el disco Around the bend, una preciosa balada en la que canta a un bebe.

En definitiva, No Code es un buen disco, variado, con unas cuantas grandes canciones que, en realidad, tampoco he escuchado mucho. Quizá lo haga más a partir de ahora.

martes, 12 de enero de 2016

Cicatriz, de Sara Mesa

Hace unos días entré a un vagón de metro en el que todos los viajeros, menos yo, tenían los ojos de colores llamativos: azules brillantes, grises mesméricos, verdes esmeralda; una de las viajeras, imagino que rusa, los tenía realmente mareantes, como galaxias diría; otra, como Bowie, tenía una púpila dilatada, y unas líneas parecían formar un pájaro azul. Siempre he pensado que lo ojos azules y verdes están sobrevalorados (son unos ojos marrones los que más recuerdo, aunque son como esferas, y qué listos que son; luego hay otros, también marrones, un poco más claros, a los que echo mucho de menos, por capullo; quiero decir, la belleza no está necesariamente en el color, en lo evidentemente extraordinario), pero no sabía muy bien dónde mirar, los grises mesméricos tenían una gravedad muy atractiva, los azules eran como lanzarse al mar, es decir, que me obligaban a mirarlos, todos los ojos pidiendo que los mirara y los dueños, que imagino como cualquier dueño de ojos, ofensivos, tímidos o incómodos, quizás despreciando la normalidad de los míos, inrentaban evitarlo. En esa lucha estaba yo, más bien atemorizado, cuando vi la novela de Sara Mesa, Cicatriz, en la mano con anillos (lo peor de mi inteligencia es mi amor por los detalles, que diría Borges) de un joven de ojos verdes que se puso a mi lado, agarrado a la barra con la otra. Yo, indiscreto, me puse a leer protegiéndome de las miradas.

martes, 5 de enero de 2016

Black Black Black Black de Marta Sanz


Un profesor de Física de la Universidad de G., con un expediente más bien mediocre, realiza una ponencia en un congreso de Física a la que no acude nadie salvo una joven, Raquel, doctoranda de física y divulgadora amateur. En esa ponencia, que da para Raquel como si hubiera estado repleta la sala, anuncia que ha descubierto que el fin del universo se producirá dentro de 63 años, y cuenta de forma didáctica y resumida sus estudios. Raquel, brillante estudiante de física, comprende que no se encuentra ante ningún loco y le pide que le deje revisar sus estudios detenidamente. El profesor, ya mayor, anticuado y alejado de las formas actuales de investigación, de la ciencia como técnica y no conocimiento, de esa forma vacía de progreso, y del prestigio de los papers citados, una vez que Raquel comprende que su estudio es jodidamente cierto, es ayudado por la joven y su novio, ambos amantes de las redes sociales, para dar a conocer su trabajo a científicos, periodistas, gobiernos. 

A partir de este hecho, Marta Sanz construye una fantástica novela con dos partes muy diferenciadas, en la que abundan ideas interesantes y un siempre certero uso del lenguaje y del desarrollo narrativo. En la primera, aprovechando el intento de dar a conocer el descubrimiento sin que se lo tomen a broma, se hace un análisis brillante y afilado de la sociedad actual tan horriblemente centrada en relaciones blandas,  en la que opinar significa posicionarse (poner la foto de un lacito en el perfil de las cuentas de las redes sociales o ponerle un filtro de bandera francesa a esa foto) y nunca dialogar, con una absoluta falta de empatía, y adentrándose, a través de la figura del profesor, en el significado actual del éxito y de la inteligencia, más vista actualmente como adaptación al medio cuando quizá podría considerarse justo como lo contrario, como resistencia a determinados cambios o como construcción de una personalidad propia. El profesor, a pesar de realizar el trabajo más revolucionario y brillante desde la obra de Einstein, y también el más terrible de la historia, es atacado y vilipendiado en esta primera parte cuando empieza a ser conocido, siendo objeto de burlas y memes en las redes sociales, y también es atacado por investigadores y pensadores y tertulianos.

Otro de los temas que vertebra esta primera parte es el del pensamiento positivo, que surge a  partir del curioso optimismo de Raquel a la hora de creer que se conseguirá convencer a la humanidad del cercano fin del universo (lo que también plantea algunas cuestiones filosóficas, éticas, sobre la necesidad de dar a conocer este hecho, que el profesor de física, sólo preocupado de sus estudios, no llegó a plantearse hasta encontrase con los jóvenes, Raquel y su novio, en diálogos que son lo mejor de esta primera parte del libro), como parte fundamental de la ideología de Silicon Valley: ese pensamiento positivo que hace sentir culpables a todas las personas que padecen de este sistema de pobreza, de desigualdad, falta de vivienda, incluso de enfermedad, porque se les recrimina indirectamente el no haber tenido la suficiente reacción buena y positiva para salir adelante y superar estas adversidades. Esa especie de buen rollismo colectivo que la autora imagina totalmente aterrador y en el que mete a la inocente Raquel.

En la segunda parte, más coral, aunque también centrada en los preciosos ojos de Raquel y en los preciosos ojos de su novio y en la elegante calva del profesor, y en la singular inteligencia de Raquel y del profesor, no así la del novio, menos brillante, una vez que ya es aceptado por todos los científicos, los gobiernos, las personas, que lo del fin del universo es real e inevitable, que no hay la más mínima opción o esperanza de su persistencia, se adentra la autora más en la descripción del alma humana, desde un punto de vista moral y filosófico, en los diferentes comportamientos a los que lleva la certeza de esperar 63 años a que se acabe todo, tomando quizá como referencia la obra de Camus y en especial de su novela La peste. ¿Será la humanidad capaz de esperar esos años sin destruirse? ¿Cómo se comportarán los que nazcan después de ese 16 de julio? ¿Y los gobiernos, servirán de algo? ¿Habrá algún científico que intente buscar alguna solución? ¿En qué se puede creer en una situación así?

En definitiva, en esta ambiciosa novela Marta Sanz consigue crear una obra literaria asombrosa, completa, brillante y excelentemente escrita. La mejor novela de los últimos 20 años. Léanla (si pueden). (*****)

(Hay cachos robados de una entrevista de Anna María Iglesia a Marta Sanz)

viernes, 1 de enero de 2016

Orilla

...me haré insignificante, todavía más niño a tus orillas...
...es que de dónde, por dónde, en qué orilla?...

Deberíamos recapitular o algo, dice Gema, y no se refiere a lo de esta noche, al ridículo que habremos hecho en algún momento, a las tonterías dichas o a los bailes en casa de unos amigos. O los propósitos de este año o recapitular, lo que prefieras, que no te he escuchado mucho en toda la noche, me dice mientras caminamos por Velilla pegados al mar, que se balancea menos de lo que parece, para llegar a mi casa. Lleva un vestido negro, los zapatos en la mano, camina descalza, y el pelo, otra vez corto después de tanto tiempo, despeinado. La imagino asturiana, despreciando el frío del sur con su piel blanca desprotegida. Los ojos verdes no son los de quien no ha dormido en más de veinticuatro horas. Si ya sabes lo que voy a decir, en quién pienso, y ha sido un año de mierda, Gema, para qué me preguntas. Gema se ríe; sabe que es la única persona con la que dramatizo, infantil, que aunque sea sincero no le doy tanta importancia, que me sienta bien contarle estas cosas (como si las escribiera). Ya no es que esté enfadada, es que seguro que me considera gilipollas o incluso despreciable y ya ni le importo, ¿cómo voy a confiar en mí si estoy de acuerdo con ella?, voy diciendo con el complicado andar junto a la orilla. La verdad es que no sé por qué a ti sí te gusta estar conmigo; hay por ahí muchas descompensaciones que debería revisitar y aclarármelas, pero es que significa tanto para mí, digo con cierto patetismo. Eres cobarde hasta para abandonar, Ru, me dice en la playa vacía, cerca ya del Tesorillo y con el sol despuntando por Salobreña. Y me empieza a hablar de su regreso a Madrid, de su trabajo, de lo cómoda que se siente con sus nuevos compañeros, de los problemas que ha tenido su familia este año. Para Gema no existe la derrota, sin necesidad de acercarse a esas filosofías baratas e inaguantables, y escucharla hablar de sí misma las pocas veces que lo hace (imagino que continúa borracha, aunque soy incapaz de encontrar otro detalle que lo muestre) resulta siempre interesante. La forma de encajar lo bueno y lo malo. A ver si se me acaba pegando un día algo de ella, pienso. Gema anda ahora con los pies metidos en el agua. Cuando lleguemos a tu casa cogemos unas toallas y venimos a darnos un baño, que está buenísima, dice Gema saliéndose del agua para subirse a las rocas donde está la atalaya, en las que nos sentamos para terminar de ver salir el sol.