viernes, 22 de marzo de 2013

You've got nothing to lose

....la primera canción, un soneto de Gerardo Diego, siempre me recuerda a Myriam, por algo que estoy seguro que ella, Myriam, no recuerda; la segunda es de un poema de enrique Lihn; la habitación no es mía... 

(Ya hablé antes, por ahí, de estas dos canciones)


...y una que merezca la pena:

lunes, 18 de marzo de 2013

La conferencia

...quería haber escrito una historia que contara cómo se puede llegar a algo real e importante a parir de una mentira o una falsedad de otra persona, que reflejara la idea que expone este textito de aquí apenas en una frase y con mis alambicadas maneras, pero mi torpeza a la hora de enfrentar la narración de historias con desarrollo (mi maldito egipticismo, como insiste siempre Gema) me lo ha impedido. Se queda en esto, pues. De momento...

El otro día fui con Blanca a una conferencia a la que nos sugirió ir el de Motores, con la promesa de un pequeño aumento de la nota final, le dije cuando me preguntó si había hecho algo interesante esa semana. Me preguntó por Blanca, Gema. La conferencia fue una mierda, dije, parecía más para clientes que para ingenieros; apenas nos informó, el tío, un antiguo alumno de la escuela, de cómo podría desarrollarse nuestra actividad profesional si nos metíamos en una empresa como la suya, y eso fue lo más interesante. Y un poco de cómo estaba el mercado, de acuerdos entre empresas para desarrollar un producto, esas cosas. Lo demás fue hablarnos de su empresa, ponernos vídeos. Poco más. Publicidad. Muy interesante tu semana, entonces, dijo Gema.  Sí. Yo intenté mantener la atención, escuchar a ver si decía algo que valiese la pena, si soltaba en alguna ocasión alguna idea, alguna información... Blanca sí parecía más atenta, aunque de vez en cuando sacaba el móvil. También se veía a otros mostrando interés. Hay veces que de una estupidez puede salir algo verdadero. El otro día vi una peli, dijo, sobre un matemático al que se le ocurrió su brillante teoría matemática con la aparición de una rubia en un bar y el comentario de uno de sus amigos sobre una teoría que consideró falsa. O, a veces, cuando lees lo que inspiró a algunos artistas para hacer una canción impresionante y entiendes que no es más que una estupidez, que es incluso falso, una razón a medias, una mala aproximación a una realidad, y sin embargo la canción es genial y encuentras en ella todo. Todo se puede aprovechar, dijo. Ya, dije, yo aproveché para conocer algo más a Blanca. Es una chica cojonuda. No sé por qué no nos llevamos bien antes. El viernes fui al cine con ella, a ver una de esas que se llevó un óscar. No estaba mal. Aunque no comprendo la razón de su óscar principal, dije. Gema estaba de acuerdo. Luego hablamos un poco de su trabajo, de cuándo vendría a Madrid, de su encantadora hermana, hasta que se hartó del teléfono (no se oía bien) y decidió colgar, Gema.


martes, 5 de marzo de 2013

La escalera


Se parece a mí, pero no creo que me reconozcas en ella, me contó Gema. Es como si se nos pudiese describir con las mismas características pero fuésemos de familias diferentes. Delgadas, blancas, ojos verdes, pelo castaño. Ya sabes. Tetas pequeñas, escribió. La misma nariz. Imaginé a Gema sonriendo, entonces. Será sólo una semana, diez días. Para un curso de cinco días, y para ver Madrid, que nunca la ha visitado a fondo, el resto. Y allí estaba ella, con ese extraño parecido que no me recordaba a Gema, que no deformaba la imagen de Gema, en medio de un Madrid luminoso e incluso limpio, con una mochila y la funda de la cámara colgada del cuello, siendo observada por mi implacable simpatía. Sacó, Irene, la cámara de la funda y empezó a hacer fotos de la plaza, a los edificios, aunque, pensé por los ángulos que creía que tomaba, ya que estaba de espaldas mientras yo descansaba sentado en un escalón, buscaba siempre, en realidad, a alguna de las personas que pasaban por allí, la mayoría turistas, casi como nosotros, pensé al recordar las pocas veces que había estado por allí, con sus cámaras al cuello, sus mochilas y sus botellas de agua. Después de agotar la plaza, regresó junto a mí y se sentó en la escalera. Hace un día perfecto para estar en la calle, dijo. Me alegro de que decidieras venir al final. Guardó la cámara y bebió un poco de agua de una botella que llevaba en la mochila. Se está bien aquí sentada, dijo. Nos acompañaba el sol sin molestar. Están muy bien hechos estos escalones, dije. Me miró Irene sonriendo mientras sacaba de nuevo la cámara de la funda, que encendió para enseñarme algunas de las fotos. Siempre me ha gustado lo antiguo, dijo, conocerlo, verlo. Incluso muchas veces me gusta imaginar cómo sería haber vivido en otra época. Es muy común, mi hermana, escribió Gema, recordé, muy agradable, simpática, inteligente, pero poco original. Cuando se pone pensativa, sólo expresa ideas gastadas, me avisó. Su conversación toma también los cauces habituales de tantas conversaciones, aunque es bastante interesante escucharla. Más humana, pensé. Menos preocupada por los demás, por demostrarse que es diferente, menos teatral que Gema. ¿A ti en qué época te hubiera gustado vivir? Había pensado en ello alguna vez, yo; de pequeño con el mismo enfoque, en conversaciones infantiles, pero también de mayor, acercándome desde otras ideas, desde otras necesidades. Me hubiera gustado nacer el mismo año que mi padre, dije, haber crecido sin tecnologías, casi sin coches, en un país pobre, aún dependiente del campo. Me sentía torpe hablando. Y luego haber visto los cambios que vio mi padre, haber tenido justo quince años entonces, veinte años después, la universidad, los treinta también, e incluso los cuarenta. Aunque, la verdad, al menos me alegro de haber crecido sin ordenadores ni móviles. Joder, pensé, si hasta me acuerdo de cuando pusieron la primera escalera mecánica en mi pueblo. Irene comenzó a hablar de épocas en las que los descubrimientos, probablemente porque son los que nos cuentan de pequeños, dije, eran más apasionantes. Le gustaban las palabras, a Irene. Las pronunciaba con placer, con su boca, con los mismos labios aparentemente finos de Gema, pensaba. Deberíamos seguir, dijo al terminar. Y cuando veamos algún sitio que nos apetezca, comemos.

Nos levantamos y subimos los escalones. Caminamos en silencio un rato. Miraba con la curiosidad de Gema, Irene.