lunes, 27 de junio de 2011

Del desprecio


Estoy pensando hacer una canción sobre el valor del desprecio en la sociedad: creo que no está suficientemente valorado como motor evolutivo: habrá que hacerle una canción, me dije ayer, cuando improvisaba unos acordes que podían quedar bien para una canción sobre el desprecio, y de paso ajustar cuentas: para mostrar su utilidad,  me decía. En eso estoy. No sé cuándo empezaré. 

Un capullo, compañero mío de piso, se ha operado la vista: era jodidamente miope desde pequeño: no podía mear sin gafas: ahora va sin ellas con su cara de miope y pienso que el mundo ha cambiado algo: que eso afecta incluso a mi concepción del mundo, pienso, estos días: lo imagino mirándose en el espejo, intentando reconocerse, mirando las calles, sus finales, ese cacho de cielo que parecen recortar, girando la cabeza  de un lado a otro, moviendo los ojos, observando como no lo ha hecho en su vida (aunque la vista creo que no es su problema): lo imagino así, en parte porque después de dos años llevando gafas, yo, que nunca fui miope, hasta entonces, que siempre tuve la mirada como mi principal entretenimiento, me puse lentillas hace un par de meses y es lo que yo hice, digo, yo, que no tuve tiempo ni de acostumbrarme a las gafas, que puedo estar perfectamente sin ellas: no creo que nadie  me recuerde, imagine, me represente con gafas, sentí un cambio importante, una especie de mejora que afectaba más al mundo que a mi mismo. Y ahora él, haciendo un mínimo cambio en su anatomía, por una cantidad de dinero y una tecnología apreciables, ambas, va y cambia el jodido mundo de los demás, disfrutando, probablemente, con ello, sintiéndose mejor, ridículamente mejor (razonablemente mejor, pero no estoy juzgando eso, no estoy juzgándole a él, a su interior, excepto en el paréntesis anterior).

Estos días ando algo mediocre y sin mucho talento ni exigencia.

martes, 21 de junio de 2011

Sobre la insolencia y el orgullo (otra prueba)

Cuando Alberto Olmos llegó a la estación y no vió a la amiga que lo había invitado a pasar el fin de semana en ese pueblo, decidió meterse en una librería (Fenicia, decía) que se veía desde la estación, en la calle de enfrente. Era más interesante de lo que esperaba y encontró un libro que le vendría bien para ese día, para sus intenciones. Fue a pagarlo. La dependienta, joven, cogió el libro para pasarlo por el lector; lo miraba con ojos inquisidores, como juzgando a Alberto por su elección. En la contraportada había una foto. Es usted el escritor, dijo, afirmando. Sí, es para dárselo a una amiga, un regalo, se me ha ocurrido al ver la librería. Estoy de visita aquí, por ella; acabo de llegar a la estación, dijo señalando, ilustrativamente, a la estación. Ah, dijo la dependienta. No esperaba que hubiese ninguno mío aquí, siguió. ¿Ha escrito usted varios?, le interrumpió, ella. Sí, algunos. Pagó el libro y se despidió. Me vuelvo a la estación a ver si ha llegado ya. Se sentó frente a la librería, desde donde veía la estación, y llamó a su amiga. Le dijo que esperara media hora, que le era imposible llegar antes. Se quedó allí. Disfrutaba imaginando la burla de la dependienta, que suponía mirándolo ahí sentado.

jueves, 16 de junio de 2011

Sobre el blog II

De Piglia: del informe Schultz: "Nos preocupamos del elogio y de los honores en la exacta medida en que no estamos seguros de lo que hemos hecho. Pero aquel que como nosotros está seguro, absolutamente seguro, de haber producido una obra de gran valor, no tiene por qué dar importancia a sus honores y se siente indiferente ante la gloria mundana"

 (Podemos cambiar "gran valor" por "de un valor dado")
 (Aunque vayan ustedes a saber qué cojones significa "valor" y, en realidad, cuál es la importancia que tiene).

sábado, 11 de junio de 2011

Diría

Ana Onraita y yo pensaba recordé estaban en un banco unos desconocidos hablando y parecía me hubiese gustado ser ellos con ella cuando los vi de lejos una escena envidiable pensé cuando me acerqué la conversación era vacía la escena también al final tuve que reconocerme cambiar mi opinión pero me hubiese gustado una tarde allí con Ana nos encargaríamos de no joder la escena de no tener la necesidad de creer en una escena quizás los desconocidos tendrían esa sensación no importa llegué a creer que era posible yo después de tres días al cuarto de no tener nada a haber algo cercanía bromas la casualidad que parecía jugar a mi favor la muy cabrona aunque el tiempo sólo esos cuatro días pero no era posible sólo podía ser imaginaba no había que pensar más que lo que había dejar de pensar en la trascendencia creemos en la trascendencia y no vale nada esa inútil cabrona sobrevalorada recurso común nada más que situaciones que se dieron ni hubo conversación sólo bromas cruzadas podría intuir inventar alguna posibilidad podría luchar empezar de cero casi pero me invento gestos absurdos limpiar el piso como si fuera a pasar la tarde aquí otra escena aunque no la haya visto aún y creyera

domingo, 5 de junio de 2011

Fui a la feria del libro: no encontré ningún escritor interesante: alguno que me gustase conocer: estaban todos vivos.
    (Excesivo, he empezado dos novelas de autores vivos esta semana - y, muy a mi pesar, ambos americanos. De Piglia y de Pitol. De Pitol apunto (como una ofensa...): "Le repugna la maledicencia. Esa especie de ejercicio permanente de defensa con que los mediocres, los frustrados y los cerdos tratan de encubrir la mentira que es su vida, su pobreza íntima.").
    (Pensé también empezar una de Pron).
   (Las dos novelas anteriores que tomé fueron del Roth malo y de Imre; la de Imre no pude acabarla, un fiasco).

miércoles, 1 de junio de 2011

Las rejas

¿Por qué se ríen las rejas?
¿De qué pretenden burlarse?
¿Qué nombres propios callan?
Sólo dan paso a lo insignificante,
pero ocultan algo.
Quieren engañarme.
Torcidas, oxidadas, inútiles desde hace tiempo,
heridas, rencorosas, me odian desde allí.
Desde la ventana lo veo, desde el salón.
Tengo tanto tiempo como ellas: no podrán engañarme continuamente.
Voy conociendo sus cartas.
Sabrán tanto como yo, pero sabré algo más:
cuando abra las ventanas,
cuando invite a la humedad 
y no muestre mis conocimientos sobre corrosión,
(que deseen ser de corten),
cuando me hable Lieve de otras horas, 
de nuevos tratamientos,
o invente otros ojos.

Las recuerdo aún cuando llegaron: 
cuando buscaban ayudar sin proteger
(nunca les pedí ese cometido).
Los primeros meses fueron bien: 
entre el ocio de la novedad y los propósitos de un jardín cuidado: 
horas de sol: botellas de agua: alguna comida familiar:
acudiendo a la fresca con una silla, música: la guitarra con sus rejas:
siempre borrachos de vida:
conversaciones que se repetían para ocultar el verdadero motivo de obsesión 
(no era necesario nombrarlo).

Las primeras lloviznas nos gustaron:
recuerdo las gotitas brillantes,
el polvo que parecía no existir y desaparecía,
los paraguas cerrados.

El viento y el frío nos distanciaron los meses siguientes.
Novedades que me requerían fuera:
historias inaplazables, el deber:
sonrisas: golpes y frustraciones: ambiciones:
búsquedas: encuentros (una tarde, Lieve):
tramas que ocupaban mi tiempo.
El sol ya no acudía tanto: los descansos,
las páginas se quedaron dentro,
comenzaron a aumentar el número de películas que pedían una interpretación:
y Lieve...

Aún supimos mantenernos, comprender.

Todo cambió con una hiedra (la planté en primavera) al final de un verano.
  
Tardé en darme cuenta:
regresaba allí las tardes nubladas en que Lieve parecía no conocerme:
intentando creer en otras realidades sin dolor:
en que esas tardes nubladas no tenían un significado negativo,
no lograba aprovechar el aire fresco de las tardes aún calientes:
el silencio de esas horas: la luz nublada. 
Removía mis gestos: mis palabras: las torpezas 
mostradas durante la semana: 
incapaz de salir de mi mismo me engañaba pensando que yo estaba allí.

Comencé a distinguir señales
al limpiar el suelo o al mirar las ventanas
que no supe valorar.

Un domingo con sol de invierno, 
después de una semana con Lieve:
día y noche juntos: conversaciones:
proyectos: divergencias: últimas noches juntos:
ya no nos veríamos: otros caminos,
escuché el primer ruido: la primera burla supe:
comprendí las señales, los intentos.

(Continué hablando con Lieve cada día).

Ahora sólo queda esperar:
buscar si es posible la victoria
o la derrota: 
luchar, mientras tanto: 
intentar descifrar la estrategia, el fin:
(aún no comprendo como hemos llegado hasta esto).