miércoles, 26 de agosto de 2015

Todo está bien



Todo está bien, Rubén, no te preocupes, me dice Gema (y a mí me suena otra vez como un abismo, aunque se esté burlando de mí, repitiendo otras palabras; y vuelvo a dudar de mi capacidad para entenderla, a ella, y acaso es eso por lo que me gusta, porque no la entiendo del todo y nunca deja de sorprenderme). Y en su rostro el gesto de enfado, infantil, teatral, que no se le va. Cuando era pequeña y me enfadaba estando en casa de mis abuelos, me contó una vez, solía subirme a un árbol y no me movía de allí hasta que se me pasaba. La imagino intentando subirse a un árbol por aquí y se me escapa una sonrisa. Estás un poco insoportable últimamente, me dice riendo ahora, y demasiado susceptible. No compliques tanto las cosas. Tenía que haberme liado con Mía y haber venido con ella en lugar de contigo, dice jugando con esa ambigüedad sexual que le ha dado este verano por inventarse. Mentimos mucho por aquí, sin desvariar.

Esta noche podemos ir al concierto ese gratuito de Rachmaninoff; murió el día de mi cumpleaños, como Chagall, le digo. Hubiera preferido algo de Shostakovich, ya que estoy con lo de Vollmann y eso; alguna sinfonía comunista, a ver si nos cura el daño espiritual del capitalismo y nos daña de otra manera, pero está bien Rachmaninoff y el concierto nº2 y las casualidades. Y además la pianista no es asiática, que no me gustan: soy incapaz de no pensar en máquinas cuando los escucho, a los asiáticos, en que cualquier cosa la tocarían siempre igual en cualquier momento; y yo incluso cambio la digitación de algunas piezas según me encuentre mientras toco. Lo que pasa es que envidias a todos los chinos que tocan mejor que tú, dice Gema, y tampoco confías en la mayoría de músicos que han pasado por el conservatorio, ni en la profesionalidad de lo artístico. A parte de que tu oído es una mierda y si no supieras que es asiático ni te enterabas. Estás lleno de prejuicios, me lanza Gema con una sonrisa.

Seguimos caminando y Gema comienza a sacar fotos. Yo no, yo miro, que es lo único que hago bien, o eso pensaba antes. Es temprano, aún queda todo el día. Pero no habla, está todo bien, no hace falta que hablemos ahora, no hacen falta más palabras.





viernes, 7 de agosto de 2015

Caída

.

Are you ok?, me dijo la corredora preocupada por mi caída contra el asfalto mojado por los operarios municipales. He caído bien, casi sobre la bici, y apenas tenía algún rasguño en la mano. No iba rápida, aunque ha sido al bajar la cuesta, por el Paseo; ni siquiera había frenado, sólo fue por haber mirado hacia atrás, a la corredora, que debía estar riéndose por dentro, o que se reiría más tarde cuando se acordara de mí. Se fue la rueda de atrás por el exceso de agua, por el gesto inconveniente de mirar hacia atrás, por seguir la costumbre de los últimos días. Me levanté de un salto, para que no se preocupara por mí el resto de voces que preguntaban si estaba bien. Luego llegó ella, la corredora, cuando ya estaba de pie, y me volvió a mirar con sus ojos azules y su pelo rubio, como en las otras ocasiones en las que nos habíamos cruzado, como probablemente miraba siempre a cualquier persona, siempre con sus ojos azules y su pelo rubio, y ahora, además, con una sonrisa, con un poco de preocupación. Don't worry, dije, keep running, y siguió corriendo. Yo arreglé un poco la bici, puse el sillín en su sitio, miré que lo demás estuviera bien y seguí adelante.

Luego paré, al final de V., para sentarme un rato en la orilla, limpiarme las manos y la herida esta de la pierna, me dice Gema señalando la herida, su pierna, lo morena que está, y descansar un poco. Me senté un rato sobre las piedras de la playa (y yo la imagino moviendo tercamente unas piedras contra otras, lanzando alguna al mar), en la que apenas había nadie, tan temprano, algún viejo bañándose y algunas sombrillas puestas. Cuando ya llevaba un cuarto de hora o así apareció la corredora y se sentó a mi lado. Me ha caído bien, como yo antes. Hemos quedado con ella esta tarde, dice Gema alegremente. Tú también, que te caerá bien también. Una persona que casi lo primero que me ha dicho es que corre para masturbarse menos, y que no le sonara raro, no me digas que no es como para querer conocerla. Espero no estar confundiendo amistad con amor, como te pasa a ti, y que no estuviera intentando ligar conmigo... con esos ojos azules no me costaría enamorarme de ella, dice Gema. Le he dicho que vendrías y ella se traerá a la amiga con la que ha venido de vacaciones. Luego hemos hablado un poco de generalidades, y si llegamos a tener dinero hubiéramos desayunado pero nos hemos ido cada una por su lado. Gema tiene la bici bajo los pies y yo pienso que la caída la notará mañana, aunque sólo sea una pequeña sensación.


martes, 4 de agosto de 2015

Río



Nos sentamos sobre unas piedras, bajo un árbol, y sacamos de las mochilas los bocadillos y las botellas de agua. Hacía tiempo que no venía por aquí, a ver el río Blanco y el río Verde juntándose amistosamente en Otívar City. Estamos otra vez al inicio, después de haber subido por el río, saltando o escalando por rocas, bañándonos en las pozas, viendo a algunos saltar desde más de diez metros de altura, y de haber bajado, saltando o resbalando por rocas, con más o menos elegancia, bañándonos en las pozas y saltando desde más de cinco metros a algunas de ellas. El agua estaba fría, perfecta contra el calor. Antes de irnos nos damos otro baño, le digo a Gema, se está muy bien dentro del agua. Gema me mira. En sus ojos verdes veo las pozas y acaso imagino que son lo mismo, aunque no le digo nada. Tiene el pelo, húmedo, recogido en una pequeña coleta. Está sin camiseta, con el bikini mojado puesto, aunque sí se ha puesto los vaqueros cortos, ajustados a sus piernas, y las zapatillas blancas, viejas, manchadas de tierra y barro.

Qué azul es el mar sin ti, digo mientras miro cómo unos niños se lanzan gritando dentro de las aguas cristalinas del río. Esa certeza de que las cosas, el mundo, lo bueno, lo bonito, lo malo también, van a seguir igual estemos o no peleados. Darse cuenta de eso, contra el dramatismo o el malestar innecesario. Hace frío sin ti, pero se vive, también vale eso. Mucho frío no tendrás ahora con tanta ola de calor, dice Gema riéndose de mí. La cosa es que notaría el mar más azul si no estuviera pensando en haberla cagado y en las posibles conversaciones que podríamos tener, en lo que voy a decirle cuando sea el momento adecuado o en qué quedará todo. Lo mucho que afecta a nuestra percepción lo que uno siente, a eso me refiero... Voy de una idea a otra según me encuentro, digo, aunque me divierto más con la primera. Hay demasiadas cosas...

Gema ya se ha acabado el bocadillo y se lleva la cámara para hacer fotos desde diferentes sitios mientras yo termino de comer. Con la bien que has estado todo el día, y ahora a darme el coñazo otra vez con tu amiga y la amistad y las canciones y no sé qué de la fenomenología, dice al levantarse con su sonrisa de niña mala. Un perro se me acerca y le toco la cabeza. Veo que Gema nos hace una foto, ya desde lejos. Luego se pone a hablar con lo que creo que son los dueños del perro, al que le he caído bien, como a la mayoría de perros, pues se mantiene junto a mí sin moverse, aunque no parece muy interesado en hablar. Finalmente me levanto también y el perro me acompaña a hablar con Gema y sus dueños. Hablaban del calor, probablemente habían estado hablando del río, de las aguas, de lo bonito del sitio, y comenzamos a hablar del perro cuando llego. Le he caído bien, digo. Al acabar la conversación, convenzo a Gema de darnos el último baño antes de irnos. Nos lanzamos juntos al agua.