martes, 27 de marzo de 2018

Hemos visto las mismas nubes mientras pensabas no seas así,
mientras decías no seas así, y dime,
no seas así y abre la boca,
deja las manos quietas, los papeles, las alusiones, las pantallas,
los mismos tonos,
y no soy yo la que habla,
eres tú el que te dices no seas así,
mientras crees que miras la mismas nubes,
no seas así, no repitas los fallos,
no desaparezcas antes de tiempo, te dices
con mi voz, con mis párpados burlones,
que te crees tú eso.

lunes, 12 de marzo de 2018

Argumento

...terminado...

La primera fue la gata, en una pausa ondulada, presumible, parada donde nadie hubiera imaginado, y lamiendo con la lengua afectuosa, áspera, la zarpa civil de Gema, que acariciaba su cabeza, las orejas marrones, las costillas ocultas por el denso pelo, el duro lomo, por si acaso fueran un homenaje los ojos amarillos que miran en la hierba peinada, un reconocimiento únicamente recibido de animales: son los que más saben apreciarme, dijo Gema, como los niños, las niñas, los que no tienen aún un estúpido sistema de valores con el que defenderse (y recuerdo la niña con parálisis cerebral acompañada de su padre que me dio la mano cuando caminábamos por la calle). Esperamos que pasaran hombres cavilosos, encogidos, que llegaban demasiado despacio, pisando la acera, interponiéndose, y sacamos la foto; ella, la gata, en el centro; Gema, la Gata, a su lado, imponiendo su afecto sin esfuerzo, sin mirarme, mirándola; yo desde el otro lado, y dije que escuchaba el ruido gatuno, y dijimos que era para dejar constancia, que estuvimos allí, mirad, en esta acera, con una gata probando su lengua en la deseada piel de Gema, y sin esfuerzo, y el mar detrás jugando con el aire frío del final del otoño. La llamaré S., dijo Gema cuando me acerqué, aunque no la volvamos a ver. Me miró con inteligencia la gata, sabiéndolo, aunque no dijo nada. Está en todas partes. Y prefería a Gema, claro, que empezó a darle golpecitos en la cabeza, y cerraba los ojos amarillos. Seguro que te ha mirado igual que ella, sin importarle, dijo Gema.

Luego se despidió y con una pasmada contracción felina siguió tranquila por la calle de Calafell en sentido contrario al que íbamos nosotros en busca de la botigue de Carlos Barral. Y ahora te toca a ti, dijiste, y esa fue la segunda que hicimos, esta vez Gema con la cámara y yo bajo las vigas de madera, en la puerta azul, imaginando el techo con vigas azules de una de las habitaciones.

Ya en el tren de vuelta de Cataluña, me enseña Gema la foto, riéndose de mi gesto, afectado por el sol. Nunca has sido muy inteligente con las adversidades, siempre con tu único argumento en mente, sin aprovecharlas, sin la agilidad necesaria, y luego a buscarle palabras a tu fracaso. Creo que te hace falta algo que te haga reaccionar, me dice, que te quite tu anquilosamiento, que te haga buscar más argumentos, los de verdad y no los que únicamente ves tu.

La tercera, unas horas más tarde, fue también la gata, sus tres colores acercándose al banco donde esperábamos que el día se despidiera con un juego de luces, algunas nubes, el cambio de ambiente, y confiada, segura de sí misma, saltó encima de Gema que, por una vez, y aprovechando lo cerca que estábamos los tres, decidió hacernos un selfie, en el que yo miro a la gata, mucho más cómodo sin la presencia abusiva del sol, la gata mira a Gema y Gema a la cámara. Gema se queda mirando la foto ahora, en el tren. Me gustan los ojos amarillos, dice.