jueves, 28 de noviembre de 2013
sábado, 9 de noviembre de 2013
martes, 22 de octubre de 2013
Porque esto de aquí, para él, es sólo ridículo,
como quien no está invitado a una fiesta
por una razón estúpida o un viaje inoportuno
y se pierde algún hecho importante.
Acaso, también, es lo común, lo repetido.
Ese de ahí, al que comprendes quieto como nunca,
no está menos quieto que otros,
esos que serán siempre mayoría.
Mira, algunos imaginan el llanto,
la alegría aparcada, las horas bajas,
y algo hay de eso,
pero hay más,
cada uno enfrentado a sí mismo,
a las situaciones que le tocó,
por no ser él,
procurando olvidar o buscar la blasfemia adecuada,
según preferencias, para este vacío.
Este negro compartido, estas señales
y palabras comunes,
tienen cada una un significado distinto.
Porque nosotros nos quedamos aquí
y no sabemos ir más allá
de nuestras envidias o nuestro orgullos;
lo que hemos vivido
es lo que único que nos queda
junto a ese futuro en el que tendremos que aprender a vivir
sin él.
Un momento de reflexión
o una oportunidad.
Pero, ante todo, no es trágico,
porque la tragedia es algo humano
y aquí debemos ir más allá,
por una vez.
Es quizá también su último poema,
porque poesía no es sólo lo que está escrito,
sino lo que puede provocar el poema
(aunque sea a veces imposible escribirlo).
Imagínalo en un rincón, apartado,
como tú y yo ahora,
probablemente también contigo,
con su boli en el bolsillo de la camisa
junto a un cuaderno pequeño,
mientras te habla, te cuenta,
como intento yo ahora,
de otras cosas,
sonriente y divertido.
Lamentaría no estar aquí,
perderse estas escenas.
La muerte del poeta.
Yo quería imitar a Carlos Barral, a alguno de sus poemas de Lecciones de cosas, los del nieto, pero me ha ido saliendo más cercano a Gil de Biedma para acabar pareciendo uno de Benedetti (imagino, no conozco demasiado los poemas del uruguayo).
martes, 24 de septiembre de 2013
Entrevista para un periódico común
De Lisboa Martín, versión no publicada, por cortesía de la entrevistadora
Considerado
como una de las más interesantes promesas de la literatura en español tras la
publicación de su primera novela, El gris
del cielo, Rubén Matías, evidentemente tímido (hasta que empieza la
entrevista, en la que olvida la timidez de las palabras, pero no de los gestos),
con un lenguaje corporal que recuerda al de un torpe actor el día de estreno en
su primera aparición en un escenario (no en vano, ésta es también la primera
entrevista que concede en su vida literaria), nos recibe en la casa de sus
padres donde pasa las vacaciones, en la tranquila y verde terraza por la que se
entra a la casa, con unas preciosas vistas del mar y de las lomas que terminan
en acantilados, con alguna atalaya antigua.
Luego os enseño el camaleón, dice mientras nos habla de algunas de las plantas
y árboles que rodean la casa, a Rigoberto, que vive en la hierba luisa de allí.
Después de
las presentaciones, nos sentamos y nos pide que las fotos las hagamos luego, después
de la entrevista (lo que hace, finalmente, con poco ánimo). Dice que no le
gusta hacerse fotos y le sugiere a Agustín, el fotógrafo, que haga algunas del
entorno, de la zona en la que vive, que podrían quedar bien en la entrevista, y
le da indicaciones de por donde podría ir. Parece orgullo lo que siente por el
lugar, pero, después de haber leído su primera novela y la mayoría de los
textos publicados en internet, creo que
lo hace para mostrar a un personaje. Intuyo también, en ese momento, que quiere
quedarse a solas conmigo, sin la incomodidad de un participante silenciado,
ocupado únicamente en observarle, y poder así engañarme más fácilmente.
Agustín está
conforme y cuando sale decido comenzar la entrevista con la pregunta que tenía
preparada, después de desechar otras que se me acababan de ocurrir tras esos
diez primeros minutos. Durante la entrevista, Rubén hará como que juega con mi
mirada, que disfruta mirándome a los ojos, aun cuando se pasará la mayor parte
del tiempo siendo incapaz de hacerlo, mirando hacia el suelo mientras se
aprieta el brazo izquierdo con la mano (gesto que repite constantemente). Sus
palabras a veces son fluidas y otras llegan casi como golpes. A veces parece
que intenta escribir mientras habla y otras que es apenas un niño tímido que
prefiere escuchar, mantenerse apartado y utilizar sólo monosílabos.
Rubén, hace ya
más de seis meses que tu novela irrumpió en el panorama literario, tras un
tiempo en el que pasó desapercibida después de la publicación, y sólo ahora has
decidido realizar tu primera entrevista. ¿A qué se debe esa tardanza?
Supongo que recuerdas la pequeña conversación que
tuvimos por teléfono. Te pregunté si eras tú la que mi ibas a hacer la entrevista…
Me gustó tu voz y quería ver de dónde salía esa voz. Es algo que siempre me ha
divertido. Las locutoras de radio, conocer su rostro después que su voz. De los
demás intentos, ninguno ha logrado interesarme. Ese es uno de los motivos. El
otro tiene que ver una entrevista que leí no hace mucho. O con una frase de
Thomas Bernhard: “Todo lo que estudiamos exactamente nos decepciona”. A mí
siempre me ha gustado agotar las cosas, conocerlo todo de algo (de un escritor,
leer sus entrevistas, de una persona, conocer todas sus aficiones, lo que
hace), aún a pesar de que, evidentemente, todos nuestros conocimientos serán
siempre parciales (incluso el de uno mismo), y el hecho de no mostrarme me
resultó, después de leer esa entrevista, como si evitara que me conocieran,
dejando sólo caer las mentiras de mis relatos, para que pudiera construirse una
imagen mítica de mí. La belleza del
misterio. Y no, yo no quiero que esas cosas importen. En realidad, lo que
piensen de mí no es problema mío, sino de ellos, de los que piensen en mí. Yo
ahí no tengo nada que ver. No mucho, al menos. Y las cosas que no quiero que
ensucien con sus pensamientos, las que no me apetece pensar en las suciedades
que puedan meterle, me las guardaré sin problema.
Eso decía Gema
en uno de tus textos, el de Recreo.
Sí, es cierto… Hay ciertas ideas que me gusta repetir
de vez en cuando.
¿Tus textos se
pueden considerar autobiográficos?
Hay una buena
parte real, si es a eso a lo que te refieres. Es un juego poco novedoso, lo han
hecho otros muchos escritores.
¿Y por qué lo
utilizas?
Por limitación, probablemente. Mi lenguaje, mis ideas,
mis conocimientos sólo soy capaz de llevarlos a una situación en la que haya
alguien como yo de por medio. Es decir, lo que me interesa escribir sólo cabe
en un marco como el mío. Podría utilizar a alguien llamado Gonzalo, que tiene
mi edad, pero es de otro sitio y no vive en Madrid y no estudió ingeniería,
pero por lo demás sería igual que yo, y le pondría una tía al lado como Gema.
No sé. Sólo cambiaría detalles sin importancia y eso no me interesa. Ahora
mismo es lo único que puedo escribir.
¿Es el lenguaje
lo que más te interesa a la hora de escribir?
Los textos están hechos de lenguaje, de palabras. No
es algo que pueda descuidar.
Pero te gusta
jugar con él, con sintaxis alambicadas, como dices en uno de tus textos, con
continuas repeticiones de esquemas sintácticos.
A veces me gusta parodiarme. Y exagero ciertos
detalles. Pero procuro que no enturbie al texto. En la novela creo que he
evitado esas exageraciones.
¿Surge del
lenguaje, entonces, tu primer impulso?
¿Mi primer impulso?
Lo que te lleva
a escribir un texto.
En general, no. Normalmente son situaciones aisladas
las que me salen de forma más exitosa. Es decir, todos los textos sobre Gema se
pueden describir de un modo similar: ella y yo en una habitación hablando, o
paseando por la calle, o cenando, o esperando en el metro. Esa situación es la
que me lleva a empezar los textos. Me gustan las situaciones. Creo que la vida
no es más que un puñado de situaciones... Y unos cuantos comentarios para cada
situación. Luego incrusto una conversación, un par de ideas que tenga por ahí
esperando, un sentido general para que esas ideas quepan bien, desde mi punto
de vista, claro.
¿Te interesan
las historias?
Me gustan las historias: leerlas y que me las
cuenten. A la hora de escribir, no me
divierte tanto imaginar una historia. Las historias tienen un componente
cerrado, de excluir cosas, de centrar la realidad en unos cuántos aspectos, que
además dan la impresión de que avanzan, aunque sea dando vueltas. Quedándome en
mis situaciones tengo la impresión de que excluyo menos cosas, porque en ese
momento no son necesarias.
Sin embargo,
aunque el argumento de la novela se pueda resumir en una frase (Rubén y Gema
caminan para encontrarse con Myriam en un bar), en realidad hay una trama, una
historia, insinuada poco a poco por Gema, que es la que da título a la novela.
La novela es sólo la conversación con Gema, con ese
esperado fin. El título de la novela no tiene por qué venir de esa pequeña
trama de la que hablas. Tiene más que ver con Bataille. (Lo dice jugando, con una pequeña sonrisa). Gema es algo más
narrativa que yo.
Utilizas mucho
el diálogo, aunque no lo diferencias de la prosa, ¿a qué se debe ese uso?
Creo que es la mejor forma de no ser muy riguroso, de
permitirme errores, imprecisiones. Son las palabras que un personaje dice de
forma casual. Nunca he visto a nadie que tenga una conversación perfecta. Me
permite expresar mis ideas de forma menos categórica, o ciertas imprecisiones
en la trama que cuenta Gema, pequeños olvidos, algo que en la prosa no me
permitiría, ya que para ésta tienes todo el tiempo del mundo para hacerlo
correctamente. Esa corrección no me interesa y en la prosa no me permitiría no
alcanzarla.
¿No buscas la
corrección en tus ideas?
No quiero que se vea como algo que escribo como si
fuera la verdad. Sólo son ocurrencias que tengo, algunas en las que sostengo mi
comportamiento, quizá, pero que no pretenden ser nada importante, ni una guía
para la gente. Yo no soy un escritor social, no escribo para la gente, ni para
entender el mundo (a veces escribo contra mis ideas, incluso; de hecho, los textos
de Gema del blog van casi todos contra mí, contra algunas de mis debilidades).
Yo escribo porque me apetece juntar palabras. Y juntarlas de ese modo me
resulta más placentero.
¿Por qué
publicabas tus textos en internet, entonces?
No los leía nadie.
¿Y la novela?
Esto no logré incrustarlo en ningún texto, pero lo
incrusto aquí. Un libro, unas palabras, no tienen que escribirse para ser
leídas, pueden serlo solamente para ser escritas. Yo escribí esa novela para
escribirla, no para que la leyeran, pero me divirtió la idea de publicarla. No
lo busqué. Una amiga me presentó a la que es mi editora y dejé que la publicara
a ver si pasaba algo; como el blog, ponía los textos por si ocurría algo a
causa de ellos (básicamente conocer a alguien). Recuerdo una discusión literaria
(algún lector tuve), bastante larga, más de treinta intervenciones entre los
dos, de un tema típico, en la que escribí algunos comentarios interesantes y
falsos.
Sí, la he
leído. Se nota que te divertía.
Sí. Sólo buscaba alguna cosa de esas de vez en cuando,
al publicar en el blog.
La novela es
casi una continuación del blog, sólo que con más consistencia y mucha más
profundidad. Hay algunas páginas de una belleza impresionante. Los personajes
principales son tres, Rubén, Gema y Myriam, tanto del blog como de la novela.
La verdad es
que el blog me sirvió como entrenamiento. Llevaba un tiempo en el que casi no
terminaba nada, y el hecho de ponerlo en el blog me daba un impulso, me hacía
escribir más. Cuando empecé la novela, me ocurrió de forma parecida: el hecho
de tener esa ilusión de ver terminada una novela, me llevó a escribir más y a cambiar un poco mis métodos para adaptar mis
desarrollos habituales a una obra de casi doscientas páginas. Elegí los mismos
personajes, por lo que ya he dicho. No tenía la necesidad de cambiarlos.
Gema y tú vais
a encontraros con Myriam en un bar. La novela cuenta básicamente el camino que
realizáis tú y Gema, hasta llegar al bar en el que no encontráis a Myriam. De
un modo similar a Maestros Antiguos, de Thomas Bernhard, al que supongo que
tienes como referente, la novela consiste en las ideas de Gema que tú como
oyente vas describiendo, pasando desde esa conversación durante el paseo a
otras conversaciones mantenidas con ella, y esa trama de la que ya hemos hablado.
Ya lo intenté en algún cuento, el de La mediocridad,
concretamente, pero creo que en la novela sí he conseguido que se pueda ver
como modelo, a pesar de que son sustancialmente distintas. El desarrollo de las
ideas de Gema, la implicación con el pequeño argumento de la obra.
¿Qué suponen
para ti Gema y Myriam? ¿Por qué te interesan las dos, tan distintas?
Bueno, Gema tiene una forma de sentirse dentro del
mundo, de recibir los acontecimientos, que es la que me gustaría tener a mí,
que es casi contraria a mí, pero que, sin embargo, tiene algunas ideas que,
considero, podría perfectamente pensar yo o, al menos, apropiármelas una vez
conocidas. Myriam pertenece a las ilusiones traicioneras. Una chica fantástica,
tiernamente femenina, adaptada a la sociedad, valiosa, mejor ingeniera que yo,
con un fondo personal y una identidad social con los que discrepo. El
personaje, el casi-yo, quiero decir. Supone el desconocimiento y la invención y
necesidad de evitar ese desconocimiento, y la imposibilidad de evitarlo.
Ese horizonte
al que alude la cita de Silvio Rodríguez con la que se abre el libro y que
aparece en el libro casi como uno de las principales preocupaciones del
personaje Rubén. Horizonte que no se refiere sólo a Myriam, sino a cualquier
conocimiento.
Sí, Lisboa. También supone, Myri, una pequeña crítica
social de detalles que creí acabados, de lo que Gema y Rubén suponen de ella en
la novela. Sobre todo en las burlas de Gema. Y también la estupidez del
comportamiento humano, en este caso debida al tal Rubén, claro.
En cierto modo,
insistes en lo que expresas en dos de tus mejores poemas, los de Intimidad y Despojada.
Sí.
Sin llegar
nunca a mostrar lo que criticas de Myriam, esos asuntos sociales…
Es cierto. Es lo de menos.
¿Y Rubén? ¿Qué
supone como personaje?
Un observador poco inteligente, que acumula memorias
sin procesarlas demasiado, aunque merezcan la pena.
En contra de
una tendencia habitual en la literatura de estos días, a ti te gusta mucho
nombrar, situar en lugares concretos, aunque su importancia no sea relevante
dentro del texto.
También es como una broma. Y me sirve para
despreocuparme, a veces, de ciertos aspectos. Con una palabra, Madrid, tengo un
ambiente que no me interesa describir pero que ayuda a la atmósfera del texto
(y a que cada lector se haga una idea algo diferente). Me gusta utilizar dobles
sentidos, siempre que me da la capacidad, claro. Incluso en las desamparadas
novelas de Beckett sus personajes tienen
nombre. Incluso en El innombrable aparecen Molloy y Malone. Y un sombrero, creo
recordar. Recuerdo que lo empecé a hacer, lo de nombrar, para dotar de más
realidad a mis textos, como un juego. Yo creo que depende de lo que te interese
hacer. No descarto que en la próxima novela no escriba ni un nombre.
¿Piensas en los
lectores?
Sí, para putearlos… La verdad es que yo pienso mucho,
tengo muchas ideas, ocurrencias, pero sólo algunas llevan a resultados
terminados literariamente. No sabría decir si esto es arbitrario. Por lo que se
puede decir que escribo lo que puedo. A veces pensando en los lectores y a
veces no, depende del texto. Pero nunca con la intención de agradarlos.
¿Qué autores
nombrarías entre tus influencias?
Onetti, Bernhard, Carlos Barral, Silvio, mi padre,
Valente...
¿Para cuándo tú
próximo libro?
No lo sé.
domingo, 23 de junio de 2013
.
...el parque del Retiro una tarde de Mayo, una guitarra, un amigo y una cámara de fotos: acompañando a un negro que pasaba por allí con la guitarra, a su voz: improvisación, espontaneidad: risas y una foto fuera de poses, hipocresía, o futuro: presente, la foto, se detuvo el tiempo, ese presente sin más pretensiones que ser: se paró el reloj: cortó un presente que continuaba ajeno a ese juego del tiempo y las ondas... No sé si exagero... No importa... Carece de importancia...
Mi primer compañero de piso, aquí en Madrid, del primer año que estuve en Madrid, el de la guitarra. Guardé esa foto junto a ese texto, algo juvenil y con muchas ganas de vivir, el texto, en mi correo. La foto es muy buena, de un amigo suyo. No recuerdo si me contó algo de él: si se dedicaba a la fotografía o qué sé yo... (quizá lo tengo apuntado en algún sitio, pero no voy a comprobarlo). El negro apareció por allí y se sentó con ellos y cantaron. Con él, el de la guitarra, pasé bastantes horas tocando la guitarra, en el piso. Quizás las mejores improvisaciones que he hecho nunca. Con el que aprendí a improvisar de verdad. No era muy buen guitarrista, pero tenía mejor intuición musical que yo (que tengo muy buena técnica con la guitarra pero musicalmente soy bastante mediocre) y me resultaba muy fácil tocar con él. Se puede decir que tenemos unas cuantas canciones propias (de las cinco grabaciones que guardo, tres son de acordes suyos y las otras versiones): una sobre todo nos quedó muy bien: la grabamos casi sin haberla tocado antes, incluso una de la secuencias de acordes fue totalmente improvisada.
El caso es que escuchando a Zahara estos días me he acordado de un mensaje que ella le envió a mi compañero como respuesta a un mensaje de él y que él me reenvió a mi correo (el de Zahara). Una respuesta interesante la de Zahara, a la que conoció por unas canciones suyas que yo tenía en mi mp3 (de su disco Día 913).
Al buscar el correo también encontré la foto.
Mi primer compañero de piso, aquí en Madrid, del primer año que estuve en Madrid, el de la guitarra. Guardé esa foto junto a ese texto, algo juvenil y con muchas ganas de vivir, el texto, en mi correo. La foto es muy buena, de un amigo suyo. No recuerdo si me contó algo de él: si se dedicaba a la fotografía o qué sé yo... (quizá lo tengo apuntado en algún sitio, pero no voy a comprobarlo). El negro apareció por allí y se sentó con ellos y cantaron. Con él, el de la guitarra, pasé bastantes horas tocando la guitarra, en el piso. Quizás las mejores improvisaciones que he hecho nunca. Con el que aprendí a improvisar de verdad. No era muy buen guitarrista, pero tenía mejor intuición musical que yo (que tengo muy buena técnica con la guitarra pero musicalmente soy bastante mediocre) y me resultaba muy fácil tocar con él. Se puede decir que tenemos unas cuantas canciones propias (de las cinco grabaciones que guardo, tres son de acordes suyos y las otras versiones): una sobre todo nos quedó muy bien: la grabamos casi sin haberla tocado antes, incluso una de la secuencias de acordes fue totalmente improvisada.
El caso es que escuchando a Zahara estos días me he acordado de un mensaje que ella le envió a mi compañero como respuesta a un mensaje de él y que él me reenvió a mi correo (el de Zahara). Una respuesta interesante la de Zahara, a la que conoció por unas canciones suyas que yo tenía en mi mp3 (de su disco Día 913).
Al buscar el correo también encontré la foto.
martes, 18 de junio de 2013
jueves, 13 de junio de 2013
Bolero?
Me regalarás mi piel con tus dedos
un nuevo pasado donde no duela tu ausencia
doscientos arañazos de animal doméstico
y esa voz que había olvidado
Yo ya no supe
que ayer
tuve que crecer
para encontrarme contigo
a veces doy la vuelta
y después
al volver
me olvido
Sólo será un momento
dirás agradecida
tendré que oír
lo que dije
y saber que te quise
sin tiempo
Y ahora
ambos tenemos
lo que quisimos
sin dolernos
el delirio
Verás
lo que veré
y perderás
por fin
el frío.
Y eso será todo hasta el comienzo
cuando ya nada termine
y las caricias no sean miedos
tan sólo lo sublime.
un nuevo pasado donde no duela tu ausencia
doscientos arañazos de animal doméstico
y esa voz que había olvidado
Yo ya no supe
que ayer
tuve que crecer
para encontrarme contigo
a veces doy la vuelta
y después
al volver
me olvido
Sólo será un momento
dirás agradecida
tendré que oír
lo que dije
y saber que te quise
sin tiempo
Y ahora
ambos tenemos
lo que quisimos
sin dolernos
el delirio
Verás
lo que veré
y perderás
por fin
el frío.
Y eso será todo hasta el comienzo
cuando ya nada termine
y las caricias no sean miedos
tan sólo lo sublime.
sábado, 8 de junio de 2013
Roma
A Inés, por si un día lee esto
(Casi terminado, creo)
Otra vez sus piernas cruzadas, su pantalón verde, sus ojos, las palabras que luego no dejaré de repetirme. Habla de Roma, del río Tíber, cruzaba un puente y decidió pararse a mirar el agua, que bajaba turbulenta, con un tono algo gris; moviendo demasiado los brazos, acompasando las palabras con la sonrisa, describe la situación, el ruido desordenado de coches, algunas plantas, el muro, un barco y un viejo en bici que pedaleaba torpemente. De pequeña, dice, me encantaba crear cauces para el agua. Escavaba en la tierra y luego con un cubo echaba agua en algún punto de mi circuito... de mis canales, casi siempre bastante enrevesados y con muchas bifurcaciones e intersecciones. A veces los adornaba con hojas secas, con hierbas arrancadas... O echaba en el agua un barquito o un tapón de botella, dice. Yo nunca supe hacer barquitos de papel o de esos que hacía mi padre con cañaveras, le digo. Mueve la lata de cerveza vacía sentada sobre el cemento que cubre lo que alguna vez fue una piscina (Bea le explicó la razón de que llamásemos así a esa explanada de cemento), junto a un edificio con pared blanca y sin ventanas en sus dos primeras plantas (entre Isa y Alberto le explicaron la razón). Este de aquí es el laboratorio de fluidos, le dije. Estamos solos. Se fueron después de más de media hora, de una cerveza cada uno. Gema estuvo simpática y habladora. No le importó ser el centro de la conversación en bastantes ocasiones. Lo de los grifos y la vaca nunca me lo habías contado, le dije cuando se fueron. No le dije que no me extraña, que confirma la impresión que tuve de ella la primera vez que la vi, que estuvimos juntos. Bueno, dijiste, se llamaba Mariela. No recuerdo muy bien por qué pedí una vaca aquel año. Sonrieron. Hicieron comentarios. Una vaca. Y luego contaste que con tres años pediste un grifo (y que te trajeron muchos grifos) y que al año siguiente de pedir la vaca, a Mariela, pediste un delfín, que no te trajeron, y que entonces dejaste ya de creer en eso, Gema, en pedir regalos. Hablaste de tu hermana, de Irene, que pedía cosas normales, dijiste, mientras las risas y los comentarios fáciles seguían centrados en ti. Y ahora habla, hablas, Gema, mientras te escucho, te miro sentado en el banco, de su viaje a Roma, del río turbulento que te ha recordado tus juegos infantiles, ya presentes en la conversación con ellos (presentes siempre en mis ganas de conocerte). Mientras descansabas allí, apoyados los brazos contra la piedra del muro, con tu cámara de fotos buscando las dovelas del siguiente puente del río (miraba el agua alejarse, dices), se te acercó una mujer de unos cuarenta años con aspecto de paseante accidental, dices, de quien escapa un momento de una situación sólo por descansar, y te dijo algo en italiano sobre la foto que estabas haciendo, Una bonita vista para hacer una foto, quisiste entender, aunque dijiste que no hablabas italiano y no entendías, por lo que ella comenzó a hablarte en inglés, un bonito inglés con su acento italiano y una extraña elegancia a la hora de pronunciar y de realizar los fraseos, como comprobaste después en la conversación que mantuvisteis. Me recordaba a tu idolatrada Naomi Watts con el pelo teñido, dices ahora. Se puso junto a mi, también apoyada en el puente, y estuvimos así mientras hablamos, las dos mirando al frente, al agua o al puente al que intentaba fotografiar, mirándonos sólo de vez en cuando. Me hubiera gustado estar en silencio, como dos amigas que ya no necesitan decirse nada, al menos por un momento, pero ella tenía ganas de hablar y, no sé por qué, pensó que yo le valdría para ello, o quizá no tuvo necesidad de pensarlo y simplemente comenzó a hacerlo. Tampoco sé muy bien por qué sentí esa confianza por ella desde el principio... Se me ocurre ahora que quería estar allí en el puente, mirando el Tíber, como si no existiese nadie, y que yo estaba justo cerca de donde ella quería estar y la única forma de librarse de mí, de mi presencia, era hablar conmigo. Me contó que su hijo se había suicidado en ese puente, lanzándose contra ese río, Mi hijo se lanzó aquí contra ese río hace algo más de un año, dijo, aunque hacía sólo unos meses que supo que había sido justo desde allí, desde ese puente. Entre las cosas que había dejado su hijo, que vivía solo en un pequeño apartamento en Roma, encontraron un cuaderno en el que anotaba frases que leía o escuchaba junto con el nombre (o lo que supiera: chica de pelo rizado y preciosos labios, dices riéndote) de quien las dijo o escribió y del sitio donde las leía o escuchaba. La primera era de un cuento de Tabucchi, del que tomó la idea de llevar el cuaderno. En las últimas páginas escritas, todas las frases las oía en este puente. Dijo que no eran muchas y que estaban espaciadas por semanas o meses, pero era como si durante los últimos meses sólo le interesase lo que ocurría allí. El niño tenía 23 años y trabajaba de camarero desde que terminó la universidad. Tuvo una infancia feliz, dijo, en Ancona, donde vivíamos entonces. Una de las frases que tenía apuntada, en las primeras páginas del cuaderno, era de Sciascia, del Todo Modo, en la que decía de un personaje algo así como que era triste como todas las personas que habían sido felices en su infancia... o con la tristeza propia de quien había sido feliz en la infancia. No sé exactamente. Ella, la italiana, sí la dijo de forma exacta, la frase, estoy segura. Pero ella no lo consideraba un chico triste. Ya no era como de pequeño, tan propenso a las risas, dijo, pero seguía teniendo una especie de optimismo apagado, desabrido, sin entusiasmo, en el que siempre consideraba lo bueno de todo, las posibilidades más favorables como las más probables. Por lo que la italiana, me dijo, no comprendía. Continuamente revisaba el cuaderno, pero no encontraba nada que le mostrara alguna razón. Las frases eran variadas, sobre todo tipo de cosas, algunas incluso intrascendentes, casi sin significado, me dijo. Quizá lo voy conociendo mejor, dijo, pero no me ayuda a comprender. Tampoco de sus amigos o conocidos pudo saber nada. Hacía unas semanas decidió acercarse allí por primera vez y desde entonces, de vez en cuando, cuando tenía algo de tiempo, parece que trabajaba por allí cerca, se acercaba al puente a escuchar. Quizá le molestó que yo estuviese allí en silencio, dices ahora. Te quedas callada un momento, Gema, dejando que te mire los ojos como si yo no estuviera allí. A mi me dio la impresión de que se echaba la culpa. Como si hubiera podido hacer algo y todo eso, aunque a la mujer se la veía bien, a pesar de su insistencia por comprender y ese sentimiento de culpa o de empezar a hablar con una desconocida con total naturalidad. Parecía haberlo asumido ya, lo del suicidio. No me la imagino necesitando psicólogos o lo que yo pudiera decirle ni tampoco haciendo alguna locura... con lo que hacía le bastaba. Parecía haber seguido con su vida con normalidad... El gris del cemento se extiende a la luz, mientras se van yendo las últimas personas. Te levantas y estiras las piernas. No se está mal aquí, aunque no sea especialmente bonita, tu escuela. Después hablamos de Roma, dices, me hizo algunas preguntas y volvimos a hablar de fotografía, también. La verdad es que era una mujer muy agradable. Llevas la lata de cerveza vacía a un contenedor y regresas para cogerme de las manos y levantarme. Me lo he pasado bien hoy. Me han caído bien tus compañeros, sobre todo Inés, dices, aunque ha sido una pena que no se quedase Myriam, me hubiera gustado verla.
Sólo el río, hoy. Apuntó.
"No nos libramos de una cosa evitándola, sino tan sólo pasando por ella"
"Señal segura de amor es desear conocer, revivir, la infancia del otro"
Pavese
"Cada mañana hay que volver a vérselas con la vergüenza de ser uno mismo"
Jerome
jueves, 30 de mayo de 2013
sábado, 18 de mayo de 2013
Un amigo en la ciudad, J. Aparicio Belmonte
Novela en la que el autor, J. Aparicio Belmonte, en un intento de asomarse desde los espacios de Hilbert, quizá verticalmente, a lo que podría considerarse la desgana actual, la realidad inalcanzable, consumió con maestría la tinta dibujando poderosos esquemas en alguna pared blanca de un cuarto oscuro vigilado por un ciego, antes, para devolvernos, ahora, con el estupor habitual de sus inadaptados personajes masculinos, en una prosa natural y elegante, y sacando partido de aquellos esquemas que estoy seguro sólo es capaz de ver y conocer el ciego, ni siquiera el autor, con alguna muerte cuyas causas no resulta necesario aclarar y los nombres de algunas calles de Madrid que no me importaría recorrer de otra manera, aunque esto es un asunto personal, y más de una sonrisa parecida a una mueca, algunas cuestiones interesantes. Excelente final, hacia la mitad del libro, en el que Andrés se adentra en la Pensión Eumeo, donde flota una atmósfera de quietud y un gato proteico y útil, para enfrentarse a un posadero de pocas palabras pero incisivas reflexiones. Libro, en definitiva, muy recomendable. (*****)
sábado, 13 de abril de 2013
El gris del cielo
La última vez fue un saludo inesperado
bordeado en unos labios.
A veces creo que se escapa de mí,
que no me considera a la altura,
desaparece poco antes de que llegue.
Le gusta jugar,
no acudir a los sitios donde antes la encontraba.
Esos mismos labios, los de entonces, no volvieron a mostrarla.
Últimamente se esconde detrás de Myriam, intuyo,
utiliza sus manos para tocarlo todo, creo,
con sus ojos, los de Myriam, sigue cada uno de mis torpes pasos,
me lanza mensajes crípticos en las palabra que no me dirige.
El otro día, por ejemplo, en una conversación
(Myriam hablaba con simpatía
y yo pensaba en sus razones para hacerlo),
estuvo a punto de acercarse:
la vi dándose la vuelta,
quizá decepcionada,
quizá aún jugando,
aumentando la exigencia,
la belleza.
Pero no sólo allí, en Myriam,
también en horas de sol, en paseos rodeados de aire,
en uno o dos aciertos inesperados,
en aquellas doce palabras o en acordes
repetidos tantas veces,
se asoma
enigmática agazapada
con su sonrisa de burla
sin llegar a mí.
Era el tercer perro que me sonreía
mientras los edificios seguían recortando el cielo.
Otra mirada amarilla.
Eso fue todo.
Hace demasiado tiempo desde aquella vez.
bordeado en unos labios.
A veces creo que se escapa de mí,
que no me considera a la altura,
desaparece poco antes de que llegue.
Le gusta jugar,
no acudir a los sitios donde antes la encontraba.
Esos mismos labios, los de entonces, no volvieron a mostrarla.
Últimamente se esconde detrás de Myriam, intuyo,
utiliza sus manos para tocarlo todo, creo,
con sus ojos, los de Myriam, sigue cada uno de mis torpes pasos,
me lanza mensajes crípticos en las palabra que no me dirige.
El otro día, por ejemplo, en una conversación
(Myriam hablaba con simpatía
y yo pensaba en sus razones para hacerlo),
estuvo a punto de acercarse:
la vi dándose la vuelta,
quizá decepcionada,
quizá aún jugando,
aumentando la exigencia,
la belleza.
Pero no sólo allí, en Myriam,
también en horas de sol, en paseos rodeados de aire,
en uno o dos aciertos inesperados,
en aquellas doce palabras o en acordes
repetidos tantas veces,
se asoma
enigmática agazapada
con su sonrisa de burla
sin llegar a mí.
Era el tercer perro que me sonreía
mientras los edificios seguían recortando el cielo.
Otra mirada amarilla.
Eso fue todo.
Hace demasiado tiempo desde aquella vez.
miércoles, 3 de abril de 2013
Ocaso
Se sentó junto a mi, en el suelo, con las piernas cruzadas, los pantalones negros, dejando su carpeta, su bolso y un vaso de café junto a ella, mientras se lamentaba por el café derramado sobre su mano, con su perfecta sonrisa, y se limpiaba, la mano, con los labios. Aún asustado por la falta de indecisión con la que decidió sentarse a mi lado al verme allí esperando a que abrieran la puerta, le ofrecí un pañuelo. Y hablamos. Ella con una simpatía natural. De la nota de un examen, de lo que haríamos en las vacaciones, le hablé de Almuñécar (no recordó que ya le conté una vez de dónde soy), me contó que ella había aprovechado el puente anterior para un viaje, del examen de turbinas. No recuerdo haberla mirado directamente en ningún momento. Estaba, Gema, sentada en mi cama, la espalda apoyada contra la pared, con el libro de Mark Oliver Everett en las manos, que cogió nada más entrar en mi habitación. Le estaba poniendo canciones de Eels, a Gema. No sé cómo me ha costado tanto acercarme a sus canciones, apenas le hice caso a algunas de Hombre Lobo, hace años, dije. Y eso que me gustaban bastante y las escucho de vez en cuando. Si no me hubiera comprado su libro, que siempre me negué a leer a pesar de las muchas recomendaciones positivas con las que me he ido encontrando, al ver la edición en inglés en una librería, no le habría dado otra oportunidad. Iba saltando por la discografía de Eels, buscando las canciones que podrían gustarle a Gema, que escuchaba y abría a veces el libro. Aunque siempre he considerado un error, una estupidez, la necesidad de reconocerse en la obra de los artistas que nos gustan (una obra no es buena sólo porque refleje nuestro estado de ánimo, dije, porque nos sintamos identificados con ella), me apropiaría de la mitad de las canciones de Hombre Lobo, ahora mismo. Ya sabes, le dije mientras ponía All the beautiful things. Le conté lo del otro día, los cinco minutos, la extrañeza, la prueba de su indiferencia, de no atreverme a mirarla a los ojos. Ni a sus envidiables labios, supongo, dijo Gema. Nos quedamos callados escuchando una de las canciones, Things the grandchildren should know. En el libro hay varias ideas, dije mientras elegía otra, que son de esas ideas que suelo escribir, que considero entre mis ideas interesantes, las tres o cuatro al año que consigo pensar; quiero decir, iguales a las que yo tengo, como aquella que puse en el texto de la playa en la conversación que me inventé con la publicista. Una más y me voy, dijo Gema. He quedado con Alba, me explicó. Se acercó al borde de la cama, se puso las botas mientras escuchábamos la canción y, al acabar, se levantó. Ya nos vemos mañana, dijo. Se llevó el libro, Gema.
viernes, 22 de marzo de 2013
You've got nothing to lose
....la primera canción, un soneto de Gerardo Diego, siempre me recuerda a Myriam, por algo que estoy seguro que ella, Myriam, no recuerda; la segunda es de un poema de enrique Lihn; la habitación no es mía...
(Ya hablé antes, por ahí, de estas dos canciones)
...y una que merezca la pena:
lunes, 18 de marzo de 2013
La conferencia
...quería haber escrito una historia que contara cómo se puede llegar a algo real e importante a parir de una mentira o una falsedad de otra persona, que reflejara la idea que expone este textito de aquí apenas en una frase y con mis alambicadas maneras, pero mi torpeza a la hora de enfrentar la narración de historias con desarrollo (mi maldito egipticismo, como insiste siempre Gema) me lo ha impedido. Se queda en esto, pues. De momento...
El otro día fui con Blanca a una conferencia a la que nos sugirió ir el de Motores, con la promesa de un pequeño aumento de la nota final, le dije cuando me preguntó si había hecho algo interesante esa semana. Me preguntó por Blanca, Gema. La conferencia fue una mierda, dije, parecía más para clientes que para ingenieros; apenas nos informó, el tío, un antiguo alumno de la escuela, de cómo podría desarrollarse nuestra actividad profesional si nos metíamos en una empresa como la suya, y eso fue lo más interesante. Y un poco de cómo estaba el mercado, de acuerdos entre empresas para desarrollar un producto, esas cosas. Lo demás fue hablarnos de su empresa, ponernos vídeos. Poco más. Publicidad. Muy interesante tu semana, entonces, dijo Gema. Sí. Yo intenté mantener la atención, escuchar a ver si decía algo que valiese la pena, si soltaba en alguna ocasión alguna idea, alguna información... Blanca sí parecía más atenta, aunque de vez en cuando sacaba el móvil. También se veía a otros mostrando interés. Hay veces que de una estupidez puede salir algo verdadero. El otro día vi una peli, dijo, sobre un matemático al que se le ocurrió su brillante teoría matemática con la aparición de una rubia en un bar y el comentario de uno de sus amigos sobre una teoría que consideró falsa. O, a veces, cuando lees lo que inspiró a algunos artistas para hacer una canción impresionante y entiendes que no es más que una estupidez, que es incluso falso, una razón a medias, una mala aproximación a una realidad, y sin embargo la canción es genial y encuentras en ella todo. Todo se puede aprovechar, dijo. Ya, dije, yo aproveché para conocer algo más a Blanca. Es una chica cojonuda. No sé por qué no nos llevamos bien antes. El viernes fui al cine con ella, a ver una de esas que se llevó un óscar. No estaba mal. Aunque no comprendo la razón de su óscar principal, dije. Gema estaba de acuerdo. Luego hablamos un poco de su trabajo, de cuándo vendría a Madrid, de su encantadora hermana, hasta que se hartó del teléfono (no se oía bien) y decidió colgar, Gema.
El otro día fui con Blanca a una conferencia a la que nos sugirió ir el de Motores, con la promesa de un pequeño aumento de la nota final, le dije cuando me preguntó si había hecho algo interesante esa semana. Me preguntó por Blanca, Gema. La conferencia fue una mierda, dije, parecía más para clientes que para ingenieros; apenas nos informó, el tío, un antiguo alumno de la escuela, de cómo podría desarrollarse nuestra actividad profesional si nos metíamos en una empresa como la suya, y eso fue lo más interesante. Y un poco de cómo estaba el mercado, de acuerdos entre empresas para desarrollar un producto, esas cosas. Lo demás fue hablarnos de su empresa, ponernos vídeos. Poco más. Publicidad. Muy interesante tu semana, entonces, dijo Gema. Sí. Yo intenté mantener la atención, escuchar a ver si decía algo que valiese la pena, si soltaba en alguna ocasión alguna idea, alguna información... Blanca sí parecía más atenta, aunque de vez en cuando sacaba el móvil. También se veía a otros mostrando interés. Hay veces que de una estupidez puede salir algo verdadero. El otro día vi una peli, dijo, sobre un matemático al que se le ocurrió su brillante teoría matemática con la aparición de una rubia en un bar y el comentario de uno de sus amigos sobre una teoría que consideró falsa. O, a veces, cuando lees lo que inspiró a algunos artistas para hacer una canción impresionante y entiendes que no es más que una estupidez, que es incluso falso, una razón a medias, una mala aproximación a una realidad, y sin embargo la canción es genial y encuentras en ella todo. Todo se puede aprovechar, dijo. Ya, dije, yo aproveché para conocer algo más a Blanca. Es una chica cojonuda. No sé por qué no nos llevamos bien antes. El viernes fui al cine con ella, a ver una de esas que se llevó un óscar. No estaba mal. Aunque no comprendo la razón de su óscar principal, dije. Gema estaba de acuerdo. Luego hablamos un poco de su trabajo, de cuándo vendría a Madrid, de su encantadora hermana, hasta que se hartó del teléfono (no se oía bien) y decidió colgar, Gema.
martes, 5 de marzo de 2013
La escalera
Se
parece a mí, pero no creo que me reconozcas en ella, me contó Gema.
Es como si se nos pudiese describir con las mismas características
pero fuésemos de familias diferentes. Delgadas, blancas, ojos
verdes, pelo castaño. Ya sabes. Tetas pequeñas, escribió. La misma
nariz. Imaginé a Gema sonriendo, entonces. Será sólo una semana,
diez días. Para un curso de cinco días, y para ver Madrid, que
nunca la ha visitado a fondo, el resto. Y allí estaba ella, con ese extraño parecido que no me recordaba a Gema, que no deformaba la imagen de Gema, en medio de un Madrid luminoso e incluso limpio, con una mochila y la funda de la cámara colgada del cuello, siendo observada por mi implacable simpatía. Sacó, Irene, la cámara de
la funda y empezó a hacer fotos de la plaza, a los edificios,
aunque, pensé por los ángulos que creía que tomaba, ya que estaba
de espaldas mientras yo descansaba sentado en un escalón, buscaba
siempre, en realidad, a alguna de las personas que pasaban por allí,
la mayoría turistas, casi como nosotros, pensé al recordar las
pocas veces que había estado por allí, con sus cámaras al cuello,
sus mochilas y sus botellas de agua. Después de agotar la plaza,
regresó junto a mí y se sentó en la escalera. Hace un día
perfecto para estar en la calle, dijo. Me alegro de que decidieras
venir al final. Guardó la cámara y bebió un poco de agua de una
botella que llevaba en la mochila. Se está bien aquí sentada, dijo.
Nos acompañaba el sol sin molestar. Están muy bien hechos estos
escalones, dije. Me miró Irene sonriendo mientras sacaba de nuevo la cámara de la funda, que encendió para enseñarme algunas de las fotos. Siempre me ha gustado lo antiguo, dijo, conocerlo, verlo. Incluso muchas veces me gusta imaginar cómo sería haber vivido en otra época. Es muy común, mi hermana, escribió Gema, recordé, muy agradable, simpática, inteligente, pero poco original. Cuando se pone pensativa, sólo expresa ideas gastadas, me avisó. Su conversación toma también los cauces habituales de tantas conversaciones, aunque es bastante interesante escucharla. Más humana, pensé. Menos preocupada por los demás, por demostrarse que es diferente, menos teatral que Gema. ¿A ti en qué época te hubiera gustado vivir? Había pensado en ello alguna vez, yo; de pequeño con el mismo enfoque, en conversaciones infantiles, pero también de mayor, acercándome desde otras ideas, desde otras necesidades. Me hubiera gustado nacer el mismo año que mi padre, dije, haber crecido sin tecnologías, casi sin coches, en un país pobre, aún dependiente del campo. Me sentía torpe hablando. Y luego haber visto los cambios que vio mi padre, haber tenido justo quince años entonces, veinte años después, la universidad, los treinta también, e incluso los cuarenta. Aunque, la verdad, al menos me alegro de haber crecido sin ordenadores ni móviles. Joder, pensé, si hasta me acuerdo de cuando pusieron la primera escalera mecánica en mi pueblo. Irene comenzó a hablar de épocas en las que los descubrimientos, probablemente porque son los que nos cuentan de pequeños, dije, eran más apasionantes. Le gustaban las palabras, a Irene. Las pronunciaba con placer, con su boca, con los mismos labios aparentemente finos de Gema, pensaba. Deberíamos seguir, dijo al terminar. Y cuando veamos algún sitio que nos apetezca, comemos.
Nos levantamos y subimos los escalones. Caminamos en silencio un rato. Miraba con la curiosidad de Gema, Irene.
Nos levantamos y subimos los escalones. Caminamos en silencio un rato. Miraba con la curiosidad de Gema, Irene.
jueves, 28 de febrero de 2013
Despojada
Hoy
despojado de lucidez
agotado sobre el mapa exhausto de la cama
aún no sé si vale
si esto
los ojos demasiados abiertos
la imagen permanente
su figura agotada
los torpes intentos de acercarme al horizonte
puede nombrarse con una sonrisa o un beso
con una caricia que no hiera o una sola palabra
si la busco despojada
sin los lazos que la formaron
enfrentada a una intemperie de intimidad compartida
donde no está lo demás
y sólo queda ella
o si es la única forma
la más cierta
o una más
Ayer
de nuevo
la herida iluminada con nuevas sombras habituales
la lluvia se mantenía a salvo
en sitios distintos
y su sonrisa no palidecía
abierta
por otros caminos
en los que yo sólo veía muros
no dije nada otra vez
y ella aún era la del día anterior
domingo, 17 de febrero de 2013
Fabulación
...no estaría mal recibir un par de críticas negativas...
A la mañana siguiente
A la mañana siguiente
rememorando la noche anterior
con los cuerpos aún dolidos
de no despertar juntos
o de dormir en el sofá,
de no llegar a verte desnuda
y saberte así,
desnuda,
al menos una vez al día,
si no, acaso, siempre.
Anécdotas insignificantes que recuerdas,
que me cuentas esta extraña mañana
en que dormiste tan cerca,
la torpe búsqueda de una calle,
cuando se te cayó la copa
al resbalar
(toqué tus manos al fin),
aquel chico de mirada viscosa
que no se atrevió a hablar.
Bailamos una vez,
hablamos un poco,
nos ocupamos de los demás.
Y esto, tan extraño,
que estés aquí,
vestida con una camiseta y un pantalón mío,
cruzada de piernas
con la timidez de tus pies tapados,
el desorden de una mañana tardía
hablando para mí, festiva,
animada,
ocurre cada día.
jueves, 14 de febrero de 2013
viernes, 18 de enero de 2013
Las voces
...deslavazado, quizá...
No hay nada tan ridículo como tener una idea, dijo Gema, que jugaba con la sombra de un pájaro, a la que intentaba capturar con la sombra de su mano y una encantadora insistencia propia del fracaso, cuando intenté explicarle una idea que llevaba varias semanas depurando al hacerme ella una pregunta sobre Myriam, esta vez simplemente física, a la que yo relacionaba, de forma algo inconexa, con esa idea. Llevábamos más de un ahora andando y nos sentamos en un banco entre dos árboles grises para descansar y ver pasar familias y parejas vestidas de invierno o corredores con mallas. Un absurdo orgullo que se siente cuando comprobamos una y otra vez, ante las situaciones adecuadas, ante nuevos razonamientos, las nuevas ampliaciones, la agudeza de nuestra idea... o la alegría cuando encontramos la oportunidad de expresarla, de mostrar lo que creemos un acierto, oportunidad que buscamos, normalmente, ante el más mínimo motivo. Por cierto, últimamente todo te recuerda a Myriam, dijo. Has sido tú la que me has preguntado por ella, dije, yo la tenía casi olvidada. La suavidad del paseo, la limpieza del aire helado y tu voz sin fisuras... pensaba en otras cosas, yo. Sonrió, Gema.
Pasó una mujer con tres perros obedientes atados a una misma correa dividida. Ninguno nos miró. El pasado sábado cociné para dos, Gema. Tenía ganas de cocinar, y de comer, que para mi va siempre unido, no sé si para ti también, y pensé en meter un pescado en el horno para ver cómo salía de él después de un tiempo allí. También preparé algo con lo que acompañarlo. La verdad es que no pensé demasiado en las cantidades. Me apetecía ese pescado de mirada asimétrica y la receta de lo que le puse al lado... La guarnición... Sí, esa palabra tan obscena... nunca me ha gustado nombrar la comida. El lenguaje culinario me quita el hambre, dije. El caso es que me salió comida para dos y, ya que me había esforzado cocinando, preparé la mesa con un poco de cuidado. Al ver el encantador pescado en la mesa, en su plato, y la guarnición en otro plato pijo... Le enseñé la foto. Las pocas veces que cocino con intención suelo hacerles fotos a mis platos, le dije. Pensaba entonces, decía, en que era un comida para dos... en lo bien que estaría ella frente a mí, utilizando la voz para cualquier tema, la mirada sin saber si fijarse en el plato o en mí, sus manos siempre visibles sujetando los cubiertos, y yo mirándola. Pensaba eso, yo, mientras me comía todo. Al final no dejé nada, no era tampoco tanto.
Se levantó, Gema. Andemos un poco más, dijo. Cuando me interesa alguien tengo la costumbre de querer conocerlo todo, ya deberías saberlo. Saber cómo es Myriam, lo que nunca me has explicado más que con adjetivos poco definitorios, es sólo para eso... para conocerte mejor... Soy un poco como un dios, necesito saberlo todo, dijo. No había entendido por qué habías salido con esa teoría de las voces, pero, ahora, con lo que has contado de tu solitaria comida, lo acabo de comprender. Aunque eso no cambia nada de lo que pienso de las ideas, dijo.
Era una tarde perfecta para un paseo. Cambiamos a otra calle llena de gente; de encuentros, pensé. Se escondía el sol de invierno.
Pasó una mujer con tres perros obedientes atados a una misma correa dividida. Ninguno nos miró. El pasado sábado cociné para dos, Gema. Tenía ganas de cocinar, y de comer, que para mi va siempre unido, no sé si para ti también, y pensé en meter un pescado en el horno para ver cómo salía de él después de un tiempo allí. También preparé algo con lo que acompañarlo. La verdad es que no pensé demasiado en las cantidades. Me apetecía ese pescado de mirada asimétrica y la receta de lo que le puse al lado... La guarnición... Sí, esa palabra tan obscena... nunca me ha gustado nombrar la comida. El lenguaje culinario me quita el hambre, dije. El caso es que me salió comida para dos y, ya que me había esforzado cocinando, preparé la mesa con un poco de cuidado. Al ver el encantador pescado en la mesa, en su plato, y la guarnición en otro plato pijo... Le enseñé la foto. Las pocas veces que cocino con intención suelo hacerles fotos a mis platos, le dije. Pensaba entonces, decía, en que era un comida para dos... en lo bien que estaría ella frente a mí, utilizando la voz para cualquier tema, la mirada sin saber si fijarse en el plato o en mí, sus manos siempre visibles sujetando los cubiertos, y yo mirándola. Pensaba eso, yo, mientras me comía todo. Al final no dejé nada, no era tampoco tanto.
Se levantó, Gema. Andemos un poco más, dijo. Cuando me interesa alguien tengo la costumbre de querer conocerlo todo, ya deberías saberlo. Saber cómo es Myriam, lo que nunca me has explicado más que con adjetivos poco definitorios, es sólo para eso... para conocerte mejor... Soy un poco como un dios, necesito saberlo todo, dijo. No había entendido por qué habías salido con esa teoría de las voces, pero, ahora, con lo que has contado de tu solitaria comida, lo acabo de comprender. Aunque eso no cambia nada de lo que pienso de las ideas, dijo.
Era una tarde perfecta para un paseo. Cambiamos a otra calle llena de gente; de encuentros, pensé. Se escondía el sol de invierno.
lunes, 7 de enero de 2013
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