- Lázska Orsolya, Orsi, la nueva.
- ¿La de al lado?
- Sí. Húngara, además.
- Ah, como yo, entonces.
- Ella no tiene los ojos verdes.
Escuchábamos a Orsi mover muebles o maletas al otro lado de la pared. Gema estaba sentada sobre el sofá, más morena que de costumbre, más feliz y veraniega. No acaba nunca, dice Gema, mirando a la pared. Contando el de Orsi, digo, llevo muchos nombres nuevos este último mes. Me encantan los nombres: Orsi, Zuri, Sara, Marzena. También de hombre, como Béla o Biel. A veces paso el rato pensando nombres, así, uno detrás de otro, Zuri, Silvio, Marisa, Orsi, Lisboíta, con sus apellidos y todo, y los rostros asomando. No es lo mismo un nombre solo, vacío, que uno con un rostro asociado y unas palabras. No es lo mismo Gema, digo, que Gema. A veces son totalmente diferentes. Seguíamos oyendo a Orsi, que debía de llevar ya unos tres viajes trayendo cosas. Nos cruzamos en el portal y subimos juntos, Orsi y yo, en el ascensor. Mostró una sonrisa agradable y un español casi sin acento. Todas mis cosas allí asustadas en Barcelona, me dijo mientras subíamos rodeados de maletas. Después de cinco años tan tranquilas, quietas, en el mismo piso, tener que venirse ahora aquí. No querían, las muy reacias, dijo sonriente. No sé, creo que este aparente aislamiento, este venirme a vivir sola a una nueva ciudad, en la que no conozco a nadie, esto que parece un nuevo comienzo, un comenzar desde cero, otra vez aquí, en este sitio, el inicio, quiero decir, con las manos vacías de lo importante, de aquello que tuve y pensé que no podría perder, no logro explicármelo de forma que me afecte, o que entienda realmente qué es lo que siento: si una especie de apagada ilusión por lo que pueda venir o una forma poco dolorosa de desánimo al saber que las cosas no me han ido como esperaba, que los últimos cinco años, sin que los haya desperdiciado, sin que hayan sido inútiles, me han dejado en el inicio otra vez. Cinco años en Barcelona, cinco años importantes en los que fui formando mi vida y venir ahora a vivir sola, sin Béla, con un nuevo trabajo. No sé, dijo. No parecía cansada Orsi, aunque acababa de llegar del viaje con la maletas. Quizá tendría que haber regresado a Budapest. La gente habla mucho de mañana, y yo, sin embargo, durante los últimos años, los dos últimos, casi no hablaba de mañana, dijo un instante antes de que se parara el ascensor y yo abriera la puerta. Entre los dos nos repartimos la maletas y fuimos hasta la puerta de su piso. Yo soy el de aquí al lado, dije. Si necesitas algo puedes venir a verme. Cuando abrió la puerta, pude ver bastantes maletas amontonadas, además de las que traíamos; lo mismo es vendedora de maletas, le digo a Gema. No me dijo nada sobre su trabajo. No te puedes fiar de una húngara, dice Gema sonriendo, somos demasiado buenas.
Gema coge una de nuestras maletas, la mía, listas para la ida, y la coloca debajo de sus piernas. Lleva una falda blanca, los pies desnudos, el pelo con una cinta negra y una camiseta de tirantes. Está hablando húngaro, dice. Es un idioma felizmente atormentado. Suena felizmente atormentado, diría. Aún queda un rato para que tengamos que salir, sólo nos queda esperar. En la mesa, junto a la que estoy sentado, hay dos botellas de agua cerradas y dos vasos vacíos. No tenemos ganas de hablar, ni de seguir allí. Todo está limpio y ordenado, perfecto para una huida. Se va a quedar sin espacio, dice mientras siguen los ruidos de movimientos de maletas o trastos, con lo bien que se está teniendo pocas cosas. Yo cuantas más cosas imprescindibles necesito más estúpida me siento. Imprescindibles para mí, quiero decir. Eso de tener que cargar con el portátil o el móvil, no es algo que me haya gustado nunca. Cuando los necesito los llevo conmigo, pero me siento estúpida necesitándolos. Las cosas que realmente me gusta hacer son aquellas que me permiten no cargar con nada, es cuando soy realmente feliz, me dice mirando con horror nuestras maletas. Debe estar jugando a encajar sus cosas en el piso, Orsi. Aquí lo ilusionante, digo, es que parece mucho mejor vecina que la de este año, con los vocinazos que pegaba, la música insufrible y el desdén con el que respondía a mis saludos. Además, creo que puede ser buena amiga. Me gustaría. Aunque habrá que esperar a la vuelta, supongo.
La espera, la indefinición, ahora mismo ni siquiera estamos aquí, pienso. Oye, dice Gema, ¿por qué no tocas las dos canciones de los poemas esos de tu nueva ídola? Le había hablado de las nuevas canciones que había logrado hacer antes de que regresara a Madrid. Te pongo las grabaciones, que me las he pasado al móvil, con las dos guitarras, los punteos. No quedaron mal, digo. Con este calor la guitarra preferirá estar sola. La verdad es que estoy pensando enviárselos a la poeta, a ver si nutre las grabaciones con alguna ocurrencia o hace una segunda voz femenina, o manda a la mierda la mía y canta sólo ella. O me manda directamente a la mierda. No tengo ninguna canción con voz de mujer y le podría ir bien a mi colección de grabaciones. Aunque creo que me da miedo, debe pegar muy buenos guantazos. Desde otra ciudad va a ser difícil, dice Gema. No te creas, yo la veo capaz. Cuando le dije que no se lo había dicho porque pensaba que sería más impactante, la palabra no era impactante, sino inesperado, le digo mientras busco los archivos en el móvil. Y quería que fuese inesperado por cobardía, porque de ese modo se fijaría menos en los fallos; también porque la risa y la extrañeza serían mayores, si se daba el caso. La extrañeza, pero principalmente era el temor, la inseguridad. Así que dije impactante, y alguna que otra gilipollez más, como siempre. He intentado que se parezcan, las canciones, que se note su unión, le digo cuando comienza a sonar la primera, que suena sobre el ruido que aún sigue haciendo Orsi y la silenciosa atención de Gema.
Después de escuchar las dos canciones, Gema se levanta y coge uno de los vasos, que lleva a la cocina para llenarlo de agua. De Zuri no me has hablado, dice Gema cuando regresa. No estaría mal ser capaz de robarle algo de simpatía o acercarme a su arranque de palabras, digo. Tú sueles desconfiar de la gente simpática, o eso dices, pero con ella he estado muy bien estos días, el banco de piedra, la cafetería, el departamento, solos ella y yo, alguna conversación interesante, otras para conocernos, una pena que se haya ido una semana antes que yo. Todos los simpáticos ocultan algo, siempre, dice Gema. Ponen palabras de por medio o a la vista, para que no sospechemos, para que nos quedemos en la superficie, en la fachada, no hay mejor máscara que las palabras, y las sonrisas, tapando el interior, y la cercanía comiéndose las perspectivas. La verdad no es lo evidente, ni siquiera su mitad. Pues la he echado de menos esta semana, digo. Y me alegraré de volver a verla, claro. Muchas amigas necesitas tú últimamente, dice Gema burlona.
Me levanto de la silla y guardo las botellas en mi mochila. Yo creo que podemos salir ya. Gema se levanta y echamos un vistazo para confirmar que no nos dejamos nada necesario. Está todo, parece. Cuando salimos, vemos a Orsi metiendo otro grupo de maletas en el piso. Deberías ofrecerle tu piso, va a acabar necesitándolo, dice Gema. Orsi cierra la puerta sin darse cuenta de que estábamos en el pasillo y vamos hacia el ascensor. Habrá que esperar, pienso.
Gema coge una de nuestras maletas, la mía, listas para la ida, y la coloca debajo de sus piernas. Lleva una falda blanca, los pies desnudos, el pelo con una cinta negra y una camiseta de tirantes. Está hablando húngaro, dice. Es un idioma felizmente atormentado. Suena felizmente atormentado, diría. Aún queda un rato para que tengamos que salir, sólo nos queda esperar. En la mesa, junto a la que estoy sentado, hay dos botellas de agua cerradas y dos vasos vacíos. No tenemos ganas de hablar, ni de seguir allí. Todo está limpio y ordenado, perfecto para una huida. Se va a quedar sin espacio, dice mientras siguen los ruidos de movimientos de maletas o trastos, con lo bien que se está teniendo pocas cosas. Yo cuantas más cosas imprescindibles necesito más estúpida me siento. Imprescindibles para mí, quiero decir. Eso de tener que cargar con el portátil o el móvil, no es algo que me haya gustado nunca. Cuando los necesito los llevo conmigo, pero me siento estúpida necesitándolos. Las cosas que realmente me gusta hacer son aquellas que me permiten no cargar con nada, es cuando soy realmente feliz, me dice mirando con horror nuestras maletas. Debe estar jugando a encajar sus cosas en el piso, Orsi. Aquí lo ilusionante, digo, es que parece mucho mejor vecina que la de este año, con los vocinazos que pegaba, la música insufrible y el desdén con el que respondía a mis saludos. Además, creo que puede ser buena amiga. Me gustaría. Aunque habrá que esperar a la vuelta, supongo.
La espera, la indefinición, ahora mismo ni siquiera estamos aquí, pienso. Oye, dice Gema, ¿por qué no tocas las dos canciones de los poemas esos de tu nueva ídola? Le había hablado de las nuevas canciones que había logrado hacer antes de que regresara a Madrid. Te pongo las grabaciones, que me las he pasado al móvil, con las dos guitarras, los punteos. No quedaron mal, digo. Con este calor la guitarra preferirá estar sola. La verdad es que estoy pensando enviárselos a la poeta, a ver si nutre las grabaciones con alguna ocurrencia o hace una segunda voz femenina, o manda a la mierda la mía y canta sólo ella. O me manda directamente a la mierda. No tengo ninguna canción con voz de mujer y le podría ir bien a mi colección de grabaciones. Aunque creo que me da miedo, debe pegar muy buenos guantazos. Desde otra ciudad va a ser difícil, dice Gema. No te creas, yo la veo capaz. Cuando le dije que no se lo había dicho porque pensaba que sería más impactante, la palabra no era impactante, sino inesperado, le digo mientras busco los archivos en el móvil. Y quería que fuese inesperado por cobardía, porque de ese modo se fijaría menos en los fallos; también porque la risa y la extrañeza serían mayores, si se daba el caso. La extrañeza, pero principalmente era el temor, la inseguridad. Así que dije impactante, y alguna que otra gilipollez más, como siempre. He intentado que se parezcan, las canciones, que se note su unión, le digo cuando comienza a sonar la primera, que suena sobre el ruido que aún sigue haciendo Orsi y la silenciosa atención de Gema.
Después de escuchar las dos canciones, Gema se levanta y coge uno de los vasos, que lleva a la cocina para llenarlo de agua. De Zuri no me has hablado, dice Gema cuando regresa. No estaría mal ser capaz de robarle algo de simpatía o acercarme a su arranque de palabras, digo. Tú sueles desconfiar de la gente simpática, o eso dices, pero con ella he estado muy bien estos días, el banco de piedra, la cafetería, el departamento, solos ella y yo, alguna conversación interesante, otras para conocernos, una pena que se haya ido una semana antes que yo. Todos los simpáticos ocultan algo, siempre, dice Gema. Ponen palabras de por medio o a la vista, para que no sospechemos, para que nos quedemos en la superficie, en la fachada, no hay mejor máscara que las palabras, y las sonrisas, tapando el interior, y la cercanía comiéndose las perspectivas. La verdad no es lo evidente, ni siquiera su mitad. Pues la he echado de menos esta semana, digo. Y me alegraré de volver a verla, claro. Muchas amigas necesitas tú últimamente, dice Gema burlona.
Me levanto de la silla y guardo las botellas en mi mochila. Yo creo que podemos salir ya. Gema se levanta y echamos un vistazo para confirmar que no nos dejamos nada necesario. Está todo, parece. Cuando salimos, vemos a Orsi metiendo otro grupo de maletas en el piso. Deberías ofrecerle tu piso, va a acabar necesitándolo, dice Gema. Orsi cierra la puerta sin darse cuenta de que estábamos en el pasillo y vamos hacia el ascensor. Habrá que esperar, pienso.