De qué sirve, me pregunto, la persistencia,
mantenerse en la seguridad de los mismos sitios,
jugando a arreglar el piso, las persianas,
las manchas de la pared,
como si no hubiese pasado nada,
si luego vienes tú, pelmazo,
idiota insistente,
con tus manos sucias,
a recordar mi reputación callada,
Te acompañan palabras no dichas,
miradas mal hechas,
calles muertas de tardes vacías,
y te paras a verte en algún reflejo,
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.
Podría recordarte que nunca tuviste gracia,
que cada vez te quedan peor los gestos que nunca te quedaron bien.
Que tu estilo infantil y que tus rarezas
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu insolente
mirada de niño que descubre
-segura de ser entendida- es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que ahora me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.
Si no fueses tan idiota.
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad.
A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados.
Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble
que es amarse a sí mismo.