Lo único que sabíamos era que existía, que cantaba acompañándose con la guitarra una canción que no habíamos escuchado antes (yo quería ver algo de Skip James en su forma de tocar, Gema intentaba unir a Cesárea Évora con Chavela Vargas para explicar su voz) en un vídeo subido a la red sin más datos que su título ("Canción") y el nombre de la cuenta que lo había subido. El vídeo, de sólo tres minutos, la mostraba a ella sentada en una silla vieja, estropeada, con uno de los pies sobre un sucio tablón de madera que utilizaba para marcar el ritmo. El suelo parecía una mezcla entre cemento y tierra. Detrás de ella había una pared blanca que al final del vídeo, al abrirse el plano para mostrar el paisaje o a un perro pequeño que pasaba corriendo, podía verse que era la fachada de una casa sencilla de una planta con dos ventanas a cada lado de la puerta principal. Probablemente era verano, se notaba el calor en cada nota, en la pastosa lentitud con la que parecían moverse las cuerdas de la guitarra, una acústica también vieja y estropeada como la silla, y, claro, también en la ropa que llevaba. Las características de la casa y el paisaje, un poco desértico, de tonos claros, con algún árbol, parecían ser de una zona que Gema y yo conocemos bastante bien. Esto último no podíamos asegurarlo con certeza, sin embargo, hizo que no nos olvidáramos de ella, que quisiéramos conocer más. La cuenta que había subido el vídeo parecía abandonada (dejamos un comentario sin mucha fe de que lo fuesen a contestar) y resultó imposible encontrar cualquier otra información a partir de búsquedas más o menos posibles, que repetíamos con frecuencia sin obtener ningún resultado. Preguntar a amigos que vivían por allí, por si sabían algo o eran capaces de reconocer la casa en concreto, también resultó inútil. Durante años sólo pudimos escuchar de nuevo la misma canción, observar el terrible encanto de la cantante e imaginar nuevas canciones o un relato con el que contar su vida. Ya te gustaría estar con una pureta así, me decía Gema cuando me descubría viendo el vídeo otra vez, absorto en la voz y en la manera de tocar la guitarra, pero también en el físico, en su rostro definido, en los ojos que se intuían verdes, los brazos desnudos, el pelo protegido por un pañuelo de colores.
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