viernes, 3 de diciembre de 2010

Transformadores




Imagino que me equivoqué al pensar que era un concurso de literatura.
Esto no gana ná:


Una justificación

Aunque estaba nublado, ignoramos las posibilidades de lluvia y decidimos, para sacar a la perra (Nana) a dar una vuelta, volver a hacer el recorrido que, durante uno o dos veranos, cuando éramos aún demasiado jóvenes, hicimos cada día que pasamos allí; lo hacíamos con dos insuficientes bicis, a veces con tres, y con mi hermana, pero esta vez sólo estaríamos él y yo, sin bicis, y la perra, que lo recorrería por primera vez.
Salimos de su casa con la perra atada. Al llegar a la carretera, le dije: coño, mira, un transformador. Ambos estudiábamos la misma carrera, en distintas ciudades, y aunque no habíamos perdido la confianza después de varios años en los que apenas nos veíamos, la universidad era uno de nuestros temas recurrentes. La verdad, le dije, a mí nunca me ha gustado la electricidad, nunca he llegado a entenderla bien, pero cuando empecé a estudiar los transformadores, a partir de ahí, que fue la primera vez que la estudié de una forma verdaderamente práctica, útil, real, pienso, empezó a gustarme. A mi me gusta tanto la realidad como la idealidad, me justifiqué, pero a la electricidad no logré apreciarla idealmente. Me dijo que él aún no había estudiado los transformadores y señaló la pared, a la que nos acercábamos, junto a la que solíamos hacerles corbatas a los escarabajos, sobre todo él, más experto, y lo recordamos. Subiendo por una cuesta vimos un tractor antiguo y unos garajes; me contó que últimamente, según le habían dicho, eran bastantes frecuentes los robos de maquinaria.
Al pasar la última casa, la de una vecina a la que siempre saludábamos, soltamos a la perra. Recordamos el camino, identificando las zonas por las que pasábamos, discutiendo las posibilidades, los olvidos.
Nos alejamos de las casas; ya todo era campo: algunas zonas sembradas, la mayoría con la tierra seca, la tierra blanca, la de los caminos de allí. Estábamos solos, rodeados de campo: ni siquiera podía verse ya ninguna casa. Aunque no fuese una gran extensión yo sentía aquello más grande que la ciudad donde vivía. Se lo dije. Hablamos de la necesidad de volver allí que teníamos. No tenía nada que ver con cambiar la ciudad por el campo, la tranquilidad. Ninguno creíamos eso.
La perra se alejó un poco y la llamó. Empezamos a hablar de trabajar en otros países, de quedarse al final allí, en vez de regresar, por alguna razón: una mujer, el lugar... Recordé la conversación que tuvimos al mediodía: le conté que yo tenía mis mejores pensamientos durante la noche, en la cama, cuando me despertaba o cuando era incapaz de quedarme dormido, que eran los más narrativos, los más elaborados, los más brillantes. Volví a pensar, lo hacía a menudo cuando pensaba en mis conversaciones, que cuando hablaba con él me salían mis comentarios más ingeniosos, mis ideas más singulares; que con la mayoría de personas mi expresión, mi pensamiento, quedaban en nada; sin embargo con él eran, incluso, envidiables, pensé. Recordé algunas de ellas, nuevamente, aquella, aún adolescentes, con uno de nuestros primos, una noche estrellada, en que empezamos a hablar de ovnis o apariciones especiales: dije: lo más jodido es que eso, si se apareciera una virgen, por ejemplo, te cambiaría por completo tu concepción del mundo: eso es lo más acojonante, diría. Recuerdo que fui capaz de expresarlo brillantemente. También recordé la tarde que pasamos en un parque, evitando el calor, la última vez que nos vimos, y en la que hablamos de muchos temas, acabando, nuevamente, en la concepción del mundo por el ser humano en relación con los nuevos descubrimientos, con los avances científicos, con lo que ahora nos podría resultar, incluso, desagradable. Recordé que con él me gustaba expresarme, no como con la mayoría de mis conocidos (exceptuando otros familiares, también).
El paseo se estaba alargando demasiado, estaba oscureciendo, y decidimos regresar, sin hacer el recorrido completo, cuando vimos la autovía. Joder, le dije, ya no voy a tener tiempo de sacar a mi perro (Uli). Le prometí que lo llevaría al Sitio. Luego me lo va tener en cuenta, es un poco rencoroso.
Junto a la autovía había un edificio que tenía un transformador propio, apoyado en una tabla en un palo de madera al que llegaban los cables de alta tensión. Se lo señalé. Le empecé a contar lo que sabía de los transformadores.
Los transformadores se emplean para variar la tensión y la intensidad de corriente, le dije. Como sabes, el transporte es mucho más barato, tiene menos pérdidas y necesita cables menos gruesos, cuando se hace a alta tensión. Sin embargo, la generación de electricidad tiene un límite, por motivos de construcción, a la hora de producir voltajes. Por eso, cuando sale del generador y se quiere transportar, se lleva a un transformador, que eleva el voltaje y reduce la intensidad de corriente (mantiene la potencia, más o menos, le dije). Luego hay que poner otro para el uso en los hogares, que hace la operación inversa. Debemos nuestra existencia, le dije, a los transformadores.
Un transformador monofásico consta de un núcleo de hierro (hecho de chapas, para evitar pérdidas por corrientes de Foucault, corrientes parásitas, a las que se les ha hecho un tratamiento llamado carlite, que mejora su aislamiento, entre otras cosas, creo) con forma de marco con columnas circulares al que se arrollan dos cables de cobre en las columnas. Los cables se arrollan un número diferente de veces, el del lado de más tensión está enrollado más veces. (En el caso de un transformador monofásico la relación entre el número de espiras de uno y otro y la de las tensiones de entrada y salida son iguales; en el caso de un trifásico es algo diferente). El que está conectado a la fuente, el primario, induce en el núcleo un flujo magnético, por la ley de Faraday, que conoces, supongo, le dije. Este flujo variable provoca una corriente en el otro cable, con las características adecuadas, fácilmente calculables. Los transformadores se estudian con un circuito eléctrico equivalente, le aclaré, lo que facilita muchos los cálculos, cuyos parámetros se sacan mediante dos ensayos bastantes sencillos, el de vacío y el de cortocircuito.
Ese de allí es un transformador trifásico, se pueden ver como salen los tres cables de alta tensión, más finos, y los de baja tensión, más gruesos. Si quisiéramos acercarnos quizá veríamos si está conectado en estrella o en triángulo, el primario o el secundario, aunque quizá no se pueda saber, le dije, sin explicar.
Mi primo asentía, sin pedir aclaraciones, sin querer ir más allá de lo que yo decía, simplificando.
Un aspecto importante es la refrigeración, que puede ser al aire o con aceite o con  los modernos askareles.
La perra tampoco decía nada. A mi perro le gusta que le hable de estas cosas, le dije.
Estábamos llegando ya a su casa: el camino de vuelta, distinto, era más corto. Decidí no entrar y bajar a la mía directamente, por si me estaban esperando. Nos veríamos mañana de nuevo.
Cable Hogue, noviembre

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Problema de inducción y Problema de demarcación

Trabajo científico-filosófico (-literario) valorado con un 9 por un profesor de universidad

(En una libreta tengo apuntado: Principio de inducción: una enredadera. No recuerdo por qué lo puse. La extensión estaba limitada, excesivamente, a mi parecer, por unos cuantos parámetros propios del word: lo hubiera sintetizado menos- entonces, al escribirlo)

Estos dos problemas son básicos a la hora de comprender el contenido y la metodología de la ciencia. Son problemas que bastantes filósofos han intentado resolver de diversas formas y que aún no se pueden considerar cerrados.

Problema de inducción:

La inducción es una forma de razonamiento que, desde un punto de vista científico, se basa en observaciones previas para obtener conclusiones generales; es un razonamiento no deductivo que aporta un conocimiento nuevo: si vemos suficientes mirlos negros y aceptamos el razonamiento inductivo, podemos considerar que los próximos mirlos que veamos serán también negros. Según Hume, filósofo empirista al que se debe la formulación clásica del problema de inducción, este razonamiento no es justificable racionalmente. Sostener que la inducción funcionará en el futuro porque lo ha venido haciendo en el pasado es, asimismo, un razonamiento inductivo que no aporta justificación. Esto supone considerar la ciencia como no racional, ya que la ciencia se apoya en los razonamientos inductivos. (Hume, no obstante, consideraba que en la práctica había que confiar en este método).

Para Popper, en contra del Círculo de Viena, el inductivismo sólo lleva a conocimientos probables y a un conjunto de teorías probables. Popper reformula el problema, aceptando que la inducción no es justificable racionalmente, como una cuestión de validación de teorías (lo importante son las relaciones entre las teorías, donde empieza la ciencia, así Popper, y los hechos experimentales), e introduce la falsación, la necesidad de contrastarlas con los hechos: una teoría será válida mientras no se conozca un hecho empírico que la contradiga. Las teorías se irán reemplazando conforme sean falsadas por otras con mayor contenido, lo que supone una continua aproximación a la verdad, aunque, según Popper, sea imposible asegurar la certeza. De este modo Popper consigue que la ciencia funcione, evolucione, de un modo racional mediante el proceso crítico al que somete a las teorías, ya que este es deductivo.

Problema de demarcación:

El problema de demarcación o criterio de demarcación se plantea el establecimiento de límites de la ciencia, de lo que es su contenido; plantea hasta dónde se puede justificar científicamente la solución de un problema.

Según Kant, primer filósofo donde comienza este camino de reducción filosófica (Gombrowicz), el límite entre lo científico y lo metafísico se encuentra en la experiencia, es decir en los fenómenos, objetos asimilados por la sensibilidad humana, diferenciados de los objetos como cosa en sí, que no se dan en el espacio ni el tiempo. Estas teorías llevarían más tarde a la fenomenología, de filósofos como Husserl, que estudiaba la capacidad de la conciencia para el estudio de objetos fuera de sí misma.

Wittgenstein consideraba que sólo las proposiciones que representan hechos son significativas lógicamente; el límite está en el lenguaje, según él, y las proposiciones sobre ética o religión no tienen valor. El Círculo de Viena, muy influido por Wittgenstein y por los positivistas Comte (que clasificaba la ciencia por su complejidad en tres estadios: teológico, metafísico y positivo; el positivo, el último de la evolución, basado en el estudio de los hechos demostrables, es el único legítimo) y Mach, consideraba que sólo los enunciados de observaciones empíricas eran los únicos significativos. Como criterio de demarcación usaban la verificabilidad.

Nuevamente Popper aporta otra modo de entender la ciencia. Usando el concepto de falsabilidad, para él una teoría es científica si existe la posibilidad de falsarla.

A mediados de los años sesenta Thomas Kuhn publicó una obra en la que estudiaba la ciencia desde su evolución. Vio que la ciencia no avanzaba linealmente sino que lo hacía mediante revoluciones. Kuhn denominó paradigma al conjunto de prácticas que definen una disciplina; estos paradigmas cambian conforme se encuentran anomalías y desajustes, y cuando alguno de ellos es insalvable se produce una crisis, momento en el que coexisten varios paradigmas hasta la aceptación general de uno de ellos. Este proceso de aceptación es lo que Kuhn utilizaba como criterio de demarcación entre ciencia o pseudociencia.

Con el tiempo, y a raiz de la importancia que Kuhn dio a las características sociales en la formación de los paradigmas, filósofos como Lakatos o Feyerabend, han ido atenuando la diferencia entre ciencia y no ciencia.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Placer sordo

A Cristina 
Estaba mirando a Cristina, que le estaba contando alguna anécdota a Miriam, y pensaba en su forma de construir las frases o el relato, que me parecía realmente elaborada y literaria: me resultaba tan placentera su maestría con las oraciones como la de algunos escritores o compositores que podría enumerar. Pensaba, además, que estaba mucho más guapa cuando sonreía. Esperaba que me viese mirándola. Me hubiera gustado saber lo que decía.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Jonhsburg, Illinois


Los perros ladraron. Alguien se acercaba a la granja…

domingo, 3 de octubre de 2010

No river together

III

Lost room

Todo es horizonte, pensó. Se sentó en el banco junto al vagabundo, que no pareció preocuparse de él. Por un momento ambos se quedaron callados. El vagabundo parecía atento al saxofonista que había en mitad de la plaza y el joven, algo inseguro e inquieto, en una postura incómoda sobre el banco, no quería interrumpir el aparente interés.

Bien. No lo dice muy convencido. Sí, ya sabe, estaba perfectamente hasta hace un momento, cuando casi me cruzo con ella y apenas he acertado a mirarla como un gilipollas, con mis ojos y mi cuerpo y mi consciencia, sin hacer nada más. No sé si comprende, pero siempre me ocurre igual, parece que el tiempo no quisiera ser mi amigo, o que yo no sé aprovecharlo. Creo que sí, que lo comprendo. Debería dejar pasar algunas horas… Eso es lo que pienso, por eso le he dicho que estoy bien, porque creo que estaré bien en cuanto pase algo de tiempo, que para eso si vale. Acababa de acompañar a mi compañero de piso del año pasado, al que hacía nueve meses que no veía, al metro, después de haber estado dos horas tocando la guitarra, con una conexión realmente extraña y algunos momentos bastantes buenos, él con su guitarra a cuestas y yo a su lado, y cuando regresaba al piso lo veo a usted con la mirada vuelta hacia ella, que estaba lo suficientemente lejos como para no cruzarnos, a pesar de la rapidez con que caminaba. Y continué andando, como una jodida ánima… Sí, eso parecía, por eso le pregunté, cuando se sentó aquí… Y, luego, llegué a mi portal y me senté en un banco frente a él. Estuve allí más de veinte minutos, cansado por haber desperdiciado otra oportunidad de conocerla, sin ganas de subir al piso, encerrarme en mi habitación y escuchar algún disco, que es lo único que podría hacer. Así que acabé por levantarme y volver otra vez a recorrer la acera. Luego ya sabe, lo vi de nuevo a usted, empecé a contarle, quizá le haga caso y ande un poco más antes de volver al piso, quizás luego lo escriba para volver a alejarme de este sentimiento, cuantas más veces lo cuente será mejor, supongo. Contaré y tocaré la guitarra… Sí, ya comprendo, creo que lo que le ha jodido a usted tanto hoy ha sido que ella no le haya visto al lado de su amigo y su guitarra, tan sociable. Es probable, pero yo ahora estoy aquí como un poeta herido y toco la guitarra como un poeta herido, siempre tomo ejemplo de los cobardes y acabo limitándome como un poeta herido, y a ella le gusta reírse de los poetas heridos, es algo evidente, por mucho que sepa que ella es especial, que es distinta, a pesar de sus ojos maquillados, de sus aros de oro en las orejas, de sus pestañas recargadas de rimel, de trabajar en una panadería por la mañana con veinte años… Quizás si supiera si hace algo más… A ella no creo que le gusten las canciones que toco, jamás soportaría una canción mía a la guitarra, creo que puede usted entenderlo. Me ha jodido lo que usted dice porque fantaseaba con ello, la verdad, con cruzarme con ella mientras acompañaba a Biel y su guitarra, pero tampoco llegaría a ningún lado, todo es horizonte. Le vuelvo a aconsejar unas cuantas horas. Olvídese de ello. Busque meterse dentro de la ciudad, de lo que te pueda ofrecer. La vida también ríe a veces. Lo peor, lo inservible, signo de fracaso, de derrota, es ver que la vida es posible y no intentar aprovecharla. Coño, no se lamente e intente hacer algo de una vez, pues por lo que veo no has hablado nunca con ella. Sí, cuando me atiende en la panadería. Eso no basta, evidentemente. Conocerla tampoco bastaría, habrá alguna posibilidad más pero tampoco valdrá para nada, nunca podrá ser verdad. Me lo ha demostrado mi antiguo compañero de piso: yo no soy joven, como otro joven, no hablo como otro joven, no hago lo que otros jóvenes, y eso es lo que ella necesita. Lo sé por su coche, su ropa, su cuerpo. A lo mejor, su diferencia del resto a ella le pueda gustar, ¿no pensaba usted que es especial, que tiene algo distinto? Eso le he dicho, creo, pero quizá sea sólo porque la quiero, porque yo sólo puedo querer a lo mejor, yo no puede leer a Pérez Reverte, yo leo a Faulkner, como usted, según parece, yo toco a Brouwer, no me vale rasguear cualquier canción pop; soy de una prepotencia y una intransigencia de la hostia. Si yo estoy enamorado de ella, es porque ella es perfecta. O así pienso de forma más o menos inconsciente. La verdad es que lo parece, aunque quizá no sea prepotencia o intransigencia, sino exigencia hacia usted y hacía lo demás. Sí, no sé... El vagabundo se levantó bruscamente del banco y dirigió su vista hacia el saxofonista que había dejado de tocar y empezaba a recoger. Me ha sentado bien hablar con usted, quizás regrese a escuchar algunos discos de antes. El vagabundo no lo miró y caminó torpemente siguiendo los pasos del saxofonista.

viernes, 1 de octubre de 2010

No river together

II

Last river

Para Li

…torcida, fiel, las llanuras inclinadas, la necesidad del humo y las cenizas en la oscuridad, los restos de alcohol la mañana siguiente, en vez de abandonarlo todo, diré las causas, me diré el último río, los sueños sencillos olvidados, las palabras, y aún así seré incapaz, como aquella señora que sacaba a su perro a ladrar al balcón, manteniéndolo en alto con sus manos, en la calle de Granada donde pasé tres meses, de olvidar, torcida, fiel, por la necesidad de ser yo, o lo que creo, de no dejar abismos, la lluvia que aún no cae, sólo yo parezco preocupada, nadie va con prisa en esta acera, ni el chico aquel que me miró extrañado, como si no me conociera después de tantas veces, otra forma de estupidez o de indecencia su jodida timidez, las sombras que cada uno arrastra, y no poder mandarlo a la mierda para que reaccione, y tampoco poder mandarlo a la mierda a él, por la necesidad de ser justa, de no arrastrar rencores, la razón del equilibrio, la balanza, aunque no valga para nada, como un gesto en una habitación vacía iluminada por un candil que se va apagando…

jueves, 23 de septiembre de 2010

No river together


I
Last time
Así no son las cosas, le dijo, instructor, la eternidad es una puta mierda, una cobardía, y no me alumbre usted con su luz de buena esperanza, quédese en esta sombra, yo ya lo comprendí hace tiempo, tiempo, bastante, no, no quiero salir de aquí, una idea débil, es lo mismo, lo sé, da igual, pero aún podemos luchar por ilusiones en las que no creemos, como si algo fuese a existir, todo son equívocos, pero unos nos atraen y los otros son como los cartones donde a veces duermo. Querer entrar en la pesadilla de la historia, el orgullo y el recuerdo de los que queden, otro equívoco, se puede perdonar a veces, pero la eternidad de la que hablaba usted desde su portentosa altura con aquellas viejitas misericordiosas que arrojaron sus buenas noches y su amabilidad contra mí antes de detenerse junto a usted a leer un papel escrito y ponerse a coincidir con usted en sus ideas de ustedes, es tan cobarde, la solución fácil a la que siempre huimos, que no sé qué coño hago aún aquí, cuando ya hace tiempo que daba por innecesaria esta lucha. Esas ganas de absoluto, tan vacías. No, las cosas no son así. Y sigue en silencio dándose la razón, con su superioridad burguesa sin palabras, sus razones aprendidas en años sin pensar. Imposible hacer nada con mi fementida razón.
El vagabundo se silenció un momento, con una mano se tapó la boca y miró la estrecha calle que hacía esquina con aquella en la que estaba. Un joven pasó a su lado evitando pisar la luz de la farola y girando la cabeza en la misma dirección que el vagabundo. Como esperando la lluvia, pensó. Una joven de aproximadamente su edad andaba deprisa por la acera, pegada a los edificios. El vagabundo, mientras buscaba algún motivo o palabras con los que continuar, reconoció a la joven, que trabajaba por esa zona, cuando giró en la esquina y subió por la calle en dirección contraria al joven. Éste, según vio el vagabundo al enderezarse hacia la farola, miró hacia atrás lamentando la diferencia temporal de los caminos.
Sucio de tiempo. Hasta mis nuevas pertenencias están manchadas de tiempo. Un libro de Faulkner que me sirve de almohada. Lo encontré en un banco junto a unas postales y varios días de sueño. Todas las hojas manchadas de tiempo. Lo leí hace años, la última vez. No vale la pena enfadarse, pero la indiferencia es triste. La verdad, no sé qué hace usted aquí todavía, soportando mis voces. Quizá lo mejor sea que me marche. No tengo nada contra usted. Disímiles, no sé si lo digo correctamente, pero me resultan bastante disímiles las ideas. Difíciles, diferentes, o contradictorias, no sé lo que significa, pero siempre me viene a la mente, disímiles. En el banco de la plaza. Aún sigue allí, el banco, lo mejor será que regrese. La juventud de hoy no tiene la virtud de discutir ni de conversar. Ni una palabra, ni una sola palabra desde que llegué. Ni de asombrarse. Ahora no lo comprendo, no puedo comprenderlo. Agitó los brazos como preparándose para un gran aforismo y con voz más grave y suave que la utilizada hasta entonces sentenció: no llegarán nunca.
El hombre dejó la botella aún llena que sostenía en una mano apoyada en la farola y se alejó hacia la plaza, murmurando.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Reconocimiento

He visto por primera vez el rostro de David Hume (fig. 1), al que conozco desde que tuve un gato llamado Hume, hace más de diez años. Tiene el gesto de burla descreída que siempre le imaginé.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Proposiciones

Proyecto de expresión escrita de sensaciones audiovisuales
He visto dos películas europeas esta semana: Los idiotas de Lars von Trier y Juegos Divertidos de Michael Haneke, en su versión austriaca. En Los idiotas un grupo de personas, con unas razones filosóficas más o menos mostradas, se hacen pasar por deficientes mentales. Haneke construye una película con los juegos injustificados y macabros que dos jóvenes realizan con una familia. Ambas sostienen una situación a partir de una idea concreta (la idiotez y, quizá, el asombro) que luego desarrollan en diferentes escenas o acontecimientos (llamativa la forma que tiene Haneke de inquietar sin necesidad de apariciones repentinas apoyadas en la banda sonora); sin embargo Lars von Trier parece proponer, provocar reflexión y Haneke parece que se entretiene sólo en su creación, en la creación de la película. O quizá no, quizá haya algo más, no lo sé (las escenas en que hablan directamente al espectador o en la que rebobina uno de ellos la película con un mando, parecen querer proponer algo también). No es de extrañar que Haneke hiciera una versión norteamericana de esta película, al menos para mis concepciones y prejuicios.

sábado, 28 de agosto de 2010

Sobre el talento

Siempre me faltó creatividad. Nunca tuve esa brillantez; sin embargo he logrado escribir algunas narraciones de gran calidad literaria, he compuesto varias canciones (toco la guitarra, con gran nivel - Brouwer, Paco, Lauro...), instrumentales y líricas, que escucho de vez en cuando, logré copiar un óleo con bastante acierto, pinté dibujos (en los folios, en las mesas) totalmente afortunados y he disfrutado de momentos cinematográficos, aunque no se grabasen, propiciados en parte por mí.

viernes, 20 de agosto de 2010

Sobre el blog

De Cernuda:

Pero a veces aún dudas si la verdad del alma
No debiera guardarla el alma a solas,
Contemplarla en silencio, y así nutrir la vida
Con un tesoro intacto que no profana el mundo.

De Onetti:

No hay nadie que tenga el alma limpia, nadie ante quien sea posible desnudarse sin vergüenza.

martes, 20 de julio de 2010

A Pilar, sobre un sueño común

Fue como intentar escapar.

Nadie lo sabía:
era aun más difícil:
no sólo buscar el rincón:
también el tiempo, y el olvido:
que nadie necesitara la pregunta.

Los gestos, comprensiva,
la tarde cayendo negra como la última oportunidad;
el deseo de los próximos sueños.

Reflexión anotada en un autobús (tras siete horas montado) a partir de un verso adaptado de Roque Dalton

No hay ideas. El placer de las ideas. Las ideas son ahora aburridas. Ya cualquiera se cansa de expresarlas. El lenguaje es descriptivo; quien se cree expresando una idea está describiendo de un modo diferente un hecho observable. (Suponemos que una idea es una visión propia, espontánea o trabajada, de un tema más o menos concreto). (Entendemos que una persona es capaz de distinguir las intenciones más o menos fallidas de otro).
No hay ideas. No hay audacia ni ingenio; sólo ocurrencias. Hay más placer (de mayor número de personas) ante la visión de una película de época (con sus decorados, sus nombres), o una de acción con nuevos golpes, que ante una película llena de diálogos no narrativos. Lo alternativo celebrado, lo independiente, en el cine, apenas se basa en algún desarrollo intelectual de importancia, más bien en una obra de características no comerciales por sus episodios o la lentitud de sus escenas.
Ahora todo son sentencias. En cualquier fotografía hay más análisis que en un texto.
Es más divertido hablar, usar las palabras, sobre lo que no se sabe, sobre lo imposible, creo; pero ahora las ideas son aburridas y cuando se habla sobre lo imposible no se debe mostrar a nadie, para que no caiga en el tedio (para no caer en la desesperanza

lunes, 19 de julio de 2010

Una botella de cerveza
desde allí nunca reciben nada
no digo nada nunca
Esperan
Caminan con sus pasos o revuelven pájaros recientes
u olvidan: encuentran algún agujero con el que tapar el vacío
rellenan con lo más cercano para evitar daños
No son más que los demás, los otros...
las horas compartidas posibles,
los sueños compartidos,
no son más que eso,
las mujeres deseadas,
las horas de carne y caricias
Sólo lo perdido, lo escrito,
las noches encerradas en casa,
la botella de cerveza sobre la otra mesa,

viernes, 11 de junio de 2010

miércoles, 9 de junio de 2010

Nunca fue tan lejos

Permítanme:
Al salir del trabajo la llamó: ¡Claudia, Claudica!
No la volvieron a ver.

sábado, 29 de mayo de 2010

Nunca fui tan lejos

Habrá que mirarlo todo, le dije.

jueves, 20 de mayo de 2010

Nunca fui tan lejos

Mientras llueve en la costa aún sin mar
con los ojos abiertos para caer en tus brazos
los acantilados se van llenando de gente.

sábado, 1 de mayo de 2010

A C.B.

Dejamos la manzana oxidada en el armario,
dentro de las horas vacías para las tardes de invierno,
junto al hueco que el gato creó
con la constancia de un camino.

La luz era prescindible
e inventamos, desnudos,
los caminos que el gato no llegó nunca a realizar.

Envidiábamos la estatua, el sol,
el tiempo del gato.

Las horas contadas.

lunes, 8 de marzo de 2010

Capacidades

He releído nuevamente Pierre Menard, autor del Quijote y me ha recordado a un cuento de Calvino que leí hace poco, El pecho desnudo creo que se llamaba. Ambos tratan sobre un mismo tema (quizá el de Borges trate de más, aunque eso se me escapa; el de Calvino parece una pequeña parábola y un divertimento). El de Calvino lo intenté imitar.

sábado, 6 de marzo de 2010

Nueva Orleans

En Nueva Orleans, el pasado diciembre. Llamaron a la puerta de un negro viejo. Una casa verde. Sonaba una de Waits, de finales de los setenta. Nadie abría. Insistieron. Un piano deseaba una ciudad. Oyeron ruidos de cristales mezclados sabiamente entre un contrabajo y la percusión. Las ventanas estaban cerradas. Era mediodía. Esperaron. El alcohol se mezcló en las ideas de ellas. Pensaron en el estado de ebriedad de la puerta o del timbre. Se miraron a los ojos. Dudaron de sus sonrisas, de sus cuerpos perfectos; pensaron en su corazón y su hígado. Creyeron por un momento en otra ciudad. Se miraron inquietas. Buscaron en el bolso algunas monedas sueltas y las contaron. Llevaban esperando cuarenta minutos. Volvieron a llamar. Nada. No parecía haber nadie. Bajaron las escalerillas. Miraron hacia atrás, hacia la puerta, las ventanas, el jardín. La casa era verde. Carece de importancia. Las vi alejarse. Eran cinco. No se volvieron a detener en ninguna puerta. Ellas…