jueves, 25 de septiembre de 2014
martes, 9 de septiembre de 2014
Detalles
Lo otro es el crimen
y dignifica
las noches de insomnio,
dicen,
y no perder el tiempo
en la herida maldita,
para llegar lejos,
más alto,
hasta el frío.
Salir y no ver el mundo,
las condiciones,
el jardín, otras puertas,
y dicen que eres alguien,
o que no eres nadie,
o se lo dicen a otros,
y hay renuncias
y aceptan vocabularios
y no son nada.
Me pierdo en lo pequeño,
en las respiraciones,
una sonrisa,
la mano dada por sorpresa,
los ladridos,
y el resto no importa,
ni las perspectivas
ni saber
lo que queda.
lunes, 1 de septiembre de 2014
La alberca
Dejamos los cubos con los chumbos en el suelo y nos sentamos sobre la tubería que llena la alberca. Gema, que lleva un pantalón corto, unas zapatillas viejas y la parte de arriba del bikini, sin camiseta, se quita con las manos los pinchos enganchados a los calcetines. Al menos no tienes las manos llenas de pinchos de chumbo. Aún, le digo. Luego iremos por la altabaca para limpiarlos. La loma, y abajo los árboles, la casa, su techo, la carretera con los coches; los acantilados y el mar, un poco más lejos. Muchas horas he pasado yo aquí, mirando, digo. Estas hierbas secas, la tierra, me sabe a verano, a desierto, a la sequía de los años noventa que se cargó los árboles que teníamos en la zona alta, esos esqueletos que se ven por ahí, que supongo que tiene algo que ver con mi aprecio por paisajes desérticos, los recuerdos borrosos de niño, meter la mano en el agua de la alberca; y los bichos, las libélulas, aún recuerdo un enorme ciempiés que pasó por ahí, por esa tubería, el primer camaleón que vimos sobre una rama seca, los agrupados bichos rojos que hace mucho que no veo y que metíamos en botes mi hermana y yo. Gema, que ya ha terminado con los pinchos, se levanta para ir a la alberca y mete las manos en el agua, tontea un poco con las gotas, como una niña, con las ondas que forma y destruye. Siempre me gustó jugar con el agua, dice cuando regresa a la tubería. Permanecemos callados, un exceso de horas juntos, la playa, recorrer el pueblo por la noche, las mañanas juntos, los discos. El de esta mañana, digo, hacía diez años que no lo escuchaba entero. Fue una noche que me quedé solo, a las dos o las tres, después de ver Vidas Cruzadas, en verano, con un calor insufrible. Que saliera en la película, con ese final, que precisamente estuviera leyendo al autor en cuyos cuentos se basaba la película y que en uno de los cuentos que leí le palpitara una vena de la cabeza a una mujer y, precisamente, tuviera yo esa sensación en la cabeza mientras escuchaba el disco y, luego, mientras daba vueltas, con el dolor de cabeza, y frío, además, en la cabeza, incapaz de dormir, todo eso me quitó las ganas de volver a escucharlo. Creo que es lo más cerca que he estado nunca del realismo sucio, esa noche. Si me hubiera dado por escribirla, al menos. Con unos añadidos ambientales, como botellas vacías o ceniceros llenos, que siempre quedan bien. Y el nombre de aquella época. Fue una mala noche, y culpé al disco, que entonces era el único que escuchaba, aunque luego aprendí a apreciar más otros, que considero mejores y, sobre todo, más cercanos a lo que suelo escuchar. Ese puñado de casualidades han estado ahí condicionándome durante diez años: no escuches ese disco, decían las casualidades alargando la adolescencia. Y la película tampoco la he vuelto a ver, a pesar de los rizos de la Andie. Bueno, digo, vamos por la altabaca para los pinchos. Se levanta Gema y pienso en la próxima semana, en el uno de septiembre, el regreso a Madrid, ese día será el que más cerca estemos, me digo, aunque no coincidamos. Gema camina delante con el cubo de chumbos.
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