viernes, 18 de enero de 2013

Las voces

...deslavazado, quizá... 

No hay nada tan ridículo como tener una idea, dijo Gema, que jugaba con la sombra de un pájaro, a la que intentaba capturar con la sombra de su mano y una encantadora insistencia propia del fracaso, cuando intenté explicarle una idea que llevaba varias semanas depurando al hacerme ella una pregunta sobre Myriam, esta vez simplemente física, a la que yo relacionaba, de forma algo inconexa, con esa idea. Llevábamos más de un ahora andando y nos sentamos en un banco entre dos árboles grises para descansar y ver pasar familias y parejas vestidas de invierno o corredores con mallas. Un absurdo orgullo que se siente cuando comprobamos una y otra vez, ante las situaciones adecuadas, ante nuevos razonamientos, las nuevas ampliaciones, la agudeza de nuestra idea... o la alegría cuando encontramos la oportunidad de expresarla, de mostrar lo que creemos un acierto, oportunidad que buscamos, normalmente, ante el más mínimo motivo. Por cierto, últimamente todo te recuerda a Myriam, dijo. Has sido tú la que me has preguntado por ella, dije, yo la tenía casi olvidada. La suavidad del paseo, la limpieza del aire helado y tu voz sin fisuras... pensaba en otras cosas, yo. Sonrió, Gema.

Pasó una mujer con tres perros obedientes atados a una misma correa dividida. Ninguno nos miró. El pasado sábado cociné para dos, Gema. Tenía ganas de cocinar, y de comer, que para mi va siempre unido, no sé si para ti también, y pensé en meter un pescado en el horno para ver cómo salía de él después de un tiempo allí. También preparé algo con lo que acompañarlo. La verdad es que no pensé demasiado en las cantidades. Me apetecía ese pescado de mirada asimétrica y la receta de lo que le puse al lado... La guarnición... Sí, esa palabra tan obscena... nunca me ha gustado nombrar la comida. El lenguaje culinario me quita el hambre, dije. El caso es que me salió comida para dos y, ya que me había esforzado cocinando, preparé la mesa con un poco de cuidado. Al ver el encantador pescado en la mesa, en su plato, y la guarnición en otro plato pijo... Le enseñé la foto. Las pocas veces que cocino con intención suelo hacerles fotos a mis platos, le dije. Pensaba entonces, decía, en que era un comida para dos... en lo bien que estaría ella frente a mí, utilizando la voz para cualquier tema, la mirada sin saber si fijarse en el plato o en mí, sus manos siempre visibles sujetando los cubiertos, y yo mirándola. Pensaba eso, yo, mientras me comía todo. Al final no dejé nada, no era tampoco tanto.

Se levantó, Gema. Andemos un poco más, dijo. Cuando me interesa alguien tengo la costumbre de querer conocerlo todo, ya deberías saberlo. Saber cómo es Myriam, lo que nunca me has explicado más que con adjetivos poco definitorios, es sólo para eso... para conocerte mejor... Soy un poco como un dios, necesito saberlo todo, dijo. No había entendido por qué habías salido con esa teoría de las voces, pero, ahora, con lo que has contado de tu solitaria comida, lo acabo de comprender. Aunque eso no cambia nada de lo que pienso de las ideas, dijo.

Era una tarde perfecta para un paseo. Cambiamos a otra calle llena de gente; de encuentros, pensé. Se escondía el sol de invierno.