viernes, 17 de junio de 2016

IV. La amiga

La amiga era mi amiga, que antes leía estas cosas y ya no y, en realidad, no tiene nada que ver con esta historia. Aquel día, de camino al pueblo en el que nos confirmarían el nombre de la cantante, nos metimos en una rambla para ver un pinar al que de vez en cuando íbamos a por piñones. Aparcamos y nos bajamos a ver si quedaba algo, aunque los restos de una pequeña hoguera reciente mostraban que ya había estado alguien recogiéndolos. Lo que cuenta, lo que importa y no tiene nada que ver con esta historia detectivesca, es que justo allí, en ese momento sin trascendencia con el que se ocupa los huecos del tiempo, mientras hacía fotos a una despistada Gema recolectora, mi amiga, la que era mi amiga, me envió un mensaje, una foto de su perra cogiendo un calendario, sin más motivos ni intenciones que mostrarme la gracia de su perra. Gema lo vio, vio el cambio, cómo lo que ocurre es lo que hace la felicidad y no las ganas de no ser infeliz, y vio lo que luego quizá influyera algo en esta historia, al menos en mi forma de recordarla, en la que, estúpida e inevitablemente, ella está presente para mí. ¿Qué coño te pasa?, me dijo Gema mirando de forma sospechosa al móvil que aún sostenía en mi mano, te ha cambiado la cara en un segundo. Estas cosas no se cuentan, porque sólo son aledaños de la historia, porque no se puede contar todo, pero para el que cuenta están ahí; y hoy, por ser hoy y no decir lo que me gustaría decirle, al menos me diré esto.

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