Al escuchar el disco, le digo en algún momento de la conversación, digamos que al principio, que no llevamos ya varias horas bebiendo en las que Rubén oscila entre mirarme a los ojos cuando hablo yo y mirar los vasos que mueve con las manos cuando habla él, esta es una entrevista profesional, yo pregunto y él responde, sin contarle mi vida, él sonríe, a veces con tristeza, y luego responde, o me dice estoy mirando tu pregunta preferida mientras piensa en responder, quiero decir, os vais a creer que esto ha sido así aunque no voy a poner nada de mi parte para que lo hagáis (iba a ordenar, pero qué feo ordenar cuando vamos a hablar del desorden), al escuchar el disco, digo que le decía, he jugado a descubrir qué es lo que considerabas desorden en cada una de las canciones, es decir, el epígrafe con el que se abre le disco ("Sobre los usos del desorden en la música"), invita un poco a ello, lo he entendido como una invitación. Sí, sí, justo, mira, hemos salido de fiesta y os quedáis a dormir en mi casa, no os esperaba, no he limpiado, este es el desorden en el que vivo, perdonad, me justifico, no esperaba vuestra visita, os dejo esta cama, ahí están las guitarras, las canciones, unos libros por aquí y otros por allá, el desorden muestra lo que soy, pensáis, la limpieza y el orden no, os expulsan de mí, de las cosas, o como cuando toco como si nadie me escuchara, desordenadamente, sin pensar en nadie, en los vecinos, en los convivientes cuando tengo de eso. El nombre, la idea, viene de mi forma de componer y de grabar. Tengo una música por aquí, una letra por allá, por lo que sea, es decir, por el desorden, acaban juntas. O al grabar, aparece un violín, un piano, una especie de acordeón, y se ponen a acompañar a la guitarra, de la que he grabado quince pistas y por casualidad, unas quedan bien con otras, sin planearlo. La idea viene un poco de ahí, aunque después sí que intenté pensar diferentes formas de desorden (la estructura de la canción, la temática, los versos) y hay una invitación a ese juego. Bueno, tengo que decir que creo que es un disco fallido, o sino fallido, al menos un disco que no termina de explotar al máximo las ideas que podría desarrollar, por incapacidad mía, por falta de conocimientos. Pero sí, la idea es la que dices, ensayar diferentes formas de desorden en cada canción. Me hubiera gustado haber jugado más con el ritmo (canciones polirrítmicas) o la tonalidad (canciones politonales, o fuera de totalmente de este sistema), pero carezco de capacidad para eso. Es un campo con posibilidades, diría, pero yo, ya sabes, no tengo ni idea y hago lo que puedo.
Pero qué entiendes por desorden, le digo en algún momento, esto es una entrevista, contesta, le digo, dime, tienes que hablar, danos una guía, enséñanos tu alma, cuánto le has robado a Richard Sennett. La referencia era sencilla, Lisboa. No sé lo que entiendo por desorden, pero me gustó el librito de Sennett, la idea de lo que propicia cierto desorden en lo urbano. El año que estuve en Boston, que dormí en las residencia de estudiantes del MIT, la pareja de la amiga en cuyo piso me quedé me contó, cuando me estuvieron enseñando el MIT por dentro, que el MIT está diseñado con esa idea, que los ingenieros puedan cruzarse con los filólogos, etcétera, supongo que Sennett tuvo algo que ver en eso. Y desde entonces le fui dando un poco vueltas a la idea del desorden, a sus posibilidades. La limpieza y el orden me expulsan de lo que ocurre, es una forma de matar posibilidades, de crear jerarquías, de opresión quizá. El orden invita a estarse quieto, a no jugar, a ser museo, a la muerte, a la putrefacción del agua estancada, es agua estancada, agua estancada. Y, si hablamos de música, me resultaba divertida la idea de usar el desorden ya que la música se puede entender como ordenar notas en el tiempo, con unas ciertas reglas, más o menos rígidas. El anhelo burgués de "comprender ordenando cualquier cosa que suene y disolver en razón humana la esencia mágica de la música", dijo como si pusiera comillas, como citando no sé a quién, sospecho que todo lo que dijo después sobre la música también lo ha robado del mismo sitio. Las células melódicas están bajo un hechizo, no condenadas, sino impedidas de desarrollarse libremente, sujetas por su tonalidad. Creo que eso no he sabido evitarlo, pero he probado otras cosas. Por ejemplo, huyendo de las cadencias, de buscar la quizá falsa coerción natural del efecto de nota sensible, de cadencia automatizada, las relaciones temporales, la transición, el crescendo, la diferencia entre campo de tensión y campo de resolución, exposición y desarrollo, de pregunta y respuesta, en lugar de resolver la tensión entre música y tiempo hacer una finta a éste; olvidar su tiempo de vivencia, las repeticiones a empellones, crudamente presentes, concebidas como medios para, a través de la estilización de la duración, extirpar de la música la dimensión de la memoria, del pasado protegido; la inversión del dinamismo musical en estatismo, sacar al oyente de los recursos a los que está acostumbrado, no como negación, como su opuesto, sino como si no hubieran existido, como si no los conociera. Lo dice como si lo trajera estudiado pero los vermuts hayan desordenado un poco lo aprendido.
Háblame del desorden fuera de la música, Rubén. En la canción que has titulado infantilmente "Bolero?" hay un desorden temporal causado por el amor. Hay una frase de Clarice Lispector ("El futuro está hacia el frente y hacia atrás y hacia los costados. No necesitamos tener un orden para vivir") que retuiteaste hace poco que me recuerda a esta canción. Lo que hay aguas abajo afecta aguas arriba, es una cosa de mecánica de fluidos que siempre me ha parecido muy metafórica, si pensamos el río como un flujo temporal. Conocer a alguien puede cambiar tu pasado, hacer que tenga sentido lo que hasta ese momento parecía totalmente inútil, y hacer que tu nuevo pasado, el que surgirá después de conocerla cambia con respecto a lo que tenías antes ("un nuevo pasado sin tu ausencia"). Creo que el amor enriquece por medio del desorden que genera en lo que es tu vida hasta entonces. No sé si enriquecer es la palabra adecuada. No me gusta lo de considerar el amor algo salvador, yo que vivo en un persistente fracaso, pero es evidente que cambia cosas. Quizá también como en la canción "Noche", le digo, en lo que parece una conversación entre una parejita joven en una habitación pequeña en verano. Los días desordenados, de hacer muchas cosas, de dar vueltas juntos y no saber si eres tú o soy yo.
Como personas humanas que han bebido mucho, hay un momento en que bajo al baño para mear y Rubén se queda con mis cosas. A la vuelta lo veo haciendo fotos a los vasos y a un recipiente con naranjas que teníamos delante. También él, en un momento que intuyo cuidadosamente elegido para no interrumpir la conversación, baja al baño, y sé que se hará un selfie (que más tarde subirá a instagram). A la vuelta, quizá porque me ve un poco parada después de tantas palabras, me hace una pregunta que creo que respondo según lo que esperaba oír (sospecho que se siente muy orgulloso de su capacidad predictiva y no tanto de que él también sea predecible cuando le digo que sé que se ha hecho un selfie).
Rubén, todas las canciones son de amor, diferentes momentos en una relación, le digo para retomar la entrevista, desde una primera cita al duelo de la separación, pasando por las etapas intermedias divertidas, como en "Noche" o "Bolero?", o simplemente momentos de apoyo como en la canción "Hilo" o de duda como en "Cielo". Bueno, no sé si las calificaría de canciones de amor, creo que son más bien canciones sobre la dificultad de relacionarse con otro, la complejidad más bien. La singularidad, como dices en la probablemente única canción de la historia en que se menciona a Lévinas, le digo. Diría más, dice, la única canción del mundo que resume la filosofía de Lévinas, no sé si con acierto. Quizá en "Las puertas" nos estás contando esto, ¿no?, lo de hablar de cosas sin simplificarlas. Sí, más o menos, es decir, no estoy en contra, pero las canciones directas que dicen "te quiero, no puedo estar sin ti", siempre me han parecido un poco trampa, que no necesitas ni creer en el amor para escribirlas. La obra de arte cerrada hace desaparecer el conocimiento. Creo que en el disco hay dos o tres canciones trampa, pero al menos no son demasiado obvias.
Me hubiera gustado, entre las cosas que no he desarrollado en el disco, haber escrito algo más evidente sobre el desorden político, escapar del sistema, de la jerarquía del sistema, se justifica después de hablar un rato sobre la actualidad política. Quizá, no creo que nadie esté de acuerdo, pero en este desorden amoroso quizá haya algo de político. Me refiero al de mis letras, el desorden amoroso está claro que sí. Me gusta la diferencia no como desviación de una norma, sino como comunidad de diferencias, sin jerarquía, sin clasificación, y es algo que he intentado mostrar, o insinuar, desde mi, probablemente, más o menos normativos intereses. La pasión es desorden, desordenan el amor y se niegan a significar lo que esperábamos de ellos. Es inútil esperar nada de este desorden pues él mismo significa el fin de toda espera, cita en algún momento de la entrevista como si trajera la cita pensada y no hubiera sabido meterla en su discurso.
Le pregunto por el proceso de composición y grabación y me dice que todas las canciones, como canciones, las compuso este año, pero que las letras, salvo tres o cuatro, son de hace bastantes años. Hay mucho de mí en este disco pero también hay fantasía, nadie debería fiarse mucho de las letras. Me cuenta que para "Bembibre" y "Catania" estuvo meses para escribir las letras, pero que los títulos los tuvo claros desde el principio. Quería titular las canciones así. En Bembibre tenía claro incluso que quería usar como referencia ese libro que me recomendó una amiga para cubrir la temática del duelo. Le fui dando un poco de vueltas, al principio era una conversación en una plaza con un anciano al que el protagonista le cuenta su duelo pero luego lo convertí en una conversación grupal en una chimenea. Junto con "El hilo", con cuya frase musical he estado jugando durante lustros e incluso décadas, son las que más me ha costado terminar.
Cuando salimos, me acompaña tontamente hasta la parada de metro, nos abrazamos, y se vuelve, según me dice, andando a su casa.
