lunes, 10 de octubre de 2016

Elecciones

...diré lo mismo de otra forma porque la repetición es un señuelo casi inteligente...

Las cosas son como eliges contarlas, me dice Gema, y eso es lo que intenta... lo que se hace ahora, estas últimas décadas, que se deja todo muy abierto y es más interesante lo que se puede decir de algo que ese algo. Escuchar las explicaciones sin mirar más de una vez el cuadro, que no tiene matices, que no pide la contemplación, que sólo pide un instante y luego la palabrería posterior para admirar su genialidad. De todas las cosas de las que resulta más interesante lo que se dice de ellas que ellas mismas siempre hay que desconfiar. Pero a este cuadro regresaría, vendría otra vez por verlo, a sus líneas negras y su fondo blanco, que no tengo ni puta idea de lo que insinúan. Quizá sea eso, que haya cierta atracción, las cosas a las que regresas una y otra vez, con esa repetición que no llega a ser: porque nunca llega a ser lo mismo: ya son otras las formas de enfrentarse a lo que parece lo mismo. 

Estamos sentados en un banco blanco enfrente del cuadro. En la sala no hay nadie, apenas vemos a un vigilante sentado en una silla en una esquina de la sala siguiente hasta que entran una madre joven y su hijo pequeño, de ocho o nueve años, y empiezan a dar la vuelta a la sala por los cuadros alejados de nosotros. Gema se calla y continúa contemplando el cuadro, con un interés que soy incapaz de comprender. La madre, que debe tener más o menos mi edad, por lo que tuvo que ser una madre joven, alrededor de los veinte, se detiene frente a un desnudo con la mirada fija en la areola izquierda, igual que hice yo hace unos instantes, como si fuera la ventana de aquel cuadro del asesino. El niño va de un cuadro a otro leyendo en voz alta los títulos y autores con cierto orgullo. Cuando ya los ha leído todos (menos el que sigue observando con insistencia Gema) regresa junto a su madre, que sigue atenta a esa zona del cuadro. Quizás cansado, termina por sentarse a junto a nosotros. La gran muchedumbre, me dice.

Durante el rato en el que ellas continúan absortas en la contemplación de los cuadros, el niño y yo nos empezamos a conocer, sin que ninguna nos haga caso, y me habla de su madre, a la que comienzo a envidiar por su envidiable manera de mirar el cuadro y por lo que me cuenta el niño, que muestra madurez sin dejar de ser infantil y sabe resultar interesante. Me pregunta por Gema con insolencia infantil, si es mi hermana, mi novia, una amiga, o una pequeña ficción, un duendecillo, que me acompaña a todas partes. La verdad es que está graciosa Gema hoy, tan concentrada en el cuadro, le digo, y su pelo despeinado. Dale un golpecito en el hombro, a ver si continúa siendo humana. Gema le para con un gesto simpático y continúa con sus pensamientos. Quizá sea por reacción o porque hace falta irse al lado contrario para mantener el equibrio, pero entre tanto dinamismo me parece que siempre viene bien la quietud, la pérdida aparente de tiempo, pienso mientras el niño continúa haciendo preguntas, ahora sobre cosas del museo.

La madre, con voz de madre joven, deja de mirar el cuadro y llama al niño para seguir con el recorrido. Se despide de nosotros con un saludo y disculpándose por el niño. Lleva unos vaqueros y zapatillas blancas que hacen un poco de ruido al alejarse. Fictita, le digo a Gema, deberíamos seguir, que te van a acabar confundiendo con una obra como sigas así de quieta, y quiero ver si se vuelve a parar frente a otro cuadro y encuentro la ocasión de preguntarle si veía lo mismo que yo en el del desnudo, a la madre.

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