domingo, 30 de octubre de 2011

Destiempo



Canción. El poema (que no entiendo) de Enrique Lihn.

Nuestro entusiasmo alentaba a estos días que corren
entre la multitud de la igualdad de los días.
Nuestra debilidad cifraba en ellos
nuestra última esperanza.
Pensábamos y el tiempo que no tendría precio
se nos iba pasando pobremente
y estos son, pues, los años venideros.

Todo lo íbamos a resolver ahora.
Teníamos la vida por delante.
Lo mejor era no precipitarse.

jueves, 27 de octubre de 2011

Los matices (panfleto)

Sobre la iglesia. 



Confusión de conceptos.

¿Sabrá alguien reconocer los matices?, pensaba. Joder, por ejemplo, siempre hay confusión: confusión donde no debería haberla, tampoco hay que ponerse nihilista, que para eso es mejor callar, claro, hacer caso a Wittgenstein, de otro modo, quizá, mostrando un conocimiento poco profundo, tan sólo fachada, dejándome en evidencia nuevamente, no importa: decía: hay confusión, se confunden conceptos sencillos, se juzga inconvenientemente, se trastoca, ¿se recurre a la metonimia?: no, eso ya sería pasarme. El problema es: sólo estoy tratando, no quiero nada más: el problema de la literatura, por ejemplo: la literatura no es mala: vemos malos ejemplos, vemos buenos ejemplos: la literatura no tiene nada que ver con eso: no es buena o mala según lo que estén haciendo algunos con ella (aunque haya entusiasmos y decepciones): ahora me siento demasiado platónico, pero sólo estamos a nivel del suelo, de lo que podemos juzgar, de la práctica: la literatura es necesaria por otras razones. Así como otras actividades son innecesarias o perjudiciales por otras razones, no porque haya buenos o malos en ella: no porque se deriven en buenas acciones o malas acciones, aparentemente, buenos resultados o malos resultados, según nuestros juicios, el de cada uno. Parece que muestre que hay verdades: esencias: ya lo he dicho: sólo estamos a nivel de la práctica: algo habrá que hacer (verbalmente: habrá que hablar, a veces). No se trata de imponer, de negar, de limitar, sólo mostrar, mostrarme, elegir, considerar. Reflexionar, inevitablemente.

La conferencia le pareció mala, me dijo un amigo, precisamente; le pareció mala porque no le interesaba el tema, sin embargo, la conferencia fue mala, recuerdo, por lo mal que lo hicieron los oradores y por lo poco que la habían preparado, la conferencia. Mi amigo insistía.

Pienso en mi amiga Nuria.

Los matices: un capullo, ex-compañero mío de piso, está ahora en China: ¿será capaz de distinguir los matices, lo verdaderamente diferente, en sus nuevas actividades: en su actitud, en su forma de disfrutar, detrás de todo el cambio evidente?  Habló Cohen de una guitarra Conde; la primera guitarra con la que se interpretó el Concierto de Aranjuez (¿está Antón Pirulero en el comienzo del primer movimiento, en el primer diálogo  guitarra-orquesta, antes de la ráfaga final de la guitarra?), la Rubia, la llamaban, era de arce, de Regino Sainz de la Maza, obra del guitarrero Santos Hernández; mis cuatro guitarras: dos malas, una buena, otra artesana, de palosanto: todas diferentes: ¿Hay diferencia en el sonido? ¿Importa?

(Últimamente creo que el que no comprende (bien) soy yo, en general).

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Todo/empezo/tierra/elpepucul/20111022elpepucul_1/Tes

domingo, 23 de octubre de 2011

Ejemplo

Un ejemplo, pues, de lo dicho: de lo que no debería terminarse; aunque lo haya hecho.


(Musaraña de la Sierra de Baza, espero)


Musa, musaraña,
ratita venenosa, pequeña,
de ojitos negros, 
te recogeré del surco con las manos de acariciar,
indefenso, atrevido,
herido ya,
antes de hablar contigo,
con sólo verte,
culpable de aparecer después de la lluvia
y hundir la tierra blanda
junto a un tronco de fresno
y un balate de ripios precisos.


Te pondré en mi mano, musita;
sentado sobre el capó te miraré,
intentaré saberlo todo,
querré acariciarte.


Luego te dejaré elegir:
que no creas que quiero obligarte:
te dejaré en la greda blanca,
como una mancha, una piedrecilla juguetona;
sin intentar ninguna trampa, musa, créeme.



miércoles, 19 de octubre de 2011

El desencanto de unos ojos negros



(Si hubiese subtítulos en el fotograma, en amarillo, por ejemplo, en español, por utilizar algún idioma, se podría leer el reproche: Me hablas con palabras; en alemán se leería otra cosa, imagino, apunto, e incluso en francés, diría, con diferentes grados de dureza o dulzura)

De las dos explicaciones, una no será mía. La primera es simple: un hecho: en el único autobús madrileño que aparece en la obra de Onetti: lo sé porque ya me montaba regularmente en él cuando lo leí entre sus páginas, perfectamente olvidable: después de un año, y ahora con los mismos ojos, la misma mancha en el pecho, pero un corte de pelo diferente, tardé en reconocerla: estaba menos llamativa: al principio ni me fijé, luego lo supe, le mostré sin palabras, sacaba el móvil, leía una revista, a veces comprobaba, también me reconocía, pensé en alabarle su pelo negro, un comentario, coincidimos cuatro veces el mismo día: nos subimos en la misma parada dos veces, nos bajamos en la misma parada dos veces: no me atreví: en las dos ocasiones, al cruzar la calle, ella en otra dirección, me recuerdo, aún, dos días, el paso de cebra, el monólogo, las palabras que no le dije, pensando: el desencanto de unos ojos negros. En estos días se me ocurren demasiadas frases poéticas, y tengo demasiados deseos de escribir: por suerte, me contengo; de agradecer, claro: acudo a Becquer, que se negaba al paroxismo literario, las horas de espera, acudo a Sciascia, al pintor de Todo Modo, los deseos de pintar que no debían realizarse, los que tenía la mayoría de gente: un crepúsculo, tan aburridos, por cierto, últimamente, no debe pintarse, muchas frases, explico una, otras las callo, y la lectura de Lihn, algo inferior a lo esperado, menos numerosas, el recuerdo de José Agustín Goytisolo. Y textos, no todo es poesía, aunque ahí está el mayor problema ahora. O Alberto Olmos, cuya obra representa el camino que no hay que seguir (las ideas que tenemos las realiza, nos muestra que no merecían la pena, que ya no son válidas, si alguna vez lo fueron): publicó Ejército Enemigo, la misma novela, con diferente trama, diferentes temas, diferente estilo, imagino, no lo sé, a pesar de la portada, pero exactamente la misma novela que El talento de los demás, informo, fuera de mi tema, donde da a la solidaridad el mismo valor que al talento, la misma idea en el fondo, habla sólo de cómo cree que tratamos esos dos conceptos como sociedad, como seres sociables, no de lo que son, pienso, tres o cuatro ideas  en una conversación de bar, una pensión, cafebarlapiedra (donde sí hay que fijarse), después de algunas páginas regaladas, publicas, gratuitas, y sólo intuición, no pensamiento, que no estamos para eso: máquinas hidráulicas, calor, termotecnia... Que también hay ideas en las poesías, advierto, en los fulgores que con acierto no llevo a ningún sitio, que callo... pero que sólo son placer verbal, versos poéticos sin capacidad de poema. 

viernes, 7 de octubre de 2011

El intento



Desnuda debes perder mucho, le dije, y no pensaba en otra cosa, diría, esperando que no se ofendiera, por la insinuación, si comprendía, o el insulto, si no era capaz, y continuara con la broma, que me dijera, como me dijo, que no tenía ningún interés en demostrarme lo contrario, mi duda no entraba entre sus preocupaciones, y menos, diría, dijo, ahora, enigmática, y yo insistí, continué, quería oír su ingenio, entrenar el mío, con insistencia absurda, habitual, Evidentemente nunca podrías demostrarme lo contrario, la indiferencia con la que actúas no es más que una prueba de mi acierto, de mi capacidad de entender tus engaños físicos, con los que pretendes ergastular a algún inocente, a un pobre hombre con un único cerebro, son ya muchas horas mirándote, cedí, erré, vi su sonrisa triunfal, atenta, conocedora de cada significado, de cada implicación, y mientras, entre tanta gente, éramos capaces de no chocar, ella con prisa, esperándome, yo persiguiéndola, y nadie sabía escucharnos, ¿Para qué me lo cuentas, si tan seguro estás?, quiso continuar, obviar la victoria, reacia al ingenio fácil no procuró el ingenio, Sólo por el placer de mostrar mi habilidad deductiva, de que se reconozca mi acierto, y ya sólo me quedaba pensar en la conversación, repetirla, disfrutar con la sonrisa, porque teníamos que separarnos, esperar unas horas, Hasta luego, me dijo Cristina, abriendo la puerta...

jueves, 6 de octubre de 2011

Columna de actualidad para un periódico mediocre

Sobre los premios, la Ley de Fick y los gradientes



Hace dos días todas las apuestas daban como ganador del premio Nobel de literatura de este año al músico Bob Dylan; en varios periódicos (este incluido) y noticiarios de televisión, los pocos que tuve la necesidad de consultar, este hecho era incluso noticia. Ayer, debajo de los artículos relacionadas con la muerte del audaz Steve Jobs, aparecía en los periódicos digitales (no estuve atento a otras fuentes) la concesión del premio al poeta sueco Tranströmer, un poeta, al parecer, bastante reconocido e influyente; más allá, incluso, de su país natal, con obras traducidas a medio centenar de lenguas. Yo, que soy incapaz de juzgar su obra, tanto por torpeza poética como por el hecho de no haber leído nada suyo en los últimos veintinueve años,  y que no quiero quedarme indiferente ante este hecho, me alegro, y doy a conocer mi alegría, ante el hecho de que no se lo hayan concedido a Bob Dylan. Por justicia poética. Quiero decir, por mi teoría de premios, que detallo a continuación, brevemente. Primer axioma: Los premios no deben darse a la persona sino a la humanidad. Segundo axioma: Deben apoyarse en la Ley de Fick, su concesión. Es decir, para dar un premio (cultural, en sentido adecuadamente amplio) económico sólo deberían existir dos razones: la primera es la difusión de la obra del premiado: se deberían premiar sólo aquellas obras que se considere beneficioso difundir, alegremente, por la sociedad, la concesión debe ser gradiente, por lo que premiar a obras ampliamente reconocidas carece de valor, como el caso de Bob Dylan: darle ese premio a Bob Dylan no aporta nada ni a la obra de Dylan ni a la humanidad (a la cultura, a la poesía, etc...); la segunda razón es la de premiar creaciones con el fin de estimular, principalmente de forma económica, aunque no habría que excluir otras implicaciones que mi límite de palabras no me permite señalar, que el premiado pueda continuar con su trabajo (piénsese por ejemplo en  investigaciones científicas, tan costosas de empezar y mantener). La existencia de esta clase de premios debe tener, pues, una intención moral: ejercer una influencia positiva para que se ejerza, se continúe  ejerciendo, la actividad que se premie (con la adecuada corrección), dado que, en general, hay una gran número de tribulaciones a la hora de elegir realizar ese tipo de actividades que suelen tener premios concedibles. En muchos casos los premios se premian a sí mismos concediendo el premio a algunos altos valores de la sociedad (estoy pensando en un caso concreto que no recuerdo). En algunos casos, audazmente, para revalorizarse y continuar su labor con mejores resultados.

http://www.elpais.com/articulo/futuro/Cuasicristales/osadia/teson/belleza/elpepufut/20111012elpepifut_2/Tes

domingo, 2 de octubre de 2011

La mediocridad

Algo fuera de lugar: con más pretensiones de las habituales, de las, en principio, exigidas por mis intenciones (textos de espera): habrá que ser flexible: con la máxima enjundia de la que soy capaz: dos años de intentos: el título es provisional: el contenido no es definitivo: los hechos ya los expliqué (http://rdmmu.blogspot.com/2011/04/proximidad.html):




La mediocridad
Una ambición


I. Encuentro con Auster

Esa es la tumba de Samuel Beckett, pensé al ver a un hombre enfrente de la tumba de Beckett (que recordaba perfectamente, de mi visita anterior, la primera, al cementerio, con su sobrio granito y una planta verde, arrugada, como un abeto pequeño, parecida a un abeto pequeño, o un arbusto similar, plantada delante; por alguna razón la tumba y la planta son para mí parte de la obra de Beckett, de alguna de las obras de Beckett, a las que recuerdo confusa e inconexamente, como si fuesen una explicación o el escenario, el paisaje, un muro con hierba, pienso, de una de las historias que se contaban a sí mismos sus personajes). Y ese es Paul Auster, me dije, cuando lo reconocí; Indudablemente. Sin duda, murmuré para darme importancia, aunque estaba solo, ya que Ana no quiso venir al cementerio y se quedó en un centro comercial cercano.
Era una idea absurda la de visitar un cementerio, puede que no tanto como ir a un centro comercial, con sólo tres días para ver París, pero aquel día estábamos cansados, sin ganas de conocer nada nuevo, algo enfadados entre nosotros por alguna discusión absurda, y sólo perderíamos una par de horas, que nos servirían de descanso para continuar luego con nuestros paseos por las calles y los barrios.
El caso es que me situé junto a una tumba que hacía esquina con dos de las calles del cementerio para observarlo, al menos, con un mínimo de discreción, y, mientras, buscaba el valor y las palabras necesarios para acercarme a él, para incordiarlo. Ya sabéis que, aun tomando en cuenta que tiene algunas obras de lectura placentera, yo siempre lo he odiado, sobre todo su terca reivindicación del azar. Allí estaban los dos escritores, pues, frente a frente, ambos callados, y yo mirando tercamente, también, a Auster, al que habían concedido recientemente el Nobel, que aguantaba de pie sin muchos movimientos, con la cabeza dirigida a las inscripciones de la lápida.
Nunca te viste en una situación igual: con la posibilidad de acercarte a una persona a la que, pese a despreciarla sinceramente, por todas las razones que, estoy segura, no te costaría nada describir ahora mismo... esas copias mediocres de Beckett..., siempre le has concedido una cierta valía; y, además, en una situación como aquella: dos premios Nobel, frente a frente, en silencio, y Auster con una actitud de derrota, de servilismo, como necesitando nuevas palabras de Beckett. Al menos en eso sí te fijaste. Imaginad la situación. Yo, cuando llegó al café y me lo contó, me acordé inmediatamente de Reger, frente al Tintoretto, observado por el narrador de la obra de Bernhard: mientras narraba el encuentro fui recreando la escena como si ocurriese en aquel museo y Auster fuese Reger, salvando las distancias, diría, y él fuese el narrador, pero, a medida que me lo contaba, me daba cuenta de tu inferioridad como narrador, y fue perdiendo fuerza la escena. Recordad al narrador, las reflexiones que rememoraba de Reger o las suyas propias (no recuerdo si llegaba a expresarlas o eran ya, también, reflexiones de Reger); imaginad también a Auster, lo que podría estar pensando entonces. Y él mientras disfrutando de la insolencia (tu capacidad para hacer daño con las palabras) con la que pretendía acercarse.
Siempre has sido muy teatral, Ana: sientes un enorme placer con las escenas: sé que disfrutas de esta mesa con botellas y vasos, de aquella silla vacía del fondo, y que serías aún más feliz si no se escuchase este tipo de música. Lo realmente importante entonces, cuando estaba allí, era el momento en que me acercase: en el que conseguiera el asombro de Auster y disfrutase con mi insolencia: ese es el que debía preparar; lo demás es literatura: narración; la literatura que más nos gusta preferiría el primer instante, sin embargo, en la realidad, para cualquier observador, para los personajes, para los que oyesen más tarde la anécdota, sufriendo los retóricos preámbulos, estarían más interesados en el desarrollo del segundo momento, pienso yo.  Por otro lado, aunque yo, vecino pobre del ingenio, estaba realmente ocupado con mis ideas mediocres, amigas del fracaso, pude observar sin interrupción y sin perder detalle todos los gestos de Auster, incluso, como has reconocido, de hacer algún que otro juicio.
Así que yo estaba allí junto a una tumba desconocida,  intentando recordar, acercar, todo lo que sabía de los dos escritores, hasta que, después de unos diez minutos parado sin llegar a ninguna estrategia definitiva, comprendí que podía perder la oportunidad de discutir con Auster, y decidí, muy a mi pesar, que la mejor forma de acercarme era utilizando un libro suyo que encontramos, casualmente, en uno de los últimos asientos de un vagón del tren que nos llevó desde Le Havre a París por la región de Normandia.
Era aún cerca de Le Havre, hacía poco más de media hora que habíamos salido de la estación. Estábamos cruzando Rouen y el tren se paró bruscamente, a pesar de no llevar demasiada velocidad.
Y, bueno, oímos como cayó algo en los asientos de atrás, que estaban completamente vacíos, como la mayoría de asientos, y me levanté a ver lo que era, más que por curiosidad, por despegarme de los incómodos asientos.
Y allí en el suelo encontró la versión italiana de un libro de Auster.
Sí, en italiano; era de una editorial bastante común en Italia (la vimos en muchas librerías un año que estuvimos en Siena) cuyas ediciones son bastantes sobrias, académicas.
Me lo mostró sonriendo. Vaya mierda: un libro de Auster en italiano, dijo.
No me contestó. Sonrió también y continuó intentando dormir.
Estaba cansada. La noche anterior nos estuvimos despidiendo hasta tarde de Le Havre y de la gente que conocíamos allí y, además, tuvimos que madrugar para coger el tren. Fue una gran noche, recuerda.
Sí, me acuerdo. A pesar de todo me guardé el libro en la mochila.
Sin pensar que luego lo utilizaría.
Mierda de casualidad: yo el único problema que tengo con el azar es la reivindicación insistente de Auster, por lo demás siempre me ha divertido, aunque me jodió que precisamente me ocurriera esto con él.
Saqué el libro, como decía, con todo el esfuerzo que suponía reconocer mi fracaso: ya me había derrotado dos veces, antes incluso de comenzar la esperada discusión. Encima, cuando me vio acercarme, con el libro en la mano, me dijo que no tenía lápiz. Yo me negué (ante mí, claro) a mostrar mis bolígrafos y le recordé un cuento suyo en el que justificaba su escritura con el hecho de llevar siempre un lápiz, o algo así, por no se qué historia con un jugador de béisbol. Ignoró el tono ligeramente acusador que utilicé y me dijo que tenía prisa, que tenía que irse, que ya se había retrasado demasiado, con cierta amabilidad esquiva. Me invitó, además, a que me pasara el día siguiente por un café al que iría a desayunar. Que entonces sí podría firmarme el libro, dijo.
A Ana le hubiese encantado que tuviese allí mismo la conversación, pero no supe hacerlo; la verdad es que me sentí algo estúpido, demasiado consciente de mi incapacidad, de mi habitual torpeza, que solo soy capaz de ver después de que me ocurran las cosas (antes siempre me creo intachable), y no creí que fuese a ir al café. Al final fue mejor para ti, Ana, aunque terminaras burlándote de mí cuando te lo conté al encontrarnos en ese otro café.
Auster huyó hacia la puerta principal del cementerio. Imagino que, al menos, conseguí estropearle el momento.