...pensaba que mi vida era superior a estas alas deshechas...
Claudia (trasunto de Sara M. Bernard) y su abnegado compañero, Sebastian, se van a un pueblo en un altiplano rodeado de sierras, antiguo lago prehistórico, con dos destacadas montañas, para tratar de aliviar las críticas cosechadas por Claudia, escritora, después de la publicación de su tercera novela, best-seller lamentable, y escribir un libro de cuentos sobre relaciones sexuales que terminen por abrirse, cada cuento, por caminos y enfoques diferentes sobre la puñetera condición humana o la sociedad, más o menos igual de puñetera, según ambas, la trasunta y la Sara, sin que la importunen las punzantes y mencionadas críticas, habitualmente muy poco interesadas en acercarse al medio rural.
La novela se pretende ambiciosa, de arquitectura sólida y buenas ornamentaciones. Se divide en cinco partes: la de llegar al pueblo, la de estar en el pueblo, la de irse del pueblo; la de estar en el pueblo, la principal, tiene tres partes, de igual importancia; las otras las nombraremos como preámbulo y cierre, y en ellas se acelera la sintaxis y se muestra músculo, para dejarles a las otras partes la narrativa y las ideas.
Poco a poco, entre labranzas, desvaríos de su compañero, una pequeña trama oscurecida por la ceniza de dos olmos y una iglesia y algún paseo por una rambla orillada de álamos o encinas, que no distingue Claudia ni su móvil desconectado, terminará, Claudia, por claudicar y no escribir un sólo relato decente, a pesar de habernos jodido (a veces con interés) durante la primera de las tres partes de la segunda parte con la relación y explicación de lo que iban a ser esos cuentos, de las experiencias sexuales inspiradoras, de su flexibilidad, con reflexiones, a veces agudas, sobre literatura. En esta primera parte, varios días, no saldrá de la casa, y se intercambian capítulos en los que ella está encerrada en la habitación con aquellos en los que el panoli de Sebastian disfruta del campo, de labores físicas mal llevadas pero estimulantes, del pueblo con sus calles y casas y esquivos lugareños. La atmósfera, el ambiente, eso que no sé bien qué es pero que da entidad a lo leído, lo diferencia -no decir que hace calor, sino provocar en el lector la sensación de que hace calor allí donde tenga que hacer calor-, de pueblo, de lo que pretende mostrar que es un pueblo, es, quizá, de lo mejor de la novela, aunque no coincida con mis percepciones de lo que es un pueblo o de pueblos que conozco que podría creer similares.
En la segunda parte, ante la euforia de un primer cuento aparentemente aceptable, Claudia decide darse un paseo por las calles del pueblo, que se nos muestra, ahora, como su pueblo, al que hace más de veinte años que no regresa, y, después de despreciar la nostalgia en los instantes iniciales en los que empieza a recorrerlo, con motivo de ese paseo, de recorrer los lugares, la van asaltando, desde la otra persona que fue ella, allí, con otro nombre incluso, MariadelMar, ya que decidió cambiárselo, recuerdos ligeramente fantasmales, caóticos o azarosos, de su vida allí. Así como en la primera parte, la que viene después del preámbulo, Claudia recurría a la memoria cercana, forzando, para lograr escribir literatura, en esta segunda parte la memoria más alejada le procura una literatura no escrita, mental, fragmentaria, con la que acompañar su paseo.
La novela está ambientada en un futuro cercano, para no complicarse demasiado, para no tener que inventar mucho, para meter algún augurio sencillo con el que jugar, y divertirse un poco, y mirar con algo más de perspectiva (ficticia) el mundo actual, lo que aprovecha en la tercera parte para mostrar su rabia, su malababa, hacia el mundo literario antes de una pronosticada muerte de la literatura, el de sus comienzos como escritora antes de ese best-seller lamentable. Lo más interesante de esta aún joven autora es cuando cuenta experiencias de los personajes, se pone a la altura de los personajes, se pone individual, se acerca a sus poemas, y no cuando intenta rastrear ciertas generalidades sociales en un tono ensayístico que (me) suena falso, aburrido, e incluso poco literario, por mucho que muestre rabia, encabronamiento, y, no lo sé, puede que realidad.
La tontería vertebradora de una frase, como ya hiciera Sara en su anterior novela, sirve para presentar en el preámbulo un leve desencuentro entre la pareja que alcanza cierto encanto en alguno de sus pasajes, en la parte de estar en el pueblo, y permite la aparición de nuevas reflexiones en torno al sexo en la tercera parte de la segunda parte, uno de los diferentes estratos sobre los que se construye el libro. Los estratos, las reflexiones, encajan con acierto e inteligencia dentro del libro como estructura. Acaso, se me ocurre, le penaliza que algunas ideas ya las haya expuesto en entrevistas o en las diferentes cuentas de internet que suelo frecuentar con la mala intención de conocerla, lo que le da algo de levedad al libro, de conversación en una bar, de amiga conocida y pizzas vegetarianas a medias, compartidas (algo a lo que también se prestan con facilidad las mismas ideas, tan humanas).
El lenguaje está trabajado, tiene gran riqueza, pero alterna grandes aciertos con recursos infantiles, de principiante, como torpes mecanismos que le permiten avanzar, a otra parte, hacia delante, normalmente, supongo, tanteando ocurrencias, bifurcaciones de relleno, a veces, detalles que quitaría, que un buen editor, imagino, debería señalar y disminuir y convencer, eso de ahí, y tu sonrisa de niña, lo cambias, que no haya fisuras en la novela, en la imagen maldita. La sonrisa déjala, recapacitaría.
La novela me deja muy buenas sensaciones, a pesar de mirarla con recelo al principio, con la sensación inicial de que no justificaba literariamente lo que cuenta -único fallo que le encontré a El mapa y el territorio de Houellebecq (al que, por cierto, le da pocos años más de vida en la novela, parece), en su día, en el asesinato que describe del propio autor-, sensación que fui olvidando conforme leía hasta el punto que no recuerdo las razones que la provocaron. Sin lugar a dudas es una obra interesante, poco por debajo de los dos maravillosos libros anteriores de la maravillosa autora (****).

