La única persona que he conocido que nació el mismo día que yo, exactamente el mismo día, quiero decir, mismo día y mismo año, se llamaba Miguel Hernández, lo que tiene gracia llamándome yo Rubén Darío, le digo a Gema. Y, por añadir coincidencias sin importancia, nacimos el mismo día (unos cuantos años después) que murió Miguel Hernández, el poeta. El día de Santa Esperanza, el día que cayó Madrid en manos de los hijoputas de los nacionales, el del accidente de Three Mile Island, el del nacimiento de Gorki, del capullo de Vargas Llosa, de Lady Gaga o de Amancio Ortega, de la muerte del viejo Chagall, de Virginia Wolf o de Ionesco. Un mal día, la verdad.
Estamos cenando Gema y yo en un restaurante de la calle Cádiz porque me convenció de que teníamos que celebrar mi cumpleaños, al menos porque ya no puedes morir como una leyenda del rock, me dijo, y eso hay que celebrarlo, que no te hayas quemado como una estrella fugaz y ese tipo de mierdas. Es que últimamente me preocupan más otros aniversarios, Fictita, le dije, y no son precisamente para celebrarlos. Pero allí estábamos sentados frente a frente en la mesa para celebrar aquel lunes, un día soleado, en el que madrugué, y casi puedo decir que en un Seat 127, en mitad de una carretera nacional en medio del altiplano, las tierras baldías a punto del mes más cruel; a lo que siguió una infancia feliz y libre, la adolescencia con la literatura y la música, los años de universidad, los paseos de principios del siglo pasado por la ciudad, hasta ser el hombre hecho, es decir, deshecho, que soy hoy. No hay nada que me provoque tanta curiosidad como el futuro, así que contento de seguir por aquí, y siempre pensé que los mejores años de un ser humano están entre los veinticinco y los cincuentaicinco. Al menos son los que más me interesan de los demás, que la libertad de la juventud, la rebeldía, es mucho menos real de lo que se cree, ya que estamos demasiado sometidos a nosotros mismos, es decir, a los demás, a querer diferenciarnos, a forzar la diferencia. Aunque yo, como Roque Dalton, pienso mantenerme entre los veintiséis y veintisiete, por mucho que prolongue mi vida.
El local es agradable, simpática la camarera que nos atiende, que me felicita al enterarse, y la comida está muy bien, por lo que dejo la pedantería de nombrar, de hablar de mí, y reconducimos la conversación hacia otros temas como el futuro de la cerca europea.

