lunes, 28 de marzo de 2016

Cuento

...a mi noche no la mata ningún sol...




La única persona que he conocido que nació el mismo día que yo, exactamente el mismo día, quiero decir, mismo día y mismo año, se llamaba Miguel Hernández, lo que tiene gracia llamándome yo Rubén Darío, le digo a Gema. Y, por añadir coincidencias sin importancia, nacimos el mismo día (unos cuantos años después) que murió Miguel Hernández, el poeta. El día de Santa Esperanza, el día que cayó Madrid en manos de los hijoputas de los nacionales, el del accidente de Three Mile Island, el del nacimiento de Gorki, del capullo de Vargas Llosa, de Lady Gaga o de Amancio Ortega, de la muerte del viejo Chagall, de Virginia Wolf o de Ionesco. Un mal día, la verdad.

Estamos cenando Gema y yo en un restaurante de la calle Cádiz porque me convenció de que teníamos que celebrar mi cumpleaños, al menos porque ya no puedes morir como una leyenda del rock, me dijo, y eso hay que celebrarlo, que no te hayas quemado como una estrella fugaz y ese tipo de mierdas. Es que últimamente me preocupan más otros aniversarios, Fictita, le dije, y no son precisamente para celebrarlos. Pero allí estábamos sentados frente a frente en la mesa para celebrar aquel lunes, un día soleado, en el que madrugué, y casi puedo decir que en un Seat 127, en mitad de una carretera nacional en medio del altiplano, las tierras baldías a punto del mes más cruel; a lo que siguió una infancia feliz y libre, la adolescencia con la literatura y la música, los años de universidad, los paseos de principios del siglo pasado por la ciudad, hasta ser el hombre hecho, es decir, deshecho, que soy hoy. No hay nada que me provoque tanta curiosidad como el futuro, así que contento de seguir por aquí, y siempre pensé que los mejores años de un ser humano están entre los veinticinco y los cincuentaicinco. Al menos son los que más me interesan de los demás, que la libertad de la juventud, la rebeldía, es mucho menos real de lo que se cree, ya que estamos demasiado sometidos a nosotros mismos, es decir, a los demás, a querer diferenciarnos, a forzar la diferencia. Aunque yo, como Roque Dalton, pienso mantenerme entre los veintiséis y veintisiete, por mucho que prolongue mi vida.

El local es agradable, simpática la camarera que nos atiende, que me felicita al enterarse, y la comida está muy bien, por lo que dejo la pedantería de nombrar, de hablar de mí, y reconducimos la conversación hacia otros temas como el futuro de la cerca europea.



sábado, 19 de marzo de 2016

Declaración de un vencido

Y aquí,
ante vuestras miradas de compasión
o vuestras miradas de desprecio,
os digo:
os equivocáis: los vencidos sois vosotros;
vosotros, queridos vencidos,
los que habéis fracasado.


lunes, 14 de marzo de 2016

(lo de llamarlo "nuestra historia" es una licencia poética, lo sé)

Ahora me parece un sueño nuestra historia.

Tú eres sólo un nombre.

Yo soy una voz en off.

viernes, 4 de marzo de 2016

Rencores

...¿cuántos ojos hacen falta para ver el mundo?...

Yo creo, dice Gema, que lo de Luna Miguel con facebook por su libro sobre la masturbación femenina más que por mojigatería del denunciante (lo de facebook ya es otra cosa) es porque alguien ha visto una oportunidad con lo de la masturbación para satisfacer su necesidad de venganza (por envidia o lo que sea). Y esto no es más que una prueba de la estupidez y de la debilidad mental de la mayoría de rencorosos. En lugar de hacer una venganza inteligente como la de Bienvenido, Bob, el maravilloso cuento de Onetti, o la del gabinete de Perec... yo que sé, leer los poemas de Luna subrayando sus peores versos, algún error sintáctico o midiendo la mediocridad de su obra con un conocimiento profundo de la misma (según el rencoroso, yo apenas he leído algún poema suyo). Me imagino a esa persona ahora tan contenta viendo la repercusión de su sencillo acto, regodeándose con su estupidez. Probablemente se habrá masturbado ya unas cuantas veces pensando en ello, y no me extrañaría que se comprara el libro. Falta inteligencia en lo de odiar a los demás, le digo a Gema. El odio sin inteligencia es ridículo, me dice. Sonrie y dice que quizá nos pasamos un poco con nuestra veneración de la inteligencia. Somos un poco capullos a veces, dice. Algún silencio después, le digo a Gema que mi mayor capacidad de rencor o de venganza es alejarme de esas personas o librarlas de mi presencia cuando ha sido por una pelea entre ambos. Me acuerdo que a mi hermana los enfados le duraban muchísimo, mientras que yo poco después ya estaba pidiendo perdón por haberme enfadado, aunque la culpable fuera ella, aunque yo tuviera razón, era incapaz de mantener el cabreo por justo que fuera. Pienso en mi amiga, con la que, por salvarme, también estoy enfadado (sólo por salvarme, porque no tengo ninguna otra razón para enfadarme con ella); pienso en la indiferencia que mostraría yo si nos cruzáramos (porque temo cruzarme con ella un día, por cualquier calle, en esta pequeña ciudad de millones de habitantes) después de cinco meses sin saber nada de ella, o en contestaciones irónicas (está todo muy bien, Z.) o cosas así. Pero no, sería incapaz de hacer eso, sería correcto, banal y olvidable como acostumbro en estas situaciones. Gema ha puesto su cara de tedio como siempre que aprovecho cualquier oportunidad para hablar de mi amiga. Deberías empezar a preocuparte de otras cosas, me dice.