lunes, 4 de julio de 2016

V. La novia

Ya en la feria del pueblo, después de observar algunas de las atracciones, de intentar ignorar la música, coincidimos con el hijo, que iba con una chica muy descriptible, y decidimos juntar nuestra felicidad veraniega por estar allí. La chica era su novia y sería la novia unos meses después en una boda a la que nos invitaron y sobre la que un día quizá podría contar algo. Aquel día sólo nos tomamos unas cervezas, cenamos y volvimos a darnos una vuelta por la feria hasta que el hijo, que tenía que regresar a Granada al día siguiente, decidió marcharse. La novia, sin embargo, que se lo estaba pasando bastante bien hablando con Gema mientras el hijo y yo hablábamos a trompicones (y yo intentaba hablar de Navarra, mi tema favorito aquellos días), decidió quedarse con nosotros. Cuando se fue, dejamos el recinto de la feria para callejear por el pueblo en busca del local por el que habíamos venido. Gema y la novia hablaban de la infancia francesa de ésta, cuyos abuelos emigraron a Francia durante la guerra civil y no regresaron, ellos y sus hijos y sus nietos, hasta los años noventa, cuando ella ya tenía casi diez años. Sus abuelos decidieron comprarse una casa aquí y ella solía quedarse los veranos, una parte al menos, con ellos, y, finalmente, decidió estudiar la carrera aquí en España, en Granada, donde, una tarde perdida de sus últimos años de universitaria conoció al hijo mientras paseaba por la Gran Vía. Al hijo, al que hasta entonces había estado llamando por su nombre, lo nombró en esta ocasión por el apellido, por el mismo apellido vasco que habíamos leído en el periódico ese mismo día. Gema lo pasó por alto, atenta a la particular forma de expresarse de la novia, pero yo busqué en el móvil el vídeo de la cantante y, mientras explicaba algo de uno de sus profesores universitarios, la paré y le enseñé el vídeo. Oye, le dije, no conocerás por casualidad a esta cantante. La novia se rió, y dijo que sí, claro, que era la madre de su novio, del hijo. Le explicamos la historia que teníamos con ese vídeo, los años que llevábamos detrás de encontrar algo sobre ella, que esa tarde estábamos allí por ella. Joder, qué casualidad, decíamos absurdamente los tres mientras contábamos Gema y yo la historia. Seguimos caminando hasta llegar al local, que, como era de esperar ese día, estaba cerrado. 

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