domingo, 18 de diciembre de 2011

Conversaciones, etcétera.

-¿No tienes frío?
-¿Para qué? No me hace falta ahora.
-¿Luego sí?
-Claro, de alguna modo me vendrá bien luego; pero ahora no lo necesito.
-No estaré contigo.
-Ya.
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De Percival Everett:

Wittgenstein: ¿Qué hacía Bach cuando lo acuciaban las deudas?
Derrida: No lo sé. ¿Qué hacía?
Wittgenstein: Darse a la fuga.
Derrida: ¿Te refieres a que huía apresuradamente para escapar de las autoridades?
Wittgenstein: Bueno, no me refería exactamente a eso. Era un juego de palabras.
Derrida: Ah, ya lo pillo.


Apunto: cuando mencionan la palabra deconstrucción, yo pienso en Derrida. 
Alguna implicación tendrá.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Desengaño

Permítanme este intento costumbrista.
(Una de Nicanor, otra de Onetti, otra de Jean-Paul)




 ...un embutido de ángel y bestia... La Húngara decidió poner un disco... realizó el acto físico de poner un disco... con movimientos lentos y sin dejarme ver sus ojos... Llevaba dos horas contándome su vida, aquellos días en que se llamaba Gema y era de Asturias. Lo demás no le interesaba, decía. Nunca me gustó sentirme bien, dijo. Aunque eso no ha influido en  lo que he llegado a ser. Creo que siempre he tenido la valentía de buscar objetivos ajenos a la felicidad. Tampoco busqué lo contrario: son estados que no me interesan, que no considero. Recuerdo una vez, en la casa de mis abuelos... Intenté encender una lumbre, algo que consideraba, por lo que oía a los mayores, que siempre hacían comentarios al que colocaba los  troncos, los palos finos, realmente complejo. La ingeniería de la hoguera, pienso ahora. Estaba sólo con mi abuela, que miraba mis movimientos sin decir nada. Cuando llegó el momento de encenderla, le pedí permiso para usar una cerilla. Mi abuela me dejó: prendí un papel con la cerilla y lo introduje entre los troncos. Logré encenderla. Mi abuela me felicitó: imagino que comprendía lo que significaba mi intento y que entonces no supe ver el gesto de divertimiento que debió ofrecerme, mi abuela, al mostrar que me tomaba en serio. Sólo movió un poco un tronco: para que se hiciesen mejor las ascuas para el brasero, dijo. Se volvió a sentar frente a mí: me miró con esos ojos verdes que, no sé muy bien por qué, hicieron que pensase en ella como la Húngara; comenzó a sonar una insoportable obra de Bártok. Recuerdo que aquel día me sentí bien, satisfecha, orgullosa, pero completamente banal y despreciable: no por ser capaz de encender la hoguera, claro, sino por sentirme... creerme... apreciada por mi abuela, por disfrutar con ese perverso placer, que me resultó entonces más fuerte que el hecho de ser capaz de hacer correctamente algo que creía difícil. Esa tarde, o al día siguiente, durante uno de los paseos habituales... a mi familia siempre le ha gustado pasear... aún lo hacemos... por un hayedo cercano a la casa de mis abuelos, que vivían en un pueblo pequeño, al que siempre íbamos cuando los visitábamos, no dejé de repetirme una frase... con terquedad infantil... Qué mierda es sentirse bien... O algo así. Me miró un momento. No sé si entiendes lo que quiero decir... (Yo lo entendía todo: se sentía bien conmigo: por eso había puesto los Mikrokosmos de Béla: para que no fuese tan perfecto el momento. No dije nada. Veía ya mi triunfo final -las señales eran claras-: no quería estropearlo. Tampoco esperó que yo dijese nada). Nombrar es denunciar, decía alguien. Aunque tampoco se trata de eso. No me interesa pensar en estar bien ni preocuparme por ello: prefiero tener otras preocupaciones... Se quitó el jersey  con soltura, Gema. Creo que nadie se preocupa de ser feliz: la felicidad abotarga: todos tienen ese objetivo, pero desconocen que no es lo que prefieren ni lo que de verdad buscan. En eso sí que aventajas (pensaba, en realidad, en otras trescientas ventajas que había sido capaz de encontrarle, contradiciéndose unas a otras a medida que las descubría, desde que nos cruzamos en aquella calle y me dijo Vamos) al resto: en que tú sabes que no es tu objetivo.


http://youtu.be/d-diB65scQU

lunes, 28 de noviembre de 2011

Del invierno

Pá no adelantarme... tanto... que aún queda otoño... unos cuantos días de noviembre... otros de diciembre... eso creo... alguno de marzo, entre medias... nunca se sabe... habrá que disfrutarlos, diría... que se ven... Y luego dirán, aunque no importe... Carece de importancia: aún no voy a hablar de ti. 


Me quedo con el sol inclinado... y con el aire.





viernes, 18 de noviembre de 2011

El comienzo de la primavera, de Pron



Patricia: porque en algún momento podemos creer que estamos dentro de la Historia, aunque sólo sea un rato, habrá que agradecerle a Pron el intento de cuestionarse cuál es la relación que tenemos con todo eso que parece que tuvo valor y que nos condicionó para ser lo que somos. Primero en su novela sobre los padres, cuyo título me niego a transcribir, y ahora en esta novela, escrita y publicada hace más años pero que he leído después de la de los padres, en la que el protagonista trata de encontrarse con un filósofo de la historia, digamos, cercano a Heidegger, por pueblos de Alemania, en una búsqueda casi policial, finalmente. Habrá que perdonarle los errores sintácticos (que no tienen nada que ver con el juego ni el placer ni la burla, sino con el desconocimiento lingüístico), demasiado abundantes, y el tono apagado que persigue a todas sus páginas: parece como si no lo estuvieses leyendo, a veces, aunque resulte agradable la lectura (y a la primera novela, la de los padres, la insoportable y huera parte central y también la final) por ese intento (y ser joven) y por no evitar las reflexiones de su creado filósofo o incluso las de Heidegger (alguna hay en lo que llevo leído). Asume algunos riesgos: intenta superar dificultades. No lo hace mal.

Si eres capaz de hacer esa pregunta, también eres capaz de responderla.

Hoy no es día inteligente y no sé ir más allá.

Recuerdo el debate (no digo nada del debate) anterior, el primero (el segundo no lo recuerdo, podría decir; o, acaso, los confundo, los dos, ambos), hace menos de cuatro años, los cuatro juntos, el primer año, famosas las discusiones políticas en años anteriores, antes de vivir juntos, pensé (entonces, antes del debate, imagino): un momento trascendente: historia: habrá que hacer espacio en el recuerdo. Bajemos el nivel: eventos deportivos: los cuatro juntos, de nuevo, el primer año: victorias: habrá que contar esto a los futuros. Una botella de cerveza vacía debajo de la mesa. Y ahora a dos días. Y con una amenaza que quisiera ser más que una fisura.  

(Ya sé que insisto, pero será la última vez).

De vez en cuando podemos pensar que estamos dentro de la Historia.  


jueves, 10 de noviembre de 2011

Dublín



Nina Persson con veintitrés años, las calles de una barrio de Dublin o un muro junto al río Liffey (entonces aún no pensaba en Estocolmo, por alguna razón que no vamos a intentar conocer; tampoco pensaba en ninguna ciudad alemana, como aquella de la que hablaba W.G. Sebald en su ensayo sobre la destrucción, y no se menciona), el recorrido sin ninguna intención, que no se vaya a hablar de intenciones ahora, aunque llevaba una guitarra a la espalda, cruzado sobre el pecho el tirante, acompañando su límpida mirada de malicia, las nubes con escasa presencia, por una vez, el frío adecuado y todo lo que quedaba de tarde, mientras narraba, divertida, ella, ingeniosa, la noche anterior en el Temple Bar. A eso se dedicaba, mientras, a cada paso. Con el río Liffey al lado o entre las calles de Dublín. Me gustaría mentir con la elegancia de unas medias negras. Pero tampoco lo hago mal, creo. Yo prefiero el despiste o la confusión: como Filippo Bruneleschi, que al construir la cúpula de la catedral de Florencia hizo todo lo posible para ocultar su técnica: durante la construcción los obreros disponían los ladrillos visibles de una forma distinta a la bóveda interna, la que aguanta el peso, y parece que también realizaba señales para despistar. Aún hoy no se conoce la técnica que utilizó, el muy cabrón. En la confusión hay realidad: hay resultados: hay un camino que lleva a la verdad, que cualquiera puede seguir. Tras la mentira puede no haber nada. Tienes mucho aprecio a la verdad, hoy. Bueno, la teoría la he armado sólo para mencionar al italiano, al que conocí esta mañana, por casualidad, en una encilopedia. Me parecía que venía a cuento. Eres un oportunista, y bastante torpe, por cierto. Bueno, no hay que pasarse, sólo era un comentario.

A mí me encanta cómo mientes. Y escucharte. ¿Nos sentamos allí? Deberíamos probar hoy tu voz de lija.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Malgastar esfuerzos

Para un 15 de noviembre, partido en dos.

Todas las muertes son individuales, dijo, tumbado en el sofá, al ver la noticia; lo oí, sentado en el sofá, en el otro sofá, y asentí con un sonido, con una risa leve, cortante, que la dejaba ya, apenas segundos después de su pronunciación, en el territorio hostil de la memoria, a la frase, acertada, cercana a otras ideas que pude desarrollar alguna vez, en algún momento, ante mí mismo, sin saber si sería, de un lado, parte del olvido o parte del recuerdo, como refugio o como fracaso, o, del otro, parte del olvido o parte del recuerdo, como incapacidad o como admiración o, al menos, como (otra) prueba de aprecio, obligada a permanecer, para ambos, irremediablemente, en esa incertidumbre, anclada ya en un abismo que no quise evitar, por no demostrar ninguna capacidad de esfuerzo, por una vez, inútil, ningún intento, como siempre. Y ya estaban de nuevo las noticias sucediéndose, precipitándonos a otras posibilidades, nuevas muestras de ingenio que podríamos lanzar, con insistencia ruin, al mismo abismo frecuentado, pero que no evitaron el silencio, relativo, presente. Pensé, discurriendo ya por otros caminos que me imposibilitaron, cierto tiempo, prestar atención, en mi incapacidad de desarrollar conversaciones inútiles, sin fines concretos. Esta inutilidad, esta capacidad de malgastar esfuerzos, es la que realmente afianza las relaciones, pensé. Todas las grandes relaciones se construyen, se afianzan, en ese desperdicio de palabras, de tiempo, donde no se pretende nada, donde la trascendencia es sólo un lastre agotador que aniquila cualquier posibilidad de permanencia, de felicidad. En cualquier gran relación la trascendencia queda reducida a sólo algunos escasos momentos inevitables. Empezaron los deportes y atendí, al inicio, las primeras imágenes, las novedades, hasta que decidió darse la vuelta en el sofá, ponerse de un lado, dormirse, asumiendo esa huida cobarde y renovadora, dejándome como único oyente posible, apoyadas las piernas en la mesa. Pensé en todo lo que le debía, en lo mucho que lo tenía en cuenta ante cualquier decisión intrascendente que tomaba, en todos esos recuerdos agotadores, calzados de felonía, de feroz dentellada asimétrica, cuyo placer quedó recluido al propio espacio irrescatable del recuerdo, como diría, pero que confirman, una y otra vez, a cada incontenible visita, un aprecio irremediable, que evita cualquier necesidad de respeto. Las valoraciones precisas, adecuadas, de la vida, de sus posibilidades, de las opciones, para que no quede destruida por la estupidez, a pesar de desencantos ocasionales, tibios, que no dejan de mostrar, por otra parte, esa capacidad. Decidí salir: unos ladridos, que debía acallar, para evitar protestas, me llamaron, con la dulzura habitual, desde la puerta, en la puerta, entres las rejas protectoras, ante un jardín silvano, incendiarios y sabios, por un gato inquietante de torpe sigilo e indiferente desprecio por las reglas impuestas. Me senté en una silla y me pidieron la aprobación del trabajo bien realizado, satisfecho, sibilino, con la inocencia habitual, la humildad, y una sonrisa aviesa, feliz. El verde y el cielo, y el sol, ese día. La luz. Entramos juntos y nos sentamos cada uno en su sitio. 

sábado, 5 de noviembre de 2011

Dice Handke:





Una vez dije: un gran autor cierra el camino a sus sucesores, pero sólo para que encuentren su propio camino. O sea, lo contrario de alguien como Thomas Bernhard, quien es fácil de imitar, en realidad. Un escritor que es fácil de imitar, en el fondo, no merece ser llamado como tal.

domingo, 30 de octubre de 2011

Destiempo



Canción. El poema (que no entiendo) de Enrique Lihn.

Nuestro entusiasmo alentaba a estos días que corren
entre la multitud de la igualdad de los días.
Nuestra debilidad cifraba en ellos
nuestra última esperanza.
Pensábamos y el tiempo que no tendría precio
se nos iba pasando pobremente
y estos son, pues, los años venideros.

Todo lo íbamos a resolver ahora.
Teníamos la vida por delante.
Lo mejor era no precipitarse.

jueves, 27 de octubre de 2011

Los matices (panfleto)

Sobre la iglesia. 



Confusión de conceptos.

¿Sabrá alguien reconocer los matices?, pensaba. Joder, por ejemplo, siempre hay confusión: confusión donde no debería haberla, tampoco hay que ponerse nihilista, que para eso es mejor callar, claro, hacer caso a Wittgenstein, de otro modo, quizá, mostrando un conocimiento poco profundo, tan sólo fachada, dejándome en evidencia nuevamente, no importa: decía: hay confusión, se confunden conceptos sencillos, se juzga inconvenientemente, se trastoca, ¿se recurre a la metonimia?: no, eso ya sería pasarme. El problema es: sólo estoy tratando, no quiero nada más: el problema de la literatura, por ejemplo: la literatura no es mala: vemos malos ejemplos, vemos buenos ejemplos: la literatura no tiene nada que ver con eso: no es buena o mala según lo que estén haciendo algunos con ella (aunque haya entusiasmos y decepciones): ahora me siento demasiado platónico, pero sólo estamos a nivel del suelo, de lo que podemos juzgar, de la práctica: la literatura es necesaria por otras razones. Así como otras actividades son innecesarias o perjudiciales por otras razones, no porque haya buenos o malos en ella: no porque se deriven en buenas acciones o malas acciones, aparentemente, buenos resultados o malos resultados, según nuestros juicios, el de cada uno. Parece que muestre que hay verdades: esencias: ya lo he dicho: sólo estamos a nivel de la práctica: algo habrá que hacer (verbalmente: habrá que hablar, a veces). No se trata de imponer, de negar, de limitar, sólo mostrar, mostrarme, elegir, considerar. Reflexionar, inevitablemente.

La conferencia le pareció mala, me dijo un amigo, precisamente; le pareció mala porque no le interesaba el tema, sin embargo, la conferencia fue mala, recuerdo, por lo mal que lo hicieron los oradores y por lo poco que la habían preparado, la conferencia. Mi amigo insistía.

Pienso en mi amiga Nuria.

Los matices: un capullo, ex-compañero mío de piso, está ahora en China: ¿será capaz de distinguir los matices, lo verdaderamente diferente, en sus nuevas actividades: en su actitud, en su forma de disfrutar, detrás de todo el cambio evidente?  Habló Cohen de una guitarra Conde; la primera guitarra con la que se interpretó el Concierto de Aranjuez (¿está Antón Pirulero en el comienzo del primer movimiento, en el primer diálogo  guitarra-orquesta, antes de la ráfaga final de la guitarra?), la Rubia, la llamaban, era de arce, de Regino Sainz de la Maza, obra del guitarrero Santos Hernández; mis cuatro guitarras: dos malas, una buena, otra artesana, de palosanto: todas diferentes: ¿Hay diferencia en el sonido? ¿Importa?

(Últimamente creo que el que no comprende (bien) soy yo, en general).

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Todo/empezo/tierra/elpepucul/20111022elpepucul_1/Tes

domingo, 23 de octubre de 2011

Ejemplo

Un ejemplo, pues, de lo dicho: de lo que no debería terminarse; aunque lo haya hecho.


(Musaraña de la Sierra de Baza, espero)


Musa, musaraña,
ratita venenosa, pequeña,
de ojitos negros, 
te recogeré del surco con las manos de acariciar,
indefenso, atrevido,
herido ya,
antes de hablar contigo,
con sólo verte,
culpable de aparecer después de la lluvia
y hundir la tierra blanda
junto a un tronco de fresno
y un balate de ripios precisos.


Te pondré en mi mano, musita;
sentado sobre el capó te miraré,
intentaré saberlo todo,
querré acariciarte.


Luego te dejaré elegir:
que no creas que quiero obligarte:
te dejaré en la greda blanca,
como una mancha, una piedrecilla juguetona;
sin intentar ninguna trampa, musa, créeme.



miércoles, 19 de octubre de 2011

El desencanto de unos ojos negros



(Si hubiese subtítulos en el fotograma, en amarillo, por ejemplo, en español, por utilizar algún idioma, se podría leer el reproche: Me hablas con palabras; en alemán se leería otra cosa, imagino, apunto, e incluso en francés, diría, con diferentes grados de dureza o dulzura)

De las dos explicaciones, una no será mía. La primera es simple: un hecho: en el único autobús madrileño que aparece en la obra de Onetti: lo sé porque ya me montaba regularmente en él cuando lo leí entre sus páginas, perfectamente olvidable: después de un año, y ahora con los mismos ojos, la misma mancha en el pecho, pero un corte de pelo diferente, tardé en reconocerla: estaba menos llamativa: al principio ni me fijé, luego lo supe, le mostré sin palabras, sacaba el móvil, leía una revista, a veces comprobaba, también me reconocía, pensé en alabarle su pelo negro, un comentario, coincidimos cuatro veces el mismo día: nos subimos en la misma parada dos veces, nos bajamos en la misma parada dos veces: no me atreví: en las dos ocasiones, al cruzar la calle, ella en otra dirección, me recuerdo, aún, dos días, el paso de cebra, el monólogo, las palabras que no le dije, pensando: el desencanto de unos ojos negros. En estos días se me ocurren demasiadas frases poéticas, y tengo demasiados deseos de escribir: por suerte, me contengo; de agradecer, claro: acudo a Becquer, que se negaba al paroxismo literario, las horas de espera, acudo a Sciascia, al pintor de Todo Modo, los deseos de pintar que no debían realizarse, los que tenía la mayoría de gente: un crepúsculo, tan aburridos, por cierto, últimamente, no debe pintarse, muchas frases, explico una, otras las callo, y la lectura de Lihn, algo inferior a lo esperado, menos numerosas, el recuerdo de José Agustín Goytisolo. Y textos, no todo es poesía, aunque ahí está el mayor problema ahora. O Alberto Olmos, cuya obra representa el camino que no hay que seguir (las ideas que tenemos las realiza, nos muestra que no merecían la pena, que ya no son válidas, si alguna vez lo fueron): publicó Ejército Enemigo, la misma novela, con diferente trama, diferentes temas, diferente estilo, imagino, no lo sé, a pesar de la portada, pero exactamente la misma novela que El talento de los demás, informo, fuera de mi tema, donde da a la solidaridad el mismo valor que al talento, la misma idea en el fondo, habla sólo de cómo cree que tratamos esos dos conceptos como sociedad, como seres sociables, no de lo que son, pienso, tres o cuatro ideas  en una conversación de bar, una pensión, cafebarlapiedra (donde sí hay que fijarse), después de algunas páginas regaladas, publicas, gratuitas, y sólo intuición, no pensamiento, que no estamos para eso: máquinas hidráulicas, calor, termotecnia... Que también hay ideas en las poesías, advierto, en los fulgores que con acierto no llevo a ningún sitio, que callo... pero que sólo son placer verbal, versos poéticos sin capacidad de poema. 

viernes, 7 de octubre de 2011

El intento



Desnuda debes perder mucho, le dije, y no pensaba en otra cosa, diría, esperando que no se ofendiera, por la insinuación, si comprendía, o el insulto, si no era capaz, y continuara con la broma, que me dijera, como me dijo, que no tenía ningún interés en demostrarme lo contrario, mi duda no entraba entre sus preocupaciones, y menos, diría, dijo, ahora, enigmática, y yo insistí, continué, quería oír su ingenio, entrenar el mío, con insistencia absurda, habitual, Evidentemente nunca podrías demostrarme lo contrario, la indiferencia con la que actúas no es más que una prueba de mi acierto, de mi capacidad de entender tus engaños físicos, con los que pretendes ergastular a algún inocente, a un pobre hombre con un único cerebro, son ya muchas horas mirándote, cedí, erré, vi su sonrisa triunfal, atenta, conocedora de cada significado, de cada implicación, y mientras, entre tanta gente, éramos capaces de no chocar, ella con prisa, esperándome, yo persiguiéndola, y nadie sabía escucharnos, ¿Para qué me lo cuentas, si tan seguro estás?, quiso continuar, obviar la victoria, reacia al ingenio fácil no procuró el ingenio, Sólo por el placer de mostrar mi habilidad deductiva, de que se reconozca mi acierto, y ya sólo me quedaba pensar en la conversación, repetirla, disfrutar con la sonrisa, porque teníamos que separarnos, esperar unas horas, Hasta luego, me dijo Cristina, abriendo la puerta...

jueves, 6 de octubre de 2011

Columna de actualidad para un periódico mediocre

Sobre los premios, la Ley de Fick y los gradientes



Hace dos días todas las apuestas daban como ganador del premio Nobel de literatura de este año al músico Bob Dylan; en varios periódicos (este incluido) y noticiarios de televisión, los pocos que tuve la necesidad de consultar, este hecho era incluso noticia. Ayer, debajo de los artículos relacionadas con la muerte del audaz Steve Jobs, aparecía en los periódicos digitales (no estuve atento a otras fuentes) la concesión del premio al poeta sueco Tranströmer, un poeta, al parecer, bastante reconocido e influyente; más allá, incluso, de su país natal, con obras traducidas a medio centenar de lenguas. Yo, que soy incapaz de juzgar su obra, tanto por torpeza poética como por el hecho de no haber leído nada suyo en los últimos veintinueve años,  y que no quiero quedarme indiferente ante este hecho, me alegro, y doy a conocer mi alegría, ante el hecho de que no se lo hayan concedido a Bob Dylan. Por justicia poética. Quiero decir, por mi teoría de premios, que detallo a continuación, brevemente. Primer axioma: Los premios no deben darse a la persona sino a la humanidad. Segundo axioma: Deben apoyarse en la Ley de Fick, su concesión. Es decir, para dar un premio (cultural, en sentido adecuadamente amplio) económico sólo deberían existir dos razones: la primera es la difusión de la obra del premiado: se deberían premiar sólo aquellas obras que se considere beneficioso difundir, alegremente, por la sociedad, la concesión debe ser gradiente, por lo que premiar a obras ampliamente reconocidas carece de valor, como el caso de Bob Dylan: darle ese premio a Bob Dylan no aporta nada ni a la obra de Dylan ni a la humanidad (a la cultura, a la poesía, etc...); la segunda razón es la de premiar creaciones con el fin de estimular, principalmente de forma económica, aunque no habría que excluir otras implicaciones que mi límite de palabras no me permite señalar, que el premiado pueda continuar con su trabajo (piénsese por ejemplo en  investigaciones científicas, tan costosas de empezar y mantener). La existencia de esta clase de premios debe tener, pues, una intención moral: ejercer una influencia positiva para que se ejerza, se continúe  ejerciendo, la actividad que se premie (con la adecuada corrección), dado que, en general, hay una gran número de tribulaciones a la hora de elegir realizar ese tipo de actividades que suelen tener premios concedibles. En muchos casos los premios se premian a sí mismos concediendo el premio a algunos altos valores de la sociedad (estoy pensando en un caso concreto que no recuerdo). En algunos casos, audazmente, para revalorizarse y continuar su labor con mejores resultados.

http://www.elpais.com/articulo/futuro/Cuasicristales/osadia/teson/belleza/elpepufut/20111012elpepifut_2/Tes

domingo, 2 de octubre de 2011

La mediocridad

Algo fuera de lugar: con más pretensiones de las habituales, de las, en principio, exigidas por mis intenciones (textos de espera): habrá que ser flexible: con la máxima enjundia de la que soy capaz: dos años de intentos: el título es provisional: el contenido no es definitivo: los hechos ya los expliqué (http://rdmmu.blogspot.com/2011/04/proximidad.html):




La mediocridad
Una ambición


I. Encuentro con Auster

Esa es la tumba de Samuel Beckett, pensé al ver a un hombre enfrente de la tumba de Beckett (que recordaba perfectamente, de mi visita anterior, la primera, al cementerio, con su sobrio granito y una planta verde, arrugada, como un abeto pequeño, parecida a un abeto pequeño, o un arbusto similar, plantada delante; por alguna razón la tumba y la planta son para mí parte de la obra de Beckett, de alguna de las obras de Beckett, a las que recuerdo confusa e inconexamente, como si fuesen una explicación o el escenario, el paisaje, un muro con hierba, pienso, de una de las historias que se contaban a sí mismos sus personajes). Y ese es Paul Auster, me dije, cuando lo reconocí; Indudablemente. Sin duda, murmuré para darme importancia, aunque estaba solo, ya que Ana no quiso venir al cementerio y se quedó en un centro comercial cercano.
Era una idea absurda la de visitar un cementerio, puede que no tanto como ir a un centro comercial, con sólo tres días para ver París, pero aquel día estábamos cansados, sin ganas de conocer nada nuevo, algo enfadados entre nosotros por alguna discusión absurda, y sólo perderíamos una par de horas, que nos servirían de descanso para continuar luego con nuestros paseos por las calles y los barrios.
El caso es que me situé junto a una tumba que hacía esquina con dos de las calles del cementerio para observarlo, al menos, con un mínimo de discreción, y, mientras, buscaba el valor y las palabras necesarios para acercarme a él, para incordiarlo. Ya sabéis que, aun tomando en cuenta que tiene algunas obras de lectura placentera, yo siempre lo he odiado, sobre todo su terca reivindicación del azar. Allí estaban los dos escritores, pues, frente a frente, ambos callados, y yo mirando tercamente, también, a Auster, al que habían concedido recientemente el Nobel, que aguantaba de pie sin muchos movimientos, con la cabeza dirigida a las inscripciones de la lápida.
Nunca te viste en una situación igual: con la posibilidad de acercarte a una persona a la que, pese a despreciarla sinceramente, por todas las razones que, estoy segura, no te costaría nada describir ahora mismo... esas copias mediocres de Beckett..., siempre le has concedido una cierta valía; y, además, en una situación como aquella: dos premios Nobel, frente a frente, en silencio, y Auster con una actitud de derrota, de servilismo, como necesitando nuevas palabras de Beckett. Al menos en eso sí te fijaste. Imaginad la situación. Yo, cuando llegó al café y me lo contó, me acordé inmediatamente de Reger, frente al Tintoretto, observado por el narrador de la obra de Bernhard: mientras narraba el encuentro fui recreando la escena como si ocurriese en aquel museo y Auster fuese Reger, salvando las distancias, diría, y él fuese el narrador, pero, a medida que me lo contaba, me daba cuenta de tu inferioridad como narrador, y fue perdiendo fuerza la escena. Recordad al narrador, las reflexiones que rememoraba de Reger o las suyas propias (no recuerdo si llegaba a expresarlas o eran ya, también, reflexiones de Reger); imaginad también a Auster, lo que podría estar pensando entonces. Y él mientras disfrutando de la insolencia (tu capacidad para hacer daño con las palabras) con la que pretendía acercarse.
Siempre has sido muy teatral, Ana: sientes un enorme placer con las escenas: sé que disfrutas de esta mesa con botellas y vasos, de aquella silla vacía del fondo, y que serías aún más feliz si no se escuchase este tipo de música. Lo realmente importante entonces, cuando estaba allí, era el momento en que me acercase: en el que conseguiera el asombro de Auster y disfrutase con mi insolencia: ese es el que debía preparar; lo demás es literatura: narración; la literatura que más nos gusta preferiría el primer instante, sin embargo, en la realidad, para cualquier observador, para los personajes, para los que oyesen más tarde la anécdota, sufriendo los retóricos preámbulos, estarían más interesados en el desarrollo del segundo momento, pienso yo.  Por otro lado, aunque yo, vecino pobre del ingenio, estaba realmente ocupado con mis ideas mediocres, amigas del fracaso, pude observar sin interrupción y sin perder detalle todos los gestos de Auster, incluso, como has reconocido, de hacer algún que otro juicio.
Así que yo estaba allí junto a una tumba desconocida,  intentando recordar, acercar, todo lo que sabía de los dos escritores, hasta que, después de unos diez minutos parado sin llegar a ninguna estrategia definitiva, comprendí que podía perder la oportunidad de discutir con Auster, y decidí, muy a mi pesar, que la mejor forma de acercarme era utilizando un libro suyo que encontramos, casualmente, en uno de los últimos asientos de un vagón del tren que nos llevó desde Le Havre a París por la región de Normandia.
Era aún cerca de Le Havre, hacía poco más de media hora que habíamos salido de la estación. Estábamos cruzando Rouen y el tren se paró bruscamente, a pesar de no llevar demasiada velocidad.
Y, bueno, oímos como cayó algo en los asientos de atrás, que estaban completamente vacíos, como la mayoría de asientos, y me levanté a ver lo que era, más que por curiosidad, por despegarme de los incómodos asientos.
Y allí en el suelo encontró la versión italiana de un libro de Auster.
Sí, en italiano; era de una editorial bastante común en Italia (la vimos en muchas librerías un año que estuvimos en Siena) cuyas ediciones son bastantes sobrias, académicas.
Me lo mostró sonriendo. Vaya mierda: un libro de Auster en italiano, dijo.
No me contestó. Sonrió también y continuó intentando dormir.
Estaba cansada. La noche anterior nos estuvimos despidiendo hasta tarde de Le Havre y de la gente que conocíamos allí y, además, tuvimos que madrugar para coger el tren. Fue una gran noche, recuerda.
Sí, me acuerdo. A pesar de todo me guardé el libro en la mochila.
Sin pensar que luego lo utilizaría.
Mierda de casualidad: yo el único problema que tengo con el azar es la reivindicación insistente de Auster, por lo demás siempre me ha divertido, aunque me jodió que precisamente me ocurriera esto con él.
Saqué el libro, como decía, con todo el esfuerzo que suponía reconocer mi fracaso: ya me había derrotado dos veces, antes incluso de comenzar la esperada discusión. Encima, cuando me vio acercarme, con el libro en la mano, me dijo que no tenía lápiz. Yo me negué (ante mí, claro) a mostrar mis bolígrafos y le recordé un cuento suyo en el que justificaba su escritura con el hecho de llevar siempre un lápiz, o algo así, por no se qué historia con un jugador de béisbol. Ignoró el tono ligeramente acusador que utilicé y me dijo que tenía prisa, que tenía que irse, que ya se había retrasado demasiado, con cierta amabilidad esquiva. Me invitó, además, a que me pasara el día siguiente por un café al que iría a desayunar. Que entonces sí podría firmarme el libro, dijo.
A Ana le hubiese encantado que tuviese allí mismo la conversación, pero no supe hacerlo; la verdad es que me sentí algo estúpido, demasiado consciente de mi incapacidad, de mi habitual torpeza, que solo soy capaz de ver después de que me ocurran las cosas (antes siempre me creo intachable), y no creí que fuese a ir al café. Al final fue mejor para ti, Ana, aunque terminaras burlándote de mí cuando te lo conté al encontrarnos en ese otro café.
Auster huyó hacia la puerta principal del cementerio. Imagino que, al menos, conseguí estropearle el momento.

jueves, 29 de septiembre de 2011

De un saludo: cuarta prueba

Finaliza septiembre

-Te haría muchas preguntas, Patricia.
-Házmelas.
-No: podrías contestarlas.
-Sí, claro, sería así de cabrona.
-O llegar a conocerme.
-No creo que fuese tan malo, ¿no?
-Sí que lo sería: no volverías a saludarme como hiciste ayer: llegué a creer que lo comprendías todo.

viernes, 23 de septiembre de 2011

El regreso: tercera prueba

Gallego, diría, en el metro, y venía hablando con una francesa, imagino, que no sé dónde se quedó, y, detrás, lo de siempre, sin mucha importancia en realidad, otro juego, y yo creyendo, me caía bien, sin conocerlo, sin intentar conocerlo, sin querer conocerlo, diría, sin más interés que las horas coincidentes, obligadas, la manía de entenderlo todo, de observar, de apreciar actitudes, gestos, de inventar que soy capaz, y luego en fin, diría, me olvidé pronto, había otros momentos, algún asiento vacío a elegir, otras muestras de talento, actitudes, conversaciones que podía apreciar, que no quedasen en polvo, como dejar unos trazos en el agua, y coger las llaves, que había que entrar, a pesar de todo, algunas horas necesarias sin posibilidades, sin preguntarle al polvo...

martes, 20 de septiembre de 2011

Descarte

Lo justifico: nacido como descarte, como prueba, como divertimento, de otro texto aún por terminar. Escrito sin interrupción, en lo que se tarde en escribir un número igual de palabras; está sin cambios, sin corregir. 

Estoy pensando en lo que has dicho antes de literatura y momentos… creo que en realidad no importa un momento u otro para el que lo escucha, sino de la audacia, de cómo se muestra. Cualquier momento puede ser interesante si sabes describirlo.
¿Estás diciendo que puede resultar interesante que cuente cómo esta mañana he visto una pared que se desconchaba si sé alumbrar el momento de una manera adecuada a los intereses de los posibles oyentes?
Luego, por la noche, Ana y yo, acostados en la cama, nos pusimos a imaginar los pensamientos de Auster, aunque no llegamos muy lejos: estaba Ana extraordinariamente erótica y decidimos dedicarnos a otra cosa.
Recuerdo cómo, por la noche, antes de que nos pusiéramos a follar como humanos, sin el menor reparo, en la cama firme del hotel, con todo prioridad de Ana, ese día todo nuestro gestos estuvieron centrados en sus pechos: a los que festejamos, celebramos, su perfección, inventamos los posibles pensamientos de Auster frente a la tumba: lo llevamos al más ridículo fracaso, al éxito, al dolor intelectual, antes de pasar toda la noche sudando, abrazados, tú desnuda, recuerda, decía, el fracaso: la superioridad de Beckett, diez veces en menos de una hora, sin dolor, aquel día, joder, y no veníamos acertando últimamente, pero, ya se sabe, la dialéctica, la audacia, las pequeñas traiciones, tu piel, siempre a favor de todo esto, y esas piernas que llevo siempre en el recuerdo, nos olvidamos pronto de Auster aquella noche, y luego por la mañana no nos levantamos a la hora adecuada, y al llegar al café que nos comentó no había nadie ya, ahí es nada, sólo algunos cubiertos usados, vete tú a saber, no Ana, por quién, por vete tú a saber qué persona, y ni siquiera pudimos lamentar la tardanza, lo mucho que la noche mereció la pena, más que cualquier otra dialéctica irrepetible, imagino que ésta también lo sería, pero a fin de cuentas, dios, Ana, aun esta noche puedo tocarte las piernas y no ya burlarme de Auster y su victoria, quizás hubiese aparecido alguna influencia nuestra en su discurso y lo dejamos pasar por follar intensamente apenas algunas horas, sólo eso, y joder, quizá mereció la pena, ya no sé cuál debe ser la vía real, el acierto, lo oportuno, o si son ya demasiadas horas hablando ante personas demasiado bebidas, cansadas, incluso dormidas, Myriam, despierta coño…

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Vecino pobre del ingenio

Una sentencia: Cuanto más simples, vanos e inevitables sean nuestros actos de libertad, la cadena de causalidades será de menor interés.

Otra: El problema del comunismo es que ha sido construido, tanto en la práctica como en la teoría, por personas criadas en el capitalismo.

Añado: Dar valor a lo que no tiene valor, enfatizar el valor de algo (entusiasmo excesivo) o quitarle valor a lo que lo tiene, quita valor al hecho de valorar las cosas, intuyo.

Escuchen: impresionante guitarra: con sonidos propios de Leo Brouwer o, quizá, simplemente cubanos: canción de Pedro Luis Ferrer con poema de su tío, en los que aparece, en ambos, un ingenio azucarero:




viernes, 9 de septiembre de 2011

Bluestone



Cruzó el puente varias veces. Al llegar a la mitad se paraba a contemplar la luna, la estela, quizás el agua, apoyada en la barandilla. Luego continuaba. Parecía tranquila. Caminaba despacio, marcando sus pasos suavemente. La luna era amarilla. Vestía ropa ajustada. Yo la seguía desde el margen del río, sobre la acera, parado, fumando. Con la mirada. Apenas pasaban coches. No había ruido, ni gente, ni la más mínima oportunidad. La última vez se paró sólo al final, y miró al puente. Siguió andando. Hacia el centro, al lado contrario. Pensé seguirla, pero la perdí de vista en una calle transversal antes de dar el primer paso. Conocí el fracaso, el polvo, la necesidad de abrocharme el abrigo. Imaginé llegar a entenderla. Iba hacia el centro. La luna era amarilla.


lunes, 5 de septiembre de 2011

La traición y la audacia

Continuación musical y narrativa de La lucidez (canción olvidada en alguna de las entradas anteriores). Aún por pulir; mucho, no estoy satisfecho.


I

Ahora que todo está cercano
y las canciones no dejan de sonar,
las palabras ya se han gastado
y tú no me dejas de mirar.

Dime que aún quedan voces,
que todo está por comenzar:
la traición que invente esta noche
será sólo para los demás.

II

Dos piedras: el desierto sin humedad:
la timidez. La audacia en los movimientos:
dos olas: la tormenta: el mar:
la lluvia: los relámpagos: los gestos.

Dos raíces que no se pueden traicionar:
el camino: dos animales: el barro:
Los sueños, esta noche, esperarán.
El calor: el tiempo a nuestro lado.

III

Dices que no te irás nunca,
que no te quieres separar
de esta noche, estas sábanas, esta lluvia,
de los gestos que quedaron detrás.

Dices que no te irás nunca,
que no te quieres separar
de esta noche, estas sábanas, esta ducha,
de los gestos que quedaron detrás.

Chumberas y altabaca (y cañaveral)

Porque no engraso los ejes
me llaman abandonao.
Atahualpa Yupanqui       




domingo, 21 de agosto de 2011

Chagall

...volverme sabio para divertirme más...

Santiago Feliú



Estoy leyendo a Kundera: siempre me resistí a leerlo: cedí el otro día por varias razones. Me está pasando como con Coetzee: no me gusta pero me resulta placentera la lectura: Kundera, además, me interesa, lo que escribe, lo que piensa: no como con las tribulaciones que presenta Coetzee, al que reconozco, no obstante, un gran valor: un valor alto al menos.

Dice Kundera: Un personaje: "Cuando la sociedad es rica, la gente no tiene que trabajar con las manos y se dedica a la actividad intelectual. Hay cada vez más universidades y cada vez más estudiantes. Los estudiantes, para poder terminar sus carreras, tienen que inventar temas para sus tesinas. Hay una cantidad infinta de temas, porque sobre cualquier cosa se puede hacer un estudio. Los folios de papel escrito se amontonan en los archivos, que son más tristes que un cementerio, porque en ellos no entra nadie ni siquiera el día de difuntos. La cultura sucumbe bajo el volumen de la producción, la avalancha de letras, la locura de la cantidad. por ese motivo te digo que un libro prohibido en tu pais significa infinitamente más que los millones de palabras que vomitan nuestra universidades".


jueves, 28 de julio de 2011

Alvar Aalto (ejercicio en construcción)

A los seis meses de la llegada de Ana al MIT, donde tenía la suerte de vivir en la residencia Baker, decidí viajar a Finlandia con la intención, que se podría calificar de absurda o desesperada, ya que era un intento de acercarme a Ana (a la que, desde que estaba en América viviendo en la sinuosa residencia creada por Alvar Aalto, imaginaba como un pez de aguas temiblemente profundas) de visitar algunas de las obras, edificios o ciudades, diseñadas por Aalto, y de adquirir, si era posible, alguno de los muebles que diseñaba para la empresa que creó con su mujer.

Aunque llegué al aeropuerto de Helsinki, decidí visitar primero la ciudad de Seinäjoki, cuyo centro urbano había diseñado Alvar, organizando el tránsito de coches y peatones, para ver luego, cuando regresase, los edificios de la capital.
Durante el viaje pensé en lo que vería. Me interesaba estudiar la forma en que había intentado resolver el problema del tránsito Alvar Aalto; era un forma de engañarme: creer que sería capaz de distinguir las soluciones propuestas, de aprender, de sacar provecho del viaje. Pensaba que intentar analizar ampliamente todo el problema, como se lo pudo plantear el arquitecto, de describir las opciones, de explicar los motivos que lo llevaron a la solución, de buscar otras alternativas, podría valerme, en algún momento concreto, o de una forma casi inapreciable (imposible de señalar) pero existente, para los problemas que podría encontrarme cuando empezase a trabajar como ingeniero, aunque fuese en un campo completamente distinto, como era probable por mis preferencias. La brillantez, la audacia, la lucidez, intenté explicarme, no se hallan en lo que uno hace, ya sea arquitectura, literatura, música, o una zanja, sino en la forma en que se enfrenta uno a ellas; por lo que saber algo de arquitectura o ser capaz de entender la lucha de un compositor con la armonía de una determinada obra, me decía, es una de las mejores formas posibles de estudiar un problema propio de un ingeniero.

Al llegar a la estación del pueblo le pregunté a una joven que estaba allí sentada en un banco, esperando, cómo llegar a la torre Alvar Aalto, desde la que tendría una buena vista de la ciudad. La joven me explicó la forma más sencilla de llegar y me preguntó si conocía a Alvar Aalto: me dijo que no ella nunca supo quién era ni por qué tenía tanta importancia en su ciudad. Alvar Aalto fue un arquitecto de Finlandia, quizás el más importante, del siglo veinte, le dije; yo he venido hasta aquí sólo para descifrar su forma de dar soluciones a problemas, de razonar. Alvar buscaba una relación digamos, dije, armónica entre el hombre, la naturaleza y la construcción: no pretendía hacer obras majestuosas que sólo sirviesen para ser vistas, sin que fuese viable ningún uso, sino que pretendía que sus obras fuesen lo más funcionales posibles, aprovechando además, de la mejor manera posible, los recursos que proporciona la naturaleza, en forma de luz y todo ese tipo de cosas. Esto lo dije con cierta inseguridad, sin creer en mis palabras, pero intentando que pareciese que sólo estaba buscando la mejor forma de hacerle ver a la joven el valor de Alvar. La chica tenía unos ojos enormes y me miraba insinuando una sonrisa.

martes, 26 de julio de 2011

de J.A. Valente

Tu imagen melancólica
en el cristal tan tenue
borrada por la lluvia
es la imagen de un niño
que aún se asoma a su adentro
buscando a tientas la quebrada imagen
de lo que quiso ser.
   
            (retorno)

domingo, 3 de julio de 2011

Método del alba, de Carlos Barral

Le puse música. Estoy bastante contento del resultado.

Sólo el licor profundo de la piedra
y el polvo y la humedad del mundo itinerante
que suena por partículas responden
en un rumor obscuro a las disueltas
nubecillas de aire con esdrújula.

Digo,
digo frases caudales con pausas escarpadas,
digo tu nombre en griego y de tus dedos
el color injurioso todavía invisible
y escucho mientras sigues pendiente del vacío
mirando silenciosa los bordes azulados de la esbelta agonía.

Tú estás pensando ahora en el brillo de azogue
de la playa humeante en que un perro sin dueño
o en la luz de un insecto o en la llama
nacarada sin rojo de un fósforo instantáneo
y están ya tus colores detrás de ti y envuelven
los lindes transparentes de tu cabeza inmóvil.

Compañía en la noche ya no puedes
callar porque nocturna.
                                      ¿No conoces que cambia
el ritmo a punto, experto de los dedos
pegajosos, veloces, de este reptil que somos,
y el lomo de las cosas ya se ha reblandecido?

Es como el interior redondo de una larva,
o una vejiga inmensa la bóveda del cielo
y aquello que era forma es casi un árbol
mísero y este otro es una torre
verdadera y sin miedo, ya indudable.

Será mejor parar y bajar al camino,
ahora, enseguida y antes que no seas,
y buscar esa flor que crece siempre
pálida entre la grava
- la tierna flor del día,
pobre y sencilla, que quiere ser meada.

lunes, 27 de junio de 2011

Del desprecio


Estoy pensando hacer una canción sobre el valor del desprecio en la sociedad: creo que no está suficientemente valorado como motor evolutivo: habrá que hacerle una canción, me dije ayer, cuando improvisaba unos acordes que podían quedar bien para una canción sobre el desprecio, y de paso ajustar cuentas: para mostrar su utilidad,  me decía. En eso estoy. No sé cuándo empezaré. 

Un capullo, compañero mío de piso, se ha operado la vista: era jodidamente miope desde pequeño: no podía mear sin gafas: ahora va sin ellas con su cara de miope y pienso que el mundo ha cambiado algo: que eso afecta incluso a mi concepción del mundo, pienso, estos días: lo imagino mirándose en el espejo, intentando reconocerse, mirando las calles, sus finales, ese cacho de cielo que parecen recortar, girando la cabeza  de un lado a otro, moviendo los ojos, observando como no lo ha hecho en su vida (aunque la vista creo que no es su problema): lo imagino así, en parte porque después de dos años llevando gafas, yo, que nunca fui miope, hasta entonces, que siempre tuve la mirada como mi principal entretenimiento, me puse lentillas hace un par de meses y es lo que yo hice, digo, yo, que no tuve tiempo ni de acostumbrarme a las gafas, que puedo estar perfectamente sin ellas: no creo que nadie  me recuerde, imagine, me represente con gafas, sentí un cambio importante, una especie de mejora que afectaba más al mundo que a mi mismo. Y ahora él, haciendo un mínimo cambio en su anatomía, por una cantidad de dinero y una tecnología apreciables, ambas, va y cambia el jodido mundo de los demás, disfrutando, probablemente, con ello, sintiéndose mejor, ridículamente mejor (razonablemente mejor, pero no estoy juzgando eso, no estoy juzgándole a él, a su interior, excepto en el paréntesis anterior).

Estos días ando algo mediocre y sin mucho talento ni exigencia.

martes, 21 de junio de 2011

Sobre la insolencia y el orgullo (otra prueba)

Cuando Alberto Olmos llegó a la estación y no vió a la amiga que lo había invitado a pasar el fin de semana en ese pueblo, decidió meterse en una librería (Fenicia, decía) que se veía desde la estación, en la calle de enfrente. Era más interesante de lo que esperaba y encontró un libro que le vendría bien para ese día, para sus intenciones. Fue a pagarlo. La dependienta, joven, cogió el libro para pasarlo por el lector; lo miraba con ojos inquisidores, como juzgando a Alberto por su elección. En la contraportada había una foto. Es usted el escritor, dijo, afirmando. Sí, es para dárselo a una amiga, un regalo, se me ha ocurrido al ver la librería. Estoy de visita aquí, por ella; acabo de llegar a la estación, dijo señalando, ilustrativamente, a la estación. Ah, dijo la dependienta. No esperaba que hubiese ninguno mío aquí, siguió. ¿Ha escrito usted varios?, le interrumpió, ella. Sí, algunos. Pagó el libro y se despidió. Me vuelvo a la estación a ver si ha llegado ya. Se sentó frente a la librería, desde donde veía la estación, y llamó a su amiga. Le dijo que esperara media hora, que le era imposible llegar antes. Se quedó allí. Disfrutaba imaginando la burla de la dependienta, que suponía mirándolo ahí sentado.

jueves, 16 de junio de 2011

Sobre el blog II

De Piglia: del informe Schultz: "Nos preocupamos del elogio y de los honores en la exacta medida en que no estamos seguros de lo que hemos hecho. Pero aquel que como nosotros está seguro, absolutamente seguro, de haber producido una obra de gran valor, no tiene por qué dar importancia a sus honores y se siente indiferente ante la gloria mundana"

 (Podemos cambiar "gran valor" por "de un valor dado")
 (Aunque vayan ustedes a saber qué cojones significa "valor" y, en realidad, cuál es la importancia que tiene).

sábado, 11 de junio de 2011

Diría

Ana Onraita y yo pensaba recordé estaban en un banco unos desconocidos hablando y parecía me hubiese gustado ser ellos con ella cuando los vi de lejos una escena envidiable pensé cuando me acerqué la conversación era vacía la escena también al final tuve que reconocerme cambiar mi opinión pero me hubiese gustado una tarde allí con Ana nos encargaríamos de no joder la escena de no tener la necesidad de creer en una escena quizás los desconocidos tendrían esa sensación no importa llegué a creer que era posible yo después de tres días al cuarto de no tener nada a haber algo cercanía bromas la casualidad que parecía jugar a mi favor la muy cabrona aunque el tiempo sólo esos cuatro días pero no era posible sólo podía ser imaginaba no había que pensar más que lo que había dejar de pensar en la trascendencia creemos en la trascendencia y no vale nada esa inútil cabrona sobrevalorada recurso común nada más que situaciones que se dieron ni hubo conversación sólo bromas cruzadas podría intuir inventar alguna posibilidad podría luchar empezar de cero casi pero me invento gestos absurdos limpiar el piso como si fuera a pasar la tarde aquí otra escena aunque no la haya visto aún y creyera

domingo, 5 de junio de 2011

Fui a la feria del libro: no encontré ningún escritor interesante: alguno que me gustase conocer: estaban todos vivos.
    (Excesivo, he empezado dos novelas de autores vivos esta semana - y, muy a mi pesar, ambos americanos. De Piglia y de Pitol. De Pitol apunto (como una ofensa...): "Le repugna la maledicencia. Esa especie de ejercicio permanente de defensa con que los mediocres, los frustrados y los cerdos tratan de encubrir la mentira que es su vida, su pobreza íntima.").
    (Pensé también empezar una de Pron).
   (Las dos novelas anteriores que tomé fueron del Roth malo y de Imre; la de Imre no pude acabarla, un fiasco).

miércoles, 1 de junio de 2011

Las rejas

¿Por qué se ríen las rejas?
¿De qué pretenden burlarse?
¿Qué nombres propios callan?
Sólo dan paso a lo insignificante,
pero ocultan algo.
Quieren engañarme.
Torcidas, oxidadas, inútiles desde hace tiempo,
heridas, rencorosas, me odian desde allí.
Desde la ventana lo veo, desde el salón.
Tengo tanto tiempo como ellas: no podrán engañarme continuamente.
Voy conociendo sus cartas.
Sabrán tanto como yo, pero sabré algo más:
cuando abra las ventanas,
cuando invite a la humedad 
y no muestre mis conocimientos sobre corrosión,
(que deseen ser de corten),
cuando me hable Lieve de otras horas, 
de nuevos tratamientos,
o invente otros ojos.

Las recuerdo aún cuando llegaron: 
cuando buscaban ayudar sin proteger
(nunca les pedí ese cometido).
Los primeros meses fueron bien: 
entre el ocio de la novedad y los propósitos de un jardín cuidado: 
horas de sol: botellas de agua: alguna comida familiar:
acudiendo a la fresca con una silla, música: la guitarra con sus rejas:
siempre borrachos de vida:
conversaciones que se repetían para ocultar el verdadero motivo de obsesión 
(no era necesario nombrarlo).

Las primeras lloviznas nos gustaron:
recuerdo las gotitas brillantes,
el polvo que parecía no existir y desaparecía,
los paraguas cerrados.

El viento y el frío nos distanciaron los meses siguientes.
Novedades que me requerían fuera:
historias inaplazables, el deber:
sonrisas: golpes y frustraciones: ambiciones:
búsquedas: encuentros (una tarde, Lieve):
tramas que ocupaban mi tiempo.
El sol ya no acudía tanto: los descansos,
las páginas se quedaron dentro,
comenzaron a aumentar el número de películas que pedían una interpretación:
y Lieve...

Aún supimos mantenernos, comprender.

Todo cambió con una hiedra (la planté en primavera) al final de un verano.
  
Tardé en darme cuenta:
regresaba allí las tardes nubladas en que Lieve parecía no conocerme:
intentando creer en otras realidades sin dolor:
en que esas tardes nubladas no tenían un significado negativo,
no lograba aprovechar el aire fresco de las tardes aún calientes:
el silencio de esas horas: la luz nublada. 
Removía mis gestos: mis palabras: las torpezas 
mostradas durante la semana: 
incapaz de salir de mi mismo me engañaba pensando que yo estaba allí.

Comencé a distinguir señales
al limpiar el suelo o al mirar las ventanas
que no supe valorar.

Un domingo con sol de invierno, 
después de una semana con Lieve:
día y noche juntos: conversaciones:
proyectos: divergencias: últimas noches juntos:
ya no nos veríamos: otros caminos,
escuché el primer ruido: la primera burla supe:
comprendí las señales, los intentos.

(Continué hablando con Lieve cada día).

Ahora sólo queda esperar:
buscar si es posible la victoria
o la derrota: 
luchar, mientras tanto: 
intentar descifrar la estrategia, el fin:
(aún no comprendo como hemos llegado hasta esto).

lunes, 2 de mayo de 2011

Proximidad (y cachorrilla, de Josele)



Aquí va un intento fallido (ver entrada anterior: del 3 de abril):
...dice. ¿Piensa acaso (porque yo, después de los casi cuatrocientos kilómetros que llevábamos recorridos juntos y en los que había estado mirándola casi constantemente, con el paisaje como excusa, venciendo el temor de interrumpirla, de interrumpir su lectura de una de las novelas que más me habían influido, casualmente, a la que más cariño tenía, me atreví bruscamente a pedirle el móvil, inventando la necesidad -al recibir uno publicitario- de enviar un mensaje y la ausencia de dinero en el mío, y ella, que apenas llevaba un hora leyendo, algo absorta, pero que pudo comprobar en los kilómetros anteriores mi insistencia silenciosa, cerró el libro, lo guardó en su mochila, con una lentitud reflexiva, ignoró la torpe petición, comenzó -fue ella la que comenzó, no yo- una conversación que, calmada, extensa, duró lo que restaba de viaje, hasta llegar a los edificios que anunciaban la estación, cuando el movimiento de los demás agrupando sus cosas nos silenció, y que se reanudó después de coger las maletas, al juntarnos al ir hacia el metro, con explicaciones, ahora sí, con algo más de información acerca de nosotros, logré convencerla de que pasara las horas que quedaban para que saliera su avión en mi piso y no se dedicase a dar vueltas en el aeropuerto -tendría la suerte, dije, de  no conocer a mis compañeros) que su regreso no será suficientemente próximo?







 Por peticiones (seis personas - van aumentando, apunto- han entrado desde google buscando la canción a este visitado blog) pongo la letra:

Esperando a
que me salga boina.
Desbrozando el prado
en su honor.
Es la última boina
y voy a llevarla yo.

Mm, bellota,
brota de mi mano.
Cuatro jotas
y será bastón.
A mi garrota solamente
me agarro yo.

Sentado al sol
mientras mi cachorrilla
baila.

Sentado al sol,
llevando el ritmo sincopao
con el bastón.

Es la última boina
y voy a llevarla yo.

A la fresca
le prendemos lumbre.
Póngase por donde quiera
el sol.
Tengo un borrico
que se llama igual que yo.

No llueven boinas,
no caen del cielo.
No vas rogando por su aparición.
La boina se lleva dentro.
Luego sale, o no.

domingo, 1 de mayo de 2011

El gran estimador: ¿cuándo se escribió esto?

Lo copié en un cuaderno, el fragmento, con una letra cojonúa (quizá con algún error), que es una pena que no vayan ustedes a ver.

Lo que a nosotros se nos dio, en contraste, como disciplinas literarias a lo largo de aquel largo, larguísimo bachillerato, no tiene ninguna justificación, al menos que yo sea capaz de imaginar. Porque no se trataba de textos literarios, que nunca vio nadie, sino por su cuenta, a sus riegos y en su casa, sino solamente de listas de títulos, resúmenes de argumentos y circunstanciadas biografías de autores, de los centenares de autores, hasta los más obscuros y mediocres de todos los tiempos, que conservan las risibles tradiciones antológicas. Y ya se ve lo que disciplinas humanísticas así concebida puede dar de sí. Cursos de historia de la literatura española o cursos de historia de literatura universal, que había varios de cada clase, si no recuerdo mal, consistían año tras año en aprender listas de nombres y títulos, retener las fechas principales, recordar el resumen del argumento y, a ser posible, el adjetivo de valor con el que el manualista calificaba las distintas obras maestras.

viernes, 29 de abril de 2011

Prueba: sólo un juego

En diez minutos escribió Myriam dos páginas, un folio. Una carta, intuí. No se interesaba en las explicaciones de la profesora, supuse; torpemente quizá. Luego dibujó una casa en la mesa, geométrica, completa, feliz. Estaba sentada casi a mi lado. Me divertía mirando, como siempre, sólo un juego. Le imaginé un interior distinto al que le había creado durante años de observaciones inútiles y superficiales en las horas de universidad, en las muchas coincidencias que me hicieron  capaz de reconocerla sin conocerla.

miércoles, 13 de abril de 2011

Febrero: otro encuentro

Hoy era luz o esperanza, juegos sin motivo, y los juguetes escondidos tras la camiseta de tirantes, y la sonrisa fácil y, como siempre, las palabras de siempre, los pocos segundos, el intercambio, el recuerdo equívoco, la rememoración.

domingo, 3 de abril de 2011

Proximidad (y Tom Waits en la cama)


Aquí irá un texto, (me) aviso. Mientras llega el cabrón del texto, hablaré de otro que tampoco he podido escribir: creo que contaré sólo lo que no tiene interés: los hechos: para evitar cualquier tipo de acto cruel. Confieso que intenté hacer una canción sobre el mismo tema y que también fracasé: la música no está mal, con ciertos riesgos en la voz, en la estructura: pero la letra es bastante mala: estaba demasiado limitada por la melodía (la escribí después que la música) y por mi capacidad. La llamé igual que al cuento aún no escrito (sigo con la intención): La vía real: creo que esto lo robé de un libro de Malraux (por cierto, las calles de Madrid llenas de lehavrenses, estos días) cuyo título vi en una librería y del que no he vuelto a saber nada: dicho por un andaluz, pienso, tiene algún divertimento añadido. Los hechos... exactamente... Un joven observa: como en Maestros Antiguos de Bernhard observaba el narrador al que miraba el Tintoretto, al tal Reger: a Paul Auster: al que acaban de dar el premio Nobel, apenas algunos meses atrás: frente a la tumba de Samuel Beckett: en el cementerio de Montparnasse. El joven se queda un rato oculto, observando: con una forma similar a Maestros Antiguos, el joven iría derrumbando con odio las obras de Paul Auster, a Paul Auster, mostrando un gran conocimiento de su obra y de la de Beckett. Esto daría pie, digo, supuestamente, a grandes pensamientos sobre muchos temas. Luego se acerca a Paul Auster, insolente, y comienzan a hablar. Esta parte aún no me la he planteado. El joven está de visita en París y entra solo al cementerio, pues su rubia y comprensiva acompañante, en principio Pilar, prefirió quedarse en un café cercano, que soy capaz de imaginar como si hubiese estado allí. El cuento requiere, como se ve, un conocimiento amplio de las obras de Paul Auster y de Beckett: lo que, en el primer caso, no estoy dispuesto a hacer y, en el segundo, soy incapaz, a pesar de haber leído varias obras suyas; de ambos, también. Pensé en contar la idea al único escritor actual que admiro, aunque no lo lea, quizá, para escribir dos cuentos en paralelo: para ver las diferencias, por diversión. No lo he hecho. A penas he logrado varios principios poco prometedores. 


"Songs, uh, are really just interesting things to be doing with the air" Tom Waits 


lunes, 28 de marzo de 2011

miércoles, 2 de marzo de 2011

Justificación nº1 (letra de canción)


 Basada en parte en una profundísima reflexión de Onetti (al que estoy volviendo a releer en estos días, lo que siempre me devuelve la ilusión en la vida (perdón por la grandilocuencia) - allá los demás con sus propias ilusiones...), asimilada superficialmente. Nada que ver con la novela de título, de un verso, insinuado. Bastante melódica y alegre, la música.

Deseados, se volverán mi único centro.
Ocultados, exigirán siempre mi empeño.
Están mejor así: sin perder el misterio.

Alguna vez, de entre todos los intentos, 
se descubrirán y serán todo mi tiempo.
Lo prefiero así: sólo algún acierto.

Mientras tanto juego,
miro y te espero,
caigo en el desierto
y dejo de ser bueno.

Conocerán cada imagen que recreo
como si lo estuviese diciendo.
No es así lo que yo quiero.

Quedaré de esta forma aún más lejos
y estaré repitiendo el mismo cuento.
Y sonreír: nunca seré lo nuevo.

Mientras tanto juego,
miro y te espero,
caigo en el desierto
y dejo de ser bueno.

Dejarán hablar un día al viento
para llevar lejos al incendio.
Es así: todo será fuego.