domingo, 13 de septiembre de 2020

Los alambres, Rubén Matías (2020)

Probablemente recordéis la reseña que publiqué a finales del año pasado con la crítica a un disco titulado igual también del músico y guitarrista Rubén Matías. Ese disco, que por diversas contingencias dentro de la discográfica que no se han terminado de aclarar no llegó a publicarse a pesar de que se distribuyeran copias entre algunos periodistas para reseñas que terminaron publicándose, ve ahora por fin la luz con algunas variaciones respecto a la primera versión. Como ya comenté en la anterior reseña, Rubén Matías regresa después de tres años con un álbum que se pretende más comercial y, aunque se puede ver cierta mejora respecto a la primera versión, no tan inspirado como su álbum anterior (Mejor Callado, 2017). En este nuevo intento se nota una mayor atención en conseguir un álbum más compacto, en el que las canciones se sienten más cómoda entre ellas. Para vertebrar el disco siguen estando tres alambres que ahora se han convertido en tres piezas instrumentales, desapareciendo del disco los tres anteriores alambres cuyo mayor defecto era haberse olvidado de ser canciones y con acompañamientos más caóticos que novedosos, como escribí en aquella ocasión. El primer alambre es una pieza eléctrica a la que probablemente le sobre un minuto pero que resulta una buena, aunque engañosa (ya que el disco no va a seguir por esos caminos), entrada al disco. El segundo alambre es un enredo de guitarras y piano con un motivo musical entrecortado del que cuesta salirse. En el tercero un ritmo repetitivo al ukelele sirve para algunas improvisaciones con la española, en un tema alegre y corto. Entre los dos primero alambres, tres canciones que ya estaban en el anterior (copio lo que ya escribí, pues mantengo la misma opinión): El mar, el mar cancioncilla juguetona e infantil, cuya letra quizá refleje la propia variabilidad de las diferentes escuchas del disco y del propio sentido de las letras. Continúa con Follas Novas y Muita Audacia, en gallego y brasileño; la primera un poema de Rosalía de Castro, un romance quizá, que trae un tema que no deja de estar de actualidad. La canción brasileña, con un muy ligero toque de bossanova y quizá de milonga, bien podía tratar de todos los romances que no llegaron a ser pero que no supusieron una pérdida para la otra parte o tratar sobre la prostitución. 

En el segundo tramo del disco, entre el segundo y el tercer alambre, se han mejorado dos de las canciones y se han añadido dos nuevas que no aparecían en la anterior versión. Rien Dit, que parece continuar con los problemas de amor, y Tema interesante (con cambio de título) mejoran claramente con las nuevas grabaciones, especialmente Tema interesante, cuya instrumentación ya no resulta recargada y que tiene un solo de eléctrica bastante adictivo. El trasfondo político del disco que se notaba especialmente en esta última canción, se ve reforzado con dos nuevas incorporaciones. Hacéis esto así asá y despacio, la canción más desnuda del disco (apenas voz acompañada de un rasgueo sencillo de guitarra y punteos puntuales, si me permiten, de una segunda guitarra) y con una letra bastante malintencionada. Dónde ceno es probablemente la canción más pop y redonda del disco, con un acompañamiento de guitarras bastante cuidado salvo en algunos punteos en los que se nota la improvisación. Cierra el disco de nuevo Buena vida (copio también lo que ya dije)otra cancioncilla al estilo de El mar, el mar y con Skip James como espejo en el que mirarse hasta llegar a la coda final casi de festival de verano, emparentada con sonidos como el de How hard I try de Filous. Antes de este cierre, otra nueva canción (en un idioma que podría considerarse gallego) que se pretende melódica al estilo del indie español y en la que únicamente suenan guitarras eléctricas por segunda vez en el disco. 

Una de las cosas en la que la mejora sí que resulta indiscutible, es el nuevo diseño gráfico, con unas bellísimas imágenes que acompañan a las letras en el libreto del disco. En definitiva, un álbum mejorado, menos irregular que en su primera versión, con letras que cada vez me resultan más engañosas, pero que sigue siendo algo decepcionantes, incluso para lo que podríamos esperar de un autor del nivel (tan bajo) de Rubén Matías. 


 Lisboa Martínez


01 - El alambre I
02 - El mar, el mar
03 - Follas Novas
04 - Muita Audacia
05 - El alambre II
06 - Rien Dit
07 - Tema interesante
08 - Hacéis esto así y asá y despacio
09 - Dónde ceno
10 - El alambre III
11 - Un desperdicio, una pena
12 - Buena Vida

domingo, 19 de julio de 2020

La invité a subir a mi casa, me cuenta Gema, para aprovechar la terraza y que me confirmara la buena compra que hice con un té nuevo. No sé por qué no te he contado esto antes, dice mientras se recoloca la mascarilla en su sitio. Hacía más de un año que no quedábamos, Gema y yo, a pesar de su regreso a Madrid en noviembre y de que hablábamos todas las semanas. Pero hoy tenía ganas de andar y decidió unirse a las caminatas con las que simulo ante mí mismo que voy a correr. Tendré que ir a tu piso en metro, pero bueno, me dijo. Primera vez en estos meses, para que luego digas que no te quiero. Nos encontramos en mi portal y, para saludar, le doy con el puño un golpe suave en el hombro, como el tonto que nunca dejo de ser, y ella comienza a andar, arisca, separada prudencialmente de mí, hacia el parque. Yo voy vestido como si fuera a correr, la superficie es el primer paso para el engaño, con el móvil en uno de esos brazaletes para ir a correr y una muñequera en la que guardo las llaves. Gema lleva unos pantalones cortos vaqueros, las piernas tan blancas como siempre, zapatillas negras con calcetines que no se ven, una camiseta blanca e insulsa, los ojos verdes jugando con el azul de la mascarilla. Cuando pasamos por el portal que desde hace unos días es para mí el portal misterioso, cosa que aún no le he contado a Gema, empieza a hablarme de su nueva amiga. Entramos las dos a la vez al café en el que solíamos tomar algo cada tarde, dice Gema, pero esa tarde estaba lleno, ni una mesa libre. Nos reconocíamos y quizá hasta alguna vez nos habíamos saludado, pero sin llegar a hablar nunca. Elisa hizo un comentario y yo propuse un sitio cercano, que fuéramos juntas, mientras me fijaba más de cerca en el cuaderno que siempre llevaba consigo y en el que solía ponerse a dibujar, cuando no miraba el móvil, mientras estaba en el café. Salimos juntas y le pregunté a qué se dedicaba. Ya en el café estuvimos hablando un buen rato, de cosas que no te voy a contar porque eres un idiota, me dice Gema, y no entiendes de nada, tan inteligente que eres. (Me pongo a pensar si lo dice con alguna intención o sólo es una broma; últimamente soy incapaz de distinguir las intenciones de la gente, incluso a Gema, a la que siempre entiendo como si fuera yo mismo). Al día siguiente, continúa, llegamos a la vez y tampoco hay sitios disponibles, así que la invité a subir a mi casa, para presumir de terraza a la vez que la invitaba a ese té que compré en una tienda de confianza. Subimos, continuamos con la conversación de ayer y, mientras preparaba el té, le hablé de ti. Saqué las tazas esas que tengo de fontaneda y las pongo sobre la mesa. Nos sentamos y sirvo el té. El diseño de esas tazas es mío, me dice Elisa, dice Gema.   

domingo, 23 de febrero de 2020

Contra rdm

De qué sirve, me pregunto, la persistencia,
mantenerse en la seguridad de los mismos sitios,
jugando a arreglar el piso, las persianas,
las manchas de la pared,
como si no hubiese pasado nada,
si luego vienes tú, pelmazo,
idiota insistente,
con tus manos sucias,
a recordar mi reputación callada,

Te acompañan palabras no dichas,
miradas mal hechas,
calles muertas de tardes vacías,
y te paras a verte en algún reflejo,
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.

Podría recordarte que nunca tuviste gracia,
que cada vez te quedan peor los gestos que nunca te quedaron bien.
Que tu estilo infantil y que tus rarezas
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu insolente
mirada de niño que descubre
-segura de ser entendida- es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que ahora me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.

Si no fueses tan idiota.
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad.

A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados.
Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble
que es amarse a sí mismo.