sábado, 12 de agosto de 2017

Danubio III

Ya en el restaurante les cuento cómo, después de años sin ir a la playa ni a la piscina, por razones que no merece la pena explicar (a la piscina he tardado incluso otros cinco años en ir, y porque no podía decir que no este año; de las piscinas sí que estoy en contra: no tienen medusas, peces, olas o corrientes de diferentes temperaturas y, además, están llenas de cloro), empecé a soñar con sumergirme en el mar, les expliqué, con la sensación de lanzarme de cabeza y sentirme rodeado de agua. Y eso, recuerdo, a principios del año; no sé, enero, febrero. A la playa no dejé de ir, que de vez en cuando paseábamos por allí, casi nunca en verano, siempre sin bañarme. Pero ese año, y estando en Madrid, empecé a soñar con eso sin ningún tipo de motivo que me llevara a ello; yo que sé, conversaciones, películas o alguna otra cosa así; no hubo nada, simplemente empecé a soñar con el mar, como si se hubiera ido acumulando durante años esa necesidad hasta llegar a un umbral en el que ya no era posible ignorarla. Y claro, el deseo fue creciendo cuanto más cerca estaba el verano. Fue el año que conocí a Gema; quizá tenga algo que ver. Evidentemente, en cuanto pude volví a bañarme, dejándome de tonterías. El verano de las medusas y la publicista, por cierto, Gema, que fui contigo varias días a la playa, no sé si te acuerdas. Desde entonces lo de ir a la playa se ha convertido en el centro de mis veranos otra vez, como de pequeño. Mi abuelo creo que me gana, que, después de más de cincuenta años, este año le dio por bañarse otra vez un día que acompañó a mi primo pequeño a la playa. 

Estábamos hablando de androides, de cuánto pueden llegar a parecerse a un humano o de cómo sería la vida con ellos cuando sean casi como humanos. Lo que quiero decir, les digo después del rodeo argumental que soportan tranquilamente mientras seguimos comiendo los excelentes platos que nos han puesto, es que ese tipo de deseos, probablemente los más interesantes, que surgen no como algo simplemente casual sino consistente con la historia propia, aunque sea de forma inesperada, jamás podrían introducirse en un androide. ¿Cómo programar eso sin que sea algo elegido previamente ni tampoco aleatorio, que aparezca de forma propia con los sucesos que haya soportado cada androide?, pregunto sin esperar respuestas. El inglés, que al contrario que a mí le apasionan mucho todas estas cosas, continúa con su argumentación cuando termino. Habla de Westworld, de que pase el tiempo suficiente, de que no haya un colapso de la civilización. Ah, digo, tú también te has leído ese libro. 

viernes, 11 de agosto de 2017

Danubio II

Y el inglés, que parece que ya ha terminado de descifrar el plano o de aclarar sus ideas o de hablar con Irene de las fotos, nos llama. Yo me acerco sin reticencias y a Gema le tenemos que insistir un poco para que deje de mirar magnéticamente al río. Nos dice, mientras se acerca Gema, que la calle no está muy lejos y que le parece buena opción que vayamos allí para comer, al restaurante que nos recomendaron los murcianos; lo dice dibujando con el dedo la trayectoria sobre el plano, como arrasando todo lo que hay en medio, pienso. Irene, siempre agradable y entusiasta, dice que le parece buena opción; yo asiento, sin decir nada; Gema suelta uno de sus vale que podrían significar cualquier cosa pero que siempre terminamos por considerar como una aceptación. Hambrientos e imaginando la posible comida, nos dirigimos a esa calle confiando en las indicaciones que nos da el inglés, atento siempre al plano y disfrutando del siglo veinte, los cuatro ajenos a la posibilidad de ayudarnos de mapas digitales y satélites. El inglés se adelanta un poco, contento en su papel de guía, y nos quedamos detrás Gema, Irene y yo, hablando, primero de comida -algo que yo sólo soporto cuando tengo hambre por un misteriosa razón psicológica o incluso física-, y después, al cruzarnos con una pareja de un erotismo demasiado evidente, Gema dice que le cuesta no imaginarse la vida sexual de los demás. Soy incapaz de no imaginarme la vida sexual de los demás, dice. De todos, incluso de gente que no me atrae, como esos dos que nos acabamos de cruzar, tan evidentes y aburridos. Posturas, gestos, vocabularios, la timidez o vergüenza que son capaces de ocultar, el atrevimiento, luces, música, me lo invento todo, y, como tengo ya demostrado, con una total falta de intuición y acierto alarmantes... que me alarma, quiero decir, dice Gema, y contrasta con lo bien que suelo entender a la gente en aspectos menos íntimos, más sociales, en anticipar decisiones, imaginar gustos o parejas, con una comprensión alarmante... asombrosa por lo acertada, quiero decir, mi comprensión. Hay algo en la intimidad de los demás que siempre acaba por descolocarme cuando no los conozco demasiado. Irene no dice nada, pero tiene gesto, pienso, de estar pensando cómo se la imaginará Gema. No sé si te has cruzado con los de la habitación de al lado del hotel, me dice a mí, que tampoco digo nada, esa parejita un poco sosa, apagada... ni joven ni enérgicos, a pesar de la edad... y luego esta noche, Irene, por suerte en otro idioma, creo que en sueco, se lo han pasado estupendamente... como el compañero de piso de tu amigo aquel, Ru, que se traía casi cada noche a alguna distinta y no escatimaba en lenguaje y otras cosas... Lo que tiene más delito, que tu amigo lo escuchaba todos los días y luego, además, tenía que cruzarse con él. Aunque a tu amigo parecía no importarle demasiado, era bastante tranquilo para esas cosas, no como tú. Lo que decía, que no esperaba yo de la parejita del hotel que fueran a disfrutar de esa manera, dice cuando llegamos a un semáforo y nos reagrupamos con el inglés. Dos calles más y llegamos, dice. 

lunes, 7 de agosto de 2017

Danubio I

Gema mira el río con la fijación habitual con la que mira siempre el agua. Yo la miro a ella o disimulo, apoyado en la barandilla que nos separa del río, mirando los edificios que hay en la otra orilla o siguiendo con la mirada los barcos que de vez en cuando pasan por delante. Irene, su hermana, parece buscar ángulos inesperados con su cámara como si fuera una tenista intentando sorprender a su rival; incluso la ropa - una falda corta, veraniega, blanca- y las zapatillas parecen confirmar mi impresión. El capullo del inglés está liándose un cigarrillo en un banco cercano. Hemos hecho una parada después de haber caminado durante toda la mañana por las calles de la ciudad -entrando en iglesias, museos, pasando por plazas- con un tiempo veraniego bastante agradable. El cielo, despejado, está completamente azul. La idea es, dijimos, buscar ahora un sitio donde comer; por eso el inglés, una vez que se ha terminado el cigarrillo, saca un plano para encontrar o elegir el camino que nos lleve a la calle donde está el restaurante que nos han recomendado esta mañana unos simpáticos murcianos que nos hemos encontrado a la salida del hotel y con los que ha hablado el inglés, lo que nos llevó a descubrir que nosotros, Gema, Irene y yo, compartimos la manía de evitar hablar con españoles en el extranjero. Irene se sienta a su lado y le dice algo que no llego a escuchar mientras revisa en la cámara las fotos que ha estado haciendo. Gema, a la que no le hacía mucha ilusión este viaje (tráete a tu amigo o novio o lo que sea, si quieres, pero me gustaría que hiciéramos un viaje juntas, que hace mucho que no lo hacemos y sólo serán tres días, le dijo su hermana intentando convencerla mientras Gema valoraba la propuesta con un gesto bastante escéptico en el rostro), aprovecha para decirme que la verdad es que se lo está pasando bien. Estas cosas siempre se disfrutan, me dice. Yo lo disfruto todo siempre, porque se puede disfrutar de muchas maneras, con la repetición, con lo nuevo, con las pequeñas variaciones, con lo aburrido, hasta con el sufrimiento. Los mejores recuerdos que tengo de mis veranos siempre vienen del aburrimiento, de las largas tardes de verano, calurosas, en el pueblo leonés de mi abuelo. Lo que prefiero en verano es la posibilidad de que aparezca el aburrimiento y no tener que adecentarme todos los días; los planes, para el resto del año. Pero no pasa nada por tener unos días ocupados, me dijo al invitarme a venir. La imaginé niña, adolescente, con pantalones cortos, zapatillas estropeadas y sucias, las piernas manchadas de tierra y marcadas por heridas y rasguños, las uñas de las manos también llenas de tierra, persiguiendo gatos, pájaros o puteando insectos por calles aplastadas por el sol, vacías, o cerca de un río, una alberca o una piscina o lo que quiera que haya en ese pueblo leonés; o sentada en el suelo, apoyando las piernas en una pared blanca con una libreta o un libro cerrados junto a ella; la imaginé, quizá, como si tuviera mi pasado, porque me recuerda a mí y hay demasiadas cosas de las que no le gusta hablar, así que completé con lo que tenía más a mano mi escasa imaginación de esos días. No creo que sea sólo por nostalgia del aburrimiento, me siguió contando aquel día, con un daiquiri, ella, y un bourbon, yo, en una terraza del centro de Madrid, por ese aburrimiento -que no tenía nada que ver con un hastío ante cualquiera de las posibilidades de la vida- de cuando aún no tenía ni ordenador, sino por lo que acababa siempre por aparecer debido a ese aburrimiento, los juegos, las conversaciones, las ideas, las sensaciones, quizá, las cosas creativas infantiles que hacía entonces, dibujos, manualidades, con mi hermana o mis primos a los que sólo veía en verano. Los momentos luminosos, dijo como citando a Levrero; esa sensación que provocaba el verano de estar como fuera del mundo o del tiempo. Eso me lo cargo ahora un poco con exceso de lectura y con internet, pero intento que algo quede. Soy demasiado nostálgica, no lo voy a negar, y tampoco voy a negar que busque demasiado la infancia en mis veranos en lugar de renovarme, me dijo. Y el inglés, me dice ahora con la vista puesta en el río, quizá no sea tan capullo como insisto en recordar siempre. 

miércoles, 26 de julio de 2017

Vacante

La diferencia entre decir Soy más cuando estoy contigo a decir Sin ti no soy nada es, diría, me dice Gema, a parte de que la primea frase sea de un poeta que tiene algo que decir y la otra un lugar común de quien no tiene otra forma de conseguir lo que quiere que arrastrarse de forma totalmente miserable y, por supuesto, falsa, el matiz mínimo que necesito para saber si alguien me interesa. Me gusta la gente que cuando estoy con ellos pienso en la primera frase; y también que haya gente que piense de mí eso, aunque esto me preocupa menos. 

Estamos otro año más, Gema y yo, con las maletas bajo los pies, esperando. Tiene Gema los ojos un poco más pequeños y menos verdes que otro años. El pelo corto. Lleva sandalias, lo que dejó de resultar raro cuando entró en la treintena y empezó a decir que tenía unos pies demasiado bonitos como para no enseñarlos en cuanto tuviera oportunidad. Aunque reconozco, suele decir, que en caso de apocalipsis es mejor tener unas buenas zapatillas o unas botas. También sabe lo que pienso de las sandalias y juega con ello. Lleva, además, unos pantalones muy cortos, pero no de esos horribles, y una camiseta verde.

Estamos, otro año más, escuchando los preparativos de una mudanza. Esta vez es la vecina uruguaya del piso de al lado, con la que tanto hemos hablado de Zitarrosa, de Levrero y de Onetti, porque para qué voy a destacar todo el resto de cosas no uruguayas de las que hemos hablado, la que ha decidido marcharse a otro piso, también en Madrid, y dejar vacante este. La uruguaya arrastra muebles, maletas, de vez en cuando habla con el que creemos que es su novio, aunque nunca hemos llegado a saber, con ese acento que, como buena persona terca, ha decido no perder por mucho tiempo que vaya a pasar fuera de Uruguay.

Y es una pena, la verdad, continúa, porque yo con ella, y desde el primer momento, lo que dada mi habitual desconfianza resulta raro, he pensado siempre en esa frase y creyendo que era recíproca. Es la única vecina en Madrid con la que he tenido relación, la voy a echar de menos. Entre tanto yo me divierto repitiendo excesivamente el nombre de la uruguaya, aunque en realidad es otro nombre que Gema no conoce porque no quiero que se divierta una vez más conmigo. Si que tiene cosas la uruguaya, digo, nombrándola. Decidimos esperar hasta que termine y luego irnos a esperar a la estación, que aún hay tiempo. Las vacaciones no son más que esperar en otros sitios, me dice Gema. 

lunes, 29 de mayo de 2017

Camino para Lisboa

...estoy en ello: es sólo el comienzo...
...segunda parte de: Paisaje para Lisboa

Porque nunca ha sido la edad, como creía, tan tonta, tan niña pequeña siempre, tan de llegar siempre tarde a todo: la última de mis amigas, de mis amigos, en empezar a beber, la última en perder la virginidad, en empezar a follar, que lo otro no sé qué significa, y siempre retrocediendo un poco a cada paso, por mirar las cosas con algo de perspectiva o qué sé yo, por cobardía o por preferir disfrutar de la duda. Tarde a las redes sociales, a los móviles de última generación, a todas las series, que siempre me negué a acercarme a ellas, la última en encontrar trabajo, en viajar. No detrás de nadie, por otros caminos, por otras vías, y deteniéndome, a cada paso, a cada mierda que me encontrara, y los pasos firmes, atenta, con miedo, torpe, indecisa y llena de dudas, pero firme. La hoguera, todos mis amigos probando las drogas en aquel San Juan y yo recorriendo la orilla, pisando las piedras de esa playa, sin quemarme, sin saltar por encima, hasta las doce, ya un poco borracha, que nos metimos todos dentro del agua y al salir besé a aquel chico que no conocía de nada y que no se atrevió a meterse en la oscuridad que era el mar a esa hora, para pasar el resto de la noche hablando de libros hasta quedar dormidos juntos sin hacer nada, la camiseta húmeda sobre la toalla, el libro que estúpidamente me traje en la arena, los cigarrillos en su mano, los vasos vacíos. Las burlas de mis amigos al día siguiente, la barbacoa, las chuletas mal cocinadas por la insolencia juvenil de mis amigos, que no sabían ni encender el fuego, y yo era sólo palabras, palabras que me repetía a mí misma y que luego no sabía malgastar con los demás. Caminos cuánticos, paralelos, cantando canciones y arbolitos al lado. Y no soy pasado, no soy una historia, no se puede narrar nada. Me lo tendré que inventar, un pasado, no se puede tener un niño sin pasado, sin algo con lo que sostenerlo, al menos el tipo de pinceladas coherentes, sutiles, que, para mí, conforman el pasado de mis padres, de los que no sé ni cómo se conocieron. Seré un dibujo, en blanco y negro, una muchacha que baila por un camino. Da igual. No, no es necesario un pasado, quizá un futuro o como mínimo un presente. Que siga dando patadas como si quisiera ir a algún sitio, ya verá el resto. Como yo el otro día, hasta encontrar a Ana. Iba a algún sitio hasta que la vi y luego me olvidé. Me entretenía anticipando las reacciones de los tíos con los que me cruzaba, los insolentes descarados, los indiferentes, los que querían mirar pero lo evitaban. Tan sencillo todo, siempre el mismo inventario en mis paseos largos. Tampoco soporto a esos capullos que te cruzas y se te quedan mirando a los ojos, como buscando reconocimiento, mira, no te estoy mirando las tetas, soy un tío fantástico, dame tu aprobación, muéstrame que te gusto, pídeme que me acueste contigo, que no me voy a girar para mirarte el culo. Luego me entretengo imaginando sus vidas sexuales, seguro que no fallo. Y así hasta la mirada del hermano de Ana, el del suicidio, y las palabras de Ana siempre tan naturales, tan sociales, precisas y adecuadas para cada situación. 

jueves, 4 de mayo de 2017

Apocalipsis más tarde

Más tarde, en veinte años, cuando llegue a los cincuenta, cuando todavía sea una mujer fuerte pero ya esté menos interesada en tener algo parecido a un proyecto de vida y probablemente no me preocupe en absoluto mantener mi pasado, si es que alguna vez he estado interesada en eso, entonces, en ese momento, me parecería estupendo que llegase un apocalipsis, me dice Gema, que mientras habla se arregla el pelo con los dos brazos levantados y sin hacerme mucho caso; habla para molestar y sabe que me encanta escucharla. Un apocalipsis energético creo que sería la mejor opción, porque algo que tuviera que ver con enfermedades o catástrofes medioambientales convertiría la supervivencia en algo demasiado aleatorio, y lo que más me interesaría de un apocalipsis sería el desarrollo intelectual, el placer de enfrentarse a problemas que pudiera resolver con mis recursos cercanos y mi inteligencia. Y mi fortaleza, y el placer físico de las soluciones, que, por supuesto, ninguna sería intelectual, todas serían físicas, quiero decir finalmente físicas: acopio de materiales, cortar leña, plantar cebollinos, vencer a los maleantes, pasar las tardes jugando con barro y paredes pintables. Lo importante sería huir a un sitio adecuado desde el comienzo. Recuerda que no hay electricidad, no hay coches, sólo queda lo cercano. No me imagino nada especial, un apocalipsis de esos de cualquier película o serie mala. La decadencia, la aparición de ruinas, la supervivencia, los instintos que se confunden, la falta de recursos, la economía en su más fantástica expresión... Qué feliz sería. En fin, si me cuido es únicamente para eso, para llegar en buen estado a ese bello momento y poder sacarle todo el partido posible a una existencia en esas condiciones, me dice mientras saca una cabeza de ajos negros de una bolsa que guardaba en la mochila. Acababa de llegar al piso, un poco sedienta, un poco alocada, con ganas de hablar y no dejarme leer. Una tienda de ajos negros, ahí al lado, por Raimundo Fernández Villaverde, más o menos a la altura de la librería de segunda mano, pero por detrás, me dice sonriendo. Se sienta en el sofá y me acerca el ajo negro. Para que lo pruebes, que seguro que te gusta. 

lunes, 17 de abril de 2017

Amor (monólogo)

...de un vagabundo con botella y río, más bohemio que miserable, en una posible y mediocre película de serie b con pretensiones intelectualoides...

Cómo me gusta amar. Lo amo todo, tan bello. El mar, las luces, el odio, por ejemplo. Qué maravilloso el odio. Cómo amo odiar. Qué bellísimo odiar. Me encanta odiar. No hay nada como odiar. Todo lo odio. El amor, por ejemplo. Cómo odio amar. 

sábado, 15 de abril de 2017

Trampa

Siempre acabas cayendo en la trampa, Rubén, me dice Gema. Tiene los ojos verdes y está sentada en la mesa en la que aún quedan restos de la tarta que hemos hecho para celebrar su cambio de década. No, no estoy de acuerdo, me dijo, se cambia de década a los quince, a las veinticinco, a los treintaicinco, pero te acepto el juego por la tarta y el regalo, me dijo Gema, que sabe que estoy totalmente en contra de los regalos, sobre todo de darlos y sobre todo cuando no saben ser necesarios, cuando son sólo un gesto y un lastre más que añadir a los lastres que colecciona cada uno por su cuenta. Estamos en Asturias, en casa de sus abuelos, donde hemos pasado estos días de vacaciones. Me gustan los juegos que tenemos Gema y yo, que van mucho más allá de la trama, de los hechos, de los actos físicos, de lo que pueda ser evidente para los demás. Crítica y clínica, pienso sin haber entendido nada de lo que leí en un libro que se titulaba de esa manera. Yo no me hago mucho caso, me dice Gema con una sonrisa muy blanca; hay gente que intenta hacerse bien, hacer cosas que le beneficien, otros prefieren hacerse daño, por lo que sea, y yo mientras me dedico a no hacerme mucho caso. Y no es que no piense en mí, que soy mi tema preferido, sino sólo que vivo sin hacerme mucho caso. Miro a Gema, que se da cuenta que no logra explicarse tan correctamente como le gustaría pero que yo la entiendo, que sé exactamente qué quiere decir. Mientras sigue hablando, con esa voz que jamás me cansaré de escuchar, recogemos la mesa y llevamos los platos sucios a la cocina. Vamos a ver qué están haciendo los otros, dice. Salimos fuera de la casa, donde sus abuelos, sus padres, su hermana y el idiota del inglés, algo perdido, están regando y arreglando el jardín. 

jueves, 9 de marzo de 2017

Dice Lisboa

Me visita intempestivamente Rubén después de unos meses sin que hayamos hablado para regalarme la que va a ser la única copia física de su tercer disco. Estaba mejor callado, me dijo, llevo casi dos años siendo una compañía insoportable. Quiero que la tengas tú, Lisboa, las fotos que he robado para acompañar a las letras son muy bonitas, te gustarán. Me pide a cambio que ejerza de periodista, de crítica musical, de burlona juntapalabras, de amiga que dice la verdad cuando miente. Y eso están leyendo ustedes en este tan poco visitado blog, unas pocas palabras que he logrado arañar entre otras miles de palabras que escribo cada día de la semana por pasar un poco el rato en la oficina en la que trabajo todavía como periodista, un poco más segura, un poco más harta, un poco más brillante y un poco más gordita que cuando me conoció Rubén en aquel banco en el que esperaba fumando a que pasara algo, aunque sólo fuera el tiempo. 

Entonces sólo tenía un disco (La vía real, 2010), muy mal grabado y en el que apenas sobresalía una canción con poema de César Vallejo. Luego llegaría aquel texto que me regaló y un segundo disco (Destiempo, 2014) bastante más cuidado y con unas cuantas canciones interesantes, aunque en general, por el empleo únicamente de guitarras y una voz tan poco luminosa como la suya, además de su poca capacidad para la creación de melodías, no eran tampoco muy buena publicidad: por lo que no llegó a vender ni una unidad, ni siquiera regalada, ni siquiera lo intentó. No pasarán a la historia temas tan geniales como el que da título al disco con poema de Enrique Lihn y una guitarra que mezcla el famoso vals de Antonio Lauro (Natalia) con el Josele Santiago de Lecciones de Vértigo, La canción del Croupier de Mississippi, de Panero o unas cuantas maravillosas canciones instrumentales que mezclan a Leo Brouwer con Philipp Glass.

Y así, de esa misma manera, como un pequeño nexo entre discos, comienza su tercer disco (Mejor Callado, 2017), mezclando a Leo Brouwer con Philipp Glass en uno de sus clásicos temas instrumentales improvisados con cinco o seis guitarras sonando simultáneamente (en esta ocasión incluye, además, un lluvioso piano). Me cuenta Rubén, me contó, estuvimos hablando toda la noche, cenamos juntos y era viernes, e incluso amaneció sin que dejáramos la mesa ni la conversación ni nos preocupáramos de la ropa, y lo de que es insoportable sólo lo piensa él o gente aburrida, que la idea del disco, lo que le hizo querer reunir canciones, era la idea de cortar con esos dos años insoportables mencionados, hacer un disquito de desamor, de esos conceptuales y cansinos, pero que finalmente sus limitaciones creativas le llevaron por otro camino. De esa triste idea sólo queda el título de este tema instrumental (Para un fin de capítulo, tan barraliano) y otros dos temas, relegada, la idea, a un situación apenas tangencial. Me cuenta, también, que al final decidió quitar otro instrumental, su tema más triste, que tenía puesto su nombre. No he superado nada, pero ya no importa, me dijo. 

Tres temas parecen estructurar finalmente el disco, agrupadas las canciones por esos temas, divididos por piezas instrumentales. El primer tramo del disco lo componen canciones de temática amorosa. Comienza este tramo con Pregunto, canción bellísima con una letra estremecedora basada en un poema de Sara M. Bernard (apenas hay algunos cambios para lograr encajar en la música). El piano aparece para enriquecer la sonoridad de la canción. Continúa el disco con una canción con una introducción y una coda de guitarra preciosas. Entre medias una de sus mejores y más complejas melodías, para una letra algo irregular en la que mezcla un poema de Juan Gelman con otro de su amiga Clarice y habla de un desamor aburrido y demasiado preocupado por la posesión de no se sabe muy bien qué. Continúa la temática amorosa en Mejor callado, la canción que da título al disco y que dedica a su amiga Sofía sólo por su encanto a la hora de decir una frase. Una vida insatisfactoria, un amor sin pasado ni futuro, un bar, una noche, porque la vida no es tan importante. La guitarra eléctrica encaja a la perfección, sin llegar a desentonar con el resto del disco en el que no vuelve a sonar. Una de sus mejores canciones. Cierra la temática amorosa con un tema a piano, Sitios distintos, que, dice, siempre negará que tenga algo que ver con el tema de Nacho Vegas de mismo título y mismos acordes. Muy bien elegida la fotografía que acompaña al título en el libreto. 

Las siguientes canciones tienen un corte social, casi de canción protesta. En especial la primera, La casa encima, con un interesante acompañamiento de guitarras de carácter fronterizo (sabed lo mucho que odia este término Rubén). El rock de Cultura del palimpsesto, con sólo dos acordes y un interesante punteo acústico, encaja a la perfección con el poema de Ida Vitale, genialmente cantado con voz apagada por Rubén, que para ciertas canciones logra cantar de forma interesante. Una especie de son acompaña a un soneto de Fina García Marruz con la vida apareciendo a destiempo. También canta muy bien en esta ocasión. Cierra el tramo social con un piano jugueteando con ideas que podrían haber interesado a Erik Satie, quizá en algún día poco inspirado. 

La intimidad vertebra las tres siguientes canciones con poemas de Clarice. La primera, Clarice, sobre la felicidad de estar sola, de que se olviden de una, o quizá no. Tiene una melodía sencilla y joven muy bien acompañada por las guitarras y el piano, en una mezcla tímbrica muy conseguida. Le sigue Intimidad, sobre las gilipolleces que una hace cuando se queda en la intimidad (no os contaré mis aventuras). Canciones pop. Unas guitarras de gran sonoridad y una voz susurrada, hacen que La belleza no te hará resucitar tenga una peculiar atmósfera. 

Cierra el disco Canción del opresor en la que colabora cantando un ser perfecto. Por último, un bonus track, una versión de Dirt in the ground, con una elaborada instrumentación de piano, tres guitarras y y violín de fondo, en la que Rubén es capaz de darle a cada palabra su entonación precisa; de esas canciones que le van perfectamente a su voz y con algunos grandes aciertos instrumentales. 

El diseño del disco, en tonos grises, y las fotografías, todas de Clarice, a las que se las ha quitado sin permiso, igual que los poemas, que todos los poemas. En definitiva, un disco en el que se ve un poco más de esfuerzo en la composición (menos basado en la ocurrencia y en su buena técnica guitarrista). Ha quedado bonito, le dije, lo pondré con los otros tres o cuatro discos de mi colección. 

Dice que está mejor callado, yo creo que no. 

jueves, 26 de enero de 2017

Mejor callado

I

Nada, sólo escribo algo como esto, 
accesorio,
y yo también no sé si funciona
el alegre tono con el que saludaba;
quería aparecer en la biografía de otros,
éramos fumadores, éramos amigos
olvidando la imagen que tienen de nosotros.
La calle, un bar en realidad, siempre pegada,
donde nunca se odia con sinceridad
a una persona de la que no sabemos nada.

Seamos idiotas, seamos amigos,
tengamos conversaciones con extraños,
mi pronunciación es exquisita
y nunca hay que limpiarlas,
como tormentas que son mejores que los domingos;
desvistiendo pausas insumisas
me pondrá otra, me sonreirá otra vez,
dirá mi nombre por las calles de mi nuevo barrio.

Mejor callado decir otras cosas.

II

Nada, como seguir siendo accesorio,
sin saber si funciona el alegre tono con el que saludaba;
quería aparecer en la biografía de otros,
éramos fumadores, éramos amigos
olvidando la imagen que tienen de nosotros.
La calle, y la realidad, siempre pegada,
donde nunca se odia con sinceridad
a una persona de la que no sabemos nada.

Seamos idiotas, seamos amigos,
tengamos conversaciones con extraños,
sin ensuciarlas con un lenguaje exquisito;
desvistiendo pausas insumisas
como tormentas que son mejores que los domingos
me pondrá otra, me sonreirá otra vez,
dirá mi nombre por las calles de mi nuevo barrio,
con la voz alegre de saber.

Mejor callado decir otras cosas.

III

Nada, como seguir siendo accesorio,
sin saber si funcionaba el alegre tono 
con el que saludaba;
quería aparecer en otras biografías,
olvidando la imagen que mostraba cada día.
La calles, la realidad, siempre pegadas,
donde nunca odiamos con sinceridad
a quien no conocemos de nada.

Seamos idiotas, seamos amigos,
tengamos conversaciones sin un lenguaje exquisito
con extraños desvistiendo pausas insumisas
como tormentas que aparecen deprisa;
me pondrá otra, me sonreirá otra vez,
dirá mi nombre por las calles de este barrio,
con la voz alegre por creer.

Mejor callado decir otras cosas.

viernes, 20 de enero de 2017

Encantado

“Ese es el riesgo, claro, cuando nos exponemos a las miradas de esas criaturas complicadas
 y atractivas que son las personas inteligentes: que atan cabos, que aciertan, que no se olvidan”. 

Me gustaría gustarle de algún modo, que sintiera una especie de interés puramente humano por mí, le dije a Gema, como también me gustaría gustarle a Mónica, a Íñigo, a Uve, a Basteiro o a alguno más de los desconocidos a los que sigo. Imagino a Gema aún en el autobús de camino a Asturias mientras ella, Clarice, está conmigo, mirándome mientras le explico cosas torpemente y pienso en eso que le dije a Gema. Como aquellos vídeos que colgaba en instagram de gente anónima con la que coincidía en el metro o los autobuses, le expliqué. Estoy con ella y pienso en eso, en que me vea de esa manera, le decía a Gema, con esa elegancia con la que usa las imágenes. Antes de conocerla pensaba, sin darle mucha importancia, en la posibilidad de cruzarme con ella y que me hiciera una foto de manera indiscreta. De pequeño quería ser personaje de novela, por ser descrito por un escritor, por ser explicado por las palabras de alguien inteligente, algo parecido a eso: me gusta que me observen las personas inteligentes, le decía a Gema; con la idea que tengo de inteligencia yo, ya sabes. Me habla Clarice de una chica que sube canciones a internet y también me gustaría que fuera capaz de hablar así de mí, que cuando yo me vaya y se quede con su compañera de piso hable de mí de forma parecida, ahora que ya no podré ser una persona anónima que aparezca en una de sus fotos ajeno y descuidado. Pero no, como siempre, soy incapaz de creer que haya alguien que hable de mí, que piense en mí (y siempre me causa estupor cuando comprendo que me equivoco, que puede pasar). Donde no estoy no existo. Eso son cosas imposibles, pienso siempre. Gustarle como me gusta ella, sin querer mucho más que eso, como quien contempla una película que le gusta, intenté enrevesadamente explicarle a Gema cuando íbamos juntos a la estación de metro. Es la segunda vez que quedamos y me dice que podríamos quedar todas las semanas, así que al menos algo de utilidad le ve a mis clases y esta vez no le ha dado vergüenza ponerse a cantar, y mientras guardamos las guitarras pienso que la envidio, que me gustaría ver el mundo como ella y no con la triste ridiculez de mis pensamientos, de mis comentarios banales, ceñidos a lo que no tiene encanto, y al bajar las escaleras de su piso sigo pensando en lo extraño que me resulta siempre todo. 

jueves, 12 de enero de 2017

Espera

Hay una canción de Taylor Swift que me encanta y de la que siempre olvido el título, dice Rubén escribiendo el nombre de la cantante en el buscador. Siempre me acuerdo de Allende cuando la intento encontrar en youtube, de cuando compartía piso con Tomás y ella, que solía cantarla cuando sonaba en la radio o mientras estaba haciendo cosas por el piso. Por cierto, que este verano me encontré con ellos después de casi dos años sin vernos, ahí en la playa. Estuvimos hablando un rato, de cómo les iba en Bélgica, de si se había cruzado algún perro como Beltza, el pastor belga que tenía de pequeña (siempre pregunto tonterías), de que en el verano allí se podía trabajar... Querían convencerme de que se está mejor allí que en Madrid, los muy cabrones. Esta es, dice abriendo el vídeo, en versión acústica. Las guitarras son muy aburridas, como casi todas las guitarras acústicas de los anglosajones, y algunas cosas que hace con la voz la Taylor son un poco coñazo, parecidas a lo que hacía mi gato Hume, que sólo maullaba con la i, Mi-i-i-i, decía, con su escepticismo natural y con mucho más encanto que ella. Además, es tremendamente comercial la canción, pero no está mal. Rubén se calla un momento para que escuche la canción. Yo estoy sentada en el sofá, hojeando un libro mientras me habla, olvidándose, ni cansado ni triste ni culpable. En el pop, una buena canción de una comercial apenas se diferencian por unos cuantos detalles; acaso sólo en la interpretación. Lo que ha hecho Ryan Adams con el último disco de Taylor... aunque lo cierto es que prefiero las versiones originales a las hechas por Ryan, que nunca me ha llegado a gustar lo que hace. La corista del pelo rizado está muy bien, dan ganas de besarla, le digo suavemente. 

Escucha esto, Gema, me dice. La consagración de la primavera. Es la música de la que toma el título la novela que estoy hojeando. Me encantan los primeros compases del ballet de Stravisnky, con esa leve atonalidad, que sacó de una melodía popular rusa; en el resto de la obra aún me pierdo un poco, dice, tengo que escucharla más veces, pero el inicio, no entiendo muy bien por qué, porque hasta me parece un poco insulso, es maravilloso. Deberías escucharla entera, lo mismo te gusta, dice, aunque para la música y comienza a buscar otra vídeo. A Vera, el personaje de la novela de Alejo Carpentier, me la imaginaba parecida a ti, que tienes algo de rusa afrancesada, me dice para molestarme. Uno de los temas del libro quizá sea el de cómo la gente se empeña en mantener su esencia a pesar de los sucesos históricos; aunque a la pobre Vera el siglo pasado le fastidiara un poco su carrera como bailarina, se acaba adaptando a eso sin abondar el ballet del todo. Creo que lo dice por los meses que pasé en Praga o por cómo están las cosas aquí.

Esta creo que ya te la he puesto, la grabé en febrero y no tiene nada que envidiarle a lo que hace Philip Glass. Sé que bromea, que no se toma muy en serio, pero pienso en cómo la gente es o cree ser aquello que se cuenta, que elige contarse. Hoy parece no estar preocupado y se entretiene con la música, con querer mostrarme lo nuevo que ha descubierto estos últimos días o lo que ha grabado, como un niño que le cuenta a su padre lo que ha aprendido en clases y las cosas que ha conseguido hacer. Es muy inocente, Rubén. Sólo son ocho minutos, pero alguna vez he llegado a estar más de una hora haciendo variaciones sobre esos acordes. Me sienta bien escucharla, aunque ya hace tiempo que no la toco por la mierda de que está en otra afinación la guitarra y es un poco coñazo cambiarla.

Todavía es temprano como para empezar a prepararse. Me pongo a mirar el móvil y Rubén sigue poniendo vídeos. Estas piezas de guitarra son sólo textura; para mí todas suenan igual y me dejan la misma sensación que cuando improviso tontamente, aunque creo que tiene un mérito muy grande ser capaz de tocar así, dice. Son fantásticas sobre todo para cuando uno tiene que estudiar o trabajar, ya que te olvidas pronto de ellas.

Ahora me pone una de Tom Waits. La de The Wire. La que suena en la primera temporada es una versión de otro artista, dice. Cuando empecé a ver la serie y escuchaba la canción pensaba que sonaba bastante a Waits, pero la verdad es que no la reconocí. Es de uno de los discos suyos que menos he escuchado, del que sólo me gusta escuchar alguna canción suelta. La versión de la primera temporada es la que más me gusta; más incluso que la de Waits, que tiene unos arreglos un poco distantes. Deberías ver la serie, me dice. Es muy realista; se aprende mucho del mundo actual. Ya, le digo, tú entiendes mucho de drogas y de Baltimore, donde pasaste tu dura infancia, por eso sabes lo realista que es. Recuerdo que me contó que el nombre de su blog viene de Waits y de un texto que escribió mientras esperaba un autobús, y que era una especie de crítica de uno de los discos de Waits. Textos rápidos escritos mientras se espera, era su idea inicial.

Le digo que voy a escribir otro texto como el que hice hace tiempo imitándolo, mientras se ducha y se arregla, que ya va siendo hora y no vaya ser que lleguemos tarde al final. Sonríe y se levanta. No seas mala conmigo, dice. No te preocupes, lo haré tan deslavazado y mal como lo haces en la mayoría de tus textos.

jueves, 5 de enero de 2017

Inquilinos

No escribas más, no vuelvas a poner el contrabajo contra la pared, no desees nada, no le digas te quiero a alguien que nunca lo oye, pon la cuarta cuerda en su sitio, llama a Gema, invéntate otra cosa, una vida que nunca deja de ser interesante, dos personas nuevas, que se abren o se cierran y no se imaginan lo que no es porque comprenden, me escucha Gema, que sabe que hablo de decepción, que sabe que no sé culpar a los demás, a otras cosas, a la sociedad, a mi costumbre de desconocer el momento adecuado, las oportunidades, cada uno baila como quiere, me dice Gema, que recuerda que el año pasado andábamos por la orilla recapitulando las gilipolleces del año anterior y arrepintiéndonos de cosas que no hicimos sabiendo que nunca nos hubiera gustado hacerlas.

Me dice que me calle, que ya hablaremos por la tarde, no vaya a quedarme sin nada que decir luego. Dejamos de hablar y continúo imaginando instrumentos musicales que no tengo y situándolos de cualquier manera contra las paredes de la habitación, sobre la cama o los muebles, en el suelo con ropa que no es mía cubriéndolos, o incluso colgando del techo o unos sobre otros. Cuando me doy cuenta, ya casi no hay espacio para mí en la habitación y tengo que levantarme de la cama y salir de la habitación: despertar y dejar de pensar tonterías.

Hace frío fuera, pero se vive.