miércoles, 24 de febrero de 2016

Letargo

...I'll tell you all my secrets but I lie about my past...

Me hablaba Gema de que ella nunca tomaría drogas y que, de hecho, ni siquiera ha llegado a probar ninguna, lo mismo que el tabaco, porque no le interesa el efecto de las cosas sino las cosas mismas. Me gusta el alcohol por la sensación que me produce beberlo y no porque después me cambie el estado de ánimo, me decía. Del sexo me gustan tanto las caricias y demás juegos como los orgasmos, y eso que los tengo maravillosos. No sé si me explico... Puedo ser adicta a los frutos secos, por ejemplo, que no paro hasta que no acabo la bolsa, o al chocolate... y nunca podría serlo a alguna droga, que es casi lo mismo que tomarse una medicina; no es placentero consumirlas, sólo lo que viene después, imagino. La materia, lo físico, los libros de siempre antes que los electrónicos... no tengo nada contra la gente que lee en libros electrónicos, ni contra el aparente avance que eso supone, pero estoy segura que hay muchas cosas que no son capaces de comprender los que prefieren el formato electrónico, que entienden la realidad de una forma que a mí no me interesa. Quizá sensualidad sea la palabra, creo que denostada por su mal uso, o que al menos yo odio por el uso que se le da. Las drogas no son sensuales, ni los libros electrónicos. En cierto modo es como tu preferencia por los instrumentos acústicos o lo de aquel texto con la publicista de la playa. Me hablaba Gema de eso en el autobús, y el joven que teníamos enfrente, poco menor que nosotros, disimulaba su atención mirando por la ventana, cuando le sonó el móvil a Gema, la canción de Tom Waits que tanto ella como mi hermana y yo tenemos de tono de llamada desde hace años (diez yo, aunque siempre lo llevo en silencio). Quelqu'un crier là-bas, le dicen a veces a mi hermana sus compañeros, asustados, cuando le suena el móvil en la taquilla del trabajo. Creo que incluso se aprovechó de ello en los primeros momentos de relación con su novio, francés, de algún modo que desconozco. Cuando acaba de hablar Gema con su hermana, Irene, que probablemente tiene una melodía insulsa en el móvil y, como yo, lo llevará siempre en silencio, con la que hemos quedado para tomar algo, con ella y su novio, el inglés, que están de visita este fin de semana, el joven del autobús dice que la introducción de piano de la canción de Tom Waits, que ha reconocido, es increíble. Tengo una amiga, dice, que toca el piano, con unas manos preciosas y pequeñas, normalmente pintadas de rojo las uñas, a la que llevo años intentando convencer de que se la aprenda, pero no me hace caso. La verdad es que nunca la he visto tocar el piano, dice como con pena. Seguro que le sonaría fatal, los que han ido al conservatorio se suelen perder en este tipo de temas, continúa rencoroso. Otro prejuicioso como tú, Rubén, dice Gema. El resto del viaje que compartimos, hasta Alonso Martínez, donde se baja, seguimos hablando de canciones, de discos, de Waits, de The Walking Dead. Yo siempre intento ligar con Tom Waits, que en teoría no falla, le digo bromeando a Gema cuando ya se ha ido. Siempre se burla de cuando nos conocimos y la confundí con otra persona, Gema, de mi timidez y torpeza, aunque fuera ella la que se acercó, la que propició la confusión, la que habló de Tom Waits.

Nosotros nos bajamos en la glorieta de Bilbao y esperamos junto a la boca de metro a que lleguen. Enamorarse de una persona que está enamorada de ti, aunque sea de forma sincera, es una prueba evidente de egolatría, me dice Gema cuando pasa una parejita feliz. A parte de ser, evidentemente, la solución fácil. Una prueba más a tu favor, aunque no me quieras creer, aunque te empeñes en seguir con ese inútil letargo. Mira, ahí viene otra parejita, dice señalando a su hermana y al inglés. Qué capullo que es, dice cuando se van acercando.

jueves, 18 de febrero de 2016

Regreso

...diré lo mismo de otra forma porque la repetición es un señuelo casi inteligente...



Las cosas son como eliges contarlas, me dice Gema, y eso es lo que intenta... lo que se hace ahora, estas últimas décadas, que se deja todo muy abierto y es más interesante lo que se puede decir de algo que ese algo. Escuchar las explicaciones sin mirar más de una vez el cuadro, que no tiene matices, que no pide la contemplación, que sólo pide un instante y luego la palabrería posterior para admirar su genialidad. De todas las cosas de las que resulta más interesante lo que se dice de ellas que ellas mismas siempre hay que desconfiar. Pero a este cuadro regresaría, vendría otra vez por verlo, a sus líneas negras y su fondo blanco, que no tengo ni puta idea de lo que insinúan. Quizá sea eso, que haya cierta atracción, las cosas a las que regresas una y otra vez, con esa repetición que no llega a ser: porque nunca llega a ser lo mismo: ya son otras las formas de enfrentarse a lo que parece lo mismo. 

Estamos sentados en un banco blanco enfrente del cuadro. En la sala no hay nadie, apenas vemos a un vigilante sentado en una silla en una esquina de la sala siguiente hasta que entran una madre joven y su hijo pequeño, de ocho o nueve años, y empiezan a dar la vuelta a la sala por los cuadros alejados de nosotros. Gema se calla y continúa contemplando el cuadro, con un interés que soy incapaz de comprender. La madre, que debe tener más o menos mi edad, por lo que tuvo que ser una madre joven, alrededor de los veinte, se detiene frente a un desnudo con la mirada fija en la areola izquierda, igual que hice yo hace unos instantes, como si fuera la ventana de aquel cuadro del asesino. El niño va de un cuadro a otro leyendo en voz alta los títulos y autores con cierto orgullo. Cuando ya los ha leído todos (menos el que sigue observando con insistencia Gema) regresa junto a su madre, que sigue atenta a esa zona del cuadro. Quizás cansado, termina por sentarse a junto a nosotros. La gran muchedumbre, me dice.

Durante el rato en el que ellas continúan absortas en la contemplación de los cuadros, el niño y yo nos empezamos a conocer, sin que ninguna nos haga caso, y me habla de su madre, a la que comienzo a envidiar por su envidiable manera de mirar el cuadro y por lo que me cuenta el niño, que muestra madurez sin dejar de ser infantil y sabe resultar interesante. Me pregunta por Gema con insolencia infantil, si es mi hermana, mi novia, una amiga, o una pequeña ficción, un duendecillo, que me acompaña a todas partes. La verdad es que está graciosa Gema hoy, tan concentrada en el cuadro, le digo, y su pelo despeinado. Dale un golpecito en el hombro, a ver si continúa siendo humana. Gema le para con un gesto simpático y continúa con sus pensamientos. Quizá sea por reacción o porque hace falta irse al lado contrario para mantener el equibrio, pero entre tanto dinamismo me parece que siempre viene bien la quietud, la pérdida aparente de tiempo, pienso mientras el niño continúa haciendo preguntas, ahora sobre cosas del museo.

La madre, con voz de madre joven, deja de mirar el cuadro y llama al niño para seguir con el recorrido. Se despide de nosotros con un saludo y disculpándose por el niño. Lleva unos vaqueros y zapatillas blancas que hacen un poco de ruido al alejarse. Fictita, le digo a Gema, deberíamos seguir, que te van a acabar confundiendo con una obra como sigas así de quieta, y quiero ver si se vuelve a parar frente a otro cuadro y encuentro la ocasión de preguntarle si veía lo mismo que yo en el del desnudo, a la madre.

jueves, 4 de febrero de 2016

Perfiles

...hasta quebrar la imagen de todo lo que fui...

Creo que no se menciona nunca, pero una de las grandes virtudes de esta canción es que no se nota nada que es una canción de amor heterosexual de un hombre por una mujer y eso es, quizá, su gran virtud, le digo a Gema bromeando después de que me dijera que dejara ya de joder con esa canción y pensando en una serie de tuits que me recordaron lo que contó un profesor de literatura al leer un poema de Cernuda, que curiosamente gustó bastante a la clase, acerca de que uno de sus puntos fuertes era justamente eso, que no se notaba que era de amor homosexual, que valía para todos, que se lo podías enviar a tu amada y acabar follando con ella sin que dudara en ningún momento de tu virilidad, le digo a Gema. Ahora que sé que soy una mala persona, y ya son siete meses que no dejo de repetírmelo, no malvada ni capaz de infligir daño como única intención, sino con la horrible maldad del que no comprende lo que siente el otro, que es lo que no le entra en la cabeza a tantos tíos, puedo ir mejorando. El primer paso es darse cuenta, lo bonito es que no es el último, que está aprender y mejorar. Ya, Gema, ya sé que exagero, pero es que no puedo dejar de darle vueltas. Echo tanto de menos a mi amiga, mucho más que lo que no pudo ser. Esos Hola Rubén que decía y que cuando los leo en el móvil me suenan siempre a ella, sean de quien sean, o sus ideas repentinas o que me contara su vida con tanta naturalidad. Y, bueno, releo su mensaje y no describe a la buena persona que siempre me he creído, y tiene que ver con eso. Y eso que sólo me dijo la mitad. Estoy seguro que lo de llamarla inocente le sentó fatal (aunque sea una palabra que yo suelto con mucha facilidad, sin sentido casi, en cualquier situación, por culpa de mi perro, que sabe fingir muy bien su inocencia, pero eso no lo sabe ella, ya que es una broma familiar que sólo entienden mi madre, mi hermana y tú, Gema, y el perro, claro). Yo que soy un tío tan comprensivo, que lo comprende todo, cuya inteligencia se basa en la facilidad de comprensión, no en la de la creatividad o agudeza o qué sé yo. Es, por ejemplo, como el tema este de la Guerra Civil, que haya gente que no comprenda la necesidad que tienen esas personas de saber dónde están sus muertos, esa falta de empatía, es realmente preocupante. Y no es necesario compartir esa necesidad. Yo no estoy seguro de que la compartiera, aunque habría que vivir con ello para saberlo realmente. Lo que sí soy es capaz es de comprender que tengan esa necesidad y que sea importante para ellos. Pero con ella, esos dos días sobre todo, y quizá alguna vez más, no sé, no supe comprender y quitarme de en medio a tiempo. Gema no dice nada y yo continúo con mis lamentaciones. Todo mal, es que lo he hecho todo mal, y llevo estos siete meses que no sé ni cómo estoy, si bien o jodido. Realmente no lo sé. Casi como si no hubieran pasado, como si siguiera allí sentado, con mi estupidez, terminando de joderlo todo de nuevo. O lo que es peor, quizá soy yo el problema y no que haya cometido esos errores por torpeza. Y a ti te tengo ya harta, por lo que veo, le digo a Gema que está tumbada leyendo a Chantal Maillard. Joder, es que no puedo ponerme a leer sin que te dé por empezar a hablarme justo en ese momento. Me lo haces siempre, Ru, me dice ocultando sus ojos detrás de alguna frase.